Un gemido prolongado se escucha en la distancia. Hace apenas unos meses hubiera provocado la curiosidad de los que se encuentran en ese momento recorriendo las negras entrañas del supermercado, ahora es un escalofrío lo que recorre sus espaldas pues saben que es un indicador claro de un peligro mortal e inminente. Rick mira con intensidad a ambos lados con la esperanza de entablar contacto visual con Carl y Michonne. Estos han pensado lo mismo y le miran fijamente con una mezcla de terror y ansia por instrucciones. Con un movimiento circular de su brazo les apremia a encontrar todo lo que sea comestible para largarse cuanto antes.
Él por su parte se dirige a la zona de congelados. Lo que haya allí hará mucho tiempo que se echó a perder, pero aún recuerda de la última vez que fue a comprar a ese mismo establecimiento con Lori, cómo al lado de los calamares a la romana se alzaba una pirámide de latas de melocotones en almíbar. A Lori le encantaban. Lo había descubierto la primera vez que la llevó a cenar a un restaurante de postín: Le Petit Cucú, por su primer aniversario. Cuando vio en la carta que servían "Fondue de melocotón au chocolat" dio un respingo en la silla que hizo que estuviera a punto de perder el equilibrio. "Me encantan los melocotones", susurró a media voz haciéndose oír apenas por encima del murmullo de la gente trajeada que les rodeaba y cuya compañía le causaba cierto desasosiego. Por un instante él pensó que un año era demasiado tiempo como para descubrir que la que iba a ser su futura esposa adoraba el melocotón. Pero solo duró un instante, justo el necesario para que el pie de Lori se deslizara entre sus muslos y comenzara a acariciar su prontamente abultada entrepierna.
Devoraron los melocotones sin apenas masticar y, sin esperar siquiera a llegar a su pequeño apartamento, condujeron a un rincón en el bosque que solo él y algunos muchachos de la comisaría conocían, y en el que dieron rienda suelta a su pasión, concibiendo de paso a Carl.
Y ahora está allí. Carl corre entre carritos abandonados, tirados de cualquier manera sobre el polvoriento suelo, echando en su mochila cualquier lata con la que tropieza sin importarle el contenido. Le mira con orgullo y pena, pues debería haber estado más tiempo con él y haber formado parte de su educación. Seguro que ni siquiera sabe leer. Quizás esa es la razón por la que ha cogido un bote de crema depilatoria. O eso o el pequeño Carl se ha hecho mayor ante sus ojos. Y maricón.
Pero él está ahí por los melocotones. Se dirige a la nevera donde en lugar de calamares encuentra un charco y unas croquetas aplastadas, descongeladas, desestructuradas, podridas, hechas un asco. A su lado, ni rastro de la montaña de latas de melocotones. Se echa las manos a la cabeza al borde del llanto.
- No, Lori, maldita sea, ¡tus melocotones! No están. ¿Por qué a mi? ¿Es que acaso no había otra persona capacitada para venir a buscar comida? ¿Tengo que liderar yo a todo el grupo? ¡Si me echaron de la iglesia por robar del cepillo! Era un policía corrupto, por dios santo. Y ahora ni siquiera soy capaz de encontrar unos malditos melocotones... ¡Puta! ¡¿Por qué te tiraste a ese cabezón?!
Se muerde el labio inferior para congelar el grito que amenaza con huir de su garganta. Finalmente consigue controlarse cuando percibe por el rabillo del ojo un oportuno brillo. Viene de debajo de una estantería volcada que en otro tiempo mostraba orgullosa los mejores productos de la casa de cereales Pellogs.
Echa un vistazo pero la luz no se atreve a adentrarse en ese pequeño hueco. Sin dudarlo introduce su brazo. Puede encontrarse con una lata de melocotones o con el torso destrozado de un caminante que de seguro le morderá y le enviará al otro barrio por la vía rápida. ¿Qué más da? ahora no tiene a nadie con quien pasar la vida. El viejo Hershel le hace ojitos pero todavía no ha pasado suficiente apocalipsis zombi como para caer en esas prácticas. Quizás la semana siguiente...
Pero tiene suerte, no es la carne descompuesta de un reponedor lo que agarran sus famélicos dedos, es algo metálico... ¡una lata! Saca el brazo de inmediato y mira la pegatina: ¡son melocotones! Pero el destino es cruel y de la misma forma que le arrebató una plácida muerte en el hospital y le arrojó al infierno putrefacto en el que se arrastran, ahora, con una lata de melocotones en sus manos, descubre que estos no están almibarados.
No puede más, desenfunda su revolver y dispara a las tinieblas intentando conjurar su sino, que se haga corpóreo y caiga abatido por el poder de una bala de .35mm. Michonne y Carl, alarmados por el estruendo de las deflagraciones acuden a él. Le agarran del brazo y lo sacan fuera. Una vez en el coche, Carl conduce de vuelta a la prisión (Michonne no se maneja bien con aparatos compuestos por partes móviles)
Un gemido prolongado hiende el silencio de la tarde. A unos kilómetros de allí, un grupo de caminantes atraviesa un campo repleto de melocotones.
El humo producido por la quema a conciencia de gasolina flotaba en el ambiente intentando hacerse un hueco en los conductos nasales de un grupo de chavales, junto con su familiar, el humo de tabaco, y el algo más embriagador pero igual de relajante aroma del alcohol, que custodiaba Er_shoco_huervano_19, junto a un banco de la carretera a Cádiz, abandonada algunos años atrás por una autovía de nueva adjudicación.
Como cada sábado por la noche, Er_shoco y sus "shurmanos" se reunían en aquel rincón de la capital andaluza para disfrutar del calimotxo, el guisky y la carreras de "amotos", en los que competían unos contra otros por un poco de amor con la Yessi en el asiento trasero de un Seat abandonado en la cuneta, donde en esos momentos se recitaban las ancestrales reglas, una vez más, para la última carrera de la velada.
Er_Shuli_18 y Er_Shavo_188 (Alguien había cogido ya el nombre de Er_Shavo_18 en el Badoo y Er_Shavo_188 había clamado venganza por ello) miraban fijamente a la espesa negrura que se abría ante ellos mientras la Yessi, juez y premio del evento les conminaba a realizar una carrera limpia y con el mayor número posible de acrobacias, con las que sumar puntos.
Con las manos crispadas sobre los puños, abrieron gas sin soltar el freno. Las motos rugieron, el público rugió, a la Vane_loka_17 le dio un vahído pero no le dio la importancia que debería hasta nueve meses más tarde, y con el destello de un mechero volando hacia el amanecer, se inició la carrera.
Sin embargo, no fue como Er_Shuli_18 se esperaba. No bien aceleró hasta conseguir unos aceptables 80 km/h con su keeway trucada, intentó hacer su especialidad, la marca de su casa: el caballito del rodeo. Levantar la rueda delantera de la moto era fácil. No estaba hecho un fanegas pero el peso de sus sellos de oro de 24 kilates le ayudaba a desplazar el eje de masa del conjunto, o como él decía: se echaba para atrás mucho. Lo difícil venía a continuación, en la maniobra para ponerse de pie sobre el sillín. Así le verían todos, hasta She_pirulo_ennortao, que siempre andaba ciego por las drogas.
Nunca sabría qué hizo mal. ¿Resbaló al pisar la superficie de piel del sillín? ¿Se soltó demasiado pronto del manillar? El caso es que un instante estaba volando sobre la pista de asfalto, y al siguiente, la oscuridad lo rodeó y lo puso a dormir.
Lo primero que le sorprendió al despertar fue la luz. Demasiada luz. Una luz tan intensa como no recordaba desde hacía mucho.
- Killo, apagad los focos ya, que estoy bien.- rugió mientras se frotaba los ojos para acostumbrarse a la claridad. Pero una vez se hubo hecho a ella, se dio cuenta de que estaba solo. Y no solo eso, además estaba en un claro en mitad de un bosque. No uno de esos que se pueden encontrar a las afueras de su barriada, con cuatro árboles mal contados y un puñado de matojos donde un valiente conejo puede esconderse mientras huye de los depredadores. No, allí había árboles como para hacer un millón de muebles del Ikea.
- O más... - se corrigió.
Echó a caminar sin ninguna meta fija, pensando que en algún momento aparecerían sus colegas, que de seguro le habían gastado aquella broma, porque eran muy cachondos todos; pero por mucho que gritaba sus nombres, nadie aparecía. Terminó por encontrar por casualidad un camino de tierra que parecía dividir el bosque en dos.
Durante lo que le parecieron siglos, continuó caminando siguiendo aquella senda. El sol intentaba con saña aplastar su voluntad y la acuciante sed le había dejado la lengua hinchada y pastosa. Con todo, peor lo había pasado más de una vez en los after del polígono, cuando cortaban el agua de los lavabos para que los clientes se fueran marchando, momento que coincidía cuando se quedaba sin dinero para comprar una botella.
Escuchó un extraño ruido a lo lejos. Le resultaba familiar pero no supo clasificarlo hasta que lo tuvo a pocos metros.
- ¡Killo, un caballo! - exclamó sorprendido, pues abril quedaba ya lejos.
Sobre el jamelgo se alzaba un imponente caballero, embutido en una reluciente armadura.
- A eso le falta un bañito en oro para que sea to reshulón - apuntó Er_Shuli - Shhh, te iba a comentar. ¿No tendrás un cigarrito por ahí?
El comentario debió parecerle gracioso al caballero, que alzó la visera de su yelmo mientras estallaba en carcajadas.
- Por San Jorge, que a buen seguro estáis en lo cierto joven pordiosero. Decidme, ¿a quién tiene el honor Sir Walleston de haberse encontrado en su camino?
Er_Shuli se quedó pensativo un instante. Algo en su interior le decía que aquellas palabras eran familiares, pero su cerebro trabajaba a marchas forzadas intentando encontrarles sentido, sin ningún éxito.
- No she qué dice, loko.
Sir Walleston, conocido en todo el reino por el sobrenombre de El sabio, si que parecía entender la ignorancia de su interlocutor, por lo que trató de simplificar su cuestión.
Las extremedidades de Er_Shuli se crisparon al tiempo que alzaba la cabeza en desafío.
- Killo, vamos a llevarnos bien. Er_shuli... SH-U-L-I, de Shumi nada. ¿De qué me has visto cara tú eh?
Sir Walleston lo miró de arriba a abajo y tras ese breve examen, se abstuvo de responder de qué le veía cara. Le producía curiosidad aquel hombrecillo vestido con ropajes de una tela extraña tintada con colores chillones, como los que se podían encontrar en los escudos de determinados linajes de la nobleza normanda. Y además iba cubierto de oro... Se lo llevaría con él para enseñárselo a su prometida Lady Wendy.
Con buenas palabras se disculpó por su torpeza con un lenguaje que no por similar era sencillo de pronunciar. Er_Shuli aceptó las disculpas a condición de que le diera un cigarrito, aunque por desgracia le quedó claro que el extraño a caballo al que le hablaba no tenía ni idea de qué era tal cosa.
Decidió aceptar su propuesta de montar con él y compartir su camino, pues sus zapatillas Nike estaban empezando a cubrirse de una costra espesa de barro y no quería que se le rompieran. Además tampoco tenía claro dónde ir.
El animal partió al galope a una velocidad muy superior a la que desarrollaba su ciclomotor. Er_Shuli se preguntó si sería verdad la publicidad del fabricante. Si el motor de su keeway tenía 5 caballos dentro, ¿cómo cohones iba tan lento comparado con aquel caballo que convertía en un paraje borroso la arboleda por la que estaban rodeados?
Durante el camino Sir Walleston intentó interrogarle sobre su procedencia, pero apenas escuchaba nada por el ruido del viento así que finalmente desistió de hallar pronta respuesta y esperó a llegar hasta el prado de Longfellow, donde terminaba el bosque, que apareció ante sus ojos cubierto por un mar de bellas tiendas ricamente engalonadas con ribetes de plata y oro, conformando una pequeña ciudad móvil, que a esas horas de la tarde bullía de actividad. En el horizonte, se alzaba un formidable castillo de altos y gruesos torreones.
Er_Shuli se quedó atónito ante lo que vio. Jamás había visto tantos caballos juntos.
- Qué de caballos hay aquí - apuntó mientras trotaban al paso por entre las tiendas. - ¿Estáis en feria o qué?
- En efecto, se celebra el torneo anual que celebra nuestro rey para tener a sus súbditos contentos y que no cuestionen sus tiránicos métodos de gobierno. - le explicó el caballero.
