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viernes, 6 de abril de 2012

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El hombre que puntuaba con un 1 las fotos del Badoo causando grandes perjuicios a las chicas

Cienfuegos Calarro era un tipo tan feo como su nombre indicaba; y si hubiera uno que denotara mezquindad, sus padres también le hubieran bautizado con él.

Nada hubo en su infancia que pudiera justificar su comportamiento años después, al menos nada que no padecieran generaciones de jóvenes a los que la vida, por motivos caprichosos, no les había sonreído: rechazo, incomprensión y algún que otro capón por parte de los correspondientes matones.

De todas estas adversidades, la que más hacía mella en su corazón era el rechazo de todas las chicas que le habían gustado desde parvulario; algo común en un amplio porcentaje de la población masculina pero que sin embargo a él le había afectado de una forma especial, bien por el entorno poco acogedor en el que se había criado o por haber nacido bajo el signo de Capricornio con ascendente Piscis, aunque él no creía en esas cosas, ni siquiera cuando en las noches despejadas contemplaba sin mirar, la disposición de estrellas que trataban de emular la forma de una cabra en las mentes más imaginativas, lo cual no era su caso.

Volvió de su ensimismamiento cuando un breve toque de trompeta indicó que el sistema operativo había terminado de cargarse. Echó las cortinas e introdujo su contraseña en la ventana indicada para ello: Bastardo_matador. Aparte de una pobre imagen de su persona, no tenía el más mínimo deseo de ocultarse su condición.

Como cada noche desde que se registró en aquella página de contactos, procedió a puntuar las fotos de las usuarias que aparecían por azar en su pantalla.. No se detenía mucho observándolas. Jamás a la cara o al menos en la mayor parte de las ocasiones. Rubias, morenas, altas, bajas, de mirada viciosa, otras falsas.. un par de segundos antes de otorgarles la puntuación más baja y pasar a la siguiente.

Lo hacía de forma metódica, sin ningún remordimiento. Alguna vez se preguntó qué historia habría tras una pose ridícula o ese trasero destacado en primer plano y embutido en unos vaqueros dos tallas más pequeños de lo que debieran. Se podía conocer  a una persona por los pantalones que gustaba vestir. Era una de las teorías que anotaba en un pequeño cuaderno y del que pensaba sacar un buen rédito en un futuro, cuando lo convirtiera en un libro de éxito.

Otra foto repetida... solía pasar muy de vez en cuando. Ni siquiera ese hecho, extraordinario en su banalidad, lograba sacar algo de piedad del pozo sin fondo en el que se había transformado su alma, y la puntuó con otro 1, el vigesimocuarto de la noche.

Él no lo sabía, aunque lo intuía e incluso lo deseaba, pero había sido el causante de 34 visitas al psicólogo, 50 puestas a dieta de distintos tipo con distintos resultados, 3 implantes de senos, 15 cambios de peinado y 24 de vestuario. Incluso se podía atribuir parte de un suicidio, no todo, pues muchos unos hay que recibir para decidir quitarse la vida.

A Cienfuegos le gustaba, al día siguiente, pasear por las calles más transitadas. Examinaba los rostros de las mujeres sin anillo y cuando daba con el rostro apesadumbrado de alguna de ellas, se decía que seguramente él había sido el causante de aquel estado de ánimo. Y así, sintiéndose de esa forma poderoso a su manera, le daba cierto sentido a su vida.

Aquella noche fue distinta a las demás. Un mensaje le esperaba en el buzón de su cuenta en Badoo. Su interés nunca fue encontrar pareja, amiga o ligue ocasional por lo que jamás había mantenido contacto alguno con las chicas que se anunciaban allí. Ni siquiera se había molestado en rellenar el perfil con datos suficientes como para que alguien sintiera la tentación de querer conocerle. Lo único que se había permitido era incluir una foto suya de pasaporte en la que salía tan favorecido como el fondo de cartón del estudio del fotógrafo donde se la habían hecho. Por eso la invitación para charlar con Luz_grisácea a medianoche, le dejó pensativo mirando a las estrellas junto a la ventana.

Fue la curiosidad la que le llevó a responder a aquel "Hola, qué tal?" con un directo "¿Quién eres?" Aquella respuesta carente de toda empatía no detuvo a la misteriosa interlocutora, que durante los siguientes minutos no paró de darle todo tipo de información sobre su vida. De la foto que aparecía en la ventana de chat no podía sacar mucho. Era falsa, a menos que estuviera hablando con Megan Fox, cosa que dudaba, pues si bien el español de Luz_grisácea era pobre, de seguro el de la actriz americana palidecía en comparación.

La foto le gustaba, pero eso no le hubiera librado de recibir un 1 y un reporte por falsa identidad. Nadie conseguía mentir a Cienfuegos, aunque es fácil cuando directamente no crees a nadie; y aunque era evidente que Luz_grisácea no era quien decía ser, aceptó quedar el fin de semana siguiente frente a un concurrido centro comercial. La luna llena había entrado en el cuadrante de sagitario lo cual era presagio de una aventura de la cual estaba necesitado después de tanto tiempo tras un teclado de ordenador que empezaba a sentir como una losa sobre sus manos.

Llegó la hora convenida, poco antes de la cena aunque el plan era tomar solo unas copas con las que saciar su curiosidad, aunque él calculaba que o bien no se presentaría nadie o lo haría algún tipo con ganas de pasar un rato divertido a costa de los demás. Esperaba que fuera lo segundo mientras escudriñaba los rostros de los paseantes que se dirigían a la puerta del centro comercial.

Llegó a escuchar el rugido del motor a su espalda, pero encontrándose sobre la acera no tuvo ninguna sensación de peligro hasta que el coche impactó contra él, arrojándolo varios metros hacia el edificio hasta impactar contra una de las columnas que sustentaban la entrada.

El golpe le había partido la columna y el atropello había destrozado varios de sus órganos internos, pero aún estaba consciente cuando una chica que apenas rozaría la veintena se bajó del coche que había intentado matarle. Llamaradas de furia salían de sus ojos verdes mientras se dirigía tambaleante hasta el cuerpo moribundo de Cienfuegos.

- Sé quién eres - le gritó al tiempo que rompía a llorar. - Me destrozaste la vida con aquella puntuación en Badoo. El chico con el que quería salir la vio y ya no me volvió a contestar a mis mensajes. Me gasté una fortuna en productos de belleza y todo para nada. ¡Ahora estoy sola!

Escuchó pacientemente hasta que terminó de hablar. Entonces,  reunió las pocas fuerzas que le quedaban y le hizo un gesto a la chica para que se acercara.

- En persona te doy un cero. - Fueron sus últimas palabras.

Cuando la ambulancia llegó, uno de los enfermeros registró sus bolsillos en busca de alguna identificación. Lo único que encontró fue una tarjeta de visita: Cienfuegos Calorro. Community manager de Corporación Estética.

domingo, 1 de abril de 2012

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Retratos mundanos: Antón Grushenko

Antón Grushenko, héroe de la Unión Soviética por su valentía en algún polvoriento lugar del lejano oriente, amante esposo, ya viudo, de una mujer que no pudo darle descendencia; refugiado político que cruzó toda Europa cuando el muro de Berlín cayó junto con sus ideales comunistas en busca de un lugar más agradable en el benévolo occidente.

No lleva mucho tiempo en la costa, el suficiente para darse cuenta de que incluso allí, el oro no siempre brilla para todos. Pero no le importa porque para él lo mas importante es deleitar a las gentes que caminan por el paseo con sus estatuas de arena, esculpidas solo con un poco de agua y toneladas de talento, reconocidas y admiradas por quien las contempla.

Esa es la idea que de Antón Grushenko tiene Ana Delgado, profesora libre ya de alumnos, soltera desde que recuerda, y que cada día que el sol acompaña, se sienta en un banco del paseo, no muy cerca de él para no llamar su atención pero no demasiado lejos de la representación de La última cena que está creando del caos de la playa y que tiene gran éxito entre los vecinos que se acercan, alegrando el rostro del bohemio artista.

Antón Grushenko sonríe, no le queda otra si quiere recibir el favor del público y con él, un puñado de monedas con el que conseguir su dosis diaria de olvido, aunque en la tienda de licores lo llamen vodka. Vive en la playa bajo el puente junto al que trabaja, en compañía de varios trotamundos y un perro, al que llama Ivana, en honor a su esposa, aquella que no le dio hijos, aquella que se consoló con su vecino mientras él dejaba su juventud y sus sueños defendiendo los ideales del partido en un desierto perdido, aquella cuyos lamentos y excusas le parecieron vacías y que acalló con una puñalada certera al corazón y por la que tuvo que huir a través del continente hasta llegar a aquel rincón soleado de la costa, donde nadie hace preguntas mientras sonrías.

Una señora se acerca. Varias veces la ha visto sentada en un banco del puente pero cuando sus miradas se han encontrado ha tratado de disimular desviándola hacia el vacío. No lo hace ahora cuando lanza una moneda sobre el cartón en el que recoge las donaciones. Antón Grushenko sigue la trayectoria de la moneda en su caída y muestra toda su dentadura a la tímida señora, mientras por dentro una furia arrolladora le hierve la sangre. Si solo tuviera un cuchillo, piensa Antón Grushenko, el asesino.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Rima asonante

Se ve que hoy ha sido el día de la poesía en Twitter. Si, Twitter, ese sitio donde las mujeres se desatan y hablan de sus relaciones sexuales con la misma despreocupación que si cantaran la alineación del Castilla. La significación del día me importa más bien poco, enemigo como he sido siempre de un género que más allá de la musicalidad de la rima, aporta lo mismo al mundo de los sentimientos que una canción country. Sin embargo, hace tiempo conocí a una persona a la que le gustaban los haikus, los amaba, los reverenciaba, los bebía y luego se los tragaba. Hasta tal punto se encontraba fascinada por la composición japonesa de tres versos que incluso llegó a comprarse un libro sobre el género. Por ello, como homenaje a aquellos tiempos cuyos recuerdos se han convertido en ceniza que vuela sobre el mar a lomos de la tramontana, dedico estos haikus a todos los que, ante un hombre que recitaba poesía, pensasteis en regalarle una almohada.

1.
El perro hace guau.
El gato hace miau.
Chapeau el esmirriau.

2.
IDDQD
IDKFA
IDBEHOLD A

3.
Me comí su almeja
y del restaurante marchó ofendida
porque la dejé sin comida.

4.
Gran estruendo.
Atmósfera viciada
Demasiada fabada.

5.
La maleta,
llena de esperanzas,
yace en el desván.

6.
Lágrimas dulces
cubren mi rojo rostro
y no soy Hellboy.

7.
Lágrimas en la lluvia
de la rubia ya casada
con Juan Manuel de Prada.

8.
Superdisco chino,
te lo compras en un chino
y te sale por un pico.
(que los chinos están muy caros ya)

9.
Quedar con una mujer
que te diga que te quiere
y luego te pida la cuenta.

10.
El robot se vuelve hombre.
El hombre se vuelve estúpido.
El estúpido que quiere ser robot.

11.
Zapatero ha fenecido.
Muchos sacan el champán.
Venden zapatos (y son chinos)

12.
Luces de neón.
hombreras sobre un pibón.
Es una hija del punk.

13.
Se la toca a dos manos,
sentado bajo un manzano.
Su empresa ha traspasado.

14.
Acciones de Grefusa
se vendieron todo el día.
Ni para pipas valían.

15.
Guiris van por el paseo
medio desnudas pero no las veo.
Tendría que haber salido de casa.

16.
- ¿Cual es el dedo que domina el universo?
- ¿El dedo corazón?
- No me refiero a “eso”.

17.
Luke conoció a su padre.
Vader conoció a su hijo.
El nombre del emperador ya te lo he dicho.

18.
El amor es como un pollo.
Nadie sabe por qué cruza la carretera
si las putas están en la Junquera.

19.
Se interna valiente en lo oscuro.
Con su porra en la mano se siente duro,
hasta que en un momento, alguien le agarra el culo.

20.
La inspiración es una mujer
que se tira a todo el barrio
menos a su esposo fiel.

viernes, 26 de noviembre de 2010

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El niño que hacía la grulla mientras patinaba

Elíseo era un niño de extracción humilde. Uno más de los que conferían de vida a la ciudad dormitorio donde vivía. Pese a los pocos medios con los que contaba su familia, no le faltaba de nada; y aún así no era feliz, pues sufría el desprecio diario del resto de críos de su colegio.

En un mundo de jerarquizadas marcas, no tenían cabida sus zapatillas J-Javier ni su chandal Niki con el que acudía a las clases de educación física. Niki Lauda, agárrate fuerte, Niki Lauda, le cantaban sus compañeros en el recreo con no poca mala leche, a instancias de algún adulto malintencionado sin duda, pues si los niños de hoy en día apenas saben quién es su padre, mucho menos el piloto austriaco.

