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sábado, 2 de noviembre de 2013

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Fanfic de Espartaco: semen y arena

Espartaco, nacido libre en la Tracia, criado esclavo en la Galia, pronto demostró su fuerza y la destreza en la lucha contra otros hombres salvajes, sus iguales, sus hermanos: gladiadores. Durante años su sangre y su acero sirvieron de divertimento a la plebe romana, ciudadanos sin escrúpulos que tomaban su sudor y la mezclaban con su sangre para recubrir sus podridas almas y aplacar su desgana.

Tras cada combate, cada más complicado, cada vez más intenso, cada vez más doloroso y cada vez más decisivo, regresaba a la escuela de gladiadores de Cornelio Léntulo en la cual podía encontrar reposo para su cuerpo y con suerte para su alma si podía cruzar su camino con la bella esclava Claudia, una bárbara sueva que hacia parecer a las regias damas republicanas calabazas arrugadas y deformes. Aún le quedaban cinco combates para lograr la libertad y, se decía, cuando le fuera entregada la espada de madera la compraría y la haría su esposa.

Sin embargo, cuando tras su último combate, una naumaquia en la que se representaba el aniversario de la aniquilación de los piratas de Cilicia, no solo no se le dio la libertad sino que se extendió su condena en la arena hasta que la muerte le alcanzara, decidió romper las cadenas de hierro que aprisionaban su alma y ganar la libertad como había defendido su vida: con el uso del acero de la espada.

Durante varias semanas hizo los preparativos pertinentes para una gran huida de la escuela con diversos compañeros del gremio. La fortuna les era grata, pues apenas quedaban unos días para las saturnales. Aprovecharían dicha fiesta para hacer acopio de provisiones. Mientras, los más fuertes entre ellos atacarían a los pocos guardias que custodiarían las instalaciones ebrios o estarían ausentes de sus puestos, tirándose a alguna esclava. Con aquellos apestosos romanos muertos, cogerían a sus mujeres y huirían a la campiña al amparo de la noche, con la atención de la guardia de la ciudad abotargada por el vino y debilitada por la simiente derramada.

Por una vez los dioses sonrieron a ese grupo de hombres y mujeres a los que la vida había privado de toda esperanza y tal y como habían planeado, veinte hombres y el mismo número de mujeres se escabulleron lejos de la ciudad bajo el manto de la oscuridad. Crixos, amigo de toda la vida de Espartaco, les guió hacia un poblado abandonado del que había oído hablar en ocasiones a un amo que tuvo de niño. Nadie les buscaría allí pues las gentes del lugar decían que se encontraba maldito pues sus habitantes fueron ajusticiados, sus riquezas saqueadas y sus monumentos arrasados décadas atrás, por un invasor del que no recordaba el nombre, al que la suerte fue esquiva y no pudo conseguir su objetivo de poner de rodillas a la loba del mundo que devoraba sin cesar una tribu tras otra.

Atravesaron un frondoso bosque con la ayuda de Selene, por caminos largo tiempo olvidados. Mas lo hicieron con descuido e imprudencia, pues la libertad les había embriagado de tal forma que lo único que albergaba sus mentes y sus corazones era la dicha por el fin del cautiverio. Tras una hora de caminata llegaron a un descampado repleto de edificios en ruinas. Una vieja calzada de piedra, que estaba perdiendo la batalla contra la naturaleza atravesaba la explanada.

- Bien, pasaremos aquí la noche. - anunció Espartaco al agotado grupo - Mañana cuando el gallo cante por segunda vez nos pondremos en camino.

- ¿Hacia donde? - preguntó alguien a quien no pudo distinguir entre las sombras que lo dominaban todo.

- Buena pregunta, ¿sugerencias? - obviamente no había planeado tan bien la huida.

- ¿Qué tal Roma?, dicen que está muy bonita en esta época del año. - El que había hablado era Torax, apodado el corto, por motivos obvios. Su propuesta causó una carcajada general que no entendió. De todas formas no obtuvo otra respuesta. Crixos se acercó a Espartaco y le susurró algo. Debía ser algo bueno pues su rostro se iluminó como una lámpara de aceite.

