viernes, 5 de abril de 2013

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El cuadrilátero

Estás acostumbrado a pelear en lujosos rings, pabellones deportivos, casinos y estadios, pero esta lucha es diferente, lejos de las grandes competiciones, de los millonarios premios, del glamour de las estrellas sentadas en primera fila esperando ver como te saltan los dientes o como se los saltas tú al otro, no importa. No habrá ningún periodista que escriba la crónica del combate pese a que es el más importante de toda tu carrera. Tampoco asistirá público, si acaso estarán tu familia, tus amigos, algún conocido, en tu rincón apoyándote o en el del contrario, susurrándole al oído tus puntos débiles, cómo puede ganarte.

Suena la campana en el lúgubre recinto de paredes cubiertas por carteles de combates pasados, apenas iluminado por una araña deslucida que pende sobre el ring. Comienzas la pelea bailando alrededor de tu oponente. Él te sigue el juego con movimientos reflejados. Os tentáis tímidamente durante unos segundos. Él te lanza un directo seco al mentón. Nada serio, piensas mientras ves el puño dirigirse hacia ti a cámara lenta, solo busca un punto flaco. Pero sin saber cómo, te alcanza de lleno, voltea tu cabeza y a punto estás de perder el equilibrio.

Estás tan aturdido que no consigues distinguir con claridad a tu contrincante. Es una sombra que ataca sistemáticamente todas tus debilidades. Las conoce todas. Intentas defenderte lanzando golpes a la desesperada hacia la masa informe que castiga tu cuerpo y tu voluntad hasta el límite de lo soportable. En tu interior suplicas para que suene la campana y termine por fin el asalto, para poder recomponerte y contraatacar, pero el descanso no llega. Has estado recibiendo golpes más tiempo de lo que deberías, pero ni siquiera el tiempo juega a tu favor. Entonces, sin esperarlo, quizás como recompensa a tu resistencia o a tu voluntad, conectas un gancho de izquierda contra su hígado y el boxeador se dobla por el inesperado dolor. No te detienes ahí, lanzas un crochet de derecha, un uno, uno, dos seguido de un uppercut y varios cruzados con los que esperas tumbar a tu némesis y poner fin a la lucha. Algunos golpes se clavan como dardos en su cuerpo pero no parecen hacer mella en él, la mayoría únicamente perturban la atmósfera a su alrededor. Te preguntas si tiene sentido seguir luchando, si tienes la fuerza necesaria para vencer, si acaso nunca la tuviste y nunca debiste aceptar el combate. Aunque ese es un pensamiento estúpido, no tenías la opción de renunciar. Se te impuso por contrato, un contrato tan irrompible como la vida misma.

De nuevo un jab. Esta vez dirigido a tu nariz, esta vez sabes que va a por ti, que estás acabado y que en cuanto se den cita guante y carne caerás a la lona como un saco muerto, derrotado. La caída es dolorosa, más que la cuenta atrás que el árbitro lleva a cabo para certificar que has perdido. Al llegar a diez suena la campana. No hay celebraciones, ninguna nube de flashes ilumina el recinto, no hay aplausos ni speaker que anuncie el ganador. Todo lo que te queda es arrastrarte hasta tu rincón, donde con suerte encontrarás ánimos y consuelo, alguien que te diga que ya lo harás mejor la próxima vez. En cualquier caso, acompañado o solo, no puedes hacer otra cosa que apretar los dientes, guardar tus cosas en la bolsa e intentar que tus heridas se curen para el combate del día siguiente, pues ganes o pierdas, la pelea contra uno mismo no acaba nunca.

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