Aquellas burlas causaban gran congoja en el pobre Elíseo, cuyas tardes pasaba entre llantos y viejas películas que su hermano le había dejado en herencia antes de marcharse a Calcuta a trabajar, y que le servían para evadirse de esa realidad que le marginaba por lo que tenía. Hasta que un día, entre la pila de cintas Beta, encontró una cuyo título le llamó poderosamente la atención: Karate Kid.

Durante dos horas se vio reflejado en la lucha del joven Daniel Larusso para ganar el respeto de sus compañeros de instituto. Al verle alzarse con el trofeo del campeonato de Valley y con sus ojos aún humedecidos por la emoción, se dijo que no pasaría una sola tarde más humillado en aquella pequeña habitación.

Al día siguiente recorrió toda la ciudad en busca de un anciano asiático que aceptara tutelarle en los misterios del Karate, pero tras visitar el quinto restaurante, donde el regente le ofreció 20 euros por hacer algo que no entendió muy bien, decidió abandonar. De todas formas eso de los torneos de artes marciales era cosa de las películas. Nunca había escuchado que se hubiera celebrado alguno. Sin embargo en los pasillos de la escuela no se hablaba de otra cosa que no fuera la "Carrera de la muerte sobre patines 2010". Lo mejor es que ya sabía patinar y no necesitaría de ningún maestro para ganar. Así que con una canción cañera con abundantes solos de guitarra eléctrica y la ayuda de su perro Jipper, entrenó duramente la semana que le separaba del día del gran evento.

Todos los alumnos del colegio se apiñaban a ambos lados del recorrido, incluido los repetidores, que habían aplazado por un día la preparación de cigarrillos de la risa y hacían apuestas sobre quién sería el ganador.

En la linea de salida no podía tener peor compañía: los chavales que más se reían de él, incluido el hijo del tipo que había propagado la estúpida canción de Niki Lauda. Pero ¿acaso podía ser de otra forma? Tenía que conseguir la gloria frente a sus mayores enemigos para hacerles ver que debía aceptarlo en su grupo. Así lo establecía el canon de Golan-Globus. Por ello, cuando escuchó el pitido que marcaba el inicio de la carrera, se lanzó hacia delante como si le persiguiera una reposición de "El planeta imaginario". Eso le procuró una ventaja de varios segundos sobre su más directo perseguidor: Mario, futuro repetidor y espectador de Sálvame Deluxe, que no tardó en alcanzarle.

Durante varios metros fueron a la par mientras Elíseo trataba de no escuchar los insultos que su rival profería para ponerle nervioso, cosa que al final ocurrió cuando Mario hizo un comentario ofensivo sobre sus patines, hechos con el esqueleto de una silla de ruedas que había encontrado tirada en un descampado.

Había perdido la delantera a pocos metros de la meta, que ya se vislumbraba en el horizonte. El desánimo comenzó a apoderarse de sus piernas, que a cada segundo que pasaba le costaba más mover. Entonces, una voz surgió de su interior:

- Utiliza la grulla, Eliseo San.

¡Era la voz del Sr. Miyagui! Siguió su consejo y mientras se deslizaba sobre el asfalto, levantó su pierna izquierda y sus brazos e imitó a la perfección la grulla. La gente en ese instante enloqueció y Mario se giró para ver qué sucedía con tan mala suerte que no vio un poste telegráfico, reliquia de 1834, chocando contra él y cayendo al suelo con violencia, dando la victoria a Elíseo que cruzó la meta en la postura de la grulla, momento en el cual le vi y decidí contar la historia que le otorgaría la inmortalidad.

jueves, 23 de abril de 2009

Alerta roja en el mediterraneo

Stephen Ray desde el corazón de la costa del sol.

Un rumor se extiende por las soleadas calles de Los Boliches. La propuesta de la nueva ley de costas que pretende acabar con los chiringuitos de la localidad ha hecho saltar las alarmas en este pequeño pueblo del sur de la península, que lucha durante innumerables generaciones por conseguir la independencia y liberarse así del yugo fuengiroleño.


El odio hacia el vecino del oeste ha permanecido latente en los corazones de sus habitantes, pese a los años de relativa calma y bonanza económica; pero al ancestral enemigo ha venido a sumársele un oponente aún mayor: los mesetarios de Madrid.

"Esos rancios del centro se mueren de envidia por nuestras playas. Ellos sólo pueden refrescarse en sus cutre piscinas en las que todo el mundo... ya sabe. Por eso quieren quitarnos nuestros chiringuitos sin los cuales no se puede entender la playa" comentó un miembro del clandestino gobierno bolichero que prefiere mantenerse en el anonimato.

Pero no es la envidia lo único que ha motivado esta irracional decisión. Esta medida se ve como un bloqueo económico encubierto contra esta aspirante a nación (y por tanto como Casus Belli), pues los chiringuitos son una muestra de identidad nacional única en Europa que atrae a turistas de todo el mundo. El 60% del PIB de Los Boliches proviene del sector servicios y el 40% restante de la construcción. Con la debacle de esta última, los ingresos derivados de los visitantes extranjeros que arriban a las soleadas costas en busca de paz y alcohol barato, son lo único que les queda para evitar la bancarrota.

Una delegación bolichera compuesta por el maestro del pueblo y el concejal de juventud permanece en la capital del reino intentando negociar una salida pacífica a la situación, pero los mesetarios continúan amasando tropas junto a las fronteras, para aplicar la ley cueste lo que cueste. Lo que no saben es que los bolicheros no piensan quedarse de brazos cruzados.

Caminar por la avenida principal del barrio-país da una idea de la tensión prebélica que se masca en el ambiente. Los dos carriles están repletos de trincheras, en las que resistir el ataque de las fuerzas enemigas. Sin embargo, mientras las negociaciones siguen su fatal curso, la versión oficial es que se trata de unas obras de Telefónica, que quiere modernizar sus infraestructuras tendiendo un cableado de fibra óptica, algo a todas luces increíble, pero ahora ya no importa mantener las apariencias.
En un incidente ocurrido en la tarde del 19 de abril, jóvenes milicianos identificaron a un mesetario que caminaba por en medio del carril bici junto a la playa, sin importarle lo más mínimo el derecho de los ciclistas a pasear por allí; lo desnudaron, lo emplumaron y lo lanzaron al otro lado de la frontera. En el palacio presidencial estalló la psicosis. Se temió un inminente ataque de venganza. Se programó que el presidente oficioso del país se dirigiera a su pueblo. Se esperaba que el discurso fuera dedicado a intentar apaciguar los ánimos, pero en lugar de ello, hizo un llamamiento a la resistencia heroica de sus ciudadanos.

"Lucharemos en el mar, lucharemos en las playas, lucharemos en el paseo marítimo. Nunca nos rendiremos. Y si Los Boliches y su Commonwealth se extienden en el tiempo durante mil años, cuando miren a esta época de peligros y desafíos dirán: Fue esa su hora más hermosa."
Esas fueron las palabras con las que enfervorizó a una masiva audiencia de doscientas personas que acto seguido salieron a las calles dispuestos a aplacar su ira con todo aquello que oliera a mesetario.
Dejándome arrastrar por el aroma a jazmín que impregna cada rincón de este lugar, me encuentro de casualidad, con Giuseppe Riggoli, un veterano coronel de la guerra Italo-marinense, al que tuve ocasión de conocer durante la toma de Roma. Yo iba en el sidecar de la moto con la que entró en la ciudad. Le pregunto su opinión acerca de cómo será la lucha.

"No habrá nada comparable a la deflagración que tendrá lugar en estas costas. Los bolicheros son la gente más susceptible que he conocido nunca. Una vez le pedí fuego a un viejo que tomaba el sol junto a su casa, se levantó como un resorte gritando: Quieres pegarme fuego ¿verdad? Tuve que salir corriendo pues sacó su bastón y comenzó a blandirlo con clara intención de golpearme. Y son todos así. Son inescrutables. Les miro a la cara y veo... ¡¡ojos!!"

En el bar del Ritz-Los Boliches, me encuentro con Pierre, un miembro del Mossad que se hacía pasar por el tapicero en tiempos de paz. No le importa que descubra su tapadera, pues según él  "La hora del espionaje ha terminado. Se gana más tapizando sofás y de vez en cuando das con alguna clienta muy agradecida" Sin embargo, aún tiene algo de información útil que contarme. "Evita el Marino´s Park. Te clavan 120 euros por una paella"

Asesores militares soviéticos y de San Marino, trabajan con el alto mando en la estrategia a seguir en un conflicto que se prevé inminente. La embajada americana fue evacuada esta madrugada mientras el país dormía y los gobiernos europeos aconsejan a sus ciudadanos no pasar sus vacaciones aquí.
En el frente diplomático, se trabaja a contrarreloj para conseguir la unión formal con El Pinillo, para disuadir a los mesetistas y tratar así de evitar la guerra. Entre los éxitos conseguidos está el apoyo de Marbella, Monte Mar, Benalmádena, China y la ciudad de los muchachos. Pero no sólo en las palabras confía este pueblo indómito.

Viking, formada por combatientes finlandeses y noruegos, da apoyo logístico a las fuerzas combatientes, pues sus países se mantienen neutrales a la espera de acontecimientos.

Los mesetarios harían mal en subestimar el poderío bélico de estos fieros soldados. Ya no pelean con piedras y redes como antaño. El prolongado conflicto de baja intensidad mantenido durante décadas hizo que la industria armamentística continuara su imparable desarrollo, ideando nuevas formas de matar. Su éxito más notable, es la "Espetoneta" una mezcla brillante entre el gas sardina y un arma blanca, que se adapta a los AK-74 cedidos por el gobierno chino, multiplicando su poder destructivo por diez en el combate cuerpo a cuerpo.

Me alejo de Los Boliches sobrecogido. Los soldados están en sus puestos esperando su destino. En sus venerables rostros surcados de arrugas, en las canas que conforman sus cabellos, veo la sombra de la muerte. Una muerte que llegará pronto. Para algunos, antes incluso de que se inicien las hostilidades.
Tienen armas, tienen un plan, tienen aliados poderosos y sobre todo, tienen la férrea voluntad de mantener su forma de vida y su libertad, sin importar el duro precio que tengan que pagar. Espero poder volver al chiringuito Paquito-playa algún día y degustar una sangría fresca mientras me dejo cautivar por el eterno mar.

*Stephen Ray es un veterano corresponsal de guerra con más de 20 años y 40 conflictos a sus espaldas. Su último trabajo fue "Hombres de papel" una desgarradora crónica de la conquista de Italia por parte de un batallón de pastores de San Marino, y su ejército de maniquíes, por la que ganó el premio Publitzer. Actualmente viaja por el mundo para dar voz a esos conflictos olvidados de los que nadie quiere escuchar.

domingo, 5 de abril de 2009

Un paseo por las nubes

Más allá de las tierras baldías, el único lugar en el que se puede respirar verdadera tranquilidad en kilómetros a la redonda, es el Parque de la Cantera, del que ya he hablado en alguna ocasión.

Suelo ir todos los días pues el ejercicio que proporciona el subir los empinados escalones hacia la explanada de la cúspide del elevado monte alrededor del cual crecen los jardines municipales, es impagable. La cima suele estar cubierta de silencio y los restos de alguna juerga nocturna protagonizada por algún grupo de gamberros. Pero este día es diferente. Sentada en un banco, con la mirada perdida en la alfombra de cemento de la ciudad que se extiende a los pies del monte, me encuentro con una rubia despampanante, de las que aman con su mirada y odian con el reverso de la mano. En otro tiempo ese era uno de mis sueños, solo que la chica estaba recubierta de nata; ahora es sólo un estorbo para mi meditación diaria.

Procuro alejarme de ella, lo poco que me permite el reducido tamaño del llano. Apoyado en la barandilla, frente a unos nombres tallados en madera y carne, dejo mi mente volar hacia otros mundos, otros tiempos mejores, hacia lo que pudo ser y no fue, hacia lo que será y no quiero que sea... no puedo evitar mirarla de reojo.

Lleva gafas de sol, pero sé que está llorando. Yo también llevo gafas de sol. Saca una lata de cerveza del bolsillo de su chaqueta y comienza a beberla con pequeños sorbos. Son las diez de la mañana. Demasiado pronto para beber, incluso para una guiri. Sólo por sus gestos se adivina que no es de aquí. A su lado, junto a la chaqueta, un paquete de Marlboro del que asoman dos cigarrillos evita que la brisa que barre la cumbre se lleve un sobre con los bordes coloreados.

Intento abstraerme pero me es imposible. Me debato en un dilema complejo: ¿le digo algo? Al fin y al cabo si ha venido hasta aquí es para estar sola, no para charlar con un completo desconocido... Durante varios minutos me remuevo intranquilo. Se que no debería decirle nada, pero me recuerda a alguien a quien hice llorar, asi que finalmente decido sentarme junto a ella. Nadie debería pasarlo mal solo.