- Sé quién puede aconsejarnos qué pasos seguir a continuación. - dijo el tracio a los presentes, que ya comenzaban a murmurar preocupados.- No muy lejos de aquí vive una vieja adivina llamada Sibila, cuyos poderes trascienden el espacio y el tiempo y nos guiará en nuestros siguientes pasos.

- ¿Quién te ha dicho eso? - quiso saber Simónides el palestino.

- Crixos.

- ¿Y a él quien se lo ha dicho? - insistió.

Fue el propio Crixos el que contestó esta vez.

- Mi cuñado que va a pedirle consejo una vez al mes. Y siempre le acierta, ojo.

La respuesta tranquilizó a Simónides que levantó ambas manos pidiendo perdón por desconfiar de sus líderes.

Espartaco apremió a sus seguidores a que encontraran un lugar donde reposar y agarró por las caderas a Claudia, de la que no se había separado en todo el camino y cuyo cuerpo había cartografiado con sus dedos hasta el último recoveco, para dirigirse acto seguido hacia una de las pocas casas que permanecían en pie, quizás la de un rico mercader o un opulento senador a juzgar por las dimensiones de la misma. De seguro que ya no podría disfrutar del poder ni del dinero allá donde estuviera. Si bien los muros habían resistido la barbarie y el tiempo, el techo no había corrido tanta suerte. En el triclinio encontraron un kline cubierto de hojas que volaron en la noche de un manotazo.

La sueva recostó a su amado en él y comenzó a desvestirlo, lo cual no le llevó demasiado tiempo pues solo un taparrabos cubría su cuerpo cincelado en músculo, pero en cuanto le privó de él, saltó ante sus ojos el orgullo de Tracia, un obelisco tan imponente que no pudo evitar lanzarse sobre él para engullirlo entre sus hambrientas fauces. Su lengua lo lamía de un extremo a otro con premura mientras sus manos acariciaban sus testículos. Podía sentir las recias manos de Espartaco sobre su cabeza empujándola contra su ingle, ansioso de ser devorado, de penetrar su garganta con cada lamida, pero Claudia, ducha en las artes amatorias logró calmar su impulso y pronto quedó domado como un gatito ante las atenciones que recibía su polla.

Cuando esta estuvo a punto de entrar en erupción y chorrear Claudia con su lava, cesó y agarrando con tal fuerza el tallo del miembro, que el tracio no pudo evitar abrir la boca en gesto de dolor, momento en el cual aprovechó Claudia para hundir en ella su lengua y luchar por su dominio con apasionados besos. Una vez hubo el dolor no fue más que un recuerdo, comenzó a pajear la gruesa tranca cuyo vigor había ido disminuyendo y a la que no tardó en devolver a la vida con sus recias sacudidas mientras sus pechos eran devorados con fruición, siendo sorbidos, lamidos, succionados, sus pezones mordisqueados y su culo azotado salvajemente azotado a quien la pasión cegaba cualquier contención.

Crixos y un gladiador nubio entraron en la estancia de improviso a tiempo para ver el cuerpo de la liberta empalada por la polla de su amante, cimbreándose como una culebra sobre su presa, intentando sacarle hasta la última gota del veneno que los convertiría en amantes para siempre. Pero el gladiador, que estaba muy alterado, no tuvo la paciencia necesaria para esperar a que terminaran.
- ¡Los romanos...! - exclamó en un grito ahogado - ¡Vienen hacia aquí!

- ¿Cómo lo sabes? - quiso saber Espartaco, algo mosqueado por haber sido interrumpido, que se consoló al menos besando sus músculos.

- Escucha.

Lejanos ecos de orgasmos extinguiéndose deleitaron sus oídos, pero tras ellos, un conocido ritmo que se repetía machaconamente le puso en alerta.

- Italodisco... Qué manera de cortar el rollo.

Y así, sin poder correrse a gusto, tuvieron que ponerse en marcha Vesubio arriba, pues pensaban que los romanos serían demasiado vagos como para seguirles. Estaban en lo cierto y una vez en la cima no tuvieron más que descender por la cara opuesta y verse libres de sus perseguidores. Sin descanso se dirigieron a la cueva donde vivía la adivina, la cual divisaron la tercera mañana tras su fuga.

