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sábado, 2 de noviembre de 2013

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Fanfic de Espartaco: semen y arena

Espartaco, nacido libre en la Tracia, criado esclavo en la Galia, pronto demostró su fuerza y la destreza en la lucha contra otros hombres salvajes, sus iguales, sus hermanos: gladiadores. Durante años su sangre y su acero sirvieron de divertimento a la plebe romana, ciudadanos sin escrúpulos que tomaban su sudor y la mezclaban con su sangre para recubrir sus podridas almas y aplacar su desgana.

Tras cada combate, cada más complicado, cada vez más intenso, cada vez más doloroso y cada vez más decisivo, regresaba a la escuela de gladiadores de Cornelio Léntulo en la cual podía encontrar reposo para su cuerpo y con suerte para su alma si podía cruzar su camino con la bella esclava Claudia, una bárbara sueva que hacia parecer a las regias damas republicanas calabazas arrugadas y deformes. Aún le quedaban cinco combates para lograr la libertad y, se decía, cuando le fuera entregada la espada de madera la compraría y la haría su esposa.

Sin embargo, cuando tras su último combate, una naumaquia en la que se representaba el aniversario de la aniquilación de los piratas de Cilicia, no solo no se le dio la libertad sino que se extendió su condena en la arena hasta que la muerte le alcanzara, decidió romper las cadenas de hierro que aprisionaban su alma y ganar la libertad como había defendido su vida: con el uso del acero de la espada.

Durante varias semanas hizo los preparativos pertinentes para una gran huida de la escuela con diversos compañeros del gremio. La fortuna les era grata, pues apenas quedaban unos días para las saturnales. Aprovecharían dicha fiesta para hacer acopio de provisiones. Mientras, los más fuertes entre ellos atacarían a los pocos guardias que custodiarían las instalaciones ebrios o estarían ausentes de sus puestos, tirándose a alguna esclava. Con aquellos apestosos romanos muertos, cogerían a sus mujeres y huirían a la campiña al amparo de la noche, con la atención de la guardia de la ciudad abotargada por el vino y debilitada por la simiente derramada.

Por una vez los dioses sonrieron a ese grupo de hombres y mujeres a los que la vida había privado de toda esperanza y tal y como habían planeado, veinte hombres y el mismo número de mujeres se escabulleron lejos de la ciudad bajo el manto de la oscuridad. Crixos, amigo de toda la vida de Espartaco, les guió hacia un poblado abandonado del que había oído hablar en ocasiones a un amo que tuvo de niño. Nadie les buscaría allí pues las gentes del lugar decían que se encontraba maldito pues sus habitantes fueron ajusticiados, sus riquezas saqueadas y sus monumentos arrasados décadas atrás, por un invasor del que no recordaba el nombre, al que la suerte fue esquiva y no pudo conseguir su objetivo de poner de rodillas a la loba del mundo que devoraba sin cesar una tribu tras otra.

Atravesaron un frondoso bosque con la ayuda de Selene, por caminos largo tiempo olvidados. Mas lo hicieron con descuido e imprudencia, pues la libertad les había embriagado de tal forma que lo único que albergaba sus mentes y sus corazones era la dicha por el fin del cautiverio. Tras una hora de caminata llegaron a un descampado repleto de edificios en ruinas. Una vieja calzada de piedra, que estaba perdiendo la batalla contra la naturaleza atravesaba la explanada.

- Bien, pasaremos aquí la noche. - anunció Espartaco al agotado grupo - Mañana cuando el gallo cante por segunda vez nos pondremos en camino.

- ¿Hacia donde? - preguntó alguien a quien no pudo distinguir entre las sombras que lo dominaban todo.

- Buena pregunta, ¿sugerencias? - obviamente no había planeado tan bien la huida.

- ¿Qué tal Roma?, dicen que está muy bonita en esta época del año. - El que había hablado era Torax, apodado el corto, por motivos obvios. Su propuesta causó una carcajada general que no entendió. De todas formas no obtuvo otra respuesta. Crixos se acercó a Espartaco y le susurró algo. Debía ser algo bueno pues su rostro se iluminó como una lámpara de aceite.

- Sé quién puede aconsejarnos qué pasos seguir a continuación. - dijo el tracio a los presentes, que ya comenzaban a murmurar preocupados.- No muy lejos de aquí vive una vieja adivina llamada Sibila, cuyos poderes trascienden el espacio y el tiempo y nos guiará en nuestros siguientes pasos.

- ¿Quién te ha dicho eso? - quiso saber Simónides el palestino.

- Crixos.

- ¿Y a él quien se lo ha dicho? - insistió.

Fue el propio Crixos el que contestó esta vez.

- Mi cuñado que va a pedirle consejo una vez al mes. Y siempre le acierta, ojo.

La respuesta tranquilizó a Simónides que levantó ambas manos pidiendo perdón por desconfiar de sus líderes.

Espartaco apremió a sus seguidores a que encontraran un lugar donde reposar y agarró por las caderas a Claudia, de la que no se había separado en todo el camino y cuyo cuerpo había cartografiado con sus dedos hasta el último recoveco, para dirigirse acto seguido hacia una de las pocas casas que permanecían en pie, quizás la de un rico mercader o un opulento senador a juzgar por las dimensiones de la misma. De seguro que ya no podría disfrutar del poder ni del dinero allá donde estuviera. Si bien los muros habían resistido la barbarie y el tiempo, el techo no había corrido tanta suerte. En el triclinio encontraron un kline cubierto de hojas que volaron en la noche de un manotazo.

La sueva recostó a su amado en él y comenzó a desvestirlo, lo cual no le llevó demasiado tiempo pues solo un taparrabos cubría su cuerpo cincelado en músculo, pero en cuanto le privó de él, saltó ante sus ojos el orgullo de Tracia, un obelisco tan imponente que no pudo evitar lanzarse sobre él para engullirlo entre sus hambrientas fauces. Su lengua lo lamía de un extremo a otro con premura mientras sus manos acariciaban sus testículos. Podía sentir las recias manos de Espartaco sobre su cabeza empujándola contra su ingle, ansioso de ser devorado, de penetrar su garganta con cada lamida, pero Claudia, ducha en las artes amatorias logró calmar su impulso y pronto quedó domado como un gatito ante las atenciones que recibía su polla.

Cuando esta estuvo a punto de entrar en erupción y chorrear Claudia con su lava, cesó y agarrando con tal fuerza el tallo del miembro, que el tracio no pudo evitar abrir la boca en gesto de dolor, momento en el cual aprovechó Claudia para hundir en ella su lengua y luchar por su dominio con apasionados besos. Una vez hubo el dolor no fue más que un recuerdo, comenzó a pajear la gruesa tranca cuyo vigor había ido disminuyendo y a la que no tardó en devolver a la vida con sus recias sacudidas mientras sus pechos eran devorados con fruición, siendo sorbidos, lamidos, succionados, sus pezones mordisqueados y su culo azotado salvajemente azotado a quien la pasión cegaba cualquier contención.

Crixos y un gladiador nubio entraron en la estancia de improviso a tiempo para ver el cuerpo de la liberta empalada por la polla de su amante, cimbreándose como una culebra sobre su presa, intentando sacarle hasta la última gota del veneno que los convertiría en amantes para siempre. Pero el gladiador, que estaba muy alterado, no tuvo la paciencia necesaria para esperar a que terminaran.
- ¡Los romanos...! - exclamó en un grito ahogado - ¡Vienen hacia aquí!

- ¿Cómo lo sabes? - quiso saber Espartaco, algo mosqueado por haber sido interrumpido, que se consoló al menos besando sus músculos.

- Escucha.

Lejanos ecos de orgasmos extinguiéndose deleitaron sus oídos, pero tras ellos, un conocido ritmo que se repetía machaconamente le puso en alerta.

- Italodisco... Qué manera de cortar el rollo.

Y así, sin poder correrse a gusto, tuvieron que ponerse en marcha Vesubio arriba, pues pensaban que los romanos serían demasiado vagos como para seguirles. Estaban en lo cierto y una vez en la cima no tuvieron más que descender por la cara opuesta y verse libres de sus perseguidores. Sin descanso se dirigieron a la cueva donde vivía la adivina, la cual divisaron la tercera mañana tras su fuga.

En ella se ocultaron los fugitivos mientras Espartaco comentaba sus dudas a la Sibila. Esta sacó de una de las mangas de su ajada túnica un cuchillo y abrió con precisión el abdomen del conejo que el dalmacio Etoricus había cazado para realizar los augurios. Durante varios minutos estuvo escrutando las entrañas del animal hasta que al fin alzó la mirada, los ojos vidriosos y brillantes, como mirando más allá de la estancia en la que se encontraban, más allá del horizonte y de las fronteras de la república, y señalando con el dedo al líder de los gladiadores le advirtió:

- Tu hijo se comerá un coño y estará a punto de morir por ello.

Nadie en el sorprendido grupo osó siquiera lanzar un suspiro.

- Vaya un maricón. - respondió este indignado - Además, ¿qué hijo si Claudia toma el jugo de la mantícora cada vez que lo hacemos? - Se giró hacia su amante en busca de una confirmación que recibió con un encogimiento de hombros por su parte.

- ¿Tú no habías venido a preguntar otra cosa? - susurró Claudia dubitativamente.

- Es verdad - asintió Espartaco que se dirigió de nuevo a la adivina - A ver vieja bruja, cuéntanos qué ves a corto-medio plazo, por ejemplo, la semana que viene...

Y mientras retazos del destino les eran revelados a los hombres, Claudia se deslizó fuera de la cueva sin que nadie se percatara de ello.

Resultó que la adivina había profetizado que los luchadores solo alcanzarían la libertad si se dirigían hacia el norte, atravesando la columna de la península itálica hasta alcanzar las orillas salvajes del Danubio y cruzando al otro lado, donde los enemigos de Roma los acogerían sin pedir nada a cambio. Pero Espartaco no estuvo de acuerdo pues el plan hacía recomendable, si no necesario, desviarse de la capital para no llamar la atención de las legiones locales.

- ¿Y quién adorará mis músculos lustrosos? ¿Las cabras de Aquilea? ¿Los pastores de Etruria? Ni hablar - había razonado el tracio antes de hacer llamar a su sierva Ariadna para que le trajera la tinaja con aceite corporal con el que ungir su trabajado cuerpo. - Nos dirigiremos hacia el sur, allí donde el sol siempre brilla y podremos sacrificar nuestros torsos para que sean asaeteados por sus rayos, beber hasta que Baco nos ciegue y follar a todas horas sin preocuparnos en otra cosa.

E iniciaron la marcha los orgullosos libertos, pues cualquiera le decía que no a ese plan, llegando a Campania con los romanos pisándoles los talones. Creían haberles dado esquinazo cerca de Parténope pero al pasar la ciudad los exploradores informaron a Espartaco de que una columna de soldados acampaba a escasos kilómetros de su posición. El recién conformado consejo de gladiadores fue a examinar a sus perseguidores desde lo alto de un risco cercano. No eran demasiados, apenas dos docenas de hombres pobremente armados que no tendrían una sola posibilidad frente a los entrenados guerreros que les observaban, pero entonces, cuando ya echaban mano de sus gladios, Crixos intervino.

- Oye Espartaco, que digo yo, pudiendo estar follando, ¿por qué vamos a arriesgarnos a que nos maten y no podamos follar ya nunca más?

- También es verdad... - convino el gladiador - Venga, orgía en el bosque del druida.

Sin hacer ruido volvieron a su campamento, situado en el mencionado bosque, y comentaron la idea a los demás, a los que tampoco hacía falta poner un pilum en la garganta para que se entregaran al fornicio desenfrenado, por lo que pronto todos estuvieron desnudos y restregando sus cuerpos al compás de la brisa. Claudia ya le buscaba cuando este la empujó contra un sauce, su espalda contra el tronco, nada de preliminares, levantó sus piernas, las abrió de un tirón y la penetró con la fuerza de una bestia haciéndola sentir que la partía en dos. Comenzó a embestirla con urgencia, retirando su polla con parsimonia para volverla a meter de una estocada hasta enterrarla profundamente en ella. Cada una de sus arremetidas iba dedicada a uno de sus dioses.