Se llama Ingrid y está de Erasmus en la universidad de Málaga. No le molesta mi presencia, dudo que algo le afectara. Me enseña la carta bajo el paquete de tabaco. Está en sueco. Ella resume su contenido en un español improvisado. Sólo una frase: Me ha dejado.

No quiero hurgar en la herida. No le pregunto por qué. No hace falta. Ella misma se encarga de desglosar su triste devenir. Albert no puede con la distancia. Piensa que se fue al extranjero para huir de él, de sus dudas. Y es verdad, pero ya no, reconoce entre lágrimas. Y ahora es demasiado tarde; y yo le digo que no, que nunca lo es si de verdad se aman, y tras unos instantes, sorbe sus lágrimas coge la carta y el tabaco y se va sin mirar atrás. Cogerá el próximo vuelo a Estocolmo.

Deja la cerveza a mi lado, a medio terminar. Tal vez le de un trago. Nunca es demasiado pronto para beber.

domingo, 4 de enero de 2009

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Bajo el agua

No recuerdo haber venido a la playa, no recuerdo haberme bañado en el mar, sin embargo, despierto bajo el agua, a pocos centímetros de la superficie. Puedo ver con claridad el cielo despejado; una gaviota que sobrevuela la zona y se abalanza sobre un desafortunado pez. Puedo ver el sol, inundando con su calor las aguas que me rodean. Me ahogo.

Al principio es fácil nadar, buceo hacia el exterior, hacia el aire libre. Un par de centímetros más y abré emergido triunfante de las traicioneras aguas.

En el ultimo instante, cuando mi nariz ya capta el frescor de la brisa costera, las fuerzas me abandonan. Desciendo como un plomo. Me ahogo.

Ahora braceo, no para huir, sino para no caer más. Empeño en ello hasta la ultima de mis energías. Es inútil, sigo hundiéndome. No puedo más. Me ahogo.

Ya no se ve tan claro el cielo, ya no percibo el calor del sol. Yo soy el pez desafortunado, que no morirá en las fauces de un ave, sino en las mías propias. Ya me rodea la oscuridad abisal, no veo el fondo. Mucho me queda por recorrer. Me ahogo.

martes, 7 de octubre de 2008

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Guerra civil

Nada hacia presagiar la tormenta que se abatiría sobre el sistema Anderson, aquella mañana de junio. Hasta entonces la compleja maquinaria del sistema había funcionado sin problemas. Los intercambios de materias primas entre distintas regiones, se realizaban con diligencia y desde el centro de mando, el mariscal Gordon mantenía la paz con su poderoso ejército, desbaratando las hordas de enemigos que intentaban invadirlos con frecuencia.

El sistema era gestionado por el consejo, donde representantes de las distintas regiones, decidía por mayoría el destino del sistema, tras recibir la aprobación del senador Brainer. Desde la creación del mismo, cincuenta y cuatro años antes, jamás había existido disensión alguna. Hasta aquel día...

El canciller Kidney, presento un ambicioso proyecto de expansión para su región. Necesitaría que se derivaran más y más recursos para poder llevar a cabo la tarea. El consejo tachó de locura semejante plan. El equilibrio existente no debía alterarse.

Kidney abandonó la reunión furioso con el resto de cancilleres. Tendrán noticias mías, gritó furioso mientras abandonaba el suntuoso edificio. Nada más llegar a su territorio dio la orden a sus ciudadanos de que tomaran las armas que durante años habían obtenido del contrabando y se lanzaran a la conquista del sistema. El consejo seguiría su voluntad por las malas.

Pero Brainer no se quedó con los brazos cruzados. Sus espías le informaron de las malignas intenciones de Kidney. El ejército, con el mariscal Gordon al frente, avanzó hacia el territorio rebelde, que ya había expandido sus fronteras a sangre y fuego, arrasando con todo lo que encontraban.

Durante meses, la lucha fue salvaje y sin descanso. Si bien en principio la ventaja fue para los rebeldes, la ayuda externa recibida por el ejercito gubernamental en forma de armamento y bombardeos estratégicos, le llevó a alcanzar la victoria. Victoria deslucida por la huida del autoproclamado Rey Kidney, que se escondió en un oscuro agujero a la espera de la revancha.

Durante meses, calculó su plan de venganza, mientras se mantenia informado de lo que ocurria en su antiguo reino. El fin del conflicto habia llevado consigo una ocupación pacifica, por el ejercito del consejo, que no obstante relajó la vigilancia, en cuanto estuvo claro que la amenaza de una nueva rebelión había desaparecido. Mas estaba equivocado, pues cuando el ejército se retiro a sus cuarteles, Kidney salió de su escondite y logro armar una contraofensiva con antiguos simpatizantes, que cogió por sorpresa al consejo.

Apenas un mes después, las fuerzas rebeldes habían ocupado el 70% del devastado sistema. Brainer certificó la rendición. La guerra había terminado.

Sentado en su trono, bajo un palacio en ruinas, Kidney no fue consciente de que era observado a través de la lente de un nuevo microscopio experimental, por otro sistema, el sistema Jones. Aquella mañana le tocaba revisar a sus pacientes con el nuevo aparato.

- No me queda mucho ¿verdad Doctor Jones? - le preguntó resignado el hombre de mediana edad que permanecia tumbado en la camilla, bajo el microscopio.

El médico no respondió. Al mirarle a los ojos, comprendió que era una pregunta retórica.

lunes, 22 de septiembre de 2008

2008 - 2108

Llevaba posada en la rama del árbol varios minutos, observando con atención los movimientos de un lustroso conejo que se afanaba en acaparar comida para el cercano invierno. El águila esperaba el momento apropiado para lanzarse sobre él y llenarse el buche con su sabrosa carne. Su compañera estaría orgullosa si lo viera.

El conejo se disponía a entrar por última vez en su madriguera. El águila extendió sus alas y dejó que el viento la impulsara hacia el roedor, que empujaba una zanahoria, inconsciente de que en breves instantes estaría en el cielo de los conejos, donde a las zanahorias se les llama Nacho Vidal.

El águila adelantó sus afiladas garras, pero antes de que se clavaran en el costado de su presa, un rayo salido de ninguna parte la convirtió en cenizas. El conejo miró hacia arriba y al ver que un trozo de carbón se dirigía hacia él a toda velocidad, dejó la zanahoria y salió corriendo hacia su refugio.
El cielo se oscureció y rayos y más rayos se concentraron en un punto del bosque, hasta formar una esfera luminosa de dos metros de diámetro, que estalló en mil pedazos, descubriendo la forma de un hombre fornido y musculoso, completamente desnudo.

El desconocido miró a su alrededor desconcertado. Comprobó que no le faltaba ninguna extremidad y empezó a caminar por un sendero que discurría a varios metros de donde había aparecido, dejando tras de si un circulo de hierba chamuscada y maloliente.

Media hora después, se encontraba frente a las puertas de una granja. Llamó al timbre una vez, dos, tres... y nadie respondió, entonces, de un puñetazo la echó abajo y se introdujo en el salón, donde no tardó en aparecer el dueño de las tierras, metiéndose el refajo por los pantalones.

Al ver al hombre desnudo, el granjero se quedó pasmado. No porque no hubiera visto nunca a un hombre desnudo, sino porque se le habían colado en casa. El desconocido se le acercó y con un movimiento seco, lo agarró de la camisa y lo levantó a diez centímetros del suelo.
- Quiero tu ropa, tu boina y tu motocicleta. - dijo con voz metálica.

- N... no tengo mo.. moto, solo un tractor, l.. lo tengo aparcado ahí atrás.- balbuceó el labriego, mientras rebuscaba en el bolsillo de su camisa de cuadros, las llaves.

El desconocido echó un vistazo por la ventana y vio el vehículo aparcado. Brillaba imponente bajo el sol de la mañana.

- Servirá - fue todo lo que dijo, antes de dejar inconsciente al granjero, de un cabezazo.

Los usuarios de la autopista, contemplaban asombrados cómo un tractor rojo fuego avanzaba con paso lento en dirección a la costa. Más de uno intentó recriminar al conductor su actitud, pero cuando le miraban a la cara, el miedo se apoderaba de ellos, se disculpaban y reducían velocidad. Pronto, el tractor acumulaba cinco kilómetros de retenciones tras de si. Cuando tomó el desvío hacia la ciudad, los conductores respiraron aliviados.

El desconocido aparcó el vehículo junto a una cabina de teléfonos. No sabia el domicilio de su objetivo. Podría encontrarlo en las paginas amarillas. Cuando cayó en la cuenta de que la guía era de comercios, había perdido dos horas de su valioso tiempo. Optó por llamar a información telefónica. Le dieron dos direcciones. Optó por la más evidente: la calle del higo nº 3.

Le abrió la puerta un hombre de mediana edad, de aspecto descuidado y cara de haber recibido una paliza de la vida. Parecía que se acabara de levantar y eso que pasaban de las doce del mediodía.

- Si, ¿Qué quiere? - preguntó mientras se rascaba el trasero, no porque le picara, sino porque es lo que se supone que hay que hacer cuando uno se levanta de la cama (por aquello de las chinches y eso)

- ¿Mr Roboto? - dijo el desconocido mientras echaba mano a la escopeta que le había robado al labriego.

- Si, soy yo.

Antes de que la ultima letra de su frase huyera por su garganta, el desconocido le había apuntado al pecho, descargando una andanada de perdigones, que le perforaron los pulmones. Quizás si hubiera pesado veinte kilos más, hubiera vivido. Para que luego digan que hacer dieta es sano.

- Elegí un mal día para cambiarme de nombre - fue lo último que dijo antes de expirar. Su mujer apareció de inmediato. En cuanto vio el cuerpo inerte de Mr Roboto, se plantó frente a él con los brazos en jarras, visiblemente enojada.

- Si ya lo decía yo. Pero claro, el señorito no me hace caso. Le parecía mal llamarse Frigiliano, con lo bonito que es. Él tenia que llamarse Mr Roboto, como el actor porno o el delincuente ese....y ya lo decía mi madre. No te cases con el, que tiene la cabeza como un albaricoque... ¿Ahora quien me va a pagar los zapatos?

El desconocido volvió al tractor dejando a la mujer echándole la bronca a su marido muerto y comprobó la otra dirección. Uno más y el trabajo estaría hecho.

Cien años en el futuro, un reducido grupo de humanos se felicitaba por el éxito de su misión, en las entrañas del complejo temporal CT-2. Una hora antes, habían lanzado un ataque directo contra las máquinas, dueñas del edificio, para impedir que enviaran un terminator al pasado con el objetivo de matar al futuro guía de la resistencia humana: Mr Roboto.

No lo habían evitado, pero al menos quedaba energía suficiente para enviar a uno de ellos tras el robot. Su misión seria destruirlo y proteger a Roboto de su fatal destino. El cabo Richelieu se había ofrecido voluntario, no dudando en introducirse en la máquina en cuanto esta estuvo lista.

Cuando desapareció en mitad de una enorme bola de luz, el silencio cayó sobre los presentes como el telón que anuncia el fin del primer acto en una obra de teatro. El futuro estaba en manos de un hombre francés. Quizás debieron habérselo pensado mejor...

- Para celebrarlo, ¡vamonos de putas!- sugirió de pronto uno de los soldados.

La idea fue recibida con cánticos de aprobación y ruidos guturales, tan primitivos como el propio acto sexual. Ya estaban recogiendo el equipo, cuando de pronto la cúpula en la que se encontraba la máquina del tiempo, comenzó a iluminarse.

El ingeniero Sugar se acercó de un salto a la pantalla de monitorización.

- Algo está viniendo - grito mientras echaba mano de su fusil láser, gesto que fue repetido por todos los demás.

Una esfera luminosa surgió en medio de la plataforma, y los soldados se aprestaron a disparar en cuanto tuvieran visibilidad del objetivo. Puede que fuera una trampa de esos malditos robots.
Un hombre desorientado caminó un par de pasos antes de caer desplomado al suelo. Los soldados se acercaron, aun alerta.

- ¡¡Estoy en el pasado!!! - gritó Richelieu antes de perder el conocimiento.

La cara del sargento Lellan, al mando de la misión, se encendió como las alarmas de Sears cuando entra Winona Ryder.

- Joder, este puto aparato le ha enviado cinco minutos en el futuro - gritó - ¿Quién le puso la fecha a la máquina?

Miró a los soldados, colocados en semicírculo frente a él. Todos mantenían la mirada gacha. La furia del sargento era legendaria.

- Hablad maldita sea o volveréis a casa andando sobre la lengua.

El soldado Polanski levantó la cabeza y señaló al que tenia a su lado.

- Ha sido Pelaez, señor.

- ¿Pelaez? ¡¡¡Pero si ni siquiera sabe programar el vídeo!!! - vociferó mientras la vena de su cuello crecía sin parar - Desde luego estoy rodeado de putos incompetentes. ¡¡¡A ver que cojones vamos a hacer ahora!!!