En ella se ocultaron los fugitivos mientras Espartaco comentaba sus dudas a la Sibila. Esta sacó de una de las mangas de su ajada túnica un cuchillo y abrió con precisión el abdomen del conejo que el dalmacio Etoricus había cazado para realizar los augurios. Durante varios minutos estuvo escrutando las entrañas del animal hasta que al fin alzó la mirada, los ojos vidriosos y brillantes, como mirando más allá de la estancia en la que se encontraban, más allá del horizonte y de las fronteras de la república, y señalando con el dedo al líder de los gladiadores le advirtió:

- Tu hijo se comerá un coño y estará a punto de morir por ello.

Nadie en el sorprendido grupo osó siquiera lanzar un suspiro.

- Vaya un maricón. - respondió este indignado - Además, ¿qué hijo si Claudia toma el jugo de la mantícora cada vez que lo hacemos? - Se giró hacia su amante en busca de una confirmación que recibió con un encogimiento de hombros por su parte.

- ¿Tú no habías venido a preguntar otra cosa? - susurró Claudia dubitativamente.

- Es verdad - asintió Espartaco que se dirigió de nuevo a la adivina - A ver vieja bruja, cuéntanos qué ves a corto-medio plazo, por ejemplo, la semana que viene...

Y mientras retazos del destino les eran revelados a los hombres, Claudia se deslizó fuera de la cueva sin que nadie se percatara de ello.

Resultó que la adivina había profetizado que los luchadores solo alcanzarían la libertad si se dirigían hacia el norte, atravesando la columna de la península itálica hasta alcanzar las orillas salvajes del Danubio y cruzando al otro lado, donde los enemigos de Roma los acogerían sin pedir nada a cambio. Pero Espartaco no estuvo de acuerdo pues el plan hacía recomendable, si no necesario, desviarse de la capital para no llamar la atención de las legiones locales.

- ¿Y quién adorará mis músculos lustrosos? ¿Las cabras de Aquilea? ¿Los pastores de Etruria? Ni hablar - había razonado el tracio antes de hacer llamar a su sierva Ariadna para que le trajera la tinaja con aceite corporal con el que ungir su trabajado cuerpo. - Nos dirigiremos hacia el sur, allí donde el sol siempre brilla y podremos sacrificar nuestros torsos para que sean asaeteados por sus rayos, beber hasta que Baco nos ciegue y follar a todas horas sin preocuparnos en otra cosa.

E iniciaron la marcha los orgullosos libertos, pues cualquiera le decía que no a ese plan, llegando a Campania con los romanos pisándoles los talones. Creían haberles dado esquinazo cerca de Parténope pero al pasar la ciudad los exploradores informaron a Espartaco de que una columna de soldados acampaba a escasos kilómetros de su posición. El recién conformado consejo de gladiadores fue a examinar a sus perseguidores desde lo alto de un risco cercano. No eran demasiados, apenas dos docenas de hombres pobremente armados que no tendrían una sola posibilidad frente a los entrenados guerreros que les observaban, pero entonces, cuando ya echaban mano de sus gladios, Crixos intervino.

- Oye Espartaco, que digo yo, pudiendo estar follando, ¿por qué vamos a arriesgarnos a que nos maten y no podamos follar ya nunca más?

- También es verdad... - convino el gladiador - Venga, orgía en el bosque del druida.

Sin hacer ruido volvieron a su campamento, situado en el mencionado bosque, y comentaron la idea a los demás, a los que tampoco hacía falta poner un pilum en la garganta para que se entregaran al fornicio desenfrenado, por lo que pronto todos estuvieron desnudos y restregando sus cuerpos al compás de la brisa. Claudia ya le buscaba cuando este la empujó contra un sauce, su espalda contra el tronco, nada de preliminares, levantó sus piernas, las abrió de un tirón y la penetró con la fuerza de una bestia haciéndola sentir que la partía en dos. Comenzó a embestirla con urgencia, retirando su polla con parsimonia para volverla a meter de una estocada hasta enterrarla profundamente en ella. Cada una de sus arremetidas iba dedicada a uno de sus dioses.