- Ah, ¿y ande se perrea aquí?
Sir Walleston se giró mirándole perplejo. Obviamente no tenía ni idea de qué le hablaban.
- ¿Perrear?
- Si hombre, bailar, restregarse un poco, esas cosas, ya tú sabes...
El caballero pareció horrorizado ante su respuesta.
- ¿En vuestra tierra bailáis con perras?
- Bueno, la Yesika_17O se enfada si la llamo perra, pero después de un meneo se le pasa.
Sir Walleston no dijo nada y continuó camino de su tienda, dudando ahora si sería una buena idea mostrárselo a su amada. Llegaron al cauce de un riachuelo donde las lavanderas se afanaban por tener limpias las ropas de sus señores antes de la cena que organizaría el rey por la noche, tras la entrega de premios del torneo. Aquella reunión no pasó desapercibida para Er_Shuli.
- Loko, esto está lleno de monjas. ¿Dónde están las mujeres aquí?
Y entonces la vio. Paseando a unos metros de ellos, la mujer más hermosa que jamás habían contemplado sus pequeños ojos, de tez pálida, talle ajustado, sonrisa deslumbrante y un par de melones que luchaban por no asfixiarse bajo el empuje del corsé.
- Sha rubia reshulona. Te metía de todo menos miedo. ¡Macarrona! - le dijo dejándose llevar por sus instintos. El prado entero enmudeció y millones de miradas se clavaron en él.
- Estúpido inconsciente. ¡Está prohibido hablarle a Ginebra, la mujer del rey! - le susurró Sir Walleston con la comisura de los labios mientras no dejaba de mirar al frente. Concretamente al pelotón de soldados que se dirigía corriendo hacia ellos.
- Es la primera vez que le veo. Debe haber saltado a mi caballo sin que me diera cuenta - se excusó Sir Walleston, al que por algo llamaban "El Sabio".
Los soldados del Rey prendieron a Er_Shuli que de pronto se vio transportado en volandas entre un mar de personas que le tiraban toda clase de hortalizas y le dedicaban las palabras más extrañas que jamás había escuchado, como impío o zurraliebres, mientras le llevaban al interior del castillo.
Pronto se vio en una amplia sala iluminada por antorchas que pendían de las paredes de piedra. No estaba solo, a su alrededor charlaban sin dejar de mirarle grupitos de gente con ropas que parecían hechas con sacos. Delante suya se encontraba el trono y sentado en él, el Rey.
- Soy el Rey Arturo - le dijo. - Ah, pues muy bien. - un murmullo de sorpresa recorrió la estancia.
- ¿Cómo? ¿No me conocéis?
- La primera vez que escucho tu nombre loko.
Arturo se mesó su barba. Era la primera vez que le pasaba algo así. Había algo extraño en aquel ser que parecía una versión degenerada del ser humano. ¿Acaso no sería de este mundo?
- ¿De dónde eres?
Er_Shuli se señaló con orgullo el escudo que llevaba en el pecho. El rey se lo quedó mirando sin comprender muy bien hasta que no le quedó otra que responderle.
- De Shevilla primo.
- No conozco ese reino. Dime, ¿eres el rey de tu tribu? - le preguntó señalando a su pelo.
- Yo me considero asin. - dijo con orgullo.- Y al que diga lo contrario le meto dos guayas.
- Por eso la extraña corona que llevas en tu cabeza...
- Esto es la moda killo. - ¿Qué es... moda?.
- Moda es...- intentó encontrar una definición clara, y quizás lo hubiera hecho si supiera lo que significaba definición y clara, pero no - Que todo el que quiere ser reshulon lo lleva - respondió finalmente.
- ¿Y hay muchos... rechulones en tu tribu?
- Tela killo. Y todos nos juntamos en la plaza por las tardes para hablar, intercambiarnos novias y beber litronas.
- Curiosa tribu la tuya en la que todos son reyes, y por tanto iguales... - meditó Arturo, en cuya cabeza se iba conformando cierta idea que ya le llevaba tiempo rondando. - Con eso que llevas en la cabeza te podrías hacer unos sellos to wapos.- señaló Er_Shuli que medía sus fuerzas con el rey en cuestión de oros.
En ese momento entró un hombre de una altura formidable cubierto por una túnica estrafalaria y una barba de longitud no menos sorprendente tocado con un gorro en forma de cucurucho a juego con la túnica.
- Ah, aquí estáis mi buen Merlín.- le saludó Arturo.
- Como el Leroy - apuntó Er_Shuli.
- ¿Cómo? Soy el consejero científico de su majestad - le informó.
- Killo, debajo desa falda llevas los martillos ¿o qué?
Merlín estaba ciertamente turbado.
- Alteza, creo que este joven se burla de mi.
El Rey Arturo asintió y alzó la mano para que todos los asistentes la vieran.
- Yo también lo creo. Así pues, como no quiero perder más tiempo contigo, te condeno a morir en la hoguera. - sentencia esta que fue recibida entre aplausos.
- ¡Eso no se puede hacer loko! - replicó ofendido Er_Shuli, que intentó avanzar hacia el trono, siendo rápidamente detenido por un par de guardias.
- ¿Cómo que no? Dame una razón por la que no tendría que matarte
- Por que esta mal ¿no? que yo no soy un pijo de esos, ni bético, vamos loko.
- Si se me permite - interrumpió Merlín - recomiendo hacerlo mañana al mediodía, momento en el cual el cielo se oscurecerá por un eclipse. Eso nos traerá buena suerte.
- No me vaciles viejales. ¿Me estás diciendo que sabes que mañana se va a poner negro por el día? Tú que eres, ¿un mago o qué? - le espetó mientras forcejeaba con los hombres que le tenían agarrado.
Merlín se quedó mirando pensativo. Un mago... murmuró.
De nada sirvieron las súplicas del joven que, como establecía la ley, fue llevado al mismo centro del prado, a un poste sobre una pila de maderos, donde fue atado. Cuando llegó el mediodía y el cielo se oscureció, todo lo que pudo decir Er_Shuli fue:
- Pos tenía razón el viejales.
Al final, bajo un montón de cenizas, solo quedaron sus oros.
Un teléfono suena con insistencia en una casa llena de recuerdos: una caja con diez cerrojos, un montón de cohetes pintados, un bombín... recuerdos de amigos, enemigos, aventuras, casos y anécdotas que han convertido el pequeño piso en un improvisado museo dedicado a su carrera contra el crimen, y a su vez, en un mausoleo para el cada vez más cercano momento de su muerte.
La puerta del baño se abre dejando escapar una tormenta de vapor que se desvanece en el pasillo, decorado con carteles conmemorativos de todos los mundiales de fútbol y los juegos olímpicos en los que participó. Aún recuerda el primero: Gatolandia 76, donde tuvo el honor de llevar la llama olímpica desde España y encender el pebetero. Se frota las manos con la toalla enrollada a su cintura, pero secarlas no elimina las arrugas que las surcan.
Los rítmicos pitidos no cesan. Debe ser algo importante. Confiaba en que fuera alguno de los teleoperadores que no dejan de suplicarle que se cambie de compañía telefónica. Pero a esas horas de la tarde, cualquier posible vendedor no insistiría tanto.
Entra en el dormitorio. Junto a la cama, pulcramente colocados se encuentran sus zapatos negros como el azabache. Uno de ellos no deja de vibrar. Lo coge.
- Vicente ha muerto. Pasaré a recogerle en diez minutos.- Es todo lo que dice la voz familiar del otro lado. Pensaba que jamás volvería a saber de él desde aquella mañana de abril. Abre el armario en busca de su antiguo traje de levita, enterrado tras una montaña de disfraces de romano, sultán, bombero, árbol, farola... La bolsa de plástico donde lo guardó ha hecho bien su trabajo. Está impecable. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que lo colgó en el olvido, junto con su vida, pero aún le queda bien, pese a que no se ha cuidado especialmente. Su escasa pensión ha velado por su figura en su lugar.
Suena un claxon en la calle. Ya ha llegado; tal y como pensaba en su vieja scooter del 67. Cierra la puerta de casa y en el rellano esquiva al gato negro del vecino que huye despavorido de uno de los ratones del edificio, inquilinos más fieles que todos los que haya tenido el propietario del inmueble en toda su vida.
Ha aparcado frente a la entrada del edificio. Pese a que la edad se ha empezado a cebar en su rostro, los pantalones granate, la camisa impoluta y la pajarita negra le hacen inconfundible. Una simple mirada les basta para superar el abismo que les ha separado durante tantos años. No se dicen nada.
Mortadelo se sube en el asiento del acompañante y la moto arranca con un fuerte estruendo que asusta al gato del edificio distrayéndolo el instante necesario para ser cazado por su perseguidor. Atraviesan las calles del centro en dirección a la periferia. La scooter es vieja pero alcanza una velocidad considerable, aun así puede contemplar los lugares por los que circulan. Cada rincón guarda un recuerdo, una punzada de nostalgia, un mundo mejor... Las calles se suceden una tras otra. Ríos de hormigón que intentó limpiar de maleantes y criminales durante los mejores años de su juventud, para al final darse cuenta de que la gente no quería ser salvada. El niño al que ayer libró de un prolongado secuestro es hoy un tirano que trafica con armas. Aquella criatura que salió de los detritus de la sociedad parece un miembro de Greenpeace ante los desmanes ecológicos de los ayuntamientos; los científicos locos ahora trabajan para grandes multinacionales y son respetados. El mundo al revés.
Vicente vivía en una mansión victoriana que se hizo construir, influenciado por las novelas de Sherlock Holmes. Solo hay luz en la planta baja. Las superiores guardan el correspondiente luto. Aparcan junto al coche del embajador de Bestiolandia. Llaman a la puerta. Les abre una atractiva rubia de rasgos familiares.
- ¿Inma?- intenta adivinar Mortadelo.
La mujer sonríe pese al gesto de dolor que marca su cara.
- Esa zorra no se ha dignado a aparecer por aquí. Y ha hecho bien, porque no se qué le hubiera hecho de tenerla cerca.
Mortadelo la mira de arriba a abajo. Si se lo hubieran dicho cuando le perseguía por todos los rincones de la oficina en busca de un beso y una promesa de algo más, quizás no hubiera corrido tanto. Se ha operado la nariz y ha perdido kilos, muchos. Pero esa voz es inconfundible.
- Ofelia...
Su belleza ha cambiado de carcelero. Cuando se deshizo de los kilos, las arrugas de la vejez tomaron su lugar. Aún así es hermosa a su manera, como una vasija griega encontrada en un yacimiento antiguo.
- Gracias por venir chicos.
Con un gesto les invita a que entren en el vestíbulo. Filemón es el primero en mostrar sus condolencias a la viuda. Ofelia parece visiblemente afectada aunque las lágrimas se resisten a dar vistosidad a sus sentimientos. Mortadelo se limita a abrazarla en silencio. Pasan juntos al salón principal repleto de amigos y personalidades. Allí se encuentran el agente Floro, miembros de la antigua organización criminal H.I.G.O., el agente J-46, el profesor Bacterio, Alfonso Dividendo, media plantilla de la T.I.A. entre muchos otros, que se mezclan con miembros de la familia del difunto.
Una araña de época hace lo que puede por iluminar la estancia, aunque pese a sus esfuerzos, no son pocos los rincones dominados por la penumbra.
- A él le gustaba así - se disculpa Ofelia consciente del extra deprimente que aporta la lámpara mientras dirige la mirada al féretro que domina la habitación desde un extremo de la misma - Decía que demasiada luz podría revelar lo que hacía a quienes le espiaban. Se pasaba los días diciendo que todo había sido un complot, una trampa que se cerraba sobre su persona, cazándole como a un vulgar conejo. El cierre de la TIA, el ostracismo al que fue condenado, siempre creyó que había sido una conspiración para allanar el camino a algo muy grande.
- ¿Cómo murió? - pregunta Mortadelo.
- Le dispararon cerca del viejo edificio de la TIA. No sé qué hacía allí a esas horas. Cuando salió de casa me dijo que iba a jugar al póker. Aún dormía cuando recibí la llamada de la policía informándome de que habían encontrado su cuerpo con dos agujeros de bala.
- Puede que no estuviera tan loco como parecía, entonces.
- La policía está investigando pero... dicen que será complicado. No hubo testigos, no encontraron pruebas... Lo siento, yo... no puedo hablar de ello. Si me disculpáis...
Su anfitriona se aleja para atender a las personas que llegan en un reguero constante a presentar sus respetos. Incluso en la atmósfera tenue y recogida del velatorio Ofelia resplandece mientras va de aquí para allá. No puede dejar de mirarla.