- Por Júpiter - rezongaba con sus huevos golpeando su coño - Por Saturno - y la polla le alcanzaba hasta la cérvix - Por Urano...

- No, por Urano no - le suplicó la jadeante Claudia - que por ahí me duele.

Pero el comentario causó el efecto contrario, pues hizo hervir la sangre de Espartaco, salió de ella sin mediar palabra, la volteó y la empujó contra el árbol, su pecho quedó aplastado contra la áspera corteza, su culo proyectado hacia él, redondo como la luna, delicioso como un queso y, llevando la contraria a sus anteriores palabras, el templo de Urano se abrió suave y rojizo como una rosa en primavera para aceptar en su interior al poderoso sacerdote que comenzó a predicar en sus entrañas con intensa fe. Aguantó las embestidas como pudo. Cada una de ellas arrancaba de su garganta un coro de gemidos y gritos en la frontera entre el dolor y el éxtasis. De repente sintió como sus brazos eran aprisionados y tiraban de ella hacia atrás. Su espalda se tensó como un arco. Una callosa mano se apoderó de sus lastimadas tetas, apretándolas entre sus dedos, tirando de sus pezones, pellizcandolos, amasando sus rubicundos senos para descender con sus caricias al monte de Venus y coronar su clítoris hinchado como una uva madura, lista para la vendimia, para ser acariciado, aplastado, maltratado, para servir de anfitrión a aquella mano que abría la hendidura de su cuerpo de la que manaban chorros de flujo inundando el suelo. Sus brazos fueron liberados pero era ahora su cuerpo el que era preso del hercúleo abrazo de su amante que la atrajo hacia si, pecho contra espalda, la polla palpitante enterrada en su culo, entrando y saliendo sin descanso en una prédica constante.

Para no dejarse llevar por la locura del deseo miró a su alrededor, Eudoxia era montada salvajemente por Calipo que tiraba de su melena azabache para levantarle la cabeza y hacer que Prixes penetrara su boca con rudeza. Livia y Tita se enredaban en una red de piernas y lenguas, enhebrada la una en la otra, y a pocos metros de ellas, a Torxus el corto inseminando a un árbol por el agujero de la guarida de una aterrada ardilla. Y se disponía a contemplar cómo Laulia cabalgaba como una amazona el falo de Etrurio, cuando sintió como una oleada tras otra de semen batían las castigadas paredes de su esfínter, como era volteada una vez más, besada con una pasión ciega, penetrado su coño por un par de gruesos dedos y elevada a los cielos con la presión que ejercían sobre ella, haciéndola estallar en un mar de gemidos que se alzaron al firmamento en honor a Venus.

Mientras los esclavos daban rienda suelta a sus instintos, los vecinos de la zona, alarmados por los aterradores sonidos que provenían del bosque, similares a los producidos durante los sacrificios en honor a Ceres, avisaron a una patrulla romana que con paso marcial se adentró en la oscura arboleda pues ya había caído la noche. No tuvieron que caminar mucho para descubrir que no eran unos pobres cochinos los sacrificados, sino la virtud de las jovenzuelas que ante sus ojos eran ensartadas por cualquier orificio que dejaran libre por los brutos gladiadores de los que el centurión les había prevenido aquella misma tarde.

Uno de ellos, que jamás sabrían que se llamaba Cerón, de los alanos, se percató de que estaban siendo vigilados mientras daba de beber de su leche sagrada a una pelirroja picta que relamía con deleite los restos de su simiente y avisó por señas a sus camaradas. Los romanos, el que menos llevaba un lustro enrolado en el casto ejército, no podían siquiera pestañear ante el espectáculo desplegado ante sus ojos, por lo que no reaccionaron cuando los libertos envainaron sus espadas de carne para dar rienda al acero, haciendo una escabechina con ellos.

Continuará...

miércoles, 15 de abril de 2009

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Un deseo realizado

Con los codos apoyados en el suelo y sus brazos rodeando sus torneados muslos, levantó su rostro para coger aire y una vez hubo recuperado el aliento, se zambulló de nuevo entre las piernas de su amada. Entre los suaves riscos que le circundaban, se encontraba la dulce cueva que su lengua exploraba vivaz en busca de la perla del placer. Llevaba varios minutos buceando en el dulce liquido que manaba de ella, como un caudaloso río desembocando en su boca un torrente imparable que no llegaba a saciarlo del todo, más bien al contrario pues a medida que iba degustando sus jugos, su ansia por ellos se acrecentaba al ritmo de sus profundos lametones que arrancaban de ella gemidos contenidos por su pene, adorado por la diestra lengua de Ilsa, cuyas fauces lo engullían y lo chupaban con fruición sintiéndolo crecer en su boca, llenándola, amenazando con alcanzar su garganta...

Todo había comenzado media hora antes. Renoir llegó a la hora acordada. Ella le esperaba arreglada según sus deseos. Abrió solícita la puerta y él no pudo esperar. No hubo palabras ni preliminares. La arrinconó contra la pared, se arrodilló ante ella, y aprisionando sus tobillos con sus manos, comenzó a acariciarla por las pantorrillas, subiendo por los tersos muslos que se abrían anticipándose al deseo, hasta arremangar su vestido a su cintura y dejar su sexo expuesto para su lujuria. Y asiéndola de los muslos comenzó a penetrarla sin mesura ni control, hundiendo su lengua en su boca y su falo en sus entrañas con gran violencia. Ella le seguía el juego de tipo dominante y rudo y entre jadeos suspiraba a su oído que la follara sin detenerse, sin darle tregua a su chorreante coño, haciéndole perder el control con su sensual voz, aumentando el ritmo de sus embestidas, haciéndola sentir clavada en la pared por aquella estaca de carne que la exorcizaría del demonio del desenfreno que se había apoderado de los dos y que no cesó hasta que se derramó dentro de su vagina entre jadeos exhaustos.

Entonces llegó el tiempo para ella. Mientras arroyos de semen descendían sin prisa por sus muslos exaltados, las manos de Renoir comenzaron a acariciar su cintura mientras con suaves besos perfilaba sus hombros y buscaba un camino por el que descender hasta sus pechos, duros y suaves como los pezones que no dudo en morder con delicadeza mientras la cogía de la mano para ponerla de rodillas.
Pero Ilsa tenía otros planes. Se tumbó en el frío suelo, y él sobre ella, sexo contra boca, en una entrega mutua, en un placer armónico.

Y así llegaron a ese momento en el que la pasión inflama a Renoir, que deja libre su cadera para que simule penetrar su delicada boca, que se defiende del ataque de aquel falo palpitante en una tenaz lucha entre lengua y miembro; en el que ella presiona con sus muslos la cabeza de su amante para que no salga de entre ellos, para impedir que escape con el tesoro de su deleite. Quiere que siga profundizando en su gruta, acariciando sus paredes carnosas con su lengua, sentirla deslizarse arriba y abajo por su labios menores, para que al final, cuando ella le implore que la penetre, que la posea, que la haga suya, devore con sus labios su hinchado clítoris.

Deja de lamer su miembro. El éxtasis se acerca; a él no le importa que se detenga, sus manos le arañan la espalda mientras el orgasmo la eleva o lo intenta bajo el peso de su amante, de aquel hombre cuyo miembro aun resguarda entre sus fauces en espera de su devoción; pero él lo retira y ella se encuentra ya libre para jadear y gritar a los cuatro vientos que su sexo está colmado.

Con el cuerpo trémulo tras la devastación del orgasmo, Renoir se recuesta a su lado. El suelo que antes le parecía frío es ahora el más cálido lecho. Siente las caricias de las rudas manos, delimitando su cuerpo con la precisión de un artesano. Ella se deja llevar, cierra los ojos y se abandona, aunque en su bajo vientre los tambores que llaman a la sensual lucha continúan sonando y con cada caricia, con cada dulce pellizco en sus pezones hinchados, el sonido aumenta y el calor también, y entonces recuerda que la verga de Renoir aún apunta al cielo, dispuesta a despegar a las estrellas bajo la dirección de su diestra boca.

Piensa en cabalgarlo pero él no quiere, prefiere el misionero inverso, como lo llamó una noche, hace un año o quizás no tanto. Así pues cubre con su sexo la dura verga, sintiendo su latido desbocado dentro de ella. Se recuesta sobre él, sus pechos juntos, sus bocas al alcance de lo que les dicte la pasión. Siente las fuertes manos de Renoir posándose sobre su trasero, agarrando con firmeza sus nalgas, abriéndola para facilitar la entrada, para marcar el ritmo con el que desea ser follado. Ella se deja manejar, ahora le pertenece, mientras sus caderas combaten por rendir al otro en una lucha interminable y no deja de mirarle a los ojos. Cada embestida se ve reflejada en ellos, en cómo los arietes de la pasión retumban en su rostro cada vez que su polla la horada, la parte en dos y el placer que explota en su bajo vientre con los azotes que recibe con cada embate y que la hacen suplicar pidiendo más.

En medio del clímax, cuando el placer se hacía con el mando de su consciencia haciéndola arquear la espalda, cuando le sentía derramarse en su interior por segunda vez, cuando sus miradas permanecían clavadas y podían ver en ellos sus almas entrelazadas como sus cuerpos, la una sobre el otro, los labios de Renoir

- Te quiero Ilse.

Se incorporó sobre sus codos, con la expresión en su cara de quien deja de estar perdido en lo profundo de una caverna. Renoir acarició sus mejillas con suavidad; con el rostro serio y la mirada en sus cabellos... introdujo los dedos sobre la melena rubia y con cuidado de que no se enganchara, la liberó de aquella peluca y del fetiche que le había impuesto cuando había aparecido en su puerta un año antes: el imitar la apariencia de su mujer, fallecida meses atrás y tener así la oportunidad de amarla una última vez. Aunque aquella última vez se había ido repitiendo durante semanas y luego meses y ella ya pensaba que serían años, hasta que escuchó aquella declaración. Y su espíritu se llenó de felicidad.

Cuando cerró la puerta de su apartamento, tras despedirse de él con un casto beso, fue al dormitorio y se miró en el espejo de la cómoda. Ahora que su marido por fin había superado su pérdida, su trabajo había terminado. Y con su nombre en sus labios y su imagen en el recuerdo, se desvaneció en la soledad de la habitación dejando un mensaje escrito con carmín en el espejo: Te quiero.

sábado, 19 de abril de 2008

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Pasion en el estadio

Los ecos del partido aún resonaban en las solitarias gradas. Todo el mundo había abandonado el estadio hacía bastantes minutos. De haber quedado alguien, podría haber visto cómo una pareja salía de entre las sombras del fondo sur y corría a través del campo hacia el túnel de vestuarios.  Durante todo el partido, habían intercambiado besos y furtivas caricias al amparo de un amplio abrigo que cubría sus piernas, aislándolos del frío de la noche, aunque pronto, entre toqueteos y abrazos, el calor fue inundando sus cuerpos, hasta inflamarlos más allá de lo soportable.  Por fortuna, el árbitro pitó pronto el final del partido. Sin decirle una palabra, cogió la mano de su amada Carme y la llevó tras una providencial columna, al cobijo de miradas ajenas.

Se fundieron en un apasionado abrazo, uniendo sus torsos con el ansia apremiante de unir sus almas. No hacia falta decir nada, sus miradas mostraban el deseo supremo por poseer sus cuerpos. Sus lenguas se encontraron en el vacío, y lucharon con denuedo por elegir el campo de batalla en el que demostrar su amor. Ganó Carme, y su lengua deseosa se introdujo en la boca de él, explorando cada rincón, recibiendo las caricias de su compañero.  Continuaron acariciándose sobre la ya indeseada ropa, delineando sus figuras con las manos, besándose con fruición...