- Por Júpiter - rezongaba con sus huevos golpeando su coño - Por Saturno - y la polla le alcanzaba hasta la cérvix - Por Urano...

- No, por Urano no - le suplicó la jadeante Claudia - que por ahí me duele.

Pero el comentario causó el efecto contrario, pues hizo hervir la sangre de Espartaco, salió de ella sin mediar palabra, la volteó y la empujó contra el árbol, su pecho quedó aplastado contra la áspera corteza, su culo proyectado hacia él, redondo como la luna, delicioso como un queso y, llevando la contraria a sus anteriores palabras, el templo de Urano se abrió suave y rojizo como una rosa en primavera para aceptar en su interior al poderoso sacerdote que comenzó a predicar en sus entrañas con intensa fe. Aguantó las embestidas como pudo. Cada una de ellas arrancaba de su garganta un coro de gemidos y gritos en la frontera entre el dolor y el éxtasis. De repente sintió como sus brazos eran aprisionados y tiraban de ella hacia atrás. Su espalda se tensó como un arco. Una callosa mano se apoderó de sus lastimadas tetas, apretándolas entre sus dedos, tirando de sus pezones, pellizcandolos, amasando sus rubicundos senos para descender con sus caricias al monte de Venus y coronar su clítoris hinchado como una uva madura, lista para la vendimia, para ser acariciado, aplastado, maltratado, para servir de anfitrión a aquella mano que abría la hendidura de su cuerpo de la que manaban chorros de flujo inundando el suelo. Sus brazos fueron liberados pero era ahora su cuerpo el que era preso del hercúleo abrazo de su amante que la atrajo hacia si, pecho contra espalda, la polla palpitante enterrada en su culo, entrando y saliendo sin descanso en una prédica constante.

Para no dejarse llevar por la locura del deseo miró a su alrededor, Eudoxia era montada salvajemente por Calipo que tiraba de su melena azabache para levantarle la cabeza y hacer que Prixes penetrara su boca con rudeza. Livia y Tita se enredaban en una red de piernas y lenguas, enhebrada la una en la otra, y a pocos metros de ellas, a Torxus el corto inseminando a un árbol por el agujero de la guarida de una aterrada ardilla. Y se disponía a contemplar cómo Laulia cabalgaba como una amazona el falo de Etrurio, cuando sintió como una oleada tras otra de semen batían las castigadas paredes de su esfínter, como era volteada una vez más, besada con una pasión ciega, penetrado su coño por un par de gruesos dedos y elevada a los cielos con la presión que ejercían sobre ella, haciéndola estallar en un mar de gemidos que se alzaron al firmamento en honor a Venus.

Mientras los esclavos daban rienda suelta a sus instintos, los vecinos de la zona, alarmados por los aterradores sonidos que provenían del bosque, similares a los producidos durante los sacrificios en honor a Ceres, avisaron a una patrulla romana que con paso marcial se adentró en la oscura arboleda pues ya había caído la noche. No tuvieron que caminar mucho para descubrir que no eran unos pobres cochinos los sacrificados, sino la virtud de las jovenzuelas que ante sus ojos eran ensartadas por cualquier orificio que dejaran libre por los brutos gladiadores de los que el centurión les había prevenido aquella misma tarde.

Uno de ellos, que jamás sabrían que se llamaba Cerón, de los alanos, se percató de que estaban siendo vigilados mientras daba de beber de su leche sagrada a una pelirroja picta que relamía con deleite los restos de su simiente y avisó por señas a sus camaradas. Los romanos, el que menos llevaba un lustro enrolado en el casto ejército, no podían siquiera pestañear ante el espectáculo desplegado ante sus ojos, por lo que no reaccionaron cuando los libertos envainaron sus espadas de carne para dar rienda al acero, haciendo una escabechina con ellos.

Continuará...

sábado, 11 de mayo de 2013

Amor a distancia

Bum, descarga. Muerde sus labios con fuerza para ahogar el gemido inesperado que le ha causado el vibrador hundido entre sus piernas. Bum, descarga. Aprieta sus muslos, se agarra a la mesa y con los ojos llorosos maldice y bendice a su amante al otro lado del aparato, que la controla a distancia sentado en su sofá a kilómetros de allí lamentando su ausencia.
 