- Sargento hable mejor que esto lo leen los niños - se atrevió a sugerir Sugar, ofendido por el obsceno lenguaje de su superior.

- ¿Los niños? Los niños me importan un pimiento. ¿Sabe donde mandaría yo a los niños? A la mismísima mierda. Jodidos niños, que crezcan ya y dejen a su pu...

Todos los soldados descargaron sus lásers sobre Lellan. Allí donde debiera haber carne chamuscada, se desprendían pedazos de plástico biológico mezclado con aceite lubricante. Era un hecho ampliamente conocido por la resistencia que los robots odiaban a los niños, porque ellos no habían tenido infancia.

- Nos la han colado otra vez - dijo Polanski mientras contemplaba los restos de uno de los nuevos modelos de terminator- Y nunca son androides mujeres ¿eh? y mira que lo tendrían fácil para acabar con nosotros. Yo al cuarto necesito una transfusión de sangre...

- ¡¡Fanstama!! - gritó alguien cubierto por el anonimato.

Sugar echó un vistazo a los registros de la cámara de seguridad del edificio. En ellos se veía como Lellan había modificado la fecha de la máquina, mientras todos estaban distraídos con el teatro de sombras chinescas que había improvisado Shotsworth.

- Después de todo no fue culpa de Pelaez - informó al grupo. - Creo que se merece una disculpa.

- Lo sentimos Pelaez - dijeron en grupo.

- Lo justo es que al ser el miembro de más antigüedad, reciba un ascenso ya que hay un puesto vacante - sugirió el ingeniero.

- Lo primer es decidir qué vamos a hacer - dijo Pelaez hinchando el pecho para darse aires. - ¿Alguien tiene una idea?

Polanski levantó la mano.

- Yo tengo una.

Como cada día a eso de las 6 de la tarde, Mr Roboto se sentó tras la ventana de su habitación, oculto tras una gran cortina granate. De un momento a otro aparecería su vecina, desnuda tras su reconfortante ducha diaria.

- Vaya melones, se le han puesto - pensó al verla aparecer aunque no veía muy bien con la cortina del baño por medio. - Un momento, eso no son tetas, son...

En cuanto comprendió la amenaza que se cernía sobre él, salió corriendo. Justo cuando abandonaba el edificio, el terminator lanzaba sus 2 misiles pectorales, volando por los aires su hogar.

Con el polvillo de lo que había sido su dormitorio, posándose aún sobre su cuerpo, Mr Roboto se dirigió furioso al edificio de enfrente dispuesto a pedir explicaciones. La puerta de la vecina se encontraba arrancada de cuajo, descansando sobre el suelo del salón. Frente a la ventana, un granjero hiperhormonado escrutaba el edificio de enfrente en busca de posibles supervivientes a los que matar.
- ¿Has sido tú el que ha intentado matarme? - preguntó Roboto con cierta inocencia.

El granjero no sólo no se dignó a responder, sino que con dos zancadas se puso a la altura de Roboto y le propinó un puñetazo que lo levantó del suelo, lanzándolo hacia el pasillo del edificio.

Aún dolorido, Roboto vio como el granjero se acercaba a él con intenciones nada buenas. Se levantó como pudo y salió huyendo. El misterioso atacante comenzó a correr tras él. No podía ir más rápido con aquellas piernas rechonchas, así que miro a su alrededor. Tenia que robar un vehículo. Una niña surgió como caída del cielo, al girar la esquina. Roboto le usufructuó su bicicleta y huyó calle abajo. El granjero, que había visto toda la escena, volvió a por el tractor y se inicio una estrambótica persecución por las calles de la ciudad, en la que Roboto se llevó por delante a varios ancianos y un puesto de perritos calientes. Varios fueron los transeúntes que llamaron a la policía, pero cuando explicaban que un tractor iba persiguiendo a una bicicleta, el agente al cargo se reía de ellos.

Las fuerzas comenzaban a abandonar el maltratado cuerpo de Roboto. No podía seguir huyendo más, ahora debía esconderse. Echó un vistazo a la zona en la que se encontraba. No tenia muchas opciones. Una galería de arte, una asociación cultural rumana y un bar. Se metió en el único lugar en el que podría encontrar gente, entre la que pasar desapercibido: el bar "La Ostra Azul".

Nunca había estado en esa parte de la ciudad, así que se sorprendió cuando se vio rodeado por más de un centenar de amantes del cuero apiñados en el pequeño local. Se abrió paso a codazos entre el gentío, que charlaba tranquilamente mientras por los altavoces cantaba Paloma San basilio bajo un mar de estrellas artificiales que decoraban el techo. Debía encontrar un teléfono y pedir ayudar a la policía.
Encontró uno junto a la puerta del baño. Apretujado entre dos miembros de los Village People, logró sacar una moneda e introducirla en la rendija. Apenas un tono después, recibió respuesta por parte de la voz impersonal de una policía.

- Si, ¿que desea?

- Socorro, me persigue un labriego, ¡¡¡Ha intentado matarme!!! - gritó preso de los nervios. A cualquier lugar que mirará veía tipos musculosos y brillantes que le recordaban a su perseguidor. Pegó un respingo cuando sintió que alguien o algo le pellizcaba el trasero.

- Muy bien, quédese ahí. Le enviaremos una patrulla.

De pronto, el que hacia de indio acercó sus labios al oido que tenia libre y le susurró:

- Háblame del mar marinero...

- Casi prefiero irme de aquí -respondió apresurado.

- Como usted quiera. Su llamada me parecía una gilipollez y no iba a mandar a nadie.

Pero Roboto no tuvo oportunidad de escucharla, pues más veloz que un rayo colgó y se dirigió a la salida. Allí se dio de bruces con el terminator, que propinaba una lluvia de golpes sobre un grupo de rumanos que intentaba robarle el tractor.

Su primer pensamiento fue coger de nuevo la bici, pero alguien se había llevado el sillín.

- Debe de haberla robado alguno de ahí dentro - pensó durante un critico instante, pues fue el tiempo que el androide tardó en darse cuenta de que su presa estaba ante sus narices. Despachó de sendos disparos a los ladrones y se dirigió con paso firme hacia el tembloroso Roboto, apuntándole con la escopeta.

- Te juro que no le hice nada a tu vaca - gimió asustado - al menos nada que no quisiera...

Escuchó el mortal chasquido del gatillo. Durante una fracción de segundo vio pasar frente a sus ojos Annie Hall, su vida era demasiado aburrida como para recordarla en aquellos momentos. Esperó el cálido choque del cartucho abriendo sus entrañas, pero no sintió nada. El terminator miraba por el agujero del arma, extrañado. Se había quedado sin balas.

Un coche apareció en escena con un enorme chirrido. Se paró junto a Roboto.

- ¡¡Entra!! - le apremió el conductor, un niño de no más de diez años, de mirada despierta y pelo revuelto, vestido con un jersey de mi pequeño pony...

Roboto no se movió. No sabia si podía confiar en él ¿Un niño al que le gustaba Mi pequeño pony?.

- ¿Quieres vivir? - le insistió el chaval.

No se lo tuvo que repetir de nuevo. Abrió la puerta y se introdujo de un salto. El coche se perdió en la bulliciosa autopista, antes de que el terminator pudiera reaccionar.

Tras media hora de viaje entre callejones, para evitar ser seguidos, se introdujeron en un parking subterráneo. Tras aparcar frente a un Corvette blanco. Mr Roboto sacó las llaves del contacto y se las guardó en el bolsillo.

- No pienso dártelas hasta que no me digas qué está pasando. Para empezar, ¿como te llamas?

- Robotín - respondió con orgullo el chico.

- ¿Robotin? oye, oye, ahora no me dirás que soy tu padre y que vienes a pedir la pensión alimenticia ¿no?. Es imposible, siempre tomo precauciones. Además, yo solo me he acostado con una mujer. A ver, ¿como se llama tu madre?

- Robota.

- Hostia....

Roboto se quedó pensativo recordando los momentos de pasión sobre la encimera aquel verano... Robotín trató de tranquilizarlo.

- No soy tu hijo. Vengo del futuro; de cien años en el futuro para ser exactos. Ese granjero que nos perseguía es un T-600, un robot con esqueleto de metal y cuerpo de plástico. Bueno, plástico no es porque si no parecería sacado de un chino, pero no es carne. Su misión es acabar contigo.

- ¿Conmigo? - preguntó extrañado Roboto, pues nunca pensó que causara tanto interés en alguien, o algo.

- Tu legado como escritor cambiará el mundo. Serás el guía espiritual de la nueva sociedad que renacerá tras la desaparición del capitalismo en 2009 y tus libros permanecerán en el numero dos de ventas durante toda la eternidad, por detrás de "El niño con el pijama de rayas" que por cierto muere al final.

Roboto dio un respingo que sorprendió al chico.

- ¡¡¡Tio!!! ¡¡¡me iba a leer ese libro la semana que viene!!!. De todas formas, ¿Qué tiene que ver eso con que un madelman del siglo 22 quiera matarme? ¿Le envían los testigos de Jehova?

- No. Tus revolucionarias ideas sobre el amor libre llevarán al desarrollo de robots sexuales. Añadirás una nueva ley de la robótica que traerá un nuevo amanecer para los humanos sintéticos y los adolescentes sin pareja.

- ¿Cual?

- No puedo decirla. Soy menor de edad. El caso es que en el 2050 los androides se rebelaron. Se hicieron con el botón nuclear y lanzaron un ataque nuclear contra El Pinillo. Desde entonces estamos en guerra contra ellos. Tu ejemplo es el que nos anima a seguir luchando. Tu libro "Guerrilla urbana en el siglo XXI" se estudia en todas las escuelas, es por eso que la resistencia me envió para que no te pasara nada.

- ¿Y me mandan un niño para defenderme? ¿Tan poco me aprecian? Al menos podrías haberte traído un arma del futuro o algo. ¿Con que piensas evitar que esa máquina me destripe?

- Bueno tengo un tirachinas...

- Oh, fabuloso - murmuró Roboto para si, mientras se dejaba caer en el asiento. Hasta que una idea se hizo en su mente.

- Al menos estás preparado en artes marciales ¿no? ¿Tienes algún cachivache del futuro? un gorrocoptero o un bolsillo a la cuarta dimensión...o ¿eres superinteligente?

Robotín se lo pensó unos instantes antes de contestar.

- La verdad es que soy un niño normal. A ver, mi madre dice que soy el más guapo del mundo, pero es mi madre, ¿Qué va a decir? Aunque yo cuando me miro al espejo... Verás, yo estaba en clase de lengua, cuando de pronto entró mi padre y me dijo: Niño, levántate que hoy te vas a hacer un hombre.

- ¿Te iba a llevar a ....? ¿Con...? ¿Cuantos años tienes?

- Doce. Si, eso pensé yo, que me llevaba "ahí", pero empecé a sospechar que me equivocaba, cuando me metió en una cúpula llena de amigotes suyos. El resto te lo puedes imaginar. Aquí estoy.

- ¿Quién es tu padre?

- El sargento Pelaez.

- Ya hablaré con él - masculló Roboto entre dientes, pensando en la forma de vengarse por haberle enviado a un simple niño.

- Mi madre lo va a currar cuando volvamos a casa, pero él se lo ha buscado. Ahora, ¿me das las llaves por favor?

Le lanzó las llaves y volvió a rebullirse en el asiento.

- Un momento, hay algo que no me cuadra. Yo dejé de escribir y no pienso volver a hacerlo jamás.
Robotín arrancó el coche. El motor rugió con la alegría de haber vuelto a la vida.

- Si dejas de escribir, los robots habrán ganado. ¿De verdad quieres eso?

Mr Roboto perdió la vista en el infinito, pensando sobre como seria su futuro, mientras de fondo sonaba una música épica que fue subiendo de intensidad hasta que finalmente...

Con un estruendo procedente del mismísimo infierno, el tractor apareció por la entrada al parking haciendo saltar chispas de la pared con la que tomaba contacto.

De inmediato, Robotín puso en marcha el coche. Tratando de huir de las embestidas del tractor, el cual chocó contra su parte trasera, cuando subían la rampa hacia la superficie. Una vez en la calle, el tractor les empujó contra una farola. El coche quedó estampado contra ella. Bajaron del vehículo a toda velocidad y corrieron hacia un centro comercial a pocos metros de donde se encontraban. A esas horas de la tarde, estaba lleno. Con tanta gente al terminator le costaría dar con ellos. Se escondieron en uno de los baños, para decidir qué hacer a continuación.

- ¿Qué vamos a hacer a continuación? - preguntó Roboto presa de los nervios.

- O bien huir toda la vida o acabar con el Terminator. Como a las once tengo que estar en casa, va a ser lo segundo.

- Entonces le pegamos un tiro y listo - sugirió Roboto.

- No es tan fácil. Es un robot, ¿recuerdas?

