Sentado en el jardín zen de la mansión, el viejo Gyap trataba de meditar, ajeno a los juegos de su nieto y, desde esa mañana, discípulo. Cuando el gallo hizo prevalecer su canto sobre el de los demás sonidos de la naturaleza, se puso en pie de un salto y se dirigió con paso tranquilo hacia las puertas que daban al exterior. El pequeño Gyap cesó en sus juegos y no dudó en seguir a su maestro.Tras saludar...
lunes, 6 de septiembre de 2010
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