Así estuvieron hasta que el silencio se apoderó del césped. Los guardas ya estarían patrullando por la zona administrativa del estadio. Tenían vía libre para cumplir una de sus fantasías más alocadas.  El vestuario del equipo local era un derroche de lujo y comodidades, comparable a cualquier spa de cinco estrellas. Nada más entrar, estaban las taquillas de los jugadores con sus respectivos bancos, pero al fondo de la sala, podía verse un moderno jacuzzi, camillas amplias para masajes, duchas....

Carme estaba maravillada ante tan fastuoso lugar. Se paseo frente a las taquillas, recitando la retahíla de nombres que adornaban cada una. De pronto, sintió cómo Dani la agarraba de la cintura, le daba la vuelta y la colocaba contra una de ellas. Sus ropas volaron por todo el vestuario hasta que quedaron desnudos, uno frente al otro. La levantó en vilo mientras devoraba ciego de pasión sus labios, las piernas de Carme rodearon su cintura, atrayéndolo hacia si.  Su pene se deslizó con facilidad en la húmeda vagina de ella, que recibió tamaña muestra de amor, con un prolongado gemido. El contacto de su espalda con la fría taquilla de metal, combinado con la excitación de la penetración, la estaba llevando a un nuevo nivel de placer.  Dani siguió embistiéndola más y más rápido, hundiendo su falo en las profundidades de su ser. Estaban haciendo un ruido de mil demonios, pero estaban tan excitados que no les importaba el hecho de que pudieran pillarlos; al contrario, eso les enardecía más.

Carme sintió en su bajo vientre como si una presa se rompiera y un caudal de sensaciones se derramara, esparciéndose por cada fibra de su ser. No pasó desapercibido para su pareja, que aumento la profundidad de la penetración. Finalmente, con un fuerte empujón que hizo que las taquillas temblaran, llegaron al éxtasis jadeantes y exhaustos.

Continuaron abrazados varios minutos más hasta que Carme se separó de él y le guiñó un ojo.

- Ahora toca relajarse - dijo picaramente.

Cogidos de la mano, lo llevó a la redonda bañera colocada en el centro de la habitación. Abrió los grifos. El agua salía fría y tardaría un buen rato en llenar el jacuzzi, así que sentó a Dani en un banquillo y se puso de rodillas ante él. Echó un vistazo a su entrepierna. Su miembro estaba flácido tras el esfuerzo de minutos antes. Lo tomó suavemente entre sus manos y comenzó a acariciarlo con ternura, como si pudiera romperse ante un gesto brusco.  No hizo falta mucho para que reaccionara a sus atenciones. A medida que sus delicados dedos se deslizaban arriba y abajo por el carnoso tronco, este iba cobrando vida, endureciéndose y aumentando de tamaño.  Antes de que alcanzara todo su esplendor, lo soltó y acercó sus labios hacia él.

- Quiero sentirlo crecer en mi boca.  Y de una tacada se lo introdujo en toda su extensión, en su boca.
Al contactar con su juguetona lengua, que lo circundaba sin cesar, el pene creció se súbito, mientras Carme no cesaba de lamerlo y besarlo con determinación.  - Si sigues así no tardaré en correrme - le advirtió entre jadeos Dani.

- No, no - respondió ella - quiero que lo hagas dentro de mi.

Recordó entonces el jacuzzi, ya debía estar listo. Se sentaron con cuidado en la bañera y abrieron las entradas para el aire. El agua empezó a burbujear a su alrededor. Carme se recostó sobre el pecho de Dani. Mientras disfrutaban del baño, exploraron sus sexos con sus dedos. Los de ella, aprisionaron con fuerza la verga de su amado, los de él, juguetearon con su bello púbico y luego descendieron hacia los pliegues carnosos del sur, donde excavaron hasta hallar el clítoris de Carme, hinchado y receptivo por la excitación.  Durante unos minutos que le parecieron eternos, la estuvo estimulando, llevándola al límite del éxtasis pero sin arrojarla a él. Se retiraba una y otra vez, aumentando su afán por correrse, cada vez que los firmes dedos de Dani, aprisionaba su centro de placer. Sin poder esperar un segundo más, se colocó sobre el pene enhiesto. Con extrema cautela, fue dirigiéndolo hacia su cálida vagina. Cuando este comenzó a introducirse en ella, sintió un escalofrío recorrer todo su cuerpo, se sentía llena, pletórica.   Un intenso quejido de ambos, anunció la llegada a ese mundo, en el que solo estaban ellos, amándose, dejándose llevar por el explosivo orgasmo que bullía en su sexo. Dani se abandonó dentro de ella, de su miembro surgieron oleadas de simiente que terminaron por derramarse en el agua bulliciosa del jacuzzi.  Aún con su pene en su interior, Carme se echó sobre el agotado cuerpo de su amante. Aquello habia sido más que una fantasia.

martes, 4 de marzo de 2008

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Follarate Kid

Daniel Lauso sale de un edificio con una caja entre las manos. Por las ventanas se asoman varias chicas para despedirle. El joven se mete en un coche y arranca rumbo a Los Ángeles.

Pasan varios días y Daniel llega por fin a un cochambroso edificio, el cual será su nuevo hogar. La puerta de entrada está cerrada y decide abrirla con un golpe de cadera. Esta se abre violentamente golpeando a una rubia en la cara, haciendo que esta caiga de espaldas. Él corre a auxiliarla.


Daniel: Oh lo siento, no sabia que hubiera nadie detrás de la puerta.

Rubia golpeada: Es normal, si no tendrías rayos x en los ojos.

La chica lo examina de arriba a abajo.

Rubia golpeada: No me suena tu cara, ¿cómo te llamas?

Daniel: Daniel lauso

Rubia Golpeada: ¿Cómo de bien?

Daniel: Acompáñame a mi apartamento y lo comprobarás.

Mira confundido el largo pasillo.

Daniel: ¿Sabes por donde se va al 2º h?
Cambio de escena. En una habitación repleta de embalajes y cajas, Daniel y la rubia hacen el amor mientras explotan las burbujas del plástico para envolver objetos frágiles.

Tras correrse en sus pechos, reposan aliviados sobre una manta extendida en suelo. La rubia enciende un cigarro.

Daniel: Ten cuidado, no acerques el cigarro a los cajas, no son las primeras que tengo.

Rubia Golpeada: ¿Y qué te trae por aquí Daniel Lauso... de fábula?

Daniel: Quiero ser actor porno.

Rubia Golpeada: Uy, pues yo conozco una escuela donde podrás aprender el oficio.
Está en la calle 43, esquina con la 54. Con eso que tienes ahí, llegarás muy lejos.

Daniel: ¡¡Muchas gracias!! ¿Cómo podré pagártelo?

Rubia Golpeada: Échame otro polvo y estaremos en paz.

Daniel: Me encanta Los Ángeles.
Al día siguiente, va a la academia "Polla Ahí". En el hall, hay un pequeño mostrador donde una recepcionista de aspecto malhumorado hojea una revista.

Daniel: Hola soy Daniel Lauso y quiero ser un actor porno.

Recepcionista: Y yo quiero un marido que no se quede dormido mientras me soba las tetas y míralo.
La recepcionista señala un sofá donde un hombre ronca desconsoladamente.

Recepcionista: Tendrás que esperar, el jefe está en una de sus clases.

Daniel: ¿Podria indicarme donde esta el servicio?

Recepcionista: Al fondo a la derecha.

Daniel atraviesa un largo pasillo, mientras oye de fondo multitud de gritos y jadeos. Finalmente encuentra una puerta con un cartel "Wc". Al entrar, se encuentra a una pelirroja perfilandose los labios.


Pelirroja: ¿Pasa algo?

Daniel: Oh, es que no sabia que fuera un baño mixto.

Pelirroja: No lo es, pero de vez en cuando me gusta entrar por si encuentro algún chupa chups.

La pelirroja se acerca a él, pone su mano en su entrepierna y se relame.

Pelirroja: Voy a probar mi nuevo lápiz de labios.

Se agacha y comienza a realizarle una felación a Daniel, que ha de sujetarse a un lavabo para no caer al suelo. Justo cuando se está corriendo en la boca de la pelirroja, irrumpen en el lavabo un grupo de musculados jovenes.
Pelirroja: Spider, Es..to no es lo que parece.

La pelirroja está a punto de atragantarse.

Spider: ¿Ah no? y que es entonces?

Pelirroja: (dubitativa) ¿Estaba obteniendo una muestra para el banco de semen? ¿Es leche condensada?

Spider: Me extrañaba que trabajaras tanto en ese banco y no pudieras pagarte ni una ensalada, así que les llamé para que te subieran el sueldo y resulta que no estás en la nómina de ningún banco de semen de la costa oeste. Ah, y la leche condensada te produce arcadas.

Daniel: ¿En serio? con lo buena que está...

Spider: Tú a callar. Chicos, cogedlo y calentadlo un poquito.
Los matones lo sacan a un callejón, donde lo acorralan contra una pared.

Maton 1: Tío, no debiste dejar que te la chupara la novia de Spider en su territorio. Haber hecho como todos, y habértela llevado al cine.
Antes de que pueda decir nada, comienzan a darle una paliza, tras la cual, lo tiran en un contenedor donde permanece hasta que comienza a anochecer.
Magullado, con el cuerpo dolorido y varios moratones, vuelve a su edificio. En la puerta trasera se encuentra con una madurita asiática bebiendo saque al fresco de la noche. Al pasar junto a ella, esta se levanta y se preocupa por su estado.

Asiática: ¿Que haber pasado a ti?

Daniel: Me caí.

Asiática: Raro tu andar como cowboy. Espero no herida en pene, tú tener un buen paquete.
Durante varios días Daniel va echando curriculums en distintas productoras de cine erótico, pero en ninguna le aceptan. Termina vendiendo perritos calientes en un puesto ambulante.

En el parque de la ciudad, un hombre se le acerca y le pide un perrito. En ese momento, aparece la pelirroja, que lo ve y se acerca a él.

Pelirroja: ¡¡Hola!! ¡tú por aquí! pensé que no volvería a verte. Perdona por lo del otro día, Spider puede ser muy bruto cuando se lo propone. Siento también no haberme presentado, soy Sabrosa Lamida.

Daniel: Daniel Lauso.

Sabrosa: Mmm me encanta ese nombre.
Sabrosa se acerca a él y comienza a masajear su entrepierna por sobre el pantalón. Acerca sus labios hacia su oreja y comienza a susurrarle.

Sabrosa: ¿Te apetecería venir a una fiesta de disfraces conmigo esta noche? Podríamos terminar lo que empezamos en el baño.

Daniel: ¿Qué pasa con tu novio?

Sabrosa: Es muy pronto para un trio ¿no? Ah, lo dices por lo de los golpes. Debería estar acostumbrado, somos actores porno, lo único que hacemos es follar con otros todo el rato. Que me dices, ¿vendrás?

Daniel: No se....
Sabrosa lame con su lengua la oreja de Daniel, y va descendiendo por su tembloroso cuello. El joven comienza a verse transportado a un mundo de placer infinito.

Daniel: Allí estaré.

Sabrosa: ¡¡Bien!! A las 8 en el 24 de Stripper Boulevard. ah, el tema es ¿Qué te gusta comer?
Le da un beso en la mejilla y se aleja al trote, mientras Daniel sigue con su mirada, el bamboleante trasero de la chica.

El cliente tose y vuelve en si. Sale humo de la parrilla del carrito.

Daniel: Lo siento, se me ha quemado la salchicha.

Cliente: ¿y a quien no?

Cae la noche, y el jolgorio provocado por la fiesta se escucha por toda la calle. Daniel va pasando entre botes de pringles, chicles, hamburguesas y demás, que se le quedan mirando raro.
Entra en el claustrofobico edificio, repleto de gente.En un rincón divisa a sabrosa, disfrazada de plátano.

Sabrosa: !!Hola!! que bien que viniste. Uau, es el mejor disfraz de almeja que he visto nunca.
Daniel: No es una almeja, es lo que mas me gusta comer del mundo: una vagina ¿Quieres entrar?