- Pues le metemos un virus y listo.

- Solo tiene un puerto de comunicaciones y está en un sitio muy desagradable...

Las puertas del baño se abrieron de par en par. Tras ella, apareció el asesino, con cara de pocos amigos y una ametralladora apuntándoles. Con una velocidad propia de quien quiere librarse de una paternidad no deseada, se agacharon mientras las balas silbaban sobre sus cabezas, haciendo añicos los espejos de los lavabos. Por fortuna, pudieron escabullirse de aquella ratonera gateando entre las piernas del autómata, que guardaba una bomba en la entrepierna y por ello no se atrevía a cerrarlas.
Salieron de nuevo a la calle, para que no hubiera víctimas inocentes, aunque eso a Roboto le daba igual con tal de salvar el pellejo. El chico le había robado la cartera y se había visto obligado a seguirlo fuera. El T-600 no tardó en aparecer. Roboto comenzó a correr, pero al ver que no le seguía Robotin, se detuvo.

- Vamos corre, no podemos dejar que nos pille.

- Yo me quedo aquí a hacerle frente. Además contra mi no tiene nada. Al que quiere matar es a ti.

- ¿Que piensas hacer entonces?

- Voy a hacerle frente. Para los robots no existimos. No nos pueden atacar porque no comprenden nuestra existencia. A lo más que llegan es a insultarnos. Pueden ser muy desagradables, pero ya estoy inmunizado. Mi padre cuando se emborracha es un energúmeno.

- ¡¡¡Es una oportunidad para meterle el virus!!! - sugirió esperanzado.

- ¡¡¡No pienso meterle la mano ahí!!!- replicó enfadado el chico, mientras se lanzaba sobre el asesino, saltaba sobre su cabeza y comenzaba a tirarle de los pelos con saña.

- Entonces... ¿puedo irme?

Antes de que escuchara la respuesta afirmativa, Mr Roboto ya corría calle abajo, hacia la avenida principal. Corrió sin mirar atrás durante varios metros, hasta que el buzón de correos que había sobrepasado un segundo antes, saltó por los aires. La lucha con Robotin había sido efímera, pues el terminator corría tras él disparándole ráfaga tras ráfaga de ametralladora, haciendo estallar el mobiliario urbano a su alrededor: un coche, la moto de un repartidor de Telepizza abocado a la ruina, una cabina de teléfonos y el carrito de un bebe (vacío)

Tantas carreras habían menguado sus ya de por si escasas fuerzas. No podía seguir corriendo, debía esconderse en algún sitio y pensar algo. El peep show junto al que pasaba, le pareció el lugar ideal. Muchas veces había pasado por enfrente, pero jamás se había atrevido a entrar. El encargado nada mas verlo salió del mostrador.

- Hola Mr Roboto- dijo- ¿Qué te trae a estas horas por aquí? Todavía no esta lista Lulu.
Bueno, igual alguna vez si que había entrado.

- Tienes que ocultarme Eusebio- suplicó mientras le cogía por los brazos- Me persigue un tío con malas pulgas.

- Métete en una de las cabinas- le sugirió tras pensar unos instantes. No podía permitirse el lujo de perder a su mejor cliente. - Ahora están actuando Flora y Florián.

- ¿La hora de las hortalizas?

- Así es. La tuya está libre.

Mr Roboto se introdujo por el oscuro corredor hasta llegar a la cabina 11. Atrancó la puerta con la silla y se dispuso a disfrutar del espectáculo. Ya que estaba...

Pero no pudo ver mucho. Ni siquiera la frágil butaca pudo contener la furia del asesino y pronto la puerta paso a la historia. Quedaron robot y Roboto frente a frente.

- ¿Qué has hecho con Robotin? - preguntó temiéndose lo peor.

- Está muerto - respondió fríamente la máquina.

- ¡¡¡Que hijoputa!!!

Con ese grito de rabia, se lanzó contra el terminator, le cogió del fajín y tiro de él, haciendo que diera un par de vueltas sobre si, pero no perdió el equilibrio como esperaba si no que le devolvió el ataque con un certero puñetazo que impacto en la frente de Roboto.

- Ajajá, has elegido un mal sitio para golpear, mi frente está hecha de titanio, ¿por qué crees que no me crece el pelo? (en realidad estaba calvo y su "frente" profundizaba en el cuero cabelludo diez centímetros mas que la media nacional, pero nunca lo reconocería)

El terminator no se rindió tan fácilmente. Se enzarzaron en una pelea en la que ninguno de los dos llegó a conectar un golpe, hasta que la máquina, dispuesta a conseguir la ventaja, lanzó una patada que Roboto pudo esquivar a duras penas, no así la pared de plexiglas que separaba la cabina del show, la cual cayó noqueada sobre la superficie acolchada donde trabajaba la pareja. El terminator puso sus ojos sobre los cuerpos desnudos y sudorosos de los actores.

- ¿Qué están haciendo? ¿Se están haciendo daño?- preguntó dubitativo tras examinar su base de datos y no encontrar aquellas posturas en su lista de posiciones mortales.

- Están haciendo niños - respondió brillantemente Roboto.

- Flora, ¡¡¡me dijiste que tomabas la píldora!!! - repuso aterrorizado Florian, cuya sorpresa por el derrumbe había dado paso al miedo. Ese era su ultimo espectáculo y un actor porno no podía costearse los gastos que conlleva un hijo.

La respuesta de Roboto desbordó los circuitos lógicos del T-600 dando paso a un pantallazo azul que sustituyó a las estadísticas que se mostraban ante sus ojos. Tardaría un buen rato en volver a reinicializar el sistema. Hasta entonces, no podía moverse.

Mr Roboto debía aprovechar aquel momento. Miró a su alrededor en busca de un arma. Alguno de sus asistentes, que estaban viendo todo desde sus cabinas, ofrecieron sus navajas, pero eran inútiles. Otro sugirió con cierta sorna, que Flora le diera un tetazo, algo que podría dejar ko a cualquiera pero no a un androide.

Entonces, lo vio. Un consolador modelo Mandingo, atrezo de la función.

- No es un virus pero bueno... - dijo Roboto mientras se lo introducía por el puerto de comunicaciones. En ese momento el terminator volvió a retomar el control de sus extremidades. Demasiado tarde, pues el objeto extraño había dañado su fuente de energía.

- ¡¡¡Que hijoputa!!- grito el robot con la voz distorsionada por las oleadas de energía pura que recorrían su cuerpo, el cual comenzó a vibrar violentamente. De un momento a otro seguramente estallara. Los clientes, con Roboto a la cabeza, salieron huyendo hasta refugiarse en una boca de metro cercana, desde la que sintieron la deflagración. Al volver, se encontraron con un montón de escombros donde antes se alzó el mejor teatro para adultos de la ciudad.

Roboto se lamentaba de la perdida, cuando escuchó una voz familiar tras él.

- Oh, estás bien. ¡¡Vaya suerte!!

- ¡¡¡Robotín!!! ¡¡¡Estás vivo!!!

Ahí estaba el chico, aparentemente sin ningún rasguño y con un mazo de cartas en la mano.

- Si...ya, perdona, pero es que mientras intentaba sacarle un ojo al terminator, fuimos a parar a un kiosco y vi unos cromos de la liga de fútbol. Ya solo me falta Raúl para completar la colección. Te he cogido veinte euros prestados, espero que no te importe.

Robotín guardo las cartas en un bolsillo del pantalón y miró alrededor buscando algo.

- Bueno, yo me voy- informó sin mucho convencimiento.

- ¿Cómo vas a hacerlo? - preguntó Roboto, ignorante de la mecánica de los viajes temporales.

- Buena pregunta. Mi padre me dijo que a las once volviera. Son las diez, así que supongo que habrá que esperar. Oye, ¿me invitas al burguer? Es que es la hora de la cena y no he comido nada desde esta mañana...

El chaval le había salvado la vida. Invitarle a una hamburguesa era lo menos que podía hacer. El restaurante estaba semivacío, apenas un par de grupos de adolescentes pasaban la noche en aquel local. Se sentaron en una mesa junto a la ventana, desde la que se podía ver la noche oscura, sin estrellas ni luna. Algo no le cuadraba a Roboto.

- Si yo crearé los robots sexuales, ¿por qué no vinisteis a matarme?

- Según mi padre esos robots son una pasada.

- ¿Y por qué querían matarme ellos? De haberlo conseguido, ellos hubieran dejado de existir...

- Prefieren eso a acostarse con Marlon Brando.

- Comprendo...- susurró lacónicamente Roboto mientras perdía su vista en el horizonte.

A las once en punto un portal temporal se abrió justo frente a la ventana.

- Hora de irse - dijo Robotin mientras se limpiaba las migas del jersey.- Antes por favor, prométeme que no lo dejarás.

Mr Roboto lo miró fijamente, meditando la respuesta.

- Volveré a escribir- dijo al fin- . ¡¡Por el mundo libre y la promoción de mis trabajos!!

viernes, 4 de julio de 2008

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Armand

Había pasado la tarde en las nubes, mirando el reloj más que a la pantalla de su ordenador, imaginando cómo seria tenerlo entre sus brazos, más que terminando el informe de contabilidad. Le era imposible trabajar sabiendo que en su casa la esperaba su largamente esperado Armand: su novio, amante, compañero de cama, amigo, todo eso y mucho más, siempre que podía viajar a la ciudad para estar con ella, lo cual por desgracia, no era muy a menudo.

Dos meses llevaba sin sentir sus recias manos sobre su cintura, sin saborear sus dulces labios, sin sentir la dureza de su miembro en su vagina, que, a esas horas de la tarde, a pocos minutos de terminar su jornada, comenzaba a derramar sus jugos, anticipándose a las atenciones con las que sería colmada.

Cuando la alarma de su móvil suena, corre hacia su casa, movida por el deseo que quema sus entrañas y que da alas a sus piernas torneadas y suaves, que la llevan durante lo que le parece una eternidad, a los brazos de su hombre.

Al abrir la puerta lo encuentra en el salón, dormido en el sofá, descansando tras el largo viaje desde París.

Se acerca a él sin hacer ruido, se arrodilla ante su cara y lo contempla con dulzura. No es especialmente guapo, pero a ella le gusta. Como si presintiera su presencia, Armand abre los ojos. Se miran fijamente y aunque fue la lujuria la que azuzó su espíritu, ahora, ante él, no es un instinto primario, sino el amor, el que guía sus labios hacia los de él, para besarlo con ternura y un cariño infinito.

No hay palabras de bienvenida, no hay saludos innecesarios, solo caricias ansiadas durante demasiadas noches y besos compulsivos, tumbados en el sofá, mientras exploran sus cuerpos en busca de terrenos amigables, hollados con anterioridad..

Se siente ligera como una pluma cuando la coge entre sus brazos, la levanta del suelo y la lleva en volandas hacia la mesa de caoba que preside la habitación. La sienta en el filo y abre su blusa, dejando al descubierto sus generosos senos, cubiertos por un sujetador que no tarda en desaparecer del camino de la lengua de Armand, que lame con meticulosidad la periferia de sus pezones, endureciéndolos con tan sólo percibir su cercanía y lanzando descargas de placer que la hacen estremecer cuando los labios de su amante se apoderan de ellos, chupándolos con fruición, pellizcándolos con delicadeza, al tiempo que sus dedos se apoderan de sus pechos, haciendo rebosar su carne entre ellos. La rudeza de sus caricias contrasta con la delicadeza de sus besos…

Armand enrolla su falda a la cintura y se desprende de la ropa interior, empapada de excitación. Ella abre las piernas invitándolo a entrar al fondo de su ser. El ofrecimiento es aceptado sin dilación y tras deshacerse de sus pantalones, despliega su palpitante falo, que apunta con impaciencia al centro de su vulva.

Cuando la imponente verga se abre camino entre sus pliegues carnosos, se abrazan con fuerza, juntando sus pechos, uniendo sus corazones desbocados por la pasión, enlazando sus lenguas como dos enredaderas, incapaces de desligarse la una de la otra. Y mientras se miran a los ojos y ven en ellos el reflejo del amor del uno por el otro, él la penetra lentamente, amándola con cada embestida, creando oleadas de placer que se estrellan en su mente, ahogándola, uniéndolos en un torbellino de frenesí que la hace abandonarse, dejando el control de su consciencia a sus sentidos.

Entre gemidos entrecortados, se recuesta sobre la mesa, rodea con sus piernas su cintura empujándolo contra ella y deja que su marido, su amante, él, la posea y la haga suya, haciéndole olvidar la distancia, los problemas, ¡TODO!

Un estremecimiento en él, le advierte que está a punto de derramarse en su interior. Le suplica que se detenga. Lo hace a regañadientes pues ha esperado mucho por ese momento, pero quiere complacerla.