- No le de más vueltas.- interviene Filemón, que parece haber leído sus pensamientos - No habría funcionado y tampoco lo haría ahora. - Vamos, tenemos un asesinato que resolver.
Han pasado diez años, una década desde que su trabajo fuera ninguneado, despreciado y reducido a un simple gracias acompañando a una carta de prejubilación. Ni siquiera se dignaron a regalarle un reloj barato, y el vetusto edificio que tienen enfrente le recuerda todo aquello. La hiedra se ha apoderado de sus muros, las puertas están tapiadas con recios tablones y algunas ventanas han perdido sus cristales. Un vándalo intentó arrancar el cartel sobre la puerta, sin mucho éxito pues se dejó atrás la T. Está totalmente cerrado. Por eso la policía no entró, ni pensó siquiera que el sospechoso o la victima pudieran haber entrado. Lo que no sabían los agentes es la existencia de la entrada secreta XR-445. En el lugar donde yació Vicente apenas queda la sombra de una silueta marcada con tiza. Si hay alguna pista, debe estar dentro de las oficinas de la T.IA..
Se dirigen al lateral izquierdo del edificio. Allí hay un cartel al nivel del suelo anunciando la nueva opereta de Albeniz, en el que se puede ver a un cantante en un escenario. Comienzan a aplaudir, el cantante hace una reverencia, se aparta y los agentes suben al escenario, perdiéndose entre bambalinas. Un transeúnte que lo ha visto todo intenta imitar la acción, pero es reprendido por el artista, visiblemente molesto por el escándalo formado por sus asíncronos aplausos.
El pasadizo del escenario desemboca en la recepción. Tres dedos de polvo lo recubren todo. Filemón tose profusamente.
- Demasiado tabaco jefe.
- No diga tonterías Mortadelo. Yo no fumo. Es el polvo. ¿No lo ve? Y no me llame jefe. Hace mucho que no trabajamos juntos.
- Vale pero usted deje de tratarme de usted. - El color amarillento de sus dedos, el mechero que se intuye en el bolsillo de su camisa y un ligero aroma ocre en su aliento le dicen que miente. Lo medita por unos instantes, pero no le dice nada al respecto. Podría haber sido un buen detective si le hubieran dejado o si hubiera tenido agallas.
Cuando los de arriba desmantelaron la TIA lo hicieron con tanta prisa que ni siquiera se llevaron los muebles. Todo sigue en su lugar como un reloj parado en una hora más benévola. Por los pasillos ahora fantasmagóricos corrieron huyendo de Ofelia o de alguna disparatada misión, gastaron bromas a Bacterio o simplemente pasaron el rato haciendo aviones de papel.
Una sorpresa les aguarda en la sala de briefing. Se suponía que todas las trampas con las que contaba el edificio se habían desactivado, pero al pisar una de las baldosas trampa, un techo doble cae sobre ellos. Por suerte en el último momento pueden esconderse bajo una mesa de roble que amortigua el golpe y les salva la vida.
- Estoy demasiado viejo para esta mierda. - rezonga Filemón mientras se sacude el polvo de los pantalones.
En el vestíbulo de la tercera planta encuentran huellas recientes que siguen hasta el antiguo despacho del Súper. Los cajones de los archivadores están abiertos, hay huellas por todas partes y sobre el escritorio alguien ha dejado una hoja de papel. Mortadelo la recoge y la lee con detenimiento. Es una lista de nombres con sus correspondientes direcciones.
- La banda del Pincel - lee Filemón en el encabezado. - No me suena de nada. ¿Y a usted?
- Ni idea. ¿Cree que puede tener relación con el asesinato de Vicente?
- A saber. En el papel no dice nada. Los nombres pertenecen a conocidos criminales. A más de uno le pusimos a la sombra durante un tiempo, pero no sabemos si planean algo. Por lo que sabemos, podrían haber formado un grupo musical. Habrá que investigar a los que aparecen ahí.
Recorren el camino inverso hasta salir del edificio. El primero de la lista es Joe Bestiajez, un viejo conocido en el mundo del hampa que no dejó de delinquir por mucho que le detuvieron. Un elemento fuera del sistema al que intentaron integrar en él a martillazos. No funcionó. Llegan a su barrio cuando el sol se desprende de sus últimos rayos.. Barrio obrero, cuyas calles grises desembocan en un parque cubierto de césped y árboles que resalta ante lo inanimado de los bloques de hormigón que lo rodean.. Y es allí precisamente donde se topan casi por casualidad con los 2x2 metros de humanidad de Bestiajez.
De espaldas a ellos, no les ha visto. Está ocupado dando de comer a las palomas en una desconcertante actitud pacifica que no sabían que cultivara. Puede que en tantos años haya podido cambiar, pero no pueden arriesgarse. Con él lo mejor es golpear primero, golpear después y por si acaso una tercera vez; luego preguntar. Siempre es mejor tener que disculparse por un exceso de violencia que pasar una semana en una casa de socorro... un ambulatorio, se corrige Filemón mentalmente mientras hace señas a Mortadelo para que mantenga su posición. Él se acercará sigilosamente y le golpeará en la nuca con una cachiporra para dejarlo sin sentido. Luego le atarán y podrán interrogarlo sin riesgo alguno para su salud.
El plan parece funcionar. Se coloca a solo dos pasos de Joe, que no se ha percatado de nada. Sopesa donde golpear; sabe que si no lo hace en el punto exacto únicamente le causará mucho dolor, aunque lo peor es que luego se lo devolverá a él multiplicado por 1000. Alza el brazo, la cachiporra bien sujeta, sus dedos crispados sobre ella, se dispone a descargar con contundencia el golpe y de pronto, todas las farolas se encienden al unísono. Esto distrae a Bestiajez, que gira la cabeza en el momento oportuno para ver a una de sus viejas némesis con el brazo en alto y el rostro desencajado. Sonríe
A pocos metros de allí, Mortadelo saca su disfraz de fantasma y pone pies en polvorosa. Demasiadas veces ha vivido esa situación como para saber que el jefe será apaleado hasta que Joe se canse, y luego este robará un coche o una motocicleta y desaparecerá en la noche dejándoles sin sospechoso. No quiere estar por medio cuando huya.
Mientras se aleja, escucha en la distancia las súplicas y los gritos de dolor de Filemón, pero, flotando incorpóreo sobre una fuente, en lugar de sentir remordimientos o pesar, siente una chispa de vida encenderse en su interior por primera vez en años.
Quince minutos después se reencuentran junto a la scooter.
- Bestiajez está perdiendo facultades - comenta lacónicamente Filemón mientras comprueba que las zonas doloridas de su cuerpo siguen en su lugar. - Si tuviera veinte años menos, podría haber sido yo el que le saltara los dientes.
Montan en la moto.. No hay reproches. Hasta el último día se quejó de que siempre le dejara en la estacada a la hora de recibir golpes y sin embargo, en esta ocasión ni siquiera ha merecido un triste comentario. Lo que no puede ver, es que mientras se dirigen en busca del segundo miembro de la banda: Mike Manazas. Filemón sonríe...
En la lista está escrita la dirección de su domicilio, sin embargo saben que es mucho más probable que a esas horas, a cualquiera en verdad, se encuentre en el Bar Saturno, un antro del centro en el que criminales de baja estofa acuden a ahogar sus penas y planear delitos de poca monta.
Allí le encuentran, al fondo del local, hablando con un par de tipos a los que, a primera vista, no reconocen. Se sientan en la barra para evitar ser descubiertos, sin quitar ojo a la conversación que tiene lugar un par de mesas más allá. Mike gesticula mucho, a veces alza la voz, pero al instante se da cuenta de ello y recupera el tono confidencial que les impide escuchar lo que hablan. Finalmente, uno de los desconocidos saca un maletín de debajo de la mesa y se lo entrega a Mike, que no bien lo recibe, se levanta y abandona el bar.
Apuran la cerveza que habían pedido y le siguen a prudente distancia. Hay que descubrir qué guarda el dichoso maletín. Si se lo quitan disimuladamente, no hará falta la acción directa. Mortadelo tiene un plan. Se disfrazará de Fox Terrier para acercarse a él y entonces, cuando menos se lo espere le dará el cambiazo. Pese a los nervios iniciales, consigue su objetivo. Tras seguirle unos metros, logra sustituir el maletín por un chorizo de cantimpalo. Pero en el último instante la suerte le es esquiva y, camino del lugar donde ha quedado con Filemón, al girar una esquina, se da de bruces con un bulldog en celo, que le toma por un miembro del sexo contrario con el que desfogarse. Se inicia una frenética persecución por las calles, deslizándose bajo los coches, saltando sobre bancos, corriendo en zig zag entre las farolas, que termina cuando Mortadelo, más pendiente de comprobar si el bulldog le alcanza, choca con su jefe, derribándolo en el suelo.
Aprovecha este momento de confusión en el que el bulldog no sabe qué ha pasado con él, para disfrazarse de golondrina y salir volando como alma que lleva el diablo mientras a decenas de metros bajo él, el perro ataca con fiereza a Filemón, pues le culpa de haber hecho desaparecer a su improvisado ligue. Los remordimientos afloran en Mortadelo, que no puede ver cómo su jefe es mordido una y otra vez en todas sus extremidades. Desciende hasta el suelo, se viste de corto como un jugador de la selección y de un poderoso chut lanza al bulldog a decenas de metros de distancia, yendo a impactar contra la scooter, que termina echa fosfatina.
Mientras Filemón se aplica alcohol a las heridas, comprueba el contenido del maletín. En su interior encuentra diversos manuales para un curso de manipulador de alimentos, pero nada incriminatorio. Resignados, no les queda más remedio que continuar con sus pesquisas. Vuelven al bar por si Manazas ha vuelto, pero no hay ni rastro de él. El lugar está vacío salvo por el camarero que limpia las mesas. Se van quedando sin hombres de la banda a quienes interrogar. Billy Dinamita es su penúltima apuesta. Vive en un adosado en un barrio bien de la ciudad. Seguro que pagado con el dinero del gran robo al banco nacional de Cefalopodia, cometido apenas unos meses después de que la T.I.A. desapareciera. Como la moto es pasto de desguace, se ven obligados a caminar. El aire fresco de la noche les reconforta y anima. Apenas encuentran a nadie por la calle. A esas horas las personas honradas duermen plácidamente en sus hogares, mientras gente como ellos vela porque lo hagan tranquilos.
Poco antes de llegar, son interceptados por un señor con gafas. Les ha tomado por dos serenos e insiste bastante enfadado en que le acompañen para abrirle la puerta de su casa, no muy lejos de allí, a solo un par de manzanas. Su hogar resulta ser un buzón de correos. Intentan hacerle entrar en razón pero eso es algo de lo que ese hombrecillo cabezón carece. Filemón se encoge de hombros, saca su pistola y de un certero disparo vuela la cerradura de la portezuela.
El hombrecillo les agradece la ayuda. Mientras se alejan de allí, escuchan en la distancia sus quejas airadas por el escaso tamaño del salón, el cual recordaba más grande y luminoso.
En el adosado de Billy las luces permanecen apagadas. Cada uno entrará por un sitio distinto y registrará la casa. Posteriormente irán a por el sospechoso. Filemón se cuela por la ventana del salón. Hay luna llena por lo que tiene algo de visión, aún así no puede evitar chocar contra una mesita y gritar una maldición por el dolor provocado. Una de las lámparas se enciende súbitamente. Había una anciana durmiendo en uno de los sofás y ahora la ha despertado. Debe ser la madre de Dinamita.
- ¡Anda! ¡Un bebé! - exclama la anciana al ver a Filemón. Las gafas que protagonizan su rostro evidencian una severa miopía. Además, da la sensación de sufrir principio de Alzheimer - ¿De dónde has salido tú? Ven con la abuela Consuelo que te de algo de comer, que estás muy pálido.