Bum, descarga, y a su mente vuelven los recuerdos de la noche anterior, esposada a la cama, con los ojos vendados y un vendaval de pasión y lujuria derramada sobre ella, lamiendo lo inesperado de su cuerpo, atacando su sexo con denuedo, acariciando sus pechos, devorando sus pezones recubiertos de nata. Bum, descarga, aún siente el peso de su cuerpo sobre su vientre, aún se siente vulnerable cuando recuerda cómo le abrió las piernas y la penetró sin pausa, arrancándole jadeos y flujos, haciéndola arquear la espalda; cuando tras embestirla con fuerza le arrebató la venda y la miró a los ojos y con un profundo beso le dijo te quiero, cuando sacó un objeto parecido un mechero y se lo introdujo en el sexo mientras la acariciaba. No te lo quites, le dijo, lo controlaré a lo lejos cuando estés en el trabajo mañana.
 
Bum, descarga. Vuelve a estar en su mesa, bastante desordenada. Y ya no puede más, sus muslos chorrean, su cara la delata. Sale de su despacho para hacer una pausa. Se dirige con presteza hacia su casa, donde su amante la espera deseoso de amarla.
 
Abre la puerta del piso, ansiosa, dispuesta a devorarlo de un bocado pero en lugar de su cuerpo, su pene enhiesto, su pecho fuerte y su sonrisa franca, encuentra una nota: "Tuve que salir muy temprano por una urgencia. Volveré al anochecer. En la nevera aún queda tarta". Se dirige extrañada hacia su habitación y allí sobre la cama junto a la almohada, se encuentra a su gata que sobre el placentero mando reposa su pata. Bum, descarga.
 
*Relato presentado al VI Concurso de Relatos Eróticos de Destino: Placer

lunes, 19 de noviembre de 2012

50 sombras de Gray

Y ahora que tengo vuestra atención, reproduzco aquí el relato enviado al Concurso de relatos eróticos de Destino Placer de temática vacacional / estival.

Un final y un renacer
Como una adolescente tiró de su brazo a través del abarrotado salón principal del hotel hasta sacarlo a la terraza. Su objetivo no era ese pero no se resistió a girarse y hundir su lengua en la boca de su acompañante no bien se vieron libres de miradas ajenas.

Él la correspondió posando sus manos en sus caderas y atrayéndola hacia si, echando más leña al fuego que consumía sus entrañas desde el primer momento en que le vio en aquella fiesta apenas una hora antes y que no la había abandonado desde entonces. Con su lengua aún delineando sus labios continuó la marcha hacia el lugar que la atraía como el canto de una sirena, agarrándolo bien de la mano como si temiera que al soltarlo escapara de ella al amparo de la noche.

Ya en la playa con la que había fantaseado tantas veces, con el agua lamiéndole los tobillos comenzó a desvestirle con urgencia, angustiada por el deseo de abarcar sus músculos, de sentir su piel contra la suya, de verse entre sus brazos con las palmeras y las estrellas como cómplices testigos. Con el cincelado torso al descubierto le comió a besos mientras él le remangaba la falda en su cintura para dejar vía libre a sus firmes manos, que no dudaron en agarrar sus nalgas hasta hundir sus dedos en ellas y empujar su pelvis contra el bulto duro que se marcaba en sus pantalones y que le arrancó un profundo gemido.

Se agachó ante él y libero su miembro de la prisión de tela que lo contenía. Lo engulló de una tacada, saboreándolo como si de un preciado manjar se tratara, deleitándose con las palpitaciones con las que respondía a sus lenguetazos. Él la acaricio con ternura y con su cautivador acento caribeño le prometió ver unas estrellas más brillantes que las del firmamento.