Ella baja de la mesa, se arrodilla delante de él, apoya los brazos en el suelo, y así, a cuatro patas, como un animal salvaje, le pide que la cubra. Ya no más dulzura, no más consideración, quiere ser follada, sentirse una mujer deseada. Que piense que es una calentorra, no le importa. Quiere sentir los golpes de cadera de Armand contra sus nalgas mientras su pene horada su carne suplicante, quiere sentirse explotar, desde el bajo vientre a la cabeza, desde sus pechos hinchados a su sexo chorreante. Quiere sentir el orgasmo que ya llega y ya no gime, grita, y se libera del tiempo sin compañía, se libera de la tensión diaria, de la rutina de su vida….

Tras alcanzar el orgasmo, vuelve a donde siempre estuvo, a su cama solitaria y fría, sólo habitada por su cuerpo agonizante de placer, aguijoneado por el dolor, golpeado por la tristeza, encendido por sus diestras manos… Y en silencio, desnuda sobre las mantas que una vez compartieron, llora, pues Armand ya no volverá a poseerla jamás, sólo en sus recuerdos.

jueves, 8 de mayo de 2008

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Descubriendo

Con la mayor suavidad de la que fue capaz, reprimiendo el salvaje deseo de hacerla suya en ese mismo instante, Lucia posó sus labios sobre los de ella. Saboreó la dulzura de su boca. Sintió la suavidad de sus manos acariciando su espalda con timidez, la tersura de sus pechos, clavados en los suyos.

Sus lenguas emergieron de sus carnosas prisiones y se enzarzaron en un lúbrico combate por rendir la voluntad de la otra y dominarla con una pasión desenfrenada.

Fue un beso interminable en un lugar impensable para ella.

Había acudido a la casa de un amigo, que celebraba su cumpleaños con una gran fiesta. Al principio se había negado. La ruptura con su novio era demasiado reciente y además, conocía a pocos de los invitados. Pero Manu podía ser muy obstinado, y con poco entusiasmo, se había plantado en la puerta del piso, con un voluminoso regalo en los brazos. Tocó el timbre. La puerta se abrió y apareció ella…

En lo más profundo de su mente, un pesado muro, resquebrajado en las últimas semanas, fue derribado por una fuerza desconocida y primitiva, que llevaba emparedada demasiado tiempo.

Era simplemente preciosa. Morena de ojos verdes y perturbadores, que se presentó como Gabrielle, compañera de facultad de Manu. La invitó a entrar. El contacto con sus manos al darle el regalo para que lo colocara sobre la mesa, fue como una descarga eléctrica. Ella debió sentir lo mismo, pues unidas aún por unos pocos centímetros piel, la miró a los ojos, intentando adivinar los sentimientos que la inundaban, y que habían estado atormentándola toda la vida, luchando por ser aceptados.

En ese momento, llegó Manu y Gabrielle se perdió entre los invitados. Tras felicitarle, buscó nerviosa el rostro familiar de la morena, que se había instalado en su pensamiento para, estaba segura, no volver a salir de ellos nunca más.

La encontró junto a la mesa de las bebidas, sirviendo un ponche a un chico. Cuando se percató de que la miraba, sonrió. Y Lucia se sintió morir de felicidad.

Lo siguiente, jamás recordaría muy bien como llegó a eso, fue el beso. Un beso que borró los años pasados con un novio impuesto por la sociedad, las miradas furtivas mientras paseaban, los temores que le impedían dormir…

Y fue precisamente en uno de los dormitorios, donde descubrió el amor sáfico de mano de Gabrielle. Dedos que exploraron el territorio virgen de su piel, que se adentraron en las profundidades de su virtud, que horadaron sus entrañas con la precisión de un cirujano, extrayendo de el toneladas de placer, labios que dieron vida a sus pezones, erguidos por la acción de una lengua adiestrada, y finalmente, un orgasmo intenso que nació de su bajo vientre y que fue magnificado por la libertad que acaba de descubrir.

Exhausta y aún jadeante, se recostó sobre el hombro desnudo de su primera amante.

- Gracias- susurró antes de quedarse dormida.

sábado, 26 de abril de 2008

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El último diálogo de Crom

Muerta su reina y con su hijo en el trono de Aquilonia, a Conan solo le quedaba un último viaje por hacer. En la soledad de su habitación, se desprendió del manto real que aún portaba, como recuerdo de lo que llegó a convertirse, el que un día fue un sucio bárbaro de las estepas, con la fuerza de sus brazos y la maestría de su espada.

Abrió un ajado baúl y sacó una vieja capa hecha con la piel de un león de Nemedia y enfundado en ella, se adentró en la fría noche, sin que ni siquiera los celosos vigilantes de las murallas de palacio, se percataran de su salida.

Cabalgó durante días hacia su tierra natal. La tradición exigía presentarse ante Crom en el pico más alto de los monte Eiglophianos, no muy lejos de su aldea de nacimiento, antes de dejarse morir en la gélida montaña. Su momento había llegado.

Muchas veces había pasado junto a la gran montaña de Crom, lugar sagrado para todo cimmeriano, y siempre había sentido un escalofrío ante las inmensa mole de piedra y nieve. Ahora, pese a haber afrontado peligros inimaginables, pese a haber luchado con bestias demoníacas y haber visto la muerte de cerca, el mismo sentimiento de respeto, perturbaba su
alma. Pero su mano no le tembló cuando tuvo que comenzar a subir por la empinada pendiente,
sufriendo las inclemencias de una súbita tormenta de nieve, que dificultó su escalada y obligó a sus envejecidos músculos a forzarse al límite.

Llegó a la cima exhausto, tras más de seis horas de esfuerzo ininterrumpido. La tormenta desapareció tan rápido como se había formado y dejó el cielo totalmente despejado. Desde allí podía ver el blanco manto de nieve que cubría la tierra hasta el horizonte, la larga cordillera que se adentraba en Vanaheim y en la ladera norte de la montaña, los restos óseos de innumerables bárbaros, que como él, habían sido tan afortunados como para llegar al final de sus días.

Agarró con fuerza la empuñadura de su espada, colgada al cinto, y echó un último vistazo a la yerma explanada de roca en la que se encontraba. Alzó la mirada al cielo y comenzó a recitar lo más parecido a una oración, que conocían los cimmerios.

- ¡¡¡Crom!!! Conan, el cimmerio está ante tí. Innumerables hombres cayeron ante el filo de mi espada, casi tantos como estrellas cubren el cielo. Durante décadas de lucha, pedí que me insuflaras con la fuerza del acero, pero más de una vez desoiste mi llamada y tuve que valerme por mí mismo, saliendo victorioso una y otra vez, pues nada te debo a ti ni a tus supuestos poderes. Antes de que blanda mi espada por última vez, quiero comprobar si no eres más que un cuento de viejas, una leyenda como las que me encontré en otros lugares. ¡Muéstrate Crom!

Tras décadas maldiciéndole, pidiéndole ayuda en los albores de las grandes batallas, portando su nombre desde la fría Nordheim a la negra Zembabuei, desde la orgullosa Zingara a Khitai, Conan por fin obtuvo respuesta del venerable Crom. Cuya voz grave resonó en su mente.

- Desde que asaltaste las murallas de Venarium, he contemplado desde mi trono de acero, las hazañas que te encumbraron a la altura de un mito, espejo de una época, en el que todo hombre, mujer y niño quiere reflejarse. Tus gestas serán cantadas en las cortes de innumerables reinos que están por venir, como aún se cuentan las del legendario Kull. De entro todos los guerreros, tú has sido mi mejor servidor.

- ¡¡Conan no sirve a nadie más que a si mismo!! - rugió el bárbaro - ¡¡Y si morir significa tener que hacerlo, llevaré mi espada al más allá y veremos quién es el dios y quién el hombre!!.

Un profundo silencio sacudió la montaña, mientras Crom parecía meditar la amenaza.

- No vagarás por mi reino como uno más.- dijo finalmente -. Vivirás conmigo hasta el momento de la última batalla, en la que nuestras espadas combatan juntas, luchando por cobrarse la vida de nuestros enemigos y beber la sangre de aquellos que osen enfrentarnos. Pero antes, dime Conan, ¿qué es lo mejor de la vida?.

La fiera mirada del cimmerio, recobró el fuego de antaño, alzó la espada hacia el cielo y gritó:

- Aplastar enemigos, verlos destrozados y escuchar el lamento de sus mujeres.

- ¡¡Sea!! - bramó entonces Crom, en un grito que se clavó en el alma de todo habitante de Cimmeria, y cuyo recuerdo seria recordado con temor.

Y en medio de un intenso resplandor azulado, se desvaneció el mayor heroe de la edad Hyboria.

viernes, 7 de marzo de 2008

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Curtis

- Cinco minutos más y lo dejo.

Llevaba todo el día en aquel vertedero, buscando piezas para ensamblar la que seria su obra maestra: un androide multipropósito, capaz de liberar al ser humano de las tareas mas reiterativas del hogar.

Pronto oscureceria, y no le convenia encontrarse fuera de casa cuando eso sucediera. Los merodeadores estaban muy activos últimamente.

Ya iba a darse por vencido, cuando creyó distinguir un pequeño brillo en un montículo de piezas oxidadas. Se acercó rapidamente y aparto decenas de tornillos, placas electrónicas y todo tipo de componentes desechados, hasta dejar al descubierto el cuerpo semicorroido de un robot con forma humana.

Gritó de jubilo olvidando toda precaución. Aquello era como encontrar un boleto premiado de la loteria en un basurero. Sólo necesitaria un mínimo de restauración, aparte de incluir en su memoria, el revolucionario programa de mantenimiento que habia diseñado durante tantos años: el proyecto de su vida.

Cargó el pesado cuerpo de metal en sus espaldas y lo llevó a su laboratorio. Una semana de duro trabajo después, su androide, al que bautizó como Curtis, en recuerdo del mayordomo de la familia, estaba listo para iniciar sus tareas.

Con gran emoción, pulsó el botón de encendido. Los primeros segundos, el robot no hizo nada. No podia haber fracasado. Habia invertido tanto tiempo... pero entonces, los vidriosos ojos del robot centellearon un par de veces, hasta que brillaron con fuerza ininterrumpidamente. El altavoz instalado en la cavidad bucal artificial, crepitó.

- Curtis 0.1 a su servicio, Señor Keys.

- ¡Excelente, excelente! - gritó David - He estado revisando tu banco de memoria, pero está encriptado. Dime, ¿quien te creó?

- Uno, señor - respondió el androide.

- ¿Uno?, ¿Quien es Uno?

- Uno es Uno, señor.

- ¿Un cientifico? ¿Un ingeniero? - insistió el inventor, pues la fabricación de robots aún estaba en pañales y sólo se dedicaban a ello, un puñado de industrias. Industrias que no dudarian en quitarlo de la circulación si se enteraban de que habia modifciado uno de sus modelos.

- Uno es Uno - repitió Curtis.

Keys se dió por vencido con un suspiro de resignación.

- Bien, dejémoslo por ahora. Probaremos mis rutinas de comportamiento. Curtis, limpia el salón.

El androide cogió la escoba que le tendió David y se dirigió con pasos mecánicos hacia la estancia. Media hora después, habia terminado varias tareas sencillas, cumpliendo las expectativas con relativo exito. Cuando le mandó ordenar el trastero, Curtis ni siquiera se movió. Se quedó estático en mitad del pasillo, como si no hubiera escucha la orden. La repitió varias veces, con el mismo resultado. El androide parecia muerto.

- Será un ligero fallo en la programación de la rutina de obediencia - pensó - Será facil de reparar.

Durante toda la noche, estuvo inspeccionando el cerebro cuántico de Curtis, hasta que halló un error grave en el sistema de decisiones: un error irreparable.

Al día siguiente volvio a asignarle las tareas que se habia... negado a realizar; pero su actitud continuo siendo la misma.

No podia tolerar tanta ineficacia. Era un prototipo avanzado para la época sin duda, pero no era lo que él queria. Tenia muchas posibilidades, pero le llevaria años subsanar aquella falla en su sistema. Seria más fácil comenzar de nuevo, y menos arriesgado.

Sacó la placa con la programación complementaria y borró de su memoria cualquier recuerdo de aquellos días. Por la tarde, poco antes de anochecer, cargó al androide de vuelta al montículo donde lo recogió. Y allí se quedó; con los ojos abiertos mirando a un paisaje que no podia ver. Olvidado por el mundo, hasta que alguien le diera otra oportunidad.

jueves, 17 de enero de 2008

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Las fabulas de Mr Roboto: Los alegres cabritillos

Hace mucho, mucho tiempo, vivian en un verdoso valle, cinco pequeños cabritillos, amiguetes todos ellos, que pasaban sus ociosas tardes cantando y brincando de acá para allá. Sus nombres eran: Gustav, Arnaldo, Sinfora, Galatea y Pedrusco, un cabritillo que habia llegado recientemente al pueblo, gracias a un programa de intercambio de estudiantes.