No le queda otra que seguirle el juego, cogerla de la mano y acompañarla a la cocina, donde la anciana le da una cucharada de un líquido espeso que vacila en tragar. Ante las dudas, la vieja le introduce con violencia la cuchara en la boca. Es aceite de ricino. Asqueroso aceite de ricino. Lo odia, lo abomina, lo desprecia... Aprovecha que Consuelo ha ido a buscar un babero a su habitación para registrar los muebles en busca de algo con lo que quitarse aquel sabor. Lo encuentra en una de las baldas: una botella de Whisky que vacía en su gaznate de un trago, sin darse cuenta hasta que es demasiado tarde de que lo que bebe no es alcohol, es aguarrás. Conoce el sabor, puede parecer una broma macabra del destino pero no es la primera vez que le pasa aquello. Han sido tantas las ocasiones... y pese a ello, aún le abrasa la garganta. Ni siquiera se molesta en usar la puerta; salta por la ventana al jardín y comienza a comer tierra, la única forma de conservar la tráquea. Consuelo le ve y piensa que está jugando solo. Le apena que no tenga un compañero de juegos, así que llama a Ursus, su perro, que hasta entonces dormía plácidamente en su caseta. Perro y hombre cruzan sus miradas y se dan cuenta, para temor de uno y regocijo de otro, que se han visto antes, no hace mucho.
Mortadelo aprovecha que el jefe está siendo atacado por el bulldog mientras es jaleado por la anciana, para registrar la casa. No hay nada. Una habitación llena de capazos de mimbre es lo único a destacar. Tampoco hay ni rastro de Bill. Ahora queda salvar a Filemón. Disfrazado de cigüeña aterriza en el jardín y convence a Consuelo de que ha habido un error en la entrega. Juntos salen volando lejos de allí.
Esperan a que Filemón reponga fuerzas. La siguiente parada no está muy lejos de allí. Irán a pie. Un último nombre sin tachar en la lista: Ibañez. No hay más. Si de él no logran sacar nada tendrán que volver a sus vidas y olvidarlo todo.
Llegan a la casa unos minutos después. A un par de metros de la puerta discuten en voz baja sobre cual es el mejor plan para entrar en la guarida del criminal y poder interrogarlo. Surge entonces desde algún lugar a un par de calles de allí el estruendoso grito del hombrecillo que vivía en el buzón. Vocifera algo sobre que le han engañado con su casa. Hace tanto ruido que podría despertar a medio país. Entonces se abre la puerta dejando al descubierto en el umbral una figura fantasmagórica, de cráneo deforestado, grandes gafas y pobladas patillas. Empuña un revolver encañonado hacia ellos. Lo saben al instante. Ha llegado su final. No hay discursos de última hora con una explicación de todo, ni un instante que aprovechar para crear una distracción y sortear a la muerte una vez más. Al menos han encontrado al culpable. Se miran el uno al otro. Ibañez dispara con precisión. Dos tiros certeros que penetran en ambos corazones. Cuando los cuerpos tocan el suelo, lo hacen inertes, sin vida. Mira a un lado y a otro de la calle. Nadie le ha visto. Está amaneciendo y los ciudadanos aún están desperezándose. Mete los cuerpos rápidamente y los lleva al cuarto de la limpieza. Más tarde, libres las calles de testigos incómodos, se deshará de ellos. Mientras, todavía tiene unas largas horas por delante para celebrar la culminación de su plan. Se dirige a su estudio saboreando el tosco aroma de un cigarrillo mientras silba una alegre tonadilla.
Ibañez coge un folio en blanco, se sienta a su mesa de dibujo y comienza a bosquejar la primera viñeta de la que será su última historieta: una calle solitaria bajo el manto de la noche en la que brilla una rubia enfundada en un ajustado vestido carmesí. Sobre ella, el recuadro de texto del omnipresente narrador: Esta noche ha muerto un superintendente.
El Rey Joffrey, Rey de los Ándalos y los Rhoynar y los Primeros Hombres,Señor de los Siete Reinos y Protector del Reino, solicitaba su presencia. Aquella mañana, mientras daba cuenta de un plato de huevos verrugosos acompañado de dos tiras de bacon crujientes sin llegar a estar chamuscadas, sobre un lecho de carnes marinadas a las finas hierbas, entró en su tienda en el campamento, con el rostro congestionado, un heraldo de la Casa Lannister. Esperó a que el caballero Luna de la Casa Hollor, estandarte de ser Mace de la Casa Tyrell de Altojardín regara el desayuno con un vino aromático de vainilla de más allá del mar angosto, antes de entregarle su real mensaje.
Le despidió con una sonrisa y mientras veía cómo se alejaba con su túnica roja de lana cubriendole un jubón blanco que dejaba ver las frecuentes rachas de viento, apremió a la puta que calentaba su cama a que se levantara y volviera al burdel de donde la hubieran sacado. Una vez se encontró solo rompió el sello de cera con la efigie de un fiero león y leyó el manuscrito. Era bastante conciso: Ser Valaster, se le espera en la corte de inmediato.
No convenía hacer esperar a Joffrey cuyos ataques de ira espontánea eran conocidos desde el Dorne hasta el Muro, así que mandó llamar a su mayordomo Noros, que había sido pordiosero en Braavos, Tor, Altojardín y algunas ciudades libres antes de decidir cambiar de profesión y servir a la casa Hollor.
- Noros - gritó el caballero Luna mientras con su dedo índice izquierdo apuntaba al horizonte que se dibujaba entre los pliegues de la tela de piel de arpillera que hacía de puerta - nos vamos a Desembarco del Rey.
Noros
- Mi señor es gilipollas. - Pensó el ex-pordiosero mientras ensillaba el caballo de su amo, un corcel de color fuego digno de las bestias que montaban los dothrakis- Al menos en Desembarco del Rey hay buenas putas.
Palos
La nieve crujía bajo los pies del guardia de la noche, mientras la aplastaba con violencia en un vano intento de entrar en calor.
- Me estoy pelando el culo de frío - comentó a voz en grito a los dioses del bosque viejo como si pensara que pudieran escucharle o aún más, interesarse por ello.- Espero que ese gilipollas de Cetis venga pronto con la madera para la hoguera.
Valaster (2)
El viaje fue rápido y seguro. Apenas se encontraron con cuarenta bandidos de los que dio buena cuenta con "El filo que daña", su fiel mandoble que había dado a probar a aquellos rufianes. Se dijo que debería recordar felicitar al Rey por mantener la paz de aquella manera tan eficaz. Lejanos quedaban los días en que era frecuente ser violentado y robado por centenares de ladrones cada vez que los caballeros salían de sus castillos.
Pese a estar el sol en su cénit cuando llegó, las calles de Desembarco del Rey estaban repletas de ciudadanos y putas atareados en sus quehaceres diarios. Era día de mercado por lo que en cada rincón podian encontrar puestos donde comprar deliciosas viandas: manitas de merluza, morro de caballo confitado con higo, higado encebollado de uro reducido con vinagre, pastelillos de lilas verdes, cerveza de trigo y jengibre, filetes de negro y pistachos. Alejó de su mente tamañas tentaciones, lo que le valdría que en algún lugar un bardo escribiera una canción por semejante hazaña y no se detuvo ni siquiera cuando su estómago impuso su derecho a ser rellenado con un sonoro rugido. De seguro el Rey compartiría mesa con él y no quería faltarle al respeto mostrando una insolente falta de apetito.
No era la primera vez que visitaba la fortaleza roja, pues ya acudió en una ocasión junto a su tio Palos de Hollor, en tiempos del Rey Robert. Habia pasado mucho tiempo si, pero el recuerdo era fresco como el jugo arrancado por la lechera al joven ternero en un pajar y en unos minutos se encontraba ante las puertas del salón real. Enseñó a los guardias el mensaje que motivaba su presencia y estos le dejaron pasar con un gesto marcial de sus lanzas.
La grandeza de la estancia sobrecogió su corazón. Si aquellos muros de los cuales pendían las enseñas de las casas de Poniente eran así de imponentes, ¿cómo no serían cuando estaban adornados por las cabezas petreas de los dragones Targaryen? El salón rivalizaba en cuanto a concurrencia con las calles. Espadas juramentadas de la casa Hightower cuchicheaban en un rincón junto a la puerta. Le dedicaron una mirada hosca en cuanto se percataron de que estaban siendo observados más tiempo de lo normal, por lo que continuó su camino.
A sus costados, junto a las columnas de piedra donde se podían distinguir las marcas de espadas causadas por antiguas batallas, se arremolinaban cortesanos, pajes y bellas damas que se azoraban al verle pasar y a las que dedicaba la mejor de sus sonrisas. A mitad de camino al trono, le sorprendió encontrar al que llamaban Perro frente a una mesa junto a otros miembros de la casa Clegane ante una fuente de ranas escabechadas acompañada de salsa espesa de apio, la cabeza de un jabalí asado, dos barriles de hidromiel y una tarta de manzana.
Asqueado por los modales indecorosos de aquellos hombres que devoraban como cerdos, se dirigió hacia el trono, a cuyos pies Meñique, con una túnica verde ópalo con ribetes dorados y motivos florales, gesticulaba con sus manos, todo lo que le permitía el anillo con una piedra pomez engarzada, ante Lord Varys, de ovalado rostro y no menos ovalada figura, que fingía interés por la historia que estaba escuchando.
Por primera vez en mucho tiempo se sintió importante allí en medio de tantos caballeros: ser Bivas Lavig, uno de los héroes de la batalla del Tridente donde acabó el solo con la paciencia de su padre, ser Peto DeCuero, cuyo blasón con una mujer desnuda en posición de lucha causaba mofa de todo aquel inconsciente que desconociera con quien trataba, pues a todo el que se reía le hacía comer hierro valyrio. Conformaban aquel corrillo ilustre también, ser Roy Macaboy, explorador del río Brandivino de la casa Mormont, ser Thunder Rock, del que corrían rumores que era una mujer, cosa que nadie había podido comprobar pues quien se acercaba a el/la lo suficiente acababa aplastado bajo su martillo de guerra "Gatita" y ser Miles Dondedrick, de la casa Beever, un advenedizo de reciente ascenso, que desentonaba como un lobo huargo en los Dedos.
Sentado en el trono de hierro, forjado por mil espadas, rodeado por los espadas blancas con sus túnicas níveas y sus armaduras lechosas como la nieve, se encontraba Joffrey que se hurgaba la nariz distraido mientras su madre le miraba sonriente.
- Majestad, ¿me habéis mandado llamar? - preguntó por cortesía el caballero. El Rey levantó la mirada y posó sus ojos azules sobre él un instante.
- Ah, pues no.
Y siguió metiéndose el dedo en la nariz.
Ser Valaster hincó la rodilla en tierra, se levantó como un resorte y tras dar media vuelta de la forma más elegante posible volvió por donde había venido.
Noros (2)
No esperaba que su señor regresara tan pronto y menos aún con gesto tan derrotado. Para animarle le llevó al mejor prostíbulo de la ciudad: La Reina Tetis, donde se tiró a una puta, aunque mientras lo hacía no pudo evitar pensar en la puta que se había tirado esa misma mañana. No quiso creerlo, pero seguramente se hubiera enamorado.
Palos (2)
No sentía gran parte de su cuerpo. Mala señal, pues eso significaba que ya tendría los miembros gangrenados por el frío, negros como las ropas que había jurado vestir por toda una vida que ya llegaba a su fin. Con su último hálito vio como Cetis se acercaba al campamento con un haz de leña en los brazos, silbando al ritmo de su paso dejado. Su conciencia se fue hundiendo en la eterna nieve dejando tras de si un último pensamiento:
Estás acostumbrado a pelear en lujosos rings, pabellones deportivos, casinos y estadios, pero esta lucha es diferente, lejos de las grandes competiciones, de los millonarios premios, del glamour de las estrellas sentadas en primera fila esperando ver como te saltan los dientes o como se los saltas tú al otro, no importa. No habrá ningún periodista que escriba la crónica del combate pese a que es el más importante de toda tu carrera. Tampoco asistirá público, si acaso estarán tu familia, tus amigos, algún conocido, en tu rincón apoyándote o en el del contrario, susurrándole al oído tus puntos débiles, cómo puede ganarte.
Suena la campana en el lúgubre recinto de paredes cubiertas por carteles de combates pasados, apenas iluminado por una araña deslucida que pende sobre el ring. Comienzas la pelea bailando alrededor de tu oponente. Él te sigue el juego con movimientos reflejados. Os tentáis tímidamente durante unos segundos. Él te lanza un directo seco al mentón. Nada serio, piensas mientras ves el puño dirigirse hacia ti a cámara lenta, solo busca un punto flaco. Pero sin saber cómo, te alcanza de lleno, voltea tu cabeza y a punto estás de perder el equilibrio.