Sabrosa: Eso tendría que decirlo yo.
Comienzan a enrollarse por todos los rincones hasta que aparece Spider junto con sus amigos de siempre, disfrazado de repollo en forma de falo.

Spider: Mirad chicas, soy la repolla. ¿Lo pilláis?
La muchedumbre ríe con él, pero su rostro cambia cuando ve a Daniel y Sabrosa besándose con ardorosa pasión. Va hacia donde están, lo coge del labio superior, girándolo hacia él y le propina un sonoro puñetazo que le tumba en el suelo. Daniel se levanta veloz y huye camino de su casa, perseguir por el novio de sabrosa y sus secuaces.

Por mucho que corre, justo antes de alcanzar la valla de su edificio, lo interceptan y comienzan a pegarle.

Daniel: ¿Por qué no me dejáis? ¿Qué te he hecho yo para que me trates así? aparte de tirarme a tu novia...
Spider: No es nada personal, esta mañana tuve una escena gay y necesito mostrar lo macho que soy con urgencia. 

Continúan pegándole, Daniel empieza a verlo todo borroso. De pronto, una estilizada figura salta sobre los asaltantes, abre la cremallera de sus disfraces y comienza a masturbarlos de tal forma que instantes después caen inconscientes al suelo. 

El misterioso salvador se acerca a él, y justo cuando va a ver su rostro, pierde el conocimiento.
Cuando abre los ojos, se encuentra tumbado en una cama de una habitación desconocida, desnudo de cintura para abajo y con la asiática de días pasado sobre él, aprisionando su pene erecto entre sus generosos pechos y lamiéndolo sin parar, en una mezcla de cubana y felación que termina con una generosa corrida en la cara de la madurita.
 
Daniel:; ¿Quien es usted? 

Asiática: Señora Miyagui, mujer de mantenimiento. 

Daniel intenta incorporarse, pero le fallan las fuerzas.
 
Sra M: Quedar quieto. Aún estar muy débil. 

Daniel: Gracias por lo de antes. 

Sra M: No hay de que. A mi gustar probar jovencitos de vez en cuando. 

Daniel: Me refiero a librarme de la paliza. 

Sra M: Oh, eso. Desde que estar en la guerra de Vietnam como enfermera, yo no soportar malas acciones.

Daniel: ¿Vietnam? Si usted como mucho tendría diez años. 

Sra M: Bueno yo ver Rambo veinte veces seguidas y odiar hombres musculosos pegando a indefensos. 

Daniel: ¿Qué es lo que les hizo? Cayeron al suelo como hojas marchitas

Sra M: Es una técnica milenaria transmitida de generación en generación por boca de las mejores geishas: la mano que mama. Capaz de quitar y dar energía a quien recibe sus místicas caricias.

Daniel: ¿Es usted geisha? Es la primera vez que conozco una.

Sra M: No no, geisha no, actriz porno retirada además de tener mi propia escuela porno, ya clausurada.

Daniel: Mi sueño es ser actor porno, pero dicen que no tengo técnica, ¿me ayudaría?

Sra M: Mmm, está bien, pero ir al 50% ¿eh? Venir mañana temprano sin camiseta.

Al día siguiente, Daniel encuentra a la Señora Miyagui en la puerta de su casa. Sube a su coche y lo lleva a una mansión en las afueras.
Daniel: ¿Todo esto es suyo?

Sra M: Hai, además de actriz porno y profesora, ser puta de alto standing.

Daniel: Uau, la triple corona...

Sra M: ¿Tu no creer que vivir en aquel tugurio? Yo mantenimiento por hobby.

Entran en la casa. A través de los largos corredores, llegan a una pequeña habitación repleta de consoladores de todo tipo y tamaño. La señora Miyagui le da un trapo y un bote de cera.

Sra M: Tú dar cera a todos los consoladores y luego pulirlos hasta dejarlos bien brillantes y libre de bacterias malas.
Daniel coge el trapo y comienza su tarea.

Sra M: (Mientras se va) Vamos Daniel-san, dar cera, pulir cera. 

Al cabo de unos minutos vuelve y corrige a Daniel.

Sra M: Da, da, da, da. No en círculos como si dieras tiza a un taco no. Arriba y abajo.

Daniel termina de encerar bien entrada la noche. Va en busca de la señora Miyagui, para informarle. Lleva un consolador en la mano. La encuentra en el salón, sentada en el sofá desnuda.

Daniel: Ya he terminado.

Sra M: Bien, bien, dar consolador.

Se lo da y esta comienza a masturbarse con él.

Daniel: Oiga, ¡¡que lo acabo de encerar!!

Sra M: (Entre jadeos) Muy rico muy rico. Venir mañana aquí a misma hora. Yo no ir más por casa cochambrosa. Me he aburrido de ella.

La mañana siguiente, Daniel encuentra la puerta de la casa de la asiática abierta. Por mucho que llama, no responde, así que entra. Escucha un ligero ruido en la planta de arriba. Sube, y se dirige al dormitorio de su maestra. Al abrir la puerta, se la encuentra haciendo el amor a una rubia de bote. Se queda mirando hasta que por fin terminan. La S.M. se percata de su presencia.

Sra M: Oh Daniel-San, tú ya aquí. Bien, esperar abajo a que yo vestir. Hoy saldremos por ahí.

Van en coche a apartado bar de carretera. Es un sórdido local, oscuro y maloliente, en el que se reunen indeseables de toda calaña.

Daniel: ¿Qué vamos a hacer aquí?

Sra M: Eso (señalando un cartel que dice "Concurso de Hula hop")

Durante horas, Daniel se ve forzado a mover el hula hop, hasta que llega a la final. Donde pierde contra Jackie Mmm, una misteriosa contricante con gran parecido a su maestra.
Tras la entrega de premios, toman una copa en la barra.

Sra M: Mañana ser Sábado, tu salir por ahi y hacer mete mete mucho.

Daniel decide aprovechar el día, para vender perritos, pues pronto le vencerá el alquiler y no tiene un duro. Por desgracia, aparece por el parque Spider. Tras darle varios puñetazos, lo empuja junto con el carrito a un estanque. 

Mojado y dolorido, vuelve a casa, donde la S.M. le esperaba para darle una sorpresa.
 
Sra M: ¿Tú caerte otra vez?

Daniel: Me empujaron más bien.

Sra M: ¿Los del otro día? Tú contar quienes ser esos chicos.

Daniel: Son de la escuela "Polla ahí" Su novia me tira los trastos y él lo lleva muy mal.

Sra M: Bien, Lunes por la mañana ir a escuela y hablar con su maestro. Yo no permitir que dañen mi inversión.

La escuela se alza imponente bajo el sol del mediodía. Daniel y la Sra. M. entran en ella y se cuelan en una de las aulas, donde el dueño "Metralleta Muller" alecciona a sus alumnos, sentados en circulo en el suelo. Entre ellos está Spider.


M.M: ¿Existe la gonorrea en este dojo?

Alumnos: No, sen-sei

M.M.: ¿Existe la impotencia en este dojo? 

Alumnos: No, sen-sei

M.M.: ¿Existe la frigidez en este dojo? 

Alumnos: No sen-sei

M.M.: (señalando a un chico y a una chica) Judy, Lawrence, al tatami. Preparados... A follar.

La pareja comienza a hacer el amor con pasión delante de todos. El encuentro dura hasta que Spider se percata de la presencia de los visitantes y se levanta para comentárselo a Metralleta.

M.M.: Vaya, vaya que tenemos aquí... Si son Miss Daisy y su chofer gigolo.

Sra M.: Dejar sarcasmo para otro día. Yo venir para impedir sus pupilos agredan al mio.

M.M.: Si, ya me ha comentado el Señor Spider. No tenemos la culpa de que el pipiolo sea una nenaza.

Sra M: No ser nenaza, el demostrar a ti en el torneo de sexo del festival erótico de Los Ángeles, dentro de un mes.

M.M.: Ju ju ju, me encantara ver eso. (Dirigiéndose a sus alumnos) Hasta entonces, quiero que dejéis tranquilo al pipiolo. ¿Está claro?

Alumnos: Si, sen-sei.

Sra M: (dirigiéndose hacia la puerta sin mirar atrás) Buenas tardes.

Ya en el exterior.

Daniel: ¿El torneo de sexo? ¿Está loca? No estoy preparado. No voy a empalmar y todo el mundo se reirá de mi.

Sra M: Tu no preocupar. Mi método ser infalible. Nos vemos mañana, tener trabajo ahora.

Amanece de nuevo. Y como en la ocasión anterior, la puerta está abierta y nadie responde. Va de nuevo al dormitorio y lo que ve lo deja de piedra. La Sra M cabalga sobre el falo vibrante de un hombre, que la hace girar sobre él. Contempla extasiado la escena y el resto del polvo. Una vez en el salón no puede reprimir preguntarle.

Daniel: ¿Que era lo que hacia ahí arriba?

Sra M: Ser técnica avanzada: El helicóptero.

Daniel: Enséñeme a hacerlo.

Sra M: Querer volar antes de andar. Con el tiempo aprenderás, no ahora. (Coge un tablero y se lo da a Daniel) Ven, ayudarme a colocar esto.

Despliega en el suelo un inmenso tapiz con varios círculos de colores, junto a una especie de ruleta con partes del cuerpo.

Sra M: Seguir mis instrucciones. (Hace girar la ruleta) Pie derecho a circulo rojo.

Juegan al Twister durante horas, formando las posturas más extrañas, hasta que caen rendidos al suelo.

Sra M: Buen trabajo. Ir avanzando. Mañana más. (se levanta y se va a dormir)

La mañana siguiente, la casa está totalmente cerrada. En la puerta trasera, se encuentra varias cajas repletas de sobres y sellos y una carta para el. La coge y la lee.

Daniel: Daniel-san, pegar sellos en carta. Lamerlos, primero arriba-abajo, luego lado-lado y luego circulo. Tu no olvidar. Nos vemos por la noche.

Durante horas, la lengua de Daniel se pasea por centenares de sellos, dejándose las glándulas salivales y aumentando su enfado por la situación. Cuando ve llegar a la Sra Miyagui, estalla.

Daniel: ¿Dónde ha estado todo el día?

Sra M: Estuve pescando...

Daniel: ¿Y no se le ocurrió pensar que me gustaría ir con usted?

Sra M: ¿A pescar rabos?

Daniel: ... bueno a eso no, pero cualquier cosa seria mejor que estar aquí pegando sellos. Durante días he estado haciendo las cosas más absurdas, pero de follar nada de nada. Me ha utilizado para hacerle las tareas de casa y reírse a mi costa. Incluso un día me tuvo amasando pan que luego no se comió.

Sra M: ¿Eso pensar?? Acompáñame.

Lo lleva a su dormitorio, y se desnudan.

Sra M: Hacer limpiar consolador en tu tranca. Arriba, abajo, arriba, abajo.

Comienza a hacerlo y a una velocidad sorprendente, alcanza toda su envergadura.

Sra M: Ahora amasar pan en mis pechos mientras haces pegar sellos aquí (señalando a su vulva)

Durante varios minutos lame sin descanso la vagina de la Sra M.

Sra M: Ahora mete tu verga dentro de ti, y baila con el hula hop.

El mete-saca dura varios minutos, hasta que la Sra M, decide pasar a mayores.

Sra M: Y ahora para culminar, juguemos al Twister.

Sucesión de posturas frenéticas que culminan en una corrida sobre la espalda de su maestra.

Daniel: Uau, perdoneme. Ahora me siento preparado.

Sra M: Yo saber. Ahora ir a probar con otra. Espero visita.

Asombrado por su recién adquirida técnica, decide ir en busca de Sabrosa. No sabe su dirección ni teléfono, pero esa noche hay partido, así que decide probar suerte en los vestuarios del estadio. Y en las duchas se la encuentra.

Sabrosa: ¡¡Daniel!! Que sorpresa. ¿Juegas en algún equipo? No recuerdo habértela chupado hace un rato.

Daniel: No, no. Sólo quería verte. Mañana empieza el Torneo de Sexo y tengo miedo de quedar en ridículo.