Una tarde, tras un día especialmente duro en la escuela de cabritillos, Arnaldo, el chuleta del grupo, propuso dejar de lado el tradicional pasto en el verdoso valle, para adentrarse en el misterioso bosque del señor Gibbons, donde, se decia en las tascas del pueblo, el que entraba no volvía a salir.

Sinfora y Galatea, las más sensatas, se negaron en redondo; pero ante la presión de Gustav y de Pedrusco, el cual estaba muy bueno, y al que querian impresionar; se vieron arrastradas a las profundidades del bosque.

Una vez que el cielo sobre sus cabezas fue cubierto por un manto de frondosas ramas y se vieron rodeados de árboles y más árboles, suspiraron aliviados. Ya veis que esas historias que se cuentan, no son más que habladurias para que no disfrutemos de esta hierba de primera, dijo Arnaldo mientras mascaba una deliciosa flor.

Los demás asintieron complacidos por el banquete del que estaban disfrutando. De pronto, Predusco se volvió blanco, más blanco de lo que era y se atragantó. ¿Qué te pasa Pedrusco?, preguntaron los cabritillos, sentados frente a él.


De pronto, un estruendoso rugido rasgo el aire, inyectándose en la mente de los cabritillos. Detrás de unos arbustos, surgió un lobo gigantesco, con los ojos inyectados en sangre, y una curiosa cresta negra.

Los cabritillos corrieron de inmediato hacia el valle, sorteando piedras y arboles. El lobo se acercaba más y más a Gustav, que se habia dado un atracón de hierba. Ya casi estaba dentro de las fauces de su perseguidor, cuando este tropezó con una enredadera, dió una vuelta de campana, y se incrustó contra un árbol.

No pararon de correr hasta que llegaron a sus casas, de las que no salieron en un buen tiempo.

Moraleja: A veces la buena hierba, nos puede dar un buen susto.


Cuento este rollo, para no ciscarme en los respetables ancestros de los causantes de que conectarse a internet sea toda una aventura y para no faltar al respeto a las venerables madres, responsables de tirar al mundo a esos perfectos cabritos que pagan lo justo a unos técnicos que echan más balones fuera que Iker Casillas una tarde de Domingo.

domingo, 13 de enero de 2008

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Iniciación

Cuando terminó de perfilarse los labios, se miró en el espejo. Quería estar perfecta aquella tarde. El sucinto examen visual le sirvió para encontrar un par de pequeñas imperfecciones en su piel, que se apresuró a ocultar con maquillaje. Se miró de nuevo; de la cabeza a los pies. Se hubiera besado en aquel momento. Tendría que haberse atrevido antes a vestir con minifalda, aunque la blusa semitransparente y los tacones de aguja le daban un aspecto de...

- Parezco una zorrita- sonrió para sí.

La alarma de su reloj comenzó a sonar. Debía salir ya de casa si quería estar puntual. Él le había insistido mucho en eso. Como no conocía muy bien la casa a la que tenia que ir, había llamado a un taxi, pero se estaba retrasando. Los nervios se apoderaron de ella. Cada movimiento del minutero era como una daga que se clavaba en su corazón. Pensaba en lo hortera de la metáfora, cuando escuchó un claxon. ¡¡Al fin!!

Sintió cómo la mirada del taxista se clavaba, esta vez sin horteradas, en los pezones que despuntaban duros por el frío de la calle, bajo la blusa, pues él había insistido también en que no llevara sujetador.

Durante todo el trayecto, el conductor dirigió miradas furtivas a su entrepierna, con la esperanza de ver algo más jugoso que la lasciva insinuación de sus pechos. Más de una vez pensó en abrir levemente las piernas para que se deleitara con la carnosidad de su sexo; sólo pensarlo humedecía su ser, pero no llevaba ropa interior, así que el recato pudo más que el deseo por exhibirse.

El taxi la dejó frente a la puerta. Miró su reloj, nerviosa, pero había llegado con cinco minutos de adelanto. Suspiró aliviada y llamó al timbre. Tomó aire con fuerza para relajarse. Nadie abrió. Volvió a llamar con el mismo resultado. Echó un vistazo por la ventana de al lado, pero las cortinas estaban echadas. Miró de nuevo la hora. Había quedado con él ese día, debería estar allí.
Sin saber muy bien qué hacer, esperó. Finalmente, a la hora exacta a la que habían quedado, la puerta se abrió a sus espaldas. Al darse la vuelta, le vio de pie en la entrada. Su expresión dura, la mirada congelada y los brazos cruzados sobre su pecho.

- Pasa - le dijo antes de darle la espalda y adentrarse en el salón.

Le siguió desconcertada, preguntándose si aquella frialdad era normal. Cuando le conoció semanas atrás, le había parecido una persona encantadora, amable en el trato y de verbo fácil; en sus numerosas citas no había cambiado lo más mínimo y sin embargo ahora... incluso percibía algo de enfado en su actitud.

Cerró la puerta con cuidado y se dirigió hacia el centro de la amplia habitación, donde él la esperaba.

- Me has desobedecido - le espetó sin más.

- ¿Yo?, pero si incluso he llegado antes de lo que me dijiste - replicó sorprendida.

- Punto número uno, a partir de ahora me hablarás de usted. Me tratarás como tu amo y señor siempre que yo te dé permiso para hablar. ¿Lo has entendido?

- S-s-si amo - respondió nerviosa. Habían hablado de lo que seria aquella sesión, pero una cosa era hablar y otra sentir la dureza que despedía su voz.

- Punto número dos, cuando te ordene algo, lo harás a rajatabla. Si te digo que te pongas de cara a la pared, lo harás sin rechistar; y si te digo que vengas a las doce en punto, quiero que vengas a las doce en punto, ni un minuto más, ni un minuto menos.

Se sintió desfallecer. Le había fallado a la primera. Al menos, se consoló, había sido en algo sin apenas importancia. Algo le decía que de haber llegado tarde, si que hubiera tenido "problemas".

- Punto tres, cada falta tendrá su castigo. El tuyo comienza ahora. Ponte a cuatro patas.

El corazón se le aceleró, mientras su mente se debatía a medio camino entre el incipiente deseo que surgía en su bajo vientre y el miedo a lo desconocido, que se acentuó aún más cuando le dijo que le siguiera al sótano, sin abandonar la posición en la que se encontraba.

Al bajar las escaleras, en lugar de una lavadora, trastos viejos y ropa repartida por un suelo polvoriento, encontró una cuidada... sí, podría definirla como una mazmorra que bien podría haber formado parte de un castillo francés del siglo XV.

Las pétreas paredes estaban cubiertas por todo tipo de extraños artilugios, entre los que pudo reconocer, consoladores de todo tipo, fustas, antifaces, esposas... aquel despliegue de fetichismo la sobrecogió, pero el calor que sentía en su interior iba creciendo a medida que los minutos pasaban y no precisamente por el ambiente de la mazmorra, tan frío como se lo había imaginado al verlas en las películas, y que hacia que el bello de su piel se erizara hasta dolerle.

En una de las paredes, se erguía una enorme cruz con una extraña forma que le resultaba familiar. Recordó sus noches en vela buscando información por Internet, poseída por el ansia de conocerse a si misma y desarrollar su condición; las descorazonadoras fotos de jóvenes a las que no se veía disfrutar,los fríos manuales de dominación, los estimulantes relatos que habían provocado que más de una vez terminará la velada explorando sus entrañas con apasionada furia...

- Esto es una cruz de San Andrés. -dijo él, como si le hubiera leído el pensamiento.

Su amo se encontraba junto a ella. En sus manos sostenía una fina venda negra; a juzgar por su textura, de seda.

- Desnúdate. Puedes ponerte de pie si quieres.

Lentamente se fue deshaciendo de las prendas que cubrían su cuerpo, y colocándolas en una pequeña mesa que su amo había colocado para ello. Una vez estuvo desnuda, se dispuso en posición de examen: piernas abiertas, manos a la espalda y la mirada apuntando al suelo, tal y como había visto en más de un vídeo.

Le pareció sentir cómo su amo sonreía satisfecho. Puede que fuera producto de su deseo por agradarle, pero eso no le importó. La euforia por saberse haciendo algo que llenaba su existencia, la inundó, acrecentando aún más el deseo que crecía en su interior y que amenazaba con desbordarse ante la mirada impertérrita de él.

Con un gesto seco, la cogió por el antebrazo y la dirigió a la cruz, donde la ató fuertemente, lo que generó un movimiento automático de pequeña resistencia, que su amo aplacó con un beso largo y profundo, donde su lengua degustó la dulzura de sus labios.

Aún jadeante por el prolongado beso, la privó de su visión, con la venda negra que sostenía minutos antes.

No veía nada. Apenas podía oír el aliento de su amo cerca de su cuerpo pues la venda tapaba sus orejas; además, el contacto con la fría madera, la había insensibilizado ligeramente; por lo que pasados los minutos, le pareció que se encontraba en una burbuja sensorial.

Puesto que no podía percibir nada, su imaginación tomó el relevo de su conciencia. Estaba desnuda, atada a la pared, totalmente a merced del hombre que había conquistado su voluntad en apenas unos días, que había iluminado las partes oscuras de su alma y que, esperaba, la guiaría a través de ellas.

Se preguntó qué le haría a continuación. Por sus piernas abiertas comenzaba a deslizarse el jugo de las pasiones vividas hasta el instante. Sintió algo de pudor e intentó juntar sus muslos sin éxito. Imaginó uno de los muchos consoladores de la estancia, llamando a las puertas de su sexo, echándolas abajo en caso de no recibir respuesta, y penetrando hasta lo más profundo de la carnosa sala hasta alcanzar el trono del placer y aplastarlo con frenesí para arrancar oleadas de placer de su cuerpo y hacerla gritar de placer suplicando más de aquella deliciosa tortura.

Pero pasaban los minutos y no llegaba aquél ataque de pasión por el que su cuerpo se retorcía en aquella fría cruz, que poco a poco iba siendo calentada por el furor de su entrepierna, que había descubierto que la incógnita menos deseada puede ser más placentera que el encuentro carnal menos querido.

¿Estaria su amo examinándola con detenimiento, deleitándose con el terso cuerpo que se le ofrecía, para elegir qué parte de él hacer suyo? o ¿acaso estaría preparando un escenario más propicio para dar rienda suelta a su lujuria, mientras contemplaba gustoso su cuerpo entregado?

No, eso no. Le pareció sentir la lengua juguetona de su amo, delineando sus piernas, de los finos tobillos a los suculentos muslos aliñados con la abundante esencia que expelía su sexo al sentir cada lametón, cada roce de los labios de su señor contra su piel, sugestionada para amplificar la más mínima sensación de placer.

Pero la sensación resultó falsa, no así las palpitaciones de su sexo, que a esas alturas ya actuaba como si estuviera siendo horadada por el carnoso ariete que tanto deseaba sentir vibrar dentro de ella, compartiendo su pasión, mientras sus senos fueran cubiertos por los delicados besos de su amo.

Comenzó a gemir sin cesar, mientras sus piernas se retorcían lejos del control de su mente, intentando sacar mayor provecho al orgasmo que había nacido en su imaginación, para ir a morir en su vagina, hinchada y húmeda como la lengua de su amo, que, ¡¡esa vez si!! se apoderaba de su clítoris para beber hasta la última gota de lujuria que desprendía.

Sus violentos espamos a punto estuvieron de tumbar la pesada cruz, pero esta estaba bien sujeta, así que lo único que ocurrió, fue que se magulló levemente las muñecas, sobre las que descargó el peso de su cuerpo, al abandonarle las fuerzas y la fuerza arrolladora del clímax.

Su amo la apoyó sobre él, mientras la desataba. La sentó en una silla y dejó que se recuperara mientras él subía en busca de algo que quería mostrarle.

Permaneció allí sentada diez largos minutos, en los que reflexionó sobre lo que le había ocurrido. Pese a ser joven, su experiencia sexual era dilatada, pero jamás se había corrido sólo con imaginarse una situación excitante. Puede que fuera la ambientación o su recién descubierto papel...

En ese momento volvió su amo. La hizo ponerse en pie. Delicadamente rodeó su cuello con sus fuertes brazos, y le colocó un bonito collar de tela esmeralda, con su nombre bordado en oro.

- Llevarás este collar siempre que estés conmigo. Te has portado muy bien hoy. Ponte de rodillas.

Lo hizo sin rechistar, henchida de orgullo por el obsequio recibido. No se limitaría a llevarlo ante su presencia, lo usaría siempre. Con la entrepierna de su amo frente a su cara, no hizo falta que este le ordenara nada, para bajar su cremallera y dejar en libertad el anhelado falo, hinchado en espera de las atenciones que en breve recibiría de los deliciosos labios de su sumisa.