Hizo que se tumbara sobre su camisa y le abrió las piernas con suavidad, sin prisas mientras su bajo vientre se adelantaba a los acontecimientos haciéndola arquear la espalda. La lengua de su amante exploró sus trémulos muslos camino de su acalorada vagina que ante la presencia del acosador miembro se derretía sin remedio, hasta que la lengua seguida de los labios se posaron en su clítoris y lo agasajaron con besos, lametones y pellizcos amorosos que la elevaron del lecho arenoso hacia el cielo.

- Charles - gritó en medio del éxtasis, aunque quien devoraba su coño respondía a otro nombre. Este, o bien no la escuchó, o bien pareció no importarle pues continuó con su metódico festín de flujos y carne vibrante que estremecía todo su cuerpo y la hacía perder el control.

- Se lo que te dije pero méteme un dedo -  resopló ella. Solicito, pronto su anular se hundió en su coño empapado, penetrándola hasta las entrañas, explorando sus jugosas paredes mientras ella llegaba al orgasmo con un profundo jadeo que se perdió entre los innumerables sonidos provenientes de un bosque en la distancia.

Y allí, tumbada en la arena resacosa de placer, con un manto de arena ceñido a su cintura por el brazo de su amante, echó un último vistazo al cielo estrellado y el recuerdo por la vuelta al día siguiente a una casa vacía, en una ciudad fría y rutinaria plagada de recuerdos imposibles de borrar le pareció menos doloroso. Él, mientras tanto, sonreía en su sueño profundo pues con ese último servicio, comenzaban sus vacaciones.

domingo, 17 de abril de 2011

Cien

Tumbada sobre la cama, apenas deshecha de un destartalado hotel. No hubo tiempo para delicadezas, ni siquiera una ducha rápida. Apenas un par de besos sirvieron de preámbulo para acto seguido ser arrojada hacia el mullido colchón; la falda remangada en su cintura, su blusa entreabierta dejando al descubierto sus pechos y la ropa interior arrancada de un tirón.

Y pronto se ve con las piernas abiertas y el alma al aire, expuesta al hombre que besa sus muslos con gula mientras pellizca sus pezones con sus ásperas manos. Ella no piensa, se limita a dejarse llevar por las rudas caricias que poco a poco van encendiendo su pasión, arrancando quedos gemidos cuyo volumen aumenta cuando son unos expertos dedos los que entran en su sexo explorando su intimidad, tocando interruptores cuya existencia desconocía, haciendo que se derrame sobre ellos poco a poco.

Y es entonces cuando empieza a tener conciencia de donde está, de lo que está haciendo, pero ya es tarde. Podría parar si, pero ya siente el ariete de carne tan esperado por su sexo, deslizarse en sus entrañas con un ímpetu imparable.

Él la embiste sin compasión, ella intenta decirle que pare pero de sus labios solo salen suspiros y gemidos que animan a su pareja a ser más efusiva. No quiere estar allí y en su interior no comprende esa resistencia a ser poseída. Ella le buscó, le sedujo en el bar, y mientras le susurraba al oído las condiciones, introdujo en su bragueta su mano temblorosa insuflándola de vida con su rítmico movimiento.

Sin embargo, ahora, se siente prisionera en su cuerpo mudo, incapaz de mover un músculo; un altar de carne profanado por el falo duro que la horada sin cesar, acariciando su clítoris hinchado mientras las caras de la gente que le importa se aparecen ante ella. Puede ver sus gestos de enfado mutar en otros de desaprobación, ira, asco y desprecio, sucediéndose en una espiral vertiginosa, como un baile de espectros reunidos con el único fin de culparla por sus actos. Y aquello en lugar de coartarla, la excita, la invita a rodear con sus piernas la cintura del animal que la penetra para sentirlo más dentro. Quiere luchar pero no puede, salir de allí, huir muy lejos, pero su razón ya no tiene las riendas de su cuerpo y se limita a observar pasiva y angustiada cómo es follada sin medida, desde una cárcel de sensaciones y gemidos, cuyos muros no ceden a los golpes de la conciencia.

Su espalda se arquea incapaz de contener todo el placer que explota en su bajo vientre, cada embestida le arranca un hálito de vida, sus manos se aferran a las sabanas y su boca se abre con un desgarrador gemido que oculta un sollozo desesperado pues la razón ha escapado y, enloquecida, se alía con los remordimientos para destruir toda su conciencia, todos sus valores, su personalidad, su ser.