Sabrosa: Y quieres que yo te tranquilice ¿verdad?

Daniel: Más bien me preguntaba si podría practicar contigo.

Sabrosa: Eso está hecho.
Polvo pasado por agua, bajo el chorro de agua de la ducha.
El Torneo da comienzo. Riadas de gente se adentran en el pabellón, donde se realizarán diversas pruebas. Daniel va acompañado de la Sra M y de Sabrosa. Antes de continuar deben registrarse.

Secretario: ¿Llevas preservativos?

Sra M: ¿Preservativos? ¿Qué es eso?

Sabrosa saca de su bolso una caja de cien.

Sabrosa: Aquí están.

El pabellón central está rodeado de gradas con gente vociferante. En el centro, en multitud de tatamis desplegados para la ocasión, se desarrollan las diversas pruebas. Los integrantes de Polla Ahí pasan corriendo a su lado. Spider golpea su hombro.

Spider: Eres mío gusano.
Se alejan.

Daniel: ¿Cómo va esto Sra Miyagui?

Sra M: No saber. Yo follar por placer, no por evitar paliza.

Sabrosa: Mira Daniel, hay diversas pruebas que deberás superar, cómo rapidez de empalmamiento, puntería al correrse, erección de pezones a lenguetazos... etc. Cada prueba te da un punto y los cuatro que tengan más al final del circuito, van a las semifinales, donde tienen que follar. Los jueces puntúan sobre todo la técnica.

Altavoz: Daniel Lauso, dirijase al tatami tres.

Daniel va pasando las pruebas con éxito, ante la preocupada mirada de Metralleta. Al final, se clasifica para las semifinales, donde deberá enfrentarse a uno de los secuaces de Spider, que recibe instrucciones a pie de escenario.

M.M.: Lo quiero fuera de combate.

Alumno fullero: Pero sen-sei, puedo ganarle limpiamente, llevo años limpiando los cristales de mi casa con la lengua...

M.M.: He dicho fuera de combate.

El alumno fullero se acerca a saludar a Daniel.

A.F.: Que gane el mejor.

Pero en lugar de cogerle la mano, le coge del miembro con tal fuerza, que Daniel cae inconsciente al suelo por el dolor. El Speaker salta al tatami.

Speaker: Esta dolorosa práctica antideportiva, supone la descalificación del alumno fullero. Los médicos examinaran a Daniel y determinarán si puede participar en la final. De lo contrario, el ganador seria Spider, de la escuela "Polla ahí".

En los vestuarios...


Daniel: ¿Ha quedado muy mal?

Sabrosa: ¿Te gustan los palos de regaliz?

Daniel: No.

Sabrosa medita durante unos segundos.

Sabrosa: Seguro que te recuperas....

Y sale corriendo del vestuario. La señora Miyagui se dispone a hacer lo mismo, pero Daniel la detiene.

Daniel: Señora Miyagui, por favor, ¿no puede hacer nada?

Ms Miyagui: Has hecho bien mete-mete Daniel, no es deshonroso quedar finalista.

Daniel: Pero ¿cómo podré mirarlos a la cara con un falo así? ¿Qué me dirán los productores cuando me vean? Se reirán de mi. ¿No puede usar la mano que mama para arreglar mi verga?

La señora Miyagui se queda pensativa.

Ms Miyagui: Hai.

Delicadamente comienza a masturbarlo, hasta que el vigor vuelve a endurecer los ánimos y el pene de Daniel.

En el tatami central, el Speaker habla con los jueces.

Speaker: Me informan de que Daniel Lauso no puede continuar. Así que el ganador es...

Un asistente entra corriendo y susurra algo al oído del Speaker.

Speaker: ¿Daniel Lauso va a salir? ¡¡Daniel Lauso va a salir!! Es increíble, debe tener un miembro de acero inoxidable. Que continúe la competición.

Spider hace la carretilla con una voluptuosa morena, se la folla mientras recorre todo el escenario.

Spider: Mejora eso pipiolo.

Concentrado, Daniel se tumba, con su miembro erguido orgulloso y señalando al cielo. La morena asistente se sienta sobre él, cubriéndolo con su ser. Daniel le levanta las piernas, y comienza a girar el cuerpo de la ayudante. El público enmudece mientras la chica da vueltas y vueltas sobre el pene de Daniel. Cuando los dos llegan al éxtasis, el público estalla en aplausos.

Speaker: No hace falta ver más, el ganador es.... ¡¡¡DANIEL... LAUSO!!!

Entre los aullidos de la gente Daniel grita.

Daniel: ¡¡Lo conseguimos Sra Miyagui, lo conseguimos!!

La señora Miyagui, sonríe complacida. Tiene en su agenda los números de teléfono de todo el cuerpo de bomberos.

viernes, 23 de noviembre de 2007

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Más alla del tiempo

Las últimas semanas habían puesto a prueba la fortaleza y la determinación del Rey Daniel. Una terrible maldición parecía haber caído sobre el reino. Diariamente recibía en audiencia a docenas de sus súbditos, aquejados de todo tipo de males: plagas, cosechas destruidas, asesinatos misteriosos...

Ver tanto sufrimiento, minaba la confianza del Rey. Por fortuna cada noche al volver al lecho matrimonial, podía confiar en que un simple abrazo de su amada Lady Carme, levantaría su ánimo, amen de otras partes de su cuerpo, que una vez animadas no pedían descanso hasta haber sido poseído el cuerpo de su dulce reina; pues no solía quedar todo en un tierno abrazo, a la ternura le tomaba el relevo la pasión, y rara era la noche que no yacían al pie de su cama los ropajes desgarrados por el frenesí de ambos, mientras los gruesos muros del castillo temblaban al son de sus fogosos cuerpos.

La vuelta a la sala del trono la mañana siguiente, era un jarro de agua fría, una vuelta a la dura realidad. De nuevo un campesino que había perdido todos sus bienes por una extraña granizada; otro alcalde quejándose de que el pozo de su pueblo había sido envenenado... sin embargo había algo extraño en el hombre encapuchado que tenia ante él. Por su aspecto pulcro y sus ademanes, no parecía ser uno de esos pobres hombres que solía recibir. Había algo en él que le ponía nervioso.

- Majestad - comenzó - me llamo Ralsun, mago de profesión y de los mejores si se me permite decirlo. Desde mi torre oscura, pude percibir los ecos del poderoso maleficio que asola vuestra tierra.

El tono de sus palabras puso en guardia al Rey, en cuya mente comenzaba a forjarse una sospecha, pero permitió que continuara hablando.

- Estuve varios días recorriendo la región a la espera de que alguien resolviera la situación, pero nadie ha sido capaz de hacerlo. Así que ofrezco mis servicios a vuestra majestad.

-¿Qué pides a cambio? - preguntó Sir Daniel

- Oh no mucho, sólo una cuarta parte de vuestra fortuna - respondió mientras se inclinaba teatralmente ante el trono.

Por ello, no pudo ver como el jefe de los espías reales, entraba en la sala y veloz, lo señalaba ante el Rey.

- Maldito - gritó este - jamás me falló mi instinto y mis espías me lo confirman. Tu y nadie más eres el que ha traído la desgracia ante mi ¿Y ahora te eriges como el gran salvador? ¡Guardias, a él!

De inmediato dos flechas rasgaron el aire en dirección al mago, pero este se desvaneció ante los incrédulos ojos de los presentes. Tras dar orden de que redoblaran la guardia, volvió a sus habitaciones. Necesitaba sentir el calor de su amada junto a su pecho, respirar el dulce aroma que desprendía, saborear sus labios...

En cuanto la vio de pie en la chimenea, su rostro se relajó y una sonrisa se dibujó en su rostro.
Al percatarse de su presencia, ella le devolvió la sonrisa y se acercó solicita hacia él. Sus almas se entrelazaron como lo hicieron sus lenguas, en un intenso beso que parecía eterno. Se arrodilló ante ella mientras sus manos delineaban su estilizada figura. Levantó con cuidado la abultada falda de su amada; entre sus pliegues, esperaba encontrar los pliegues de su amor.

Se abrazó a las piernas de ella, mientras en la cara podía sentir la calidez de los muslos de Lady Carme. Sediento, se dirigió a la fuente de carne erigida entre ellos, para saciar la sed de amor que llevaba atormentándolo desde que se separara de ella al amanecer.

Presa de la lujuria, hizo suyo el vibrante clítoris que despuntaba entre los jugosos labios de su sexo. Su boca lo besó, lo aprisionó, lo dejó a merced de su lengua, que lo lamió sin cesar, lo que pareció gustarle a la dueña de sus atenciones pues gimió fuerte mientras sus manos apretaban la cabeza de su Rey contra su vulva para sentirlo contra ella, siendo devorada por la gula de Daniel, cuyos dedos acariciaban sus muslos, camino de la húmeda caverna que pedía a gritos ser horadada.

Lo hicieron suavemente. Mientras uno de ellos era cubierto por amorosos jugos en su camino a las entrañas de Carme, otro se posó sobre el clítoris, para masajearlo en círculos, cada vez más intensos, más y más...

Lady Carme tuvo que sujetarse en la repisa de la chimenea para no caer, pues las piernas comenzaban a fallarle, como preludio del intenso orgasmo al que las caricias de su amado le avocaban.

Este llegó de improviso, en forma de lengüetazo prolongado y profundo, que abrió su sexo y las esclusas de un placer infinito que recorrió su cuerpo entero, haciéndola jadear sin control.
Relamiéndose, Sir Daniel salió de entre sus piernas, la miró con satisfacción y la besó con toda la dulzura que fue capaz de reunir.

Carme cogió de la mano a su caballero para llevarlo a la cama y volver a sentir, esta vez juntos la dulce muerte que había disfrutado. Pero de pronto, la ventana de la habitación se abrió de par en par. Un viento gélido apagó el fuego de la chimenea y las luces que pendían de las paredes, quedando todo a oscuras.

Cuando la luz volvió segundos después, la encapuchada figura del mago Ralsun se alzaba en el centro de la habitación.

- Necio - gritó - debiste haber aceptado el precio. Ahora lo pagarás. Te condenaré al sufrimiento eterno.

Dicho esto, lanzó a sus pies una bola de cristal con humo en su interior. Al chocar contra el suelo, se partió en mil pedazos y el humo comenzó a envolverles rápidamente. En un instante, quedaron cegados por él. Sir Daniel sintió como la mano de su amada se deslizaba fuera de su alcance. Trató de agarrarla lo más fuerte posible, pero fue inútil, perdió el contacto con ella. Intentó gritar, pero ningún sonido salió de su boca. La negrura comenzó a inundarlo todo y un sueño antinatural se fue apoderando de él, hasta que perdió el sentido...

- ¡Arturo despierta!

Había vuelto a quedarse dormido en la oficina. De nuevo había soñado con extraños mundos repletos de princesas atrapadas en castillos, dragones y caballeros de brillante armadura. Fue una suerte que su compañero le despertara antes de que pasara a su lado el jefe de departamento. Su empleo pendía de un hilo, debido a sus frecuentes ataques de sueño.

El resto del día, procuró estar ocupado para no volver a quedarse dormido. A las seis en punto fichó a toda prisa, y volvió a pie a casa. Al pasar junto a un viejo bloque de edificios, le pareció escuchar la voz de una chica pidiendo ayuda. Se detuvo para confirmar que no habían sido imaginaciones suyas. Durante unos instantes no volvió a escuchar nada, pero justo cuando iba a continuar su camino, volvió a oírla. Miró hacia las ventanas del edificio. De una de ellas, en el tercer piso, comenzaba a salir un espeso humo negro.

Sin pensarlo dos veces, subió las escaleras. De una patada abrió la puerta. La ola de calor que lo golpeó, lo dejó sin aliento. El salón estaba en llamas. La chica, que le había escuchado, volvió a pedir ayuda. Estaba en su dormitorio, tumbada en el suelo, con una pierna atrapada bajo una estantería.