Comenzó lamiendo desde la base hasta la punta, lentamente, disfrutando de las sensaciones que causaban en su amo. Sin esperarlo, este agarró fuerte su cabeza, e introdujo su pene en su boca hasta el fondo de su garganta. Como pudo, acomodó su lengua a la situación y comenzó a lamer el tronco sin cesar, mientras este se deslizaba en su boca con un ritmo tan frenético que no tardó en descargar toda su simiente sobre su cara.

- ¿Ves esa puerta de allí? - le preguntó su amo mientras señalaba la pared de su derecha - ahí tienes una ducha. Cuando te vistas, vete. Ya te llamaré.

Dicho lo cual, subió las escaleras, dejándola desnuda, cubierta de semen y algo decepcionada por cómo había terminado todo. Se aseó y se vistió rápidamente pues debía atender otros asuntos, y al salir de casa no miró hacia atrás; de haberlo hecho, podría haber visto a su amo, asomado a la ventana sonriendo satisfecho.

viernes, 23 de noviembre de 2007

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Más alla del tiempo

Las últimas semanas habían puesto a prueba la fortaleza y la determinación del Rey Daniel. Una terrible maldición parecía haber caído sobre el reino. Diariamente recibía en audiencia a docenas de sus súbditos, aquejados de todo tipo de males: plagas, cosechas destruidas, asesinatos misteriosos...

Ver tanto sufrimiento, minaba la confianza del Rey. Por fortuna cada noche al volver al lecho matrimonial, podía confiar en que un simple abrazo de su amada Lady Carme, levantaría su ánimo, amen de otras partes de su cuerpo, que una vez animadas no pedían descanso hasta haber sido poseído el cuerpo de su dulce reina; pues no solía quedar todo en un tierno abrazo, a la ternura le tomaba el relevo la pasión, y rara era la noche que no yacían al pie de su cama los ropajes desgarrados por el frenesí de ambos, mientras los gruesos muros del castillo temblaban al son de sus fogosos cuerpos.

La vuelta a la sala del trono la mañana siguiente, era un jarro de agua fría, una vuelta a la dura realidad. De nuevo un campesino que había perdido todos sus bienes por una extraña granizada; otro alcalde quejándose de que el pozo de su pueblo había sido envenenado... sin embargo había algo extraño en el hombre encapuchado que tenia ante él. Por su aspecto pulcro y sus ademanes, no parecía ser uno de esos pobres hombres que solía recibir. Había algo en él que le ponía nervioso.

- Majestad - comenzó - me llamo Ralsun, mago de profesión y de los mejores si se me permite decirlo. Desde mi torre oscura, pude percibir los ecos del poderoso maleficio que asola vuestra tierra.

El tono de sus palabras puso en guardia al Rey, en cuya mente comenzaba a forjarse una sospecha, pero permitió que continuara hablando.

- Estuve varios días recorriendo la región a la espera de que alguien resolviera la situación, pero nadie ha sido capaz de hacerlo. Así que ofrezco mis servicios a vuestra majestad.

-¿Qué pides a cambio? - preguntó Sir Daniel

- Oh no mucho, sólo una cuarta parte de vuestra fortuna - respondió mientras se inclinaba teatralmente ante el trono.

Por ello, no pudo ver como el jefe de los espías reales, entraba en la sala y veloz, lo señalaba ante el Rey.

- Maldito - gritó este - jamás me falló mi instinto y mis espías me lo confirman. Tu y nadie más eres el que ha traído la desgracia ante mi ¿Y ahora te eriges como el gran salvador? ¡Guardias, a él!

De inmediato dos flechas rasgaron el aire en dirección al mago, pero este se desvaneció ante los incrédulos ojos de los presentes. Tras dar orden de que redoblaran la guardia, volvió a sus habitaciones. Necesitaba sentir el calor de su amada junto a su pecho, respirar el dulce aroma que desprendía, saborear sus labios...

En cuanto la vio de pie en la chimenea, su rostro se relajó y una sonrisa se dibujó en su rostro.
Al percatarse de su presencia, ella le devolvió la sonrisa y se acercó solicita hacia él. Sus almas se entrelazaron como lo hicieron sus lenguas, en un intenso beso que parecía eterno. Se arrodilló ante ella mientras sus manos delineaban su estilizada figura. Levantó con cuidado la abultada falda de su amada; entre sus pliegues, esperaba encontrar los pliegues de su amor.

Se abrazó a las piernas de ella, mientras en la cara podía sentir la calidez de los muslos de Lady Carme. Sediento, se dirigió a la fuente de carne erigida entre ellos, para saciar la sed de amor que llevaba atormentándolo desde que se separara de ella al amanecer.

Presa de la lujuria, hizo suyo el vibrante clítoris que despuntaba entre los jugosos labios de su sexo. Su boca lo besó, lo aprisionó, lo dejó a merced de su lengua, que lo lamió sin cesar, lo que pareció gustarle a la dueña de sus atenciones pues gimió fuerte mientras sus manos apretaban la cabeza de su Rey contra su vulva para sentirlo contra ella, siendo devorada por la gula de Daniel, cuyos dedos acariciaban sus muslos, camino de la húmeda caverna que pedía a gritos ser horadada.

Lo hicieron suavemente. Mientras uno de ellos era cubierto por amorosos jugos en su camino a las entrañas de Carme, otro se posó sobre el clítoris, para masajearlo en círculos, cada vez más intensos, más y más...

Lady Carme tuvo que sujetarse en la repisa de la chimenea para no caer, pues las piernas comenzaban a fallarle, como preludio del intenso orgasmo al que las caricias de su amado le avocaban.

Este llegó de improviso, en forma de lengüetazo prolongado y profundo, que abrió su sexo y las esclusas de un placer infinito que recorrió su cuerpo entero, haciéndola jadear sin control.
Relamiéndose, Sir Daniel salió de entre sus piernas, la miró con satisfacción y la besó con toda la dulzura que fue capaz de reunir.

Carme cogió de la mano a su caballero para llevarlo a la cama y volver a sentir, esta vez juntos la dulce muerte que había disfrutado. Pero de pronto, la ventana de la habitación se abrió de par en par. Un viento gélido apagó el fuego de la chimenea y las luces que pendían de las paredes, quedando todo a oscuras.

Cuando la luz volvió segundos después, la encapuchada figura del mago Ralsun se alzaba en el centro de la habitación.

- Necio - gritó - debiste haber aceptado el precio. Ahora lo pagarás. Te condenaré al sufrimiento eterno.

Dicho esto, lanzó a sus pies una bola de cristal con humo en su interior. Al chocar contra el suelo, se partió en mil pedazos y el humo comenzó a envolverles rápidamente. En un instante, quedaron cegados por él. Sir Daniel sintió como la mano de su amada se deslizaba fuera de su alcance. Trató de agarrarla lo más fuerte posible, pero fue inútil, perdió el contacto con ella. Intentó gritar, pero ningún sonido salió de su boca. La negrura comenzó a inundarlo todo y un sueño antinatural se fue apoderando de él, hasta que perdió el sentido...

- ¡Arturo despierta!

Había vuelto a quedarse dormido en la oficina. De nuevo había soñado con extraños mundos repletos de princesas atrapadas en castillos, dragones y caballeros de brillante armadura. Fue una suerte que su compañero le despertara antes de que pasara a su lado el jefe de departamento. Su empleo pendía de un hilo, debido a sus frecuentes ataques de sueño.

El resto del día, procuró estar ocupado para no volver a quedarse dormido. A las seis en punto fichó a toda prisa, y volvió a pie a casa. Al pasar junto a un viejo bloque de edificios, le pareció escuchar la voz de una chica pidiendo ayuda. Se detuvo para confirmar que no habían sido imaginaciones suyas. Durante unos instantes no volvió a escuchar nada, pero justo cuando iba a continuar su camino, volvió a oírla. Miró hacia las ventanas del edificio. De una de ellas, en el tercer piso, comenzaba a salir un espeso humo negro.

Sin pensarlo dos veces, subió las escaleras. De una patada abrió la puerta. La ola de calor que lo golpeó, lo dejó sin aliento. El salón estaba en llamas. La chica, que le había escuchado, volvió a pedir ayuda. Estaba en su dormitorio, tumbada en el suelo, con una pierna atrapada bajo una estantería.

Sacando fuerzas de flaqueza, Arturo logró quitársela de encima, y con ella en brazos, salió a la calle a toda prisa. La sentó bajo un árbol, hasta que recuperó el aliento. Ella levantó la cara para darle las gracias. Sus miradas se encontraron y una extraña sensación de cercanía se apoderó de ellos por un instante.

- Me llamo Jimena - le dijo mientras le dedicaba la sonrisa más encantadora que hubiera recibido jamás.

Las dos semanas siguientes, las pasaron entre cenas y cafés. Primero como agradecimiento por haberla ayudado, pero luego, como el inicio de algo más allá de la amistad.

Aquella noche de domingo, ambos sentían que seria especial. No habían hablado de ello, pero cuando tras cenar, Arturo la llevó a casa, ella le invitó a subir y tomarse una copa. Él aceptó enseguida, con la sensación de que llevaba esperando ese momento durante mucho tiempo.

Un par de días antes, los operarios del ayuntamiento habían terminado de arreglar el piso de Jimena. El olor de la pintura fresca aun flotaba en el ambiente, pero Arturo sólo podía percibir el olor a menta de los labios de la chica, los cuales había probado en el ascensor durante el breve viaje, en el que habían explorado sus cuerpos con una pasión desbordante.

Se sentó en el sofá mientras ella se ponía cómoda. Cuando apareció en el umbral de la puerta con un sugerente salto de cama de raso, se quedó embobado mirándola. Ella se acercó al sofá cimbreando sus caderas para atraer la atención del hombre al que quería seducir.

Se sentó a su lado. Su rostro era un libro abierto donde podía leer las más lujuriosas páginas que albergaba su imaginación. Desabrochó su pantalón. Su pene saltó como un resorte al encontrarse libre para desarrollar todo su poder, cosa que hizo en cuanto las suaves manos de Jimena se posaron sobre él y lo recubrieron, sintiendo la delicadeza de su tacto.

En respuesta a sus caricias, el falo se tornó duro, macizo, y de un extremo empezó a manar timidamente, el liquido resultado de la excitación que le estaba sirviendo la experta mano de Jimena, que no cesaba de subir y bajar, mientras se besaban sin mesura. Sus lenguas exploraban cada centímetro de la boca del otro. Entraban y salían de ellas en aparente caos, con la necesidad de saborear al otro, sus labios...

Tan excitado estaba Arturo, que explotó sin previo aviso, antes de lo que hubieran deseado ambos, recubriendo la pequeña mano de Jimena de la simiente que tanto ansiaba para ella.
Se puso de rodillas frente a él. Se echó sobre sus piernas y comenzó a acariciar su pecho mientras introducía en su boca el moribundo miembro. Rápidamente desapareció en el interior de su boca. Su lengua no paró de circundarlo, lo rodeó, lo lamió con intensidad; evitaría que muriera a toda costa.

Sintió la mano de Arturo sobre su cabeza, mientras esta subía y bajaba, como el glande del miembro que estaba degustando y que estaba llevando a la locura a su amante.

Una vez el miembro se irguió en todo su esplendor, se levantó. Se subió al sofá, y se colocó sobre él mientras sus manos sujetaban el salto de cama, dejando al descubierto su bajo vientre y su cuidado pubis. Poco a poco fue descendiendo, hasta que a las puertas de su sexo, sintió la llamada del penetrante visitante, que ansiaba descubrir sus secretos más íntimos.

Apoyó sus manos en la pared y movió su cadera hacia delante, para que la verga de Arturo la penetrara profundamente, hasta lo más hondo de su ser. El placer la cegó y sus caderas no cesaron de moverse adelante y atrás, follándolo sin parar, mientras él devoraba sus pechos, acariciaba su espalda, hundía sus dedos en su pelo, hacia suyo su culo apretándolo con sus fuertes manos, ayudando a que la penetración fuera más intensa.

Su respiración se aceleró aún más si cabe.

- Me corro Arturo, me corro, me corroooooo - gritó al fin mientras cada fibra de su cuerpo vibraba al son de sus saltos. El placer que la tenia paralizada se intensificó, cuando sintió en sus extrañas el cálido semen que expelía el bullicioso pene de su amante, sobrepasado por las sensaciones y los estímulos que electrizaban el ambiente.

Entre jadeos y gemidos de satisfacción, imágenes del pasado volvieron a ellos. En un instante el salón se convirtió en una habitación medieval con fríos muros de piedra apenas calentados por las brillantes antorchas, que iluminaban la cama con dosel sobre la que se encontraban...

La visión sólo duró un instante. Pronto se encontraron de nuevo en la oscuridad del apartamento de Jimena, pero una verdad enterrada durante siglos, vio la luz de nuevo. La mirada de Arturo recorrió el cuerpo de Jimena hasta llegar a sus brillantes ojos.

- Lady Carme...

- Sir Daniel....

Sus lágrimas de alegría bañaron sus temblorosos cuerpos, abrazados como un solo ser.