Estás tan aturdido que no consigues distinguir con claridad a tu contrincante. Es una sombra que ataca sistemáticamente todas tus debilidades. Las conoce todas. Intentas defenderte lanzando golpes a la desesperada hacia la masa informe que castiga tu cuerpo y tu voluntad hasta el límite de lo soportable. En tu interior suplicas para que suene la campana y termine por fin el asalto, para poder recomponerte y contraatacar, pero el descanso no llega. Has estado recibiendo golpes más tiempo de lo que deberías, pero ni siquiera el tiempo juega a tu favor. Entonces, sin esperarlo, quizás como recompensa a tu resistencia o a tu voluntad, conectas un gancho de izquierda contra su hígado y el boxeador se dobla por el inesperado dolor. No te detienes ahí, lanzas un crochet de derecha, un uno, uno, dos seguido de un uppercut y varios cruzados con los que esperas tumbar a tu némesis y poner fin a la lucha. Algunos golpes se clavan como dardos en su cuerpo pero no parecen hacer mella en él, la mayoría únicamente perturban la atmósfera a su alrededor. Te preguntas si tiene sentido seguir luchando, si tienes la fuerza necesaria para vencer, si acaso nunca la tuviste y nunca debiste aceptar el combate. Aunque ese es un pensamiento estúpido, no tenías la opción de renunciar. Se te impuso por contrato, un contrato tan irrompible como la vida misma.
De nuevo un jab. Esta vez dirigido a tu nariz, esta vez sabes que va a por ti, que estás acabado y que en cuanto se den cita guante y carne caerás a la lona como un saco muerto, derrotado. La caída es dolorosa, más que la cuenta atrás que el árbitro lleva a cabo para certificar que has perdido. Al llegar a diez suena la campana. No hay celebraciones, ninguna nube de flashes ilumina el recinto, no hay aplausos ni speaker que anuncie el ganador. Todo lo que te queda es arrastrarte hasta tu rincón, donde con suerte encontrarás ánimos y consuelo, alguien que te diga que ya lo harás mejor la próxima vez. En cualquier caso, acompañado o solo, no puedes hacer otra cosa que apretar los dientes, guardar tus cosas en la bolsa e intentar que tus heridas se curen para el combate del día siguiente, pues ganes o pierdas, la pelea contra uno mismo no acaba nunca.
El gato pardo sobre la colina camina un poco, se sienta en el suelo, se fija en mi y ahora va y me mira. En franco desafío no me queda otra que empezar a mirarlo. No puedo dejar de hacerlo y él no deja de observarme. No parece disgustarlo.
El gato pardo sobre la colina se lame las patas sin dejar de mirarme. No despega sus ojos de los mios, inescrutable.
Se diría que el gato pardo sobre la colina prepara algo. Una broma estúpida, un acto de inquina, una huida rápida, un lo que sea, de seguro algo.
El gato pardo sobre la colina, ya no tan lejana, ahora más cercano, tensa bien sus músculos, eriza su pelo de color castaño.
Y mientras yo me obceco en esa colina y su gato pardo, se acerca a mi espalda un muerto viviente de ruidos parco.
El zombi me devora, degusta mi cuello que cubren sus labios y el gato pardo sobre la colina, estatua de piedra, mira fijamente sin cerrar los párpados.
Era la última tarde de Edelmira en la ciudad. Habían sido amigos desde que en el jardín de infancia habían compartido un cubo de arena con el que construyeron un castillo tan robusto como la complicidad que los había mantenido unidos durante veinte largos años.
Roberto estaba desolado, más que por la marcha de su amiga, por el hecho de que él no pudiera marcharse de ese barrio que se había convertido en una prisión inexpugnable. Pero aún les quedaba una tarde para disfrutar; ya habría tiempo para lamentarse o buscar una salida o enterrarse más, no importaba. Cogió su cámara de fotos digital
Mientras pasaba las fotos a su ordenador, un súbito apagón interrumpió la operación. A los pocos minutos la luz retornó. Encendió su PC dispuesto a reanudar la tarea, pero el sistema de archivos de la tarjeta se había corrompido. El recuerdo impreso de una tarde inolvidable se había desvanecido en lo que tarda un electrón en ser consciente de su efímera existencia.
El aullido de las sirenas inundaba las solitarias calles del centro. Por primera vez en varios años se había cometido un acto delictivo, al amparo de la noche. Ahora la policía ponía cerco al criminal, empujándolo al barrio de la Razia, un laberinto de callejuelas que únicamente contaba con una salida. Fue una suerte para la policía que el delincuente se encerrara allí. Aquello les facilitaría el trabajo.
Pero él no pensaba lo mismo. Le había sorprendido la rápida respuesta de los agentes. Tuvo que huir a toda prisa del lugar del crimen, al principio sin saber muy bien hacia donde ir, pero pronto tuvo una idea. En las amplias avenidas de la capital no tendría ninguna posibilidad de escapar, sin embargo su antigua barriada, donde había pasado su infancia, era el escondite perfecto, con sus retorcidas calles desprovistas de iluminación que conocía a la perfección. Por suerte no estaba lejos de allí y, perseguido por una infinidad de vehículos policiales, logró escabullirse por el arco de entrada del barrio.
El plan era deslizarse hasta la panadería que presidía la plaza central y esconderse en un pequeño escondrijo, que el señor Bertini, amigo de su padre, usaba para guardar libros de contrabando; pero algo fue mal. La plaza estaba tomada por decenas de agentes. ¿Pero cómo? Se preguntó estupefacto, pues había tomado el camino más corto. El sonido de las aspas de un helicóptero batiendo sobre el lugar, le dio la respuesta. No tuvo tiempo para pensar, los policías se dispersaban por las calles, y varios se acercaban peligrosamente hacia donde estaba. Debía encontrar un lugar en el que evitarlos. Fue casa por casa buscando la salvación en forma de puerta abierta o ventana rota. La suerte le sonrió y pudo entrar sin dificultades en una estrecha casa, apiñada entre dos grandes bloques de apartamentos semiderruidos que no le ofrecían protección alguna.
Echó un rápido vistazo al salón. No parecía que hubiera alguien. Se agazapó tras la cortina de la única ventana que daba a la calle y aguantó el aliento cuando una patrulla pasó junto a ella sin percatarse de su presencia, tras lo cual respiró aliviado; hasta que en el piso de arriba la madera crujió bajo el andar vacilante del supuesto propietario. Sobresaltado, corrió hacia la cocina, agarró el cuchillo más grande que encontró y subió las escaleras con sigilo. De súbito un anciano que salía del baño se cruzó ante él.
- ¿Quién eres? – quiso saber el viejo.
- No le interesa – le espetó presa de los nervios.
Una sirena que ululó fuera le sobresalto, lo que no pasó desapercibido por su rehén.
- Comprendo… ¿permitirás al menos que este pobre viejo pueda descansar sus huesos verdad?
Sin perderle de vista, bajaron hasta el salón, donde se acomodaron en sendas sillas. La tensión de la huida le había agotado.
Conciliador, el viejo le ofreció la mano.
- Mi nombre es Samuel.
- Usted puede llamarme Ismael si le apetece – respondió él.
- Me gustaría saber que ha hecho.
- ¿Por qué?
- Oh vamos, tengo derecho a saber por qué me retiene contra mi voluntad.
La templanza de Samuel le desconcertaba, pero había algo que le hacía confiar en él.
- Hace varios minutos, en un edificio a pocas manzanas de aquí, evite que una mujer muriera asesinada.
- Vaya – replicó el anciano – hacía años que no se cometía un crimen así ¿Cómo se le pudo pasar por la cabeza?
- Podría decirle que perdí el control o que estaba borracho, pero no, estaba harto de nuestras malditas leyes contra las “vidas inútiles”. Los gritos de las cacerías nocturnas no me dejan dormir. Rostros sin cara se adueñan de mis pesadillas, culpándome por no hacer nada
- Pero eso es lo que dice la ley, no debería atormentarse por ello – replicó perplejo.
- ¿La ley dice? ¿Es que a usted no se le revuelven las tripas ante las injusticias que se cometen a diario?
- ¿Cómo puede ser algo injusto si lo contempla la ley? – objetó confuso Samuel - ¿Acaso no es moralmente aceptable seguirla?
- ¿Una ley que causa dolor al prójimo?
- ¿Y no se ha parado a pensar que tiene su razón de ser? ¿Sabe usted que hace siglos la población del planeta se disparó tanto que estuvimos al borde del colpaso?
- Eso no justifica los asesinatos – gritó frustrado.
- No se preocupe, comprendo lo que hizo. Alguien como usted salvó a mi mujer de morir ahogada durante unas vacaciones. Ejecutaron al pobre tipo antes de que pudiera secarse. No pude agradecérselo… Sólo digo que la ley es como es, nosotros pobres ciudadanos no podemos hacer nada por cambiarla.
Las sirenas y el ajetreo habían cesado hace rato, era hora de partir. Con un apretón de manos se despidieron. Ismael se perdió en la noche con la atenta mirada de Samuel fija sobre él. Una vez fuera de su alcance, se dirigió al teléfono.
- ¿Policía? Quisiera informar sobre el paradero de un fugitivo.
- Es normal hija, lo raro sería que no lo hicieras.
- Lo se, pero esperaba que el paso del tiempo aliviara un poco la pérdida. Ya hace treinta años que la muerte separó nuestros caminos y parece que sólo hubieran transcurrido unas horas desde aquella fatídica tarde. Si tan sólo hubiera llevado casco... las cosas ahora serían totalmente diferentes.
- Vamos, no te atormentes más. Las cosas pasan por alguna razón ya lo sabes.
- ¿Y cual podría ser el motivo para "separarnos"? Nos queríamos muchísimo, teníamos por delante una vida llena de felicidad...
- Deja de pensar en eso pequeña. Lo pasado, pasado está. Hay que mirar al futuro. Pronto él morirá y se volverá a reunir contigo.
- Sí, pero mientras llega ese momento, sigo echándolo de menos.
Habían estado viviendo felices en aquella tierra extraña en la que habían despertado en otros cuerpos que no eran los suyos, en una época diferente a la que pertenecían. Pero no importaba el donde ni el cuando, pues estar el uno con el otro era todo lo que podían desear. Y cada uno encontraba en la mirada del otro su lugar en el mundo.
Y así se sucedieron numerosas lunas llenas, hasta aquel fatídico amanecer. Ningún presagio le había advertido de la desgracia que cayó sobre él, o quizás no le había prestado atención, pues toda su atención la había merecido su preciada reina.
Pero ahora, en aquel establo desconocido en el que había despertado, ella no estaba. Se levantó de un salto llamándola con el corazón en un puño, aunque algo le decía que su amada se encontraba lejos del alcance de sus descarnadas palabras.
Revisó hasta el más pequeño rincón del lugar. Junto a la entrada, encontró su armadura y su corona. Se embutió en ella con rapidez y tomó por montura un corcel blanco que reposaba en silencio en la cuadra junto al establo.
- Te llamaré Premura - le susurró mientras hundía los talones en el costado del animal.
Cabalgó hasta tomar una cima cercana donde se detuvo para trazar su nuevo destino. Le bastó un breve vistazo para reconocer la zona, un valle agrícola al oeste de su antiguo castillo que solía frecuentar cuando era niño.
Decidió volver a su fortaleza, allí haría que sus soldados rastrearan cada palmo del reino, cada gruta, cada grieta en el terreno, cada casa... nadie descansaría hasta que pudiera estrechar entre sus brazos a su reina.
Pero cuando se encontraba a punto de cruzar el puente levadizo, una súbita nube de humo se materializó ante él. Premura se encabritó y a punto estuvo de enviarlo al suelo, de no haber sido por su pericia.
El humo tomó la forma de Aradras, su antiguo mentor, un poderoso mago bajo cuya protección había logrado acceder al trono.
- No entres al castillo majestad, pues ya no es tu persona la que veneran tus antiguos súbditos, sino tu sobrino Harald, que tras tu desaparición tomó las riendas del poder.
- Soy un Rey sin espada, sin castillo y sin reino, pero nada de eso me importa - rugió Sir Daniel - Dime ¿por qué he vuelto? -le preguntó angustiado - ¿Acaso Ralsun ha vuelto a hacer de las suyas?
- Nada de eso Rey Daniel. Leo en tu corazón que no es el gobierno de los hombres ni tu vuelta apresurada lo que estremece tu ser.
- Lees bien, pues el mismo infierno me parecería un campo de amapolas si mi amada reina me acompañara cogida de la mano. Déjame pasar, pediré a mi sobrino que ponga en pie a sus hombres y me ayuden a encontrarla.
- Es inútil, pues ella no está en este mundo.
- Llévame de vuelta al lugar de donde vine entonces - suplicó angustiado al anciano mago.
- No es tan sencillo. Ven, acompáñame a casa.