Y con la petit morte, llega la muerte de lo que fue. Y apenas queda un cascaron vacío sin voluntad, que ya estaba muerto desde que aquel desconocido, había introducido 100 euros en su bolso, junto a la barra del bar.

* Relato presentado al III concurso de relatos de Destino: Placer.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Grandes esperanzas

A cuatro patas. Sintiéndome sucia, depravada, receptiva al falo que amenaza mis fronteras; expuesta para ser penetrada hasta el interior de mi reino, asaltada con gemidos de placer entre litros de mis jugos, que saborearé cuando mis fauces engullan su sexo para drenarlo y que su simiente cubra mi rostro…

- ¿Así imaginas tu primera vez, hermanita? – preguntó condescendiente Ana, agitando la hoja que había encontrado sobre el escritorio que compartían.

Sandra no la escuchó. Aquella noche sería tal y como había escrito.

Ana seguía despierta cuando regresó. No preguntó nada. El sonido del papel rasgado entre lágrimas fue suficiente.


*Relato ganador del Primer concurso de micro-relatos de Destino: Placer.

viernes, 14 de mayo de 2010

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Messenger

Sabía que no se despertaría. El pitido monótono del arranque del ordenador retumbaba en las paredes del oscuro salón, pero había tenido la precaución de cerrar la puerta. Aun así, se había quedado saciado tras degustar su cuerpo, y el "te quiero" entre murmullos que le había susurrado al oído antes de arrebujarse en las sabanas, seria lo último que oiría de él hasta la mañana siguiente.

Su cuerpo aún no había notado la ausencia de sus labios sobre su piel y el recuerdo de sus hábiles dedos sobre su pecho seguía enardeciendo sus pezones, que rozaban placenteramente el albornoz que la recubría.

No había sido una noche de sexo más. Supo que algo sucedía cuando apareció en su puerta por sorpresa con una botella de champán en la mano, un ramillete de orquídeas en la otra, y como perfecto lazo para tan inesperados presentes, su sonrisa embriagadora.

- Acabo de firmar los papeles del divorcio.

Y ella ya no le dejó decir más. Le metió en su apartamento y con el ansia fustigada por el deseo cumplido, le poseyó sobre el suelo del salón, mientras el champán rodaba desbocado por el piso y las orquídeas servían de improvisado lecho a la bacanal privada que comenzó bajo la luz de las estrellas que se colaba en su hogar por un amplio ventanal, sobre el que ella se apoyó, dándole la espalda, arrodillada y entregada a su falo enhiesto.

Esperaba ser embestida por un animal salvaje pero en lugar de un toro desbocado fue el caballero que había demostrado ser el que se abrió paso con su lanza palpitante hacia el interior de su sexo, abriéndola centímetro a centímetro en una lenta agonía que la llevo a suplicar ser poseída al instante, sentirse llena por él. Una vez más no la escuchó y por respuesta obtuvo un mar de besos en su cuello mientras sus pechos caían prisioneros de sus expertas manos, siendo masajeados con destreza, cuando no eran sus caderas el objeto de sus atenciones.

Se sentía cubierta por un manto de seda. Cada centímetro de su piel vibraba de placer al ritmo de las embestidas que la empujaban contra la ventana y marcaban una melodía que no tardó en seguir, retrasando su trasero cada vez que las puertas de su vuelva se abrían ante su miembro para que se hundiera en ella y no pudiera salir más.

Trató de incorporarse, llena de sexo y se giró hacia él y mientras se fundían en un beso interminable, el éxtasis imparable nació en su bajo vientre haciendo temblar su cuerpo con pequeñas convulsiones que llevaron al delirio a su pareja, que no tardó en derramarse en su interior; y se sintió volar, elevada a los cielos por las alas del orgasmo mientras sus muslos se desbordaban con el semen de su amante.

Con las manos aún apoyadas en el ventanal, se vio reflejada en los cristales empañados por su aliento y se sorprendió por las lágrimas que recorrían sus mejillas. Se echó a reir pensando en lo tonta que era y continuaron las caricias, ya en su cama, hasta que se quedó dormido.