Sacando fuerzas de flaqueza, Arturo logró quitársela de encima, y con ella en brazos, salió a la calle a toda prisa. La sentó bajo un árbol, hasta que recuperó el aliento. Ella levantó la cara para darle las gracias. Sus miradas se encontraron y una extraña sensación de cercanía se apoderó de ellos por un instante.

- Me llamo Jimena - le dijo mientras le dedicaba la sonrisa más encantadora que hubiera recibido jamás.

Las dos semanas siguientes, las pasaron entre cenas y cafés. Primero como agradecimiento por haberla ayudado, pero luego, como el inicio de algo más allá de la amistad.

Aquella noche de domingo, ambos sentían que seria especial. No habían hablado de ello, pero cuando tras cenar, Arturo la llevó a casa, ella le invitó a subir y tomarse una copa. Él aceptó enseguida, con la sensación de que llevaba esperando ese momento durante mucho tiempo.

Un par de días antes, los operarios del ayuntamiento habían terminado de arreglar el piso de Jimena. El olor de la pintura fresca aun flotaba en el ambiente, pero Arturo sólo podía percibir el olor a menta de los labios de la chica, los cuales había probado en el ascensor durante el breve viaje, en el que habían explorado sus cuerpos con una pasión desbordante.

Se sentó en el sofá mientras ella se ponía cómoda. Cuando apareció en el umbral de la puerta con un sugerente salto de cama de raso, se quedó embobado mirándola. Ella se acercó al sofá cimbreando sus caderas para atraer la atención del hombre al que quería seducir.

Se sentó a su lado. Su rostro era un libro abierto donde podía leer las más lujuriosas páginas que albergaba su imaginación. Desabrochó su pantalón. Su pene saltó como un resorte al encontrarse libre para desarrollar todo su poder, cosa que hizo en cuanto las suaves manos de Jimena se posaron sobre él y lo recubrieron, sintiendo la delicadeza de su tacto.

En respuesta a sus caricias, el falo se tornó duro, macizo, y de un extremo empezó a manar timidamente, el liquido resultado de la excitación que le estaba sirviendo la experta mano de Jimena, que no cesaba de subir y bajar, mientras se besaban sin mesura. Sus lenguas exploraban cada centímetro de la boca del otro. Entraban y salían de ellas en aparente caos, con la necesidad de saborear al otro, sus labios...

Tan excitado estaba Arturo, que explotó sin previo aviso, antes de lo que hubieran deseado ambos, recubriendo la pequeña mano de Jimena de la simiente que tanto ansiaba para ella.
Se puso de rodillas frente a él. Se echó sobre sus piernas y comenzó a acariciar su pecho mientras introducía en su boca el moribundo miembro. Rápidamente desapareció en el interior de su boca. Su lengua no paró de circundarlo, lo rodeó, lo lamió con intensidad; evitaría que muriera a toda costa.

Sintió la mano de Arturo sobre su cabeza, mientras esta subía y bajaba, como el glande del miembro que estaba degustando y que estaba llevando a la locura a su amante.

Una vez el miembro se irguió en todo su esplendor, se levantó. Se subió al sofá, y se colocó sobre él mientras sus manos sujetaban el salto de cama, dejando al descubierto su bajo vientre y su cuidado pubis. Poco a poco fue descendiendo, hasta que a las puertas de su sexo, sintió la llamada del penetrante visitante, que ansiaba descubrir sus secretos más íntimos.

Apoyó sus manos en la pared y movió su cadera hacia delante, para que la verga de Arturo la penetrara profundamente, hasta lo más hondo de su ser. El placer la cegó y sus caderas no cesaron de moverse adelante y atrás, follándolo sin parar, mientras él devoraba sus pechos, acariciaba su espalda, hundía sus dedos en su pelo, hacia suyo su culo apretándolo con sus fuertes manos, ayudando a que la penetración fuera más intensa.

Su respiración se aceleró aún más si cabe.

- Me corro Arturo, me corro, me corroooooo - gritó al fin mientras cada fibra de su cuerpo vibraba al son de sus saltos. El placer que la tenia paralizada se intensificó, cuando sintió en sus extrañas el cálido semen que expelía el bullicioso pene de su amante, sobrepasado por las sensaciones y los estímulos que electrizaban el ambiente.

Entre jadeos y gemidos de satisfacción, imágenes del pasado volvieron a ellos. En un instante el salón se convirtió en una habitación medieval con fríos muros de piedra apenas calentados por las brillantes antorchas, que iluminaban la cama con dosel sobre la que se encontraban...

La visión sólo duró un instante. Pronto se encontraron de nuevo en la oscuridad del apartamento de Jimena, pero una verdad enterrada durante siglos, vio la luz de nuevo. La mirada de Arturo recorrió el cuerpo de Jimena hasta llegar a sus brillantes ojos.

- Lady Carme...

- Sir Daniel....

Sus lágrimas de alegría bañaron sus temblorosos cuerpos, abrazados como un solo ser.

martes, 6 de noviembre de 2007

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Otelo, el chulo de Venecia

Una habitación renacentista, a media luz. Los rayos del naciente sol se filtran por entre los pesados cortinajes que cubren las ventanas. En el centro de la sala, una rubia platino cabalga sobre el miembro descomunal de un moro, que, de pie, la sostiene en sus brazos mientras hacen el amor. Justo cuando la chica arquea su espalda, rodeando fuerte con sus brazos el cuello del moro para no caer, presa del placer, llaman a la puerta.

El moro baja a la chica de su carnosa atalaya y va abrir la puerta mientras él se viste.

Mensajero: Mi señor Otelo, el gran Dux solicita vuestra presencia de inmediato.

Otelo: ¿Qué asuntos son los que puede querer de mí a estas horas del día en que el gallo aún reposa en sus dominios?

Mensajero: Parece ser que Brabancio reclama como injusta vuestra victoria en la taberna, durante las fiestas.

Otelo: Más que la victoria supongo que será el premio que percibí por ella lo que quiere ver devuelto... Preparad mi nave. Ese rufián de Brabancio pagará por intentar minar mi imagen ante el Dux.

El mensajero y Otelo navegan por los lóbregos canales de Venecia, hacia el palacio del mandatario de la serenísima república.

En el salón principal, el Dux y sus asesores charlan con Brabancio.

Dux: ... y por la presente, dictamino que todas las venecianas de buen ver, vistan con traje de baño cuando salgan de casa. Tenemos que aprovechar que tenemos media ciudad inundada.

Asesor: Eso no es exactamente así...

Dux: Bah, no me vengas con tecnicismos.

La puerta se abre de golpe. Entra Otelo hecho una furia, posa su gélida mirada sobre Brabancio y se dirige con paso firme hacia él.

Brabancio: ¡¡¡A mi la guardia!!! que el moro viene desenvainado.

Dux: Pero ¿cómo?, mis guardias le han privado de su espada.

Brabancio: No me refiero a ese instrumento de muerte, sino a aquel otro dador de vida y que puede convertir al hombre mas rudo en la mas tierna de las doncellas.

Otelo: Sí y todo por vuestra culpa. De no ser por vuestra falta de honor, ahora una dulce dama estaría recibiendo en sus entrañas todo el amor del que dispongo.

Dux: ¡¡Basta!! Muchos asuntos pugnan por mi interés y no puedo perder el tiempo, ni parte de mi juicio con los mundanos asuntos de un par de comerciantes de placer. Así pues Brabancio, exponed vuestra petición.

Brabancio: Seré breve gran Dux. En la fiesta de las lupercales, andaba yo tomando brebajes espirituosos con los que invocar a Baco, cuando se me acercó ese pérfido de Otelo...

Otelo: ¡¡¡Canalla!!!

Dux: ¡¡Silencio!! A la próxima interrupción, mi verdugo hará su agosto. Seguid Brabancio.

Brabancio: Decía que Otelo se me acercó y me invitó a unirme a una partida al deleznable vicio de las cartas. El vino había hecho presa de mí y me sentía incapaz de negarme. Así pues empezamos a jugar, con tan mala suerte que perdí toda mi fortuna.

Dux: El vino es mal compañero de juego.

Brabancio: En efecto. Otelo me incitaba a seguir jugando pero no me quedaba nada, estaba en la ruina. Y fue entonces cuando con sus malas artes me convenció de que apostara mi posesión mas valiosa, la bella Desdémona, la meretriz más excelsa desde los tiempos de Agripina. Confiado en que la suerte no es esquiva para el que asume riesgos, decidí jugar.

Otelo: ¡¡¡Y perdiste limpiamente!!!

Brabancio: Eso no, pues cuando las cartas anunciaban mi derrota, creí percibir en ellas una imperceptible marca. Es por eso, que exijo la devolución de todo lo que perdí.

Dux: ¿Conservas esas cartas en tu poder?

Brabancio: Por desgracia no, los sicarios de Otelo, con ese canalla de Iago a la cabeza, las destruyeron ante mis narices.

Dux: ¿Es cierto lo que cuenta, Otelo?

Otelo: Todo menos lo de las cartas. Perdió limpiamente. Y por la felonía que ha insinuado, reto a Brabancio a un duelo.

Dux: Mmmm, los dos me habéis servido bien. No permitiré que se derrame sangre en mi presencia.... Brabancio, dad por perdidos vuestros bienes materiales, te servirá de escarmiento para cuando el esquivo espectro del juego se te aparezca. Pero en cuanto a Desdémona....

Bufón: Tengo una idea señor. ¿Por qué no dirimir la disputa, con la antigua tradición de medir sus miembros viriles?

Dux: No pienso recurrir a arcanas tradiciones. Tengo una idea mejor.

El Dux chasquea los dedos. De una puerta lateral entran dos mujeres que se arrodillan ante los dos contendientes.
 
Dux: El que primero se corra, dará muestra de su fogosidad y ganará la mano y la vulva de Desdémona. ¡Comenzad!

Las chicas bajan los pantalones de los dos hombres e introducen sus miembros en su boca. Durante varios minutos se afanan en la tarea de conseguir el dulce néctar que se esconde en su interior. Finalmente Otelo descarga su furor sobre el rostro y el cabello de la dama arrodillada ante él.

Brabancio: No es justo. Apenas hace una hora que yací con mi amante y me dejó libre de mi carga seminal. ¡¡No estábamos en las mismas condiciones!!

Un mensajero entra a toda prisa en el salón y le entrega un pergamino al Dux. Este lo lee atentamente y lo tira la suelo con violencia.

Dux: Otelo, has ganado. Ahora coge a tu Desdémona y a tus mejores chicas y parte de inmediato a mis dominios de Malta, donde la moral es baja y necesita con emergencia de nuevos bríos que la levanten. Confío en que la sangre arrolladora y las embrujadoras artes de tus empleadas lo conseguirán. La posesión de la plaza depende de ello.

Otelo: ¿Tan grave es el asunto?

Dux: Más que eso. Mis tropas se han entregado a los placeres de Sodoma y bien parece que de seguir así, pronto el Turco se unirá a una fiesta donde no ha sido llamado, para practicar la sodomía con todos ellos. Así pues buena suerte Otelo.

Otelo: Estad seguros de que no os fallaré.

Tras una agitada travesía por mar, en la que un par de chicas de Otelo deben neutralizar un motín ofreciendo sus cuerpos a los marineros, la flota llega a la isla de Malta. El chambelán pone a su disposición un edificio donde instalar el lupanar. Mientras las furcias se colocan en sus habitaciones, Otelo se lleva a Desdémona, una morena de ojos verdes con pechos inflamados, a sus aposentos.

Otelo: No suelo guardar para mí lo que disfruta la chusma de la calle, pero contigo haré una excepción esta noche. Quiero comprobar si es verdad lo que se dice de ti.

Desdemona: Comprobareis satisfecho que la leyenda es solo un pálido reflejo de la realidad.

Otelo, tumbado desnudo en su cama, contempla hipnotizado como Desdémona se deshace de sus ropajes con sensuales movimientos, que avivan la llama de su pasión. Ella se sienta sobre el enorme falo de su amo y comienzan una noche de sexo que termina al rayar el alba.