Confiando en su sabiduría y sus misteriosos poderes, Sir Daniel cabalgó detrás de él durante varios kilómetros, hasta llegar a una cabaña en un recóndito lugar del bosque de las hadas. Aradras le invitó a que se tumbara en un lecho de paja y le hizo tomar una poción de olor nauseabundo.
- Tómatela si quieres alcanzar tu destino - le conminó.
- No veo en qué pueda ayudarme este brebaje, anciano.
- ¿Confías en mi?
El Rey se lo pensó unos instantes, pero finalmente cogió el recipiente donde bullía el repelente líquido y lo bebió de un trago. Cayó de inmediato en un profundo sueño, del que volvió a lomos de su caballo, en medio de un páramo que se extendía hasta donde alcanzaba la vista y en el que el polvo y los matojos eran los únicos dueños. Sólo al sur, unas montañas daban relieve al plano en el que se encontraba. Sin otra referencia, decidió dirigirse hacia ellas.
No podría decir si estuvo cabalgando días o semanas, lo único seguro es que la distancia que le separaba de su destino no menguaba. De pronto, la niebla comenzó a rodearle. Premura relinchó intranquilo pero no detuvo el paso.
Entre los jirones espesos de neblina reconoció un edificio, era la casa en la que vivían juntos en el otro mundo. Corrió hacia ella, abrió la puerta principal y se detuvo en el recibidor. Era exactamente igual a como lo había visto la noche anterior. Escuchó la suave melodía de una canción que venia del salón, se dirigió hacia allí con el corazón golpeando frenéticamente en el pecho esperando ver a su amada bailando en el centro de la estancia, como le gustaba hacer en las noches frías de invierno, cuando el silencio lo inundaba todo y la pasión inflamaba sus cuerpos. Pero no fue a ella a la que encontró, sino a una anciana achaparrada vestida con un sayo raído, que contemplaba ensimismada el violento fuego que crepitaba en la chimenea.
- ¿Quién eres? - le preguntó decepcionado.
La anciana pareció no escucharle. Seguía con la mirada fija en la chimenea sin percatarse de su presencia. Sir Daniel pensó subir a los dormitorios, tal vez allí se encontrara el fruto de su deseo, pero en cuanto se giró, la aguda voz de aquella desconocida le detuvo.
- No te molestes en subir. Pues ella no está allí.
- ¿Piensas que el comentario de una vieja va a guiar la búsqueda de mi amada?
- Hablas de "tu" amada, como si fuera tuya, pero nunca lo fue, nunca la tuviste. Fue todo un mero espejismo, una gota en un océano de ilusión - le espetó ofendida.
- ¿Cómo osas soltar por tu desdentada boca semejantes ofensas? El viento me trae su risa, las ramas de los árboles mecidas por el viento se asemejan al movimiento de sus cabellos entre mis dedos. No hay fuerza en todo el universo mayor que el amor que siento por ella. Eso es tan real como la sangre que hierve en mis venas a cada instante que estoy separado de su presencia.
La anciana se irguió como si las palabras de Sir Daniel le hubieran insuflado con los bríos de su perdida juventud.
- ¿Cómo puedes asegurar que no vives sino un sueño? ¿una quimera? ¿Que no eres si no la ilusión de un pobre iluso que duerme la siesta bajo un manzano? ¿que no eres nada, ni siquiera polvo? ¿Y cómo puede amar alguien a la nada? ¿Por muy encantadora o virtuosa que sea esa dama? Tu búsqueda es estéril pues nada de lo que viviste es cierto. Olvida todo lo que fuiste y sigue adelante el tiempo que te quede, tal vez ese iluso se despierte pronto y tú te desvanezcas como el recuerdo de una agradable pesadilla.
- ¡¡Jamás!! Prefiero la muerte, el olvido, el sufrimiento eterno, a renunciar a ella. No habrá dios, demonio, brujo o sortilegio que me impida buscarla hasta el confín de la tierra y más allá. Demasiado he confiado en las palabras de otros.
Enfurecido, montó en su caballo y desapareció en la bruma mientras desde la ventana lo despedía la anciana con lágrimas que borraban sus arrugas y convertían el viejo sayo en el manto real de la que un día, no hace mucho, fue una gran reina.
Y cuenta la leyenda que el desolado rey jamás tomó descanso ni reposo alguno; y en los días de lluvia, si prestáis atención, podréis oír los ecos lejanos de Premura, a lomos del cual Sir Daniel cabalga en busca de su amada, por toda la eternidad.
Los morteros martilleaban la conciencia de Chuso a medida que explotaban uno tras otro a pocos metros del sucio agujero en el que había encontrado refugio.
Su unidad patrullaba la selva cuando les sorprendió un pelotón de amarillos a los que consiguieron hacer correr como gallinas con tres descargas de todo lo que llevaban. Con lo que no contaban era con la presencia a centenares de metros, de un cuartel subterráneo del vietcong que había sido alertado por los huidos, de la presencia de los americanos. Antes de que pudieran celebrar la intrascendente victoria, su unidad se había visto bajo una mortífera lluvia de proyectiles.
A un par de metros a su izquierda, parapetado tras un montículo de piedras que quedó cubierto por la tierra sacudida por un impacto demasiado cercano, se encontraba el teniente Harris hablando por radio o más bien gritando con cualquier cabrón afortunado sentado tras una centralita. Tras asentir efusivamente y colgar, le hizo un gesto para que se acercara. Molesto, se arrastró por el fango hasta llegar a su posición.
- Sargento, he hablado con el CG- gritó por encima del rugido de las explosiones -. No tendremos apoyo aéreo hasta dentro de un par de horas.
- Para entonces ya estaremos bien fritos, señor - replicó enojado
- Eso mismo les he dicho, así que tendremos que salir por patas de aquí.
- ¿Cual es el plan?
- Iremos a la LZ 14 - desplegó un ruidoso mapa sobre sus rodillas y señaló un descampado a veinte kilómetros de su posición -. Aquí nos recogerán.
Chuso escupió al suelo tratando de contener la creciente ira que nacía en su interior.
- Señor, eso está jodidamente lejos, a sólo siete kilómetros de aquí está la lz 3.
- Si, pero tendríamos que pasar por esa cortina de fuego.
Desde el momento en que lo vio descender torpemente del helicóptero con su inmaculado uniforme y su diploma de West Point bajo el brazo, Chuso supo que aquel teniente le daría más de un quebradero de cabeza.
Intentó explicarle que los morteros eran poco precisos y que al huir por una ruta tan larga podrían ser perseguidos por fuerzas enemigas muy superiores. Fue inútil. La orden estaba dada.
Aprovechando un parada abrupta del bombardeo, Chuso reunió al pelotón y les comentó la situación. Todos mostraban su disgusto pues compartían la opinión de su sargento, por algo seguían con vida después de más de tres años en aquel infierno.
- En todas las unidades suele haber un capulllo - intentó bajar la tensión - ni siquiera el viejo Kowalski nació aquí.
Los soldados asintieron en silencio ante la mención del anterior teniente. En algún momento había salvado la vida de todos los presentes, salvo la suya. Lo que no había podido lograr el vietcong, lo consiguió la malaria.
Bajo el fuego de cobertura de la M60 de Simpson, el grupo comenzó la retirada hacia el punto de recogida, mientras comenzaban a caer proyectiles aquí y allá. Pronto el ruido de los morteros se diluyó entre el mar de sonidos que surgían de la impenetrable selva, a través de la cual iban abriéndose paso a machetazos.
El primero en caer fue Randall, un granjero de Iowa al que habían arrojado a regañadientes en aquel barrizal en el que no te puedes despistar un segundo. Él lo había hecho y había activado una primitiva trampa del vietcong. Harris ordenó que dejaran el cuerpo atravesado por decenas de ramas de bambú afiladas y continuaron su camino.
El dejar el cuerpo de Randall a la carroña sin enterrarlo siquiera cayó como un jarro de agua fría sobre la moral de la unidad, que no hizo más que acrecentar el resentimiento hacia el teniente, un resentimiento que estalló en un ataque de ira, cuando Hayes cayó abatido por un francontirador al que dieron caza antes de que se cobrara más víctimas.
- Ese maldito cabrón va a hacer que nos maten a todos - escupió entre dientes el cabo Rope. Habían hecho un alto para reconocer el terreno, lo que los soldados habían aprovechado para reunirse.
- Sí jefe, ojala el charlie le hubiera visto a él primero en lugar de a Hayes. Nosotros tendríamos alguna oportunidad para seguir intentándolo y él estaría vivo - afirmó el soldado Fier.
Chuso reflexionó en silencio. El teniente era torpe, no tenía experiencia de combate y parecía tener la suerte en contra. Rope interrumpió sus cavilaciones.
- Sargento, no digo que le lancemos una granada a la espalda, pero podríamos dejarlo sólo. Si es bueno, sobrevivirá y si no, bueno, en cualquier caso no duraría mucho más en esta maldita guerra.
El sargento siguió sin decir palabra.
- No quiero que mi vida la controle un incompetente...
- Está bien - acertó a decir al final -. Seguidme.
Chuso echó a andar hacia un riachuelo cercano y los soldados le siguieron rápidamente sin mirar atrás.
Llevaban caminando quince minutos cuando un disparo lejano le sobresalto, ninguno dijo nada, pero todos sabían que aquella bala había sido para el teniente.
De pronto Chuso se detuvo en seco junto al tronco de un árbol caído sobre el torrente. Miró alrededor y gritó:
- ¡¡¡Voy a por vosotros malditos amarillos!!!.
Se internó en la selva siguiendo una antigua senda indígena mientras los soldados se miraban sorprendidos por aquel arrebato repentino. Tras pasar un par de minutos y ver que no volvía, decidieron ir en su busca.
El camino desembocaba en la entrada de un antiguo templo a cuyos pies yacía el cuerpo degollado de su sargento, rodeado de soldados del ejercito de Vietnam del Norte que descargaron sus armas automáticas sobre ellos en cuanto se pusieron a tiro.
- Estamos jodidos - susurró Rope.
- ¡¡¡A cenar!!! - gritó su madre escaleras abajo.
Martín pulsó el botón de pausa justo antes de que las balas atravesaran a sus dos últimos soldados. Esa partida estaba perdida, pero después de la cena volvería a intentarlo. Les enseñaría a esos vietcongs quién estaba al mando.
Dos bancos bajo mi ventana. Dos bancos que bordean el desgastado camino que cruza el pequeño parque que separa el edificio del espectro de un arroyo, en cuyo lecho al fútbol suelen jugar los niños. Los dos están ocupados en esa tarde de sol y desgana. Las cuatro repican las campanas de la lejana iglesia y sólo los ancianos se atreven a pasear por las calles. Los jóvenes tomarán su turno cuando la luna caliente con fuerza las bebidas espirituosas que calentarán sus espíritus, pero ahora, cuando el eco de la última campanada se pierde a lo lejos, hacia los borrosos montes desdibujados por la bruma, unos jubilados ocupan los dos bancos que contemplo asomado a mi ventana.
En uno de ellos, al oeste de mi, y al este yo de ellos, una pareja se dedica arrumacos y abrazos lentos y pausados. En el otro, al oeste de mi y al este él de ellos, otro anciano, de silueta triste, mirada gacha y rostro ajado, apoyado en sus rodillas, desmigaja un mendrugo de pan con el que da de comer a cuantas palomas se atreven a descender de su vuelo en busca del fácil sustento. Y cuando una de esas migajas alcanza pronto el suelo, yo le veo desviar la mirada hacia el banco donde ellos, se olvidan de palomas, el calor de muerte y el azul del cielo y se pierden el uno con el otro en un interminable duelo de miradas cómplices, de muestras de amor sincero. Y agacha de nuevo la cabeza y junto con más migajas, veo como sus lágrimas, salado condimento, las acompañan en su camino hacia el suelo.
No se si estoy viendo una escena real o un futuro incierto, pero cuando el viejo deja el pan y alza la vista al cielo, nuestras miradas se cruzan y en sus ojos yo me veo. Y él no sabe si ve a una persona real o a un pasado incierto, y se pregunta a cuantas palomas tendrá que alimentar hasta hallar la paz del muerto.
Se levanta de prisa, se sacude el pan primero, y pasa junto al banco, al oeste de mi, al este yo de ellos y se aleja despacio, con la mirada triste, clavada en todo momento al suelo. Me alejo de la ventana, lejos de aquel aserto, mientras en el banco al oeste del anciano, al oeste yo de ellos, siguen con sus carantoñas aquellos felices viejos.
Aprovecharon que estaba dormido y no sospechaba nada. Estaba soñando que jugaba un partido de fútbol pero no uno cualquiera, sino la final de la copa del mundo. El delantero del equipo contrario se acercó a toda velocidad a la portería que él defendía y cuando estaba en el borde del área pequeña, lanzó un zapatazo hacia la escuadra.
Vio acercarse el balón como un misil. Intentó levantar los brazos para detenerlo, pero no podía moverlos, sentía como si pesaran una tonelada. Cuando impactó contra su cara, se despertó. Gotas de sudor frío salpicaban su frente. Quiso coger el reloj que dejaba en la mesilla todas los noches antes de acostarme. Le fue imposible. ¡Estaba atado! Abrió los ojos preguntándose si no permanecería todavía preso de la telaraña de sus sueños. Mordió uno de sus carrillos con doloroso resultado. Estaba bien despierto y un creciente pánico se iba apoderando de sus pensamientos. La habitación estaba a oscuras, así que no podía ver quien o qué le retenía contra la cama.
De pronto la lampara de la mesita se encendió y pudo comprobar que eran tres gruesas cuerdas que guardaba en el cobertizo las que le mantenían inmóvil, a merced de sus desconocidos captores. Entonces fue consciente del hormigueo que subía por su estomago, como si decenas de insectos corrieran hacia su pecho. Puso a prueba la resistencia de las ataduras cuando intentó aliviar el picor retorciendo violentamente sus brazos.
- No te resistas. No puedes soltarte - dijo una voz aguda como la de un niño.
- ¿Quién ha dicho eso?
En el tiempo que tardó en pestañear, se mostraron ante él una decena de pequeños seres que habían tomado su pecho por un foro romano. Los observó unos instantes. Había un astronauta, un androide con aspecto de galán, una especie de soldado perteneciente a la colección de su hermano pequeño, un oficinista, un enano cabreado... Se quedó mirando a aquel androide: el tupé a lo Elvis, el traje de chaqueta con una marca de carmín en la solapa, la cicatriz de la cara...
- Tú eres... - balbuceó.
- En efecto y estos son Yr, Poli, Emilio, Mario, Votri... - respondió el androide señalando al resto de miniaturas -. En fin, no te serán extraños nuestros rostros, ni ajenas nuestras peripecias ¿verdad?
- Claro - respondió presuroso - pero no puede ser posible. Sois... sois... mis personajes -. Movió la cabeza de un lado a otro queriendo desprenderse del ataque de locura que le afectaba -. Esto es un sueño. El más raro que he tenido nunca, pero sueño al fin y al cabo.
- No digas tonterías - le interrumpió Anthony, protagonista de uno de sus primeros relatos, en los que la humanidad había dejado de lado las relaciones personales para intimar con robots -. Somos tan reales como tu miseria.
- ¿Y qué hacéis aquí? ¿Sois vosotros los causantes de mi cautiverio?
- Lo somos. Tenemos que hablar contigo seriamente y no queríamos arriesgarnos a que huyeras de nosotros. Estamos hartos de ser protagonistas de tus historias.
-¿Qué tienen de malo?- replicó el escritor.
- ¿Lo dices en serio? Todas tus historias acaban en desamor. La tristeza campa a sus anchas por tus textos. Los versos se deslizan por la desidia. Mojas en penas tu pluma y con ello nos haces desgraciados. ¿Qué te hemos hecho? ¿Acaso no somos merecedores de una brizna de felicidad?
- Sólo plasmo la realidad - trató de defenderse.
- ¿Qué culpa tenemos nosotros de que el mundo te rehuya? ¿De que hayas cerrado tu corazón y tirado la llave al abismo del olvido? No nos hagas partícipes de tu derrota. Tenemos derecho a disfrutar de las cosas buenas de la vida, de emocionarnos con el brillo de un riachuelo en las pupilas del ser amado, de estremecernos por un abrazo en la oscuridad de una habitación...
- ¿Quién os ha enseñado esas cosas?
- ¡Tú! Estúpido. No fuiste siempre así. ¿No lo recuerdas?
- Tú antes molabas - le reprochó un tipo espigado de larga barba cubierto por una túnica blanca - ¿No podrías volver a esos relatos repletos de chascarrillos?
El escritor tornó el asombro en firmeza y se enfrentó a ellos con arrogancia.
- Comprendo vuestras peticiones pero me son imposible aceptarlas. Puesto que no soy, ni volveré a ser lo suficiente feliz como para escribir mis textos alegres de antaño, prefiero el dolor de la pérdida, fuente de la que mana mi inspiración, y sufrir por ello, a la mediocridad estéril de la simple paz interior.
- Tío que pedante eres - tuvo que reconocer Anthony - ¿Es tú última palabra?
- Si - afirmó con resolución mientras apartaba la mirada de ellos, acaso para no flaquear en su decisión.
- ¡A él!
Al día siguiente todos los periódicos llevaban la noticia en sus páginas de sucesos:
"Conocido escritor desaparece en mitad de la noche. Ha dejado una enigmática nota en miniatura que dice: Voy en busca del amor."
Mareos. Jaqueca. Oscuro amanecer. Estás tumbado en un camastro de paja en el interior de una choza de barro. Eso es todo lo que sabes. Intentas incorporarte pero la cabeza te da vueltas. Respiras profundamente mientras los sonidos del exterior se cuelan por un minúsculo ventanuco. No recuerdas nada. Ni tu nombre, ni donde estás, ni qué es ese sentimiento de urgencia que atenaza tu estomago y te obliga a ponerte en pie.
>Machácatela
Estás muy cansado para hacer eso.
>Uno nunca se cansa de eso.
Lo que tú digas...
>Mira por el ventanuco
Está muy lejos.
>Levántate
Tras unos instantes de zozobra, logras mantenerte sentado en el borde de la cama. El mareo desaparece. Te pones en pie y contemplas tus harapientos ropajes. Una camiseta raída de los Iron Maiden y un pantalón pirata.
>examina pantalón pirata
Un recuerdo se desliza en tu mente. Esos pantalones te los regaló... una mujer. No logras recordar quién. Uno de los bolsillos está roto. En el otro sólo encuentras una tarjeta del VIPS. Ha caducado.
>mira por el ventanuco
Puedes ver la plaza de un poblado indígena, del mesoamazonas a juzgar por el tocado de unos niños que juegan distraidos con una piedra. ¿Cómo puedo saber eso? te preguntas. Otro chispazo del pasado prende en tu mente. Los conocimientos sobre decenas de pueblos remotos y tribus desconocidas se agolpan ahora por captar tu atención. Eres todo un erudito antropólogo. Aunque eso sigue sin explicar lo de los pantalones pirata.
>examinar choza
Una construcción típica de los Yisay con forma de seno. Huele como si un animal hubiera dormido dentro. Al norte puedes ver un ventanuco y al sur, una puerta hecha con cañas.
>patear las cañas
No es necesaria tanta violencia.
>patear las cañas con cariño
No insistas. No te voy a hacer caso.
>abrir la puerta
Al salir al exterior, el sol se abalanza sobre ti como un jaguar hambriento dispuesto a devorar tus ojos mientras un batiburrillo de sonidos y olores saturan tus sentidos. Frente a la cabaña, lo que parece ser un explorador o un maniquí del Coronel Tapiocca charla con una indigena de senos libres como el espiritu de esas gentes salvajes. Ninguno de los dos parece advertir tu presencia.Salidas: Sur, Este.
>inspeccionar indigena
Es un bello ejemplar de mujer Yisay, con el pelo recogido en un moño sobre la cabeza y la piel tostada como la noche africana.
>¿y qué pasa con las tetas?
No entiendo esa pregunta.
>examinar tetas
Guarro.
>hablar con cazador
Toses de forma ostentosa para llamar su atención. El cazador despide a la mujer y con una sonrisa te da la mano.
- Veo que ya se ha despertado señor...Hace una pausa esperando que le respondas, pero no sabes qué decirle.
- ¿No sabe usted como me llamo?
El hombre te mira perplejo.
- Le encontramos inconsciente en medio de la selva hace un par de noches, cerca de un riachuelo, en la frontera con las tierras de los Yanomami. Tuvo usted mucha suerte. Son canibales y esta es su época de apareamiento.
Le explicas tu situación. Él te habla de un viejo chamán que se oculta del mundo en una cueva de las montañas del sur. Dicen que puede ver el pasado, el presente y el futuro.
- ¿Quieres saber algo más? - te pregunta.
>decir "¿donde estoy?"
- Estás en uno de los poblados Yisay, del bajo Amazonas. Lo más cercano a la civilización que hay por aquí, es una botella de Coca Cola que cayó del cielo hace años. Los nativos lo adoran como su dios.
>decir "¿quien es la mujer?"
La llaman "la leona" por su insaciable apetito. Justo cuando les interrumpiste, Krav estaba ultimando un encuentro para esa noche.
- Lo siento -. Tratas de disculparte.
- No te preocupes. De todas formas tenía que irse a recolectar plátanos.
>decir "¿quién eres tú?"
- Soy Krav, el cazador de leones. Famoso en los ocho continentes. Vine aquí hace un par de semanas para añadir a mi colección la cabeza del gran elefante blanco. Por desgracia no he logrado encontrar ninguno aún. Ni siquiera he visto un elefante, pero no pierdo la esperanza.
>salidas
Las salidas están al sur y al este.
>sur
Sales del pueblo dejando atrás la empalizada que lo proteje de los peligros de la selva que te rodean. Estás rodeado por muros de vegetación que forman un pasillo que se extiende hacia el sur. A un lado del camino, casi tropiezas con una extraña piedra pulida, con forma de... Si no fuera por dónde te encuentras, jurarías que es un consolador de piedra. El sueño de Amelia Earhart.
Salidas: Sur, Norte.
>coger piedra
La sujetas por el extremo correcto y la introduces con cuidado en la parte trasera de tu pantalón.
>chupar piedra
Eh.... ¿No esperarás que describa eso verdad?
>sur
La jungla parece tomarse un descanso en esa parte del camino. Los altos árboles han dejado paso a frondosos arbustos de los que penden unos pequeños frutos rojos. Salidas: Sur, Norte, Oeste.
>examinar frutos
Son pequeños como granos de café. Pese a su color bermejo, parece que son comestibles.
>prender frutos
Coges un puñado de ellos y te los guardas en un bolsillo.
>grabar partida1
Partida guardada.
>comer frutos
Te introduces un par de esos granos rojizos en la boca. Están dulces y blanditos. Sin embargo, no bien han terminado de llegar al fondo de tu estomago, sientes como este arde como si te hubieras tragado un mechero bunsen. Te tiras al suelo retorciéndote del dolor. Instantes después no eres más que abono fresco para las futuras plantas que crecerán en tu lugar de reposo eterno.
Fin
>cargar partida1
Partida cargada.
>salidas
Las salidas están al sur, al norte y al oeste.
>sur
El bramido del río es ensordecedor. Es el fin del camino. Aunque no es muy ancho, es demasiado caudaloso y sus aguas bajan demasiado rápidas como para cruzarlo a nado. No hay ningún puente ni barca que te permita ir al otro lado, hacia el chamán que te devuelva la memoria. Desesperado, te sientas contra un árbol inclinado que parece saludar a las aguas. De inmediato este cruje y se tambalea. Tal vez puedas usarlo.
Salidas: Norte.
>inspeccionar árbol
No estás seguro de qué especie de árbol se trata. Crece a escasos centímetros de la orilla y sus raíces deben estar haciendo un esfuerzo extra para mantenerlo en pie.
>empujar árbol
Echas tu peso sobre el castigado tronco pero pese a que se mueve unos centímetros, tu fuerza no es suficiente para tirarlo.
>norte
La jungla parece tomarse un descanso en esa parte del camino. Los altos árboles han dejado paso a frondosos arbustos de los que penden unos pequeños frutos rojos.
Salidas: Sur, Norte, Oeste.
>oeste La distancia entre los árboles se hace mayor, lo que te permite ver más allá de la sábana esmeralda que te rodea. Un concierto de gritos, chasquidos de ramas y silbidos en la lejanía te hacen despertar de la ilusión de que te encuentras sólo. Una hoja gigante llama tu atención por su ligereza y su buen olor.
Salidas: Este, Oeste.
>agarrar hoja gigante
Eliges la más verdosa y la enrollas en forma de tubo para facilitar su transporte.
>fúmate un porro Los ganadores no consumen droga.