Un par de semanas después, Otelo trabaja en su despacho, firmando documentos y leyendo informes, cuando llaman a la puerta.
Otelo: Adelante.

Iago: Buenos días mi señor.

Otelo: Ah, mi buen Iago, ¿vienes a traerme los informes de productividad?

Iago: Helos aquí mi señor.
Otelo les echa un vistazo y mira preocupado a su asistente.

Otelo: ¿Son correctos estos datos?

Iago: Tan correctos como incorrectos son los modales de un rufián, estimado Otelo.

Otelo: Pero según esto, Desdémona apenas ha conseguido clientes. ¿Como puede ser eso posible, cuando su cuerpo es deseado por media Europa y sus artes amatorias son estudiadas en los serrallos del califa? ¿Acaso el espíritu de Onán ha poseído la mente de la plebe ingrata de esta isla?

Iago: Mi señor, no quiero ser alcahueta que todo defecto señala, ni letrado que lanza acusaciones huecas...
Otelo: ¿Qué sabéis Iago?

Iago: Oh, solo rumores, con toda seguridad infundados.

Otelo: Vamos, hablad.

Iago: Según malas habladurías, ideas extrañas han germinado en la corrompida mente de Desdémona.

Otelo: ¿Que clase de ideas? Por dios que parece que las palabras os cuesten sangre.

Iago: Ideas de castidad señor. Tiene la ocurrencia de dejar el antiguo oficio que le ha otorgado fama y gloria mundial e ingresar en un convento donde apaciguar su furor uterino.

Otelo: Rumores absurdos sin duda. Venid, acompañadme. Según su horario, debe estar ahora en el puesto de guardia de la muralla sur.

Otelo y Iago camina entre las callejuelas de la ciudad, hasta que llegan a la plaza de la guardia, donde un corro de soldados, rodean a la bella Desdémona, que, de rodillas les colma de lingüísticos placeres.

Otelo: Vedlo por vuestros ojos. Hela aquí la furia feladora que descarga la fogosidad de los soldados del Dux y les hace dóciles para ser mandados en la batalla. Si esa es la imagen de una santa, por dios que ahora mismo voy a ingresar a la iglesia donde es adorada. Buscad al que difunde esos rumores y traedlo a mi presencia. No permitiré que se levante falso testimonio contra mi mejor prostituta.

Iago: Así se hará.

Otelo vuelve a su oficina, dejando a Iago sólo en la plaza.

Iago: Maldito moro. Será difícil engañarlo, mas no imposible. En cuanto a esa Desdémona... pagará muy caro no haberme ofrecido sus encantos.

Tras echar una última mirada de desprecio hacia el grupo de soldados, se dirige a su casa. Una mansión que conoció tiempos mejores, donde le espera su amante.

Iago: ¡¡Emilia, que el diablo se persone ante ti si no acudes a mi llamada de inmediato!!.

Emilia: ¿Qué es lo suficientemente importante como para que pidáis mi presencia con tan deleznables modales.

Iago: Tengo una misión para ti.

Emilia: Os escucho

Iago: Tienes una gran amistad con Desdémona, lo sé.

Emilia: Sabéis bien, hace años que nos conocemos. Solían contratarnos como pareja, cuando estaba en manos de Brabancio.

Iago: Manos de las cuales te libre. Así que harás todo lo que te diga. Debes quedarte a solas con ella en un lugar privado. Y una vez estés segura que nada de lo que habléis pueda llegar a oídos ajenos, quiero que la guíes al camino de la virtud y el recato.

Emilia: ¿Como quieres que la deslumbre con las virtudes de la castidad, cuando lo más cerca que de ello estuve, fue al arribar a este pecaminoso mundo?

Iago: Eso te lo dejo a ti. Algo habrás leído sobre ello supongo.

A la noche siguiente, Iago acude con Emilia a la cena que ofrece el moro, como presentación oficial de su empresa. En el transcurso de la comida, Desdémona se excusa y se dirige al baño. Emilia se levanta rápidamente y la sigue.

Emilia: Esperad bella Desdémona...

Desdémona: Mi querida Emilia. Os he visto en la mesa, tan radiante como siempre. ¿Que tal andan vuestros asuntos con el bueno de Iago?

Emilia: Mejor de lo que merecería una vulgar ramera como yo.

Desdemona: No digáis eso, pues habéis hecho de vuestros servicios una virtud. No sois menos que el soldado que defiende las fronteras. Los dos ofrecéis seguridad, uno con su lanza, y vos con vuestro cálido seno.

Emilia: Precisamente de eso quería yo hablaros, de la virtud. ¿No habéis pensado nunca, mientras uno de los tantos clientes os penetra sin resuello, que hay otros mundos mejores para una mujer como vos?

Desdémona: Suena a que queráis dejar la profesión...

Emilia: Lo estoy sopesando. ¿Acaso vale la pena la condenación eterna por un beneficio terrenal que mas temprano que tarde desaparecerá de nuestras manos? Además, pensad la de enfermedades que evitariamos y los hijos no deseados a los que ahorrariamos sufrimiento...

Desdémona: Con simples precauciones se alejan los males que invocas.

Desdémona se acerca con mirada lasciva a Emilia y la arrincona contra la pared.

Desdémona: Y además, siempre podremos hacerlo entre nosotras....

Hacen el amor en el baño, hasta que la voz de Otelo clama por la presencia de su principal activo. Desdémona deja a la jadeante Emilia sobre el lavabo y vuelve a la cena.

Emilia: Por dios que antes se helaría el infierno a que tamaña furia de la naturaleza renunciara a los placeres de la carne. Sea lo que sea lo que pretende Iago, es cuestión casi imposible.

Se fija en algo del suelo y lo coge.

Emilia: Mas que veo aquí: las esferas orientales de Desdémona, aquellas que horadan su ser día y noche sin descanso...

Emilia vuelve también a la cena, ya terminada y reconvertida en una orgía a la que no tarda en unirse, olvidándose de las esferas, que guarda a buen recaudo en su bolso.

Ya de vuelta en su casa, Iago interroga a Emilia.

Iago: ¿Y bien?

Emilia: Ni el mismo cristo en persona seria capaz de reproducir en ella la imagen de María Magdalena. No contenta con no escuchar las razones que le daba, me hizo el amor allí mismo.

Iago: ¡¡¡Maldición!!!

Emilia: ¿Que es lo que hace que persigáis con tanto denuedo la conversión de Desdémona en un ser sin pasión?

Iago: Estúpida, no lo entiendes. Quiero acabar con el moro por medio de Desdémona. Ese ingrato asienta su fortuna en el duro trabajo que he hecho para el y no lo reconoce. Se piensa dueño y señor de los prostíbulos venecianos pero sin mi gestión no seria mas que un moro impío arrojado a una galera para expiar el pecado de haber nacido infiel. Pero deberé buscar otro medio de derrumbar su efigie.

Emilia: Puede que esto sirva.

Saca de su bolso las esferas orientales de Desdémona. La mirada de Iago se ilumina.

Iago: Si, esto me servirá igual de bien....

Al día siguiente vuelve al despacho de Otelo, que continua enfrascado en sus papeles.

Otelo: Y bien fiel Iago, ¿teneis ya la identidad del malnacido que difunde las calumnias contra mi estimada Desdémona?

Iago: Temo ser portador de malas nuevas mi señor.

Otelo: Decidme cuales son y yo juzgare su maldad.

Iago: Temo que los rumores no sean tales, sino una confirmación de las intenciones de esa furcia.

Otelo: Cuidad vuestra lengua Iago si no queréis verla ensartada en la punta de mi espada.

Iago: Lo siento señor, pero en cuanto veáis lo que tengo que mostraros cambiareis de parecer en vuestro juicio. Mirad esto.

Saca de su bolsillo las esferas orientales y las deposita sobre el escritorio de Otelo.

Otelo: No puede ser. Me prometió cuando se las regalé que las llevaría siempre puestas. Según me comentó la sacerdotisa griega a la que se lo arrebaté, se dice que pertenecieron a la mismísima Afrodita y quien las llevara puestas, seria la mujer más apasionada del mundo. ¿Y qué ha hecho con ellas?

Iago: Las encontró una de las chicas en la playa de San Juan, y me las trajo al instante. Nadie más lo sabe.

Otelo: Gracias por todo Iago. Esta noche le pediré cuentas. Y ahora déjame sólo con mi pena.

Iago sale a la calle ocultando una malévola sonrisa.

Iago: Jajaja estúpido moro, ha picado el anzuelo. Esta noche cuando Desdémona no pueda explicar la desaparición de las esferas, la desterrará o la enviará a otro lugar y entonces sin ella, el negocio se hundirá, caerá en desgracia ante el Dux y yo ocuparé su lugar. Si supiera que he estado modificando los registros de los ingresos de las chicas... jajaja.

Cae la noche. Desdémona, vestida con un casto camisón yace en su cama dispuesta a dormir. Otelo entra de improviso, desvistiéndose a cada paso.

Otelo: Abre las puertas de tu amor para mi Desdémona, pues hoy necesito probar muchas cosas.

Desdémona: Nada me placería más dulce Otelo, mas me es imposible.

Otelo: ¿Qué es lo que impide que complazcas a tu señor, fuente de tu prosperidad?

Desdémona: Mi condición de mujer, que se ha revelado con su puntualidad natural.

Otelo: Excusas, excusas... déjame ver las esferas orientales que te regalé.

Desdémona: Oh... lo siento amado mio, pero temo decir que las perdí no ha mucho. No os dije nada pues confiaba en recuperarlas antes de que las echarais en falta.

Otelo: Pues las habéis encontrado y no las he echado en falta, pues en mi poder están. Helas aquí.

Se las lanza a la cama con asco.
 
Desdémona: Muchas gracias mi señor.

Otelo: ¡¡¡Puta!!!

Desdémona: Vuestro cumplido me halaga.

Otelo: Decidme cuando pensabais mostrar vuestro deseo de abandonarme, a mí, ¡¡el gran Otelo!!

Desdémona: No se de qué me habláis.

Otelo: No penséis que la mentira campará a sus anchas en mi juicio, pues he sido bien instruido por Iago. Vuestra jugarreta ha sido destapada antes de su puesta en práctica.

Llaman a la puerta con fuerza.

Emilia: ¿Qué son esos ruidos? Dejadme entrar por favor, he de deciros algo Otelo.

Desdémona: ¿A qué jugarreta os referís? ¿Qué he podido hacer yo, la máxima cumplidora de vuestros deseos, para que me tratéis así?

Otelo: Calla por dios, no me hagas más difícil impartir la justicia que clama mi código de honor.

Desenvaina la espada y con una rápida estocada, hiere de muerte a Desdémona. Abre entonces la puerta, entrando Emilia.

Emilia: ¿Qué habéis hecho moro imprudente? Os habéis dejado llevar por las envidias de un villano del cual abomino. Todo ha sido obra de Iago, que pretendía suplantaros. Modificó los libros de cuentas para que pensarais que ella no trabajaba, pero era la que más satisfacía a la plebe.

Otelo: Ella quería ser casta. No puede ser cierto lo que me dices...

Emilia: Lo es, yo intenté hacerla pura a instancias de mi amante, pero ella me hizo mujer con sus dedos, en el baño de vuestra mansión. Y fue en ese embite cuando sus esferas orientales se deslizaron de su carnosa cavidad sin que ella se percatara. Yo las recogí.

Otelo se asoma a la ventana y se dirige a un grupo de soldados que hacen la ronda.

Otelo: Guardias, prended a Iago y ejecutadlo. En cuanto a mí, no merezco seguir en este mundo.

Se arrodilla ante el cuerpo sin vida de Desdémona.

Otelo: Oh, era más puta que las gallinas y yo dudé de ella...

Con la misma espada con qué mató a Desdémona, se atraviesa el estomago, muriendo sobre el lecho a escasos centímetros de ella.

martes, 30 de octubre de 2007

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Glory Hole

Entró corriendo al servicio. Llevaba demasiado tiempo de viaje y había bebido demasiados refrescos: mala combinación; por ello había tenido que parar en un área de servicio casi desierta, aún bastante lejos de su destino.