>los porros no son droga. No hacen ningún daño
Eso díselo al pobre Timmy. Era una mañana fría cuando Timmy salió con su balón a jugar al parque. Las ramas de los árboles se mecían con fuerza, azotadas por el viento implacable.
Asustado por las fuerzas de la naturaleza, corrió a resguardarse bajo un balcón, pero antes de llegar, una maceta cayó sobre su cabeza causándole un traumatismo craneoencefálico que le mantuvo postrado en cama dos meses. Timmy se perdió la final del campeonato juvenil y se puso muy triste.
>¿y eso que tiene que ver con los porros?
La planta de aquella maceta era de ¡María! ¿Podemos seguir?
>oeste
Los aullidos de un mono llaman tu atención. Cuelga de liana en liana mientras trata de sostener con su pie...¡¡una pequeña hacha!! Lo observas durante unos minutos. Da vueltas en círculos por esa zona.
Salidas: Este.
>el mono caga de memoria
No entiendo ese concepto.
>examinar suelo
El suelo está lleno de pequeñas piedras de mármol afiladas. Debe haber cerca alguna cantera.
>coger piedra
Eliges la que te parece más mortífera.
>arrojar piedra contra el mono
No entiendo lo que dices.
>lanzar piedra contra el mono
¿Me lo repite?
> atacar con piedra al mono
No creo que eso sea aconsejable.
>expeler la piedra hacia el mono
Deberías darle un repaso al diccionario.
>¿quieres tirar la puta piedra al mono ya?
Caray con el académico de la lengua...
>tirar piedra al mono
Expeles la piedra hacia el mono con las escasas fuerzas que te restan tras la prolongada convalecencia en aquella cabaña, pero el mono es ágil y logra esquivarla. Sin embargo se detiene sobre una rama, coge el hacha y lo blande hacia ti amenazadoramente. Jurarías que tiene los ojos entornados.
>este
La distancia entre los árboles se hace mayor, lo que te permite ver más allá de la sábana esmeralda que te rodea. Un concierto de gritos, chasquidos de ramas y silbidos en la lejanía te hacen despertar de la ilusión de que te encuentras sólo. Salidas: Este, Oeste.
>este
La jungla parece tomarse un descanso en esa parte del camino. Los altos árboles han dejado paso a frondosos arbustos de los que penden unos pequeños frutos rojos. Salidas: Sur, Norte, Oeste.
>norte
Estás rodeado por muros de vegetación que forman un pasillo que se extiende hacia el sur. A un lado del camino, casi tropiezas con una extraña piedra pulida, con forma de... Si no fuera por dónde te encuentras, jurarías que es un consolador de piedra. El sueño de Amelia Earhart. Salidas: Norte, Sur.
>norte
En el pueblo, Krav limpia su arma con cuidado, sentado a la sombra del toldo de una de las cabañas. Al verte alza su brazo para saludarte, apretando el gatillo sin querer e hiriendo en la pierna a una de las vacas que pastan en uno de los corrales. Salidas: Sur, Este.
>decir a Krav "¿dónde está la mujer?"
- Ya te lo dije antes, en la plantación de plátanos del este. Por cierto esa mujer tiene un nombre. Vale que hasta los gorilas huyan de ella, pero es una persona también. Se llama Casta. - Un nombre muy... curioso. - Se lo puse yo.
>este
La "plantación" de plátanos no son más de quince palmeras apiñadas en apenas 4 metros cuadrados y golpeadas con largas varas por un grupo de mujeres entre las que pronto distingues a Casta. Es la encargada de comprobar la dureza de la fruta.
Salidas: Oeste.
>examinar a Casta
Permanece sentada frente a un cesto repleto de plátanos. Los va cogiendo uno a uno. Con la mano izquierda los agarra por la base, mientras desliza su diestra a lo largo del fruto, de arriba a abajo, suavemente. Parece tener una gran experiencia.
>coger plátano
Casta te da un manotazo y te reprende seriamente. No se puede robar a la tribu. Tendrás que darme algo a cambio.
>inventario
- Hoja con forma de porro que no es un porro - Frutos rojos - Piedra fálica
>dar hoja con forma de porro a Casta
¿Estás de broma? Esta gente toma coca para desayunar. Es como si le ofrecieras un huevo kinder a Isabel Preysler.
>tú dáselo
La mujer te mira de arriba a abajo hasta considerar que careces del suficiente interés y continua su trabajo.
>dar piedra fálica a Casta
Los ojos de la joven se iluminan como el trasero de las luciérnagas en una noche sin luna. Agarra la piedra, te tira un plátano y tras una breve conversación con las recolectoras, se pierde en el interior de una choza.
>coger plátano
El que te ha tirado la chica está demasiado blando así que metes la mano en el cesto y te haces con un suculento plátano que sería la delicia del mismo King Kong.
>oeste
Los miembros de la tribu rodean a Krav, que permanece atado a un poste. Lo están juzgando por vaquicidio, el crimen más grave para los Yisai. Al pie de la empalizada, puedes ver su revolver.
Salidas: Sur, Este.
>coger revolver
Es un Colt Carabine del 42 con culata de nácar. El tambor está lleno salvo por la bala homicida.
>pegarte un tiro
¿Por qué no te lo pegas tú?
>sur
La Amazonia es el sueño de los vegetarianos. Allí no morirían de hambre nunca. Salidas: Norte, Sur.
>sur
Estar rodeado de tanto verde, te hace sentir como si fueras un ser de clorofila. No debiste chupar ese sapo... Salidas: Norte, Sur, Oeste.
>oeste
Ya no quedan hojas de porro. Salidas: Oeste, Este.
>oeste
El mono continúa con sus acrobacias indiferente a tu presencia. Salidas: Este.
>tirarle plátano a mono
Lo lanzas con cuidado de no darle. Este cae a pocos metros de ti. El simio se detiene. Te mira a ti, luego al plátano, de nuevo a ti... parece estudiarte. En un instante, suelta el hacha y se abalanza sobre la fruta, desapareciendo de inmediato entre el follaje.
>coger hacha
Podría haber pertenecido al primo salvaje de Papá Pitufo, pero al menos está afilada.
>hacer la danza de la lluvia
¿Y eso a qué viene ahora?
>Ya sabes, coges el martillo lo sujetas por encima de la cabeza y das vueltas en círculo mientras invocas a Manitú.
No me he enterado de nada.
>este
Ya no quedan hojas de porro. Escuchas el llanto lejano de Bunbury, o eso te parece. Salidas: Oeste, Este.
>este
El rumor de un río llega a tus oídos difuso como tus recuerdos...
Salidas: Norte, Sur, Oeste.
>sur
Bravas como las brasileñas en carnaval bajan las aguas del torrente atronador que cercena tu travesía. Un grupo de árboles beben de su cauce aunque al crecer se han achaparrado.
Salidas: Norte
>usar arbol con hacha
¿Sabes que hay disléxicos famosos como Picasso, Einstein y Johnny Deep? En serio, infórmate sin vergüenza ninguna.
>usar hacha con árbol
Te arrancas la camiseta dejando al descubierto un torso fofo y peludo como el del seguidor típico de Iron Maiden y durante cuatro agotadores días logras talar uno de los árboles, que cae perpendicularmente sobre el río, creando un improvisado puente.
>cruzar puente mientras silbas la banda sonora de "El puente sobre el rio Kwai"
No entiendo referencías a películas anteriores a los años 70.
>bueno pues entonces silba la de "El bueno, el feo y el malo"
Qué gran película. Clint Eastwood se sale. Bueno escucha que empiezo: Titiiii ti ti ti tiiiiii ti tiiiii ti ti ti ti ti ti ti ti ti...
>es suficiente
Bueno, pues estás al otro lado de la corriente. El camino se bifurca hacia el sur y hacia el este, donde la plataforma continental termina bruscamente en un precipicio.
>sur
Has llegado al fin a las montañas. No te es muy difícil encontrar la cueva del chamán pues este ha montado una tienda de souvenirs para turistas. Tras hacer cola durante quince minutos detrás de unos japoneses, logras tener una charla con él. - Tu problema tiene solución - te dice mientras se toma la segunda dosis de ayahuasca del día - Yo hago una poción con frutos rojos y hojas de porro que te devolverá la memoria.
>dar ingredientes a chaman
- Bien, espera aquí.
El viejo se introduce en el almacén y sale minutos después con un vaso lleno de un liquido verduzco y vomitivo. Lo bebes de un tirón. Sientes como el brebaje desciende por tu sistema digestivo quemándolo como si fuera aguarrás.
- Es aguarrás - te informa el chamán. Tiene muchos otros usos aparte de conservante de la Pepsi.
No escuchas sus últimas palabras pues de pronto sientes como si en tu cerebro se abriera la puerta principal y entrara en él tu vida.Eres... bueno, eso no lo recuerdas, ni tampoco de donde eres, ni qué haces allí...
- Perdona, diluí el aguarrás con un poco de vino. No es fácil encontrar por aquí una droguería.
Lo único que recuerdas es que tienes que llamar por teléfono a tu novia, antes de que esta se piense que la estás engañando con las nativas.El chamán te informa de que podrás encontrar una cabina pasado el precipicio de la fe.
- Por cierto, ¿tu novia te compró esos pantalones?La respuesta llega clara.
- Creo que si.
- ¿Y de verdad quieres seguir con ella?No respondes a la impertinencia y sales al exterior. Pronto anochecerá.
>salidas
La única salida está al norte.
>norte
Estás en un cruce de caminos con salidas al norte y al este.
>este
Un precipicio sin fin se extiende ante ti y no hay puente ni árbol demasiado largo que pueda hacer la misma función. Las palabras del chamán resuenan en tu mente. Salidas: Oeste
>dar un paso
Oye, que no hay nada.
>confía en mi
Eso es fácil de decir. ¿Cuando fue la última vez que confiaste tú en algo?
>cuando me leí todo esto rollo pensando que mejoraría
Como en una pelicula de serie B, bajo tu pie aparece un puente de piedra que une los dos lados de la quebrada. Lo atraviesas con cuidado, concentrado en la dura roca.
Salidas: Oeste, Este
>este La selva ha desaparecido ya. La sabana amazónica, creada artificialmente por madereros sin escrúpulos, se extiende ante ti. No bien has andado varios metros, te asaltan un grupo de contrabandistas de azúcar, dispuestos a matarte por tus pantalones pirata.Salidas: Oeste, Este.
>balasear contrabandistas
¿Balasear? ¿De donde has salido tú? ¿Del barrio de El Raval?
>No lo sé. No tengo memoria.
Touché.
>disparar a contrabandistas
Con una técnica y una velocidad asombrosa, desenfundas el revolver y antes de que alguno de ellos llegue a pestañear siquiera, los abates de sendos disparos entre ceja y ceja. Das gracias a tu experiencia militar como rapero en la costa Este. El cuerpo de su jefe queda posado en el suelo en una forma extraña Salidas: Este
>revisar cuerpo
Buscas en los bolsillos algo de valor, pero lo único que encuentras es una moneda.
>robar moneda
Es una moneda de plata, el nombre que le dan los nativos al cobre en un vano intento por aparentar una riqueza que no poseen.
>este
¡¡Al fin!! Una cabina de teléfono echa con juncos se alza en mitad de un claro y lo mejor de todo es que no hay nadie usándola ni han forzado el cajetín. Salidas: Oeste
>entrar en cabina
Para estar en medio de ninguna parte, parece un teléfono de verdad, con su auricular y su ranura para las monedas. No iba a ser gratis.
>descolgar auricular
Lo coges entre tus manos, pero no hay linea.
>introducir moneda en ranura
Los 5 pesos se deslizan por el conducto como el aceite entre los pechos de Sabrina durante un día de playa. El teléfono tiene ya linea.
>marcar numero
¿Qué número?
>recordar numero
¿Cómo pudiste olvidarlo? Pues porque siempre te llamaba ella ¡¡gorrón!! Su número es el 670123456.
>marcar numero 670123456
Tras cinco interminables tonos, la voz más dulce que has escuchado nunca, tu lata de bebida isotónica en mitad de una maratón, la mama´s de tu papa´s, la guinda de tu pastel, el emule de tu pc, la protagonista de tus sueños, causa de tus desvelos, portadora de felicidad, ella, responde al otro lado de la linea. - ¿Diga?
>decir "Te amo maricarmen"
Enhorabuena. Lo has conseguido. La llama de vuestro amor continua encendida. En un mes volverás a tenerla entre tus brazos y viviréis felices, juntos para siempre. Pero antes, tendrás que encontrar un modo de volver a la civilización...