No le gustaba ir a baños públicos, pero al menos el cubículo del wc de aquel sitio estaba bastante limpio. Le sorprendió ver en la pared de su izquierda, un agujero circular de no más de 10 centímetros de diámetro. Fue a echar una mirada a través de él antes de irse, pero justo cuando le pareció vislumbrar al otro lado una oscura habitación, un enorme falo carnoso atravesó el agujero, oscilando desafiante ante su rostro.

Lo contempló sorprendida unos instantes. Era la situación mas absurda que había vivido jamás. ¿De donde habría salido aquello? ¿Que se suponía que debía hacer con... con eso? Como si el propietario del cimbrel hubiera escuchado sus pensamientos, con una voz firme, la apremió a chuparlo.

Durante un instante dudó, suficiente para que el poco recato que le quedaba, huyera de su mente para dejar pasó a una incipiente excitación. Acercó sus labios con curiosidad y precaución, como si aquel pene fuera a saltar sobre ella en el momento más inesperado. El miembro respondió al tímido beso que le dio en la punta, con un intenso movimiento, golpeando su nariz.

Sobresaltada, se alejó de él. Pero no podía dejar de mirar cómo se movía; como un pez en busca de alimento. Lo agarró fuerte entre sus dedos, domando sus movimientos. Lo sentía resistirse en su mano: duro, caliente... Probó a acariciarlo lentamente, arriba y abajo, deslizando su piel una y otra vez, cosa que parecía gustarle, pues a ella le pareció que se endurecía en respuesta a sus atenciones.

Como confirmación de que lo estaba haciendo bien, unas gotas de liquido preseminal bañaron su glande. Lamió juguetonamente la punta y degustó su sabor. Lo contempló fascinada. No era la primera vez que hacia algo así claro está, pero se sorprendía de estar haciendo aquello con un perfecto desconocido, en mitad de ninguna parte.

La firmeza de la verga que retenía en su mano fue diluyendose. Amenazaba con perder toda su robustez. Dispuesta a que eso no ocurriera, abrió sus labios, deseando abrir otros en las antípodas de su cuerpo. La piel del glande retrocedió suavemente ante la voluptuosidad de los labios que empezaban a cubrirlo.

Inexplicablemente, aquello le estaba excitando hasta límites insospechados. Se desabrochó la blusa, dejando sus pequeños senos al aire, esperando ser acariciados por sus manos, ansiosas por posarse sobre el torso desnudo del hombre que se ocultaba tras la pared.

Se acariciaba al compás de los lametones con los que su lengua obsequiaba a toda la longitud de aquel descomunal miembro; desde la enraigada base, hasta la húmeda y vibrante punta. Intentó imaginarse al dueño de aquel estilizado dulce ¿Cómo seria? Puede que un rudo camionero, con brazos gruesos y duro semblante, descansando de un largo camino, o un ejecutivo en viaje de negocios dispuesto a relajarse... no le importaba. En ese momento solo existían ella y la gruesa polla que albergaba en su boca, a la que no cesaba de besar y chupar.

Pronto sintió en su boca las convulsiones previas al climax. Deberia haber sacado el volcán que tenia aprisionado entre sus labios para que eruptara fuera de ella, pero la cadencia de los lametones y besos la tenia hechizada. En lugar de retirar el falo, lo besó con mas pasión, aumentando el ritmo de los caricias. Con un fuerte espasmo, oleadas de semen salieron disparadas hacia su garganta, atragantandola al principio, hasta que se repuso de la sorpresa, tragándoselo todo diligentemente, sin pensar en nada.

Ella no paró de lamer y lamer hasta que no quedó constancia alguna de aquella explosión de placer. Satisfecha, dejo el miembro ya flácido libre de su carnosa prisión y se relamió de gusto. El agujero quedó vacío de nuevo. Se agachó para mirar a través de el, pero la habitación a la que daba, estaba vacía. Se recompuso la blusa y se levantó.

El corazón se le detuvo por un instante cuando llamaron a la puerta del baño....

lunes, 22 de octubre de 2007

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Al servicio de su princesa

El rey se encontraba al borde de la muerte. La noticia se había extendido por todo el reino, junto con los mensajeros reales que visitaban un castillo tras otro en busca de los nobles del país.
Habría un consejo real en una semana. Así lo leyó Sir Daniel en el pergamino que minutos antes le había entregado un fatigado jinete. Debía partir lo antes posible hacia la capital, donde vivía el monarca.

Lo que más le importunaba no era reencontrarse con aquellos pomposos barones y condes de las tierras circundantes; era abandonar a su amada Carme. No importaba que sólo fueran unos días, estar lejos de su encantadora presencia, le encogía el corazón y le atenazaba el alma.

La noche antes de su partida, se amaron hasta que los primeros rayos del sol se deslizaron por entre las montañas que podían verse tras las ventanas de sus aposentos.

Afligido, montó su caballo y partió a su destino dispuesto a regresar lo antes posible a los acogedores brazos de Lady Carme.

Sus deseos se vieron cumplidos, pues el consejo apenas duró tres días, tras los cuales volvió alegre a su hogar. Ya le parecía sentir los dulces labios de su señora sobre los suyos, tan solo tenia que atravesar un pequeño bosquecillo y la colmaría de besos y atenciones.

Pero cuando el castillo apareció ante sus ojos, se quedó petrificado. El ala oeste se hallaba en ruinas. Renqueantes columnas de humo salían de entre los escombros de lo que habían sido sus aposentos; el resto del edificio estaba seriamente dañado.

Frenético, entro en el salón principal, cubierto de una fina película de ceniza. En el centro de la estancia se encontraba el ama de llaves, mirando cabizbaja el suelo que regaba con sus lágrimas. Sir Daniel la interrogó: un terrible dragón había asaltado la fortaleza la noche anterior y había secuestrado a Lady Carme.

Ciego de furia espoleó su caballo siguiendo el rastro de destrucción dejado por el monstruo: troncos quemados, arboles arrancados de cuajo y pisadas tan profundas que ni siquiera la copiosa nevada de la noche anterior habían conseguido borrar.

Pronto llego a los pies de una colosal torre. Bajó de su montura y se dirigió veloz a la puerta, cerrada a cal y canto. En lo alto se veía un balcón abierto, pero antes de escalarlo quería comprobar si había encontrado la prisión de su mujer.

- Carme amada mía – gritó con todas sus fuerzas -¿Estáis vos presa en esta torre sombría?
El resplandeciente rostro de su amor, se asomó tímidamente. Al verlo se sintió renacer. Se deshizo de su pesada armadura y se lanzo raudo a la escalada, pero el ruego suplicante de la joven le detuvo.

- Amado mío, no sigáis, debéis marcharos. El dragón os matará si os ve cerca de aquí.

- De cualquier forma moriría de pena si no estuvierais a mi lado. Lucharé contra esa demoniaca criatura y os liberare de tan injusto cautiverio. – respondió valientemente.

Como si le hubiera escuchado, súbitamente descendió del cielo un ceniciento dragón a pocos metros del caballero, que de un salto, se acerco a su pertrechos y blandió su espada ante el horripilante ser que se alzaba ante él.

Tenia el tamaño de una pequeña casa, alas de dos metros de envergadura y una ristra de placas puntiagudas recorría su columna hasta la cola, que terminaba en un afilado aguijón.

Desde el balcón, Lady Carme contempló angustiada el combate. Sir Daniel se desenvolvía bien, pese a que la nieve dificultaba sus movimientos. Se intercambiaron feroces golpes hasta que al final la espada del caballero se hundió en el pecho del reptil volador, que con un último estertor, cayó fulminado al suelo.

De su cuello pendía la llave del torreón, se la arranco y salió corriendo al encuentro de su doncella. Subió los escalones de tres en tres hasta que bajo el umbral de la puerta de la habitación que coronaba la estructura, se encontró con la deleitosa mirada de Carme.

Se fundieron en un beso interminable en los que sus labios exploraron los de su salvador. Sus lenguas se enlazaron en un húmedo abrazo de sensaciones. Se saciaron el uno del otro.

La cogió por los hombros y se miraron fijamente. No hizo falta que se dijeran cuanto se querían, sus ojos hablaban por ellos. De la mano de Lady Carme entró en la habitación, donde le despojo de sus ropas, manchadas durante el combate, y lo tumbó sobre una piel de oso que se extendía frente a la chimenea, cuyas llamas no podían rivalizar con las que sacudían sus excitados cuerpos.

Sus finos labios comenzaron a besarle desde la cara hasta el montículo cercano a su sexo, que se había alzado agradecido ante las acciones de la doncella, la cual no tardó en colmarlo de atenciones en forma de caricias suaves, abarcando toda su extensión; Moviendo su mano suavemente arriba y abajo reiteradamente mientras contemplaba el rostro de Daniel, henchido de placer y devoción por ella.

Una vez el pene alcanzó toda su dureza, Carme puso sus labios sobre la punta, obsequiándole con un tímido beso que produjo una descarga de gozo por todo el cuerpo del caballero. Contenta con el resultado, la boca de Lady Carme se fue entreabriendo poco a poco, engullendo con glotonería la palpitante verga.

Pronto desapareció entre sus fauces, que lo devoraron con fruición, lamiendo la carne que se encontraba en el interior de su boca, chupándola tiernamente, mientras Sir Daniel se revolcaba de satisfacción sobre la alfombra, al tiempo que intentaba acariciar la sedosa figura de su amor, sus cabellos y sus turgentes senos que colgaban sobre el vacío con sus pezones tan duros y calientes como el aliento del dragón.

Cuando Carme

Daniel se incorporó, sentado con las piernas estiradas y su falo chorreando aún del recuerdo de su amada, que pasó sus brazos alrededor del cuello del caballero y léntamente fue sentándose sobre el desafiante miembro, que esperaba con ansia conocer las profundidades del placer que le ofrecía la vagina de Carme, cuyos labios se iban abriendo, llenándola toda, sintiendo como era llevada en volandas a un mundo de éxtasis permanente con cada embestida de Daniel, que ya se había acoplado por completo a su cavidad, para formar un solo ser de ardor y amor.

Lady Carme rodeó con sus piernas el torso de su hombre, profundizando la penetración de sus movimientos descendentes sobre él, mientras este pagaba un tributo de besos a la piel de su pecho, a sus hombros desnudos y suaves, a su cuello de cisne, a sus sonrojadas mejillas por el goce del momento, a sus húmedos labios…

De nuevo no hicieron falta palabras. En sus ojos vio que poco le faltaba a él para llegar al placer supremo.

- Derrámate dentro de mi amor mío – le susurró al oído.

Fue más de lo que pudo soportar. Sintió como de su vientre bajaba un torrente de placer que estallo en el interior de su amada, inundando su sexo. Las contracciones del pene palpitante que anidaba en ella, la hicieron estremecerse y alcanzar el punto que le quedaba para alcanzar el clímax. Juntos arquearon sus espaldas entre jadeos de excitación para exprimir hasta la última gota del jugo de su desenfreno.

Abrazados, cayeron uno sobre el otro en la cálida piel de oso, donde durmieron el resto de la tarde.

Besos y caricias despertaron a Lady Carme. Cuando abrió los ojos encontró los de su caballero frente a ella, mientras sus dedos recorrían su desnuda espalda.

- Buenos días mi reina – le dijo

- Como mucho Lady – bromeó ella tras besarlo delicadamente

- Durante mi ausencia las cosas han cambiado. El viejo rey murió, pero antes, me nombro su sucesor. Así que ya no serás Lady Carme, serás Carme I la conquistadora de mi corazón. Aunque cualquier titulo se queda pequeño ante lo que mereces.

Minutos después, tras vestirse y permanecer largo tiempo abrazados, sintiendo el latido de sus corazones bajo sus pechos unidos, abandonaron la torre. Sir Daniel monto en la grupa de su caballo a su reina y juntos se dirigieron hacia el horizonte crepuscular, hacia su castillo, pues el fuego que habitaba en sus cuerpos estaba lejos de extinguirse.