Había sido una noche perfecta. La noche que había anhelado desde el primer momento en que sus miradas se cruzaron y las saetas de Cupido habían atravesado su corazón, como en uno de esos cuentos en los que se había resignado a no creer. Entonces ¿qué hacía allí?, sentada de madrugada frente a la pantalla del ordenador con su cuerpo trémulo y aún tembloroso, cubierto por apenas un fino trozo de tela, esperando a "Romulo", paño de lágrimas que en los últimos tiempos había ocupado el vacío que dejaba por las noches Arturo cuando volvía a esa farsa que él llamaba vida.

No tuvo tiempo de reflexionar pues una ventana con un simple "Hola" se abrió ante ella, y el frío desapareció y el horno que guardaba entre sus piernas y que permanecía calmado, alimentando por los rescoldos de la experiencia anterior, se inflamó como la fragua del mismísimo Vulcano, obligándola a librarse de su prenda para evitar arder en las llamas de su libido desenfrenada.

- Hola Rómulo - logró escribir a duras penas, pues sus dedos suplicaban ser dirigidos al húmedo delta de Venus en el que desembocaban sus piernas.

- ¿Que tal Victoria? ¿Qué haces por aquí a estas horas?

- Nada en especial. No podía dormir y tenía el pc encendido...

- Ayer me acordé de ti.

Su respiración se agitó de súbito, mientras inconscientemente sus piernas se abrían centímetro a centímetro.

- ¿Y eso?

- Fui a cenar a un restaurante que han abierto hace poco a tres manzanas de mi casa. Se acercaba la medianoche y apenas un par de parejas terminaban la velada en el local. Me dieron una mesa en un rincón apartado donde la luz tenue de las velas que iluminaban la sala no era suficiente para desvelar mi rostro a los extraños y... ¿sabes lo que pensé?

- No - mintió, pues aquella era una de las fantasías que había compartido con él; pero le gustaba hablar de ello.

- Cerré los ojos y te imaginé de rodillas bajo la mesa, con la mirada nerviosa por si alguien pudiera ver como abrías mi bragueta y dejabas libre mi polla desbocada dispuesta a ser domada por las caricias de tu boca, por tus lametones prolongados, por tu mano aliviadora capaz de llevarme al límite, a punto de hacer que me corra. Y entonces imaginé que te levantaba del suelo y te tumbaba boca abajo sobre la mesa, con las manos en la espalda, las piernas bien abiertas apoyadas en el suelo, y el camino a tu coño expedito, dispuesto a ser tomado por mi bayoneta de carne, con una embestida seca y profunda que te parta en dos y te corte la respiración. Y una vez dentro de ti, follarte sin descanso, penetrarte sin cesar, arrancarte gemidos y súplicas pidiendo que no pare, que te folle más fuerte, más rápido, más duro, que te azote cada vez que mi ariete derribe tus muros de carne y penetre en tu fortaleza inundada por el flujo...

En un momento dado cerró los ojos y dejó de leer, dejó de escribir, se recostó sobre la silla y se centró en su clítoris hinchado por las caricias recibidas, en como las olas de placer nacían de él para electrificar todo su cuerpo, erizando sus pezones maltratados por ocasionales pellizcos, endureciendo sus pechos, haciéndola encorvar la espalda, para finalmente estallar en su conciencia a medida que sus dedos masajeaban su vagina de forma acelerada; Y cuando sintió la premura por el gozo pleno, introdujo su corazón y su índice en su sexo apretó los muslos contra ellos haciendo estallar las compuertas de su cordura y se dejó invadir por la marea inabarcable del orgasmo que vació su mente de todo menos de un nombre que jadeó anhelante en la soledad de la habitación: Arturo.

Abrió los ojos y Rómulo ya no estaba en la pantalla. Hacía varios minutos que un problema con la conexión la había desconectado de la red.

Allí sentada, con su cuerpo trémulo y tembloroso se preguntó qué hacía allí. Pero esta vez la respuesta llegó a ella rápida y nítida: Nada. Ni siquiera llegó a leer las últimas palabras de una fantasía imposible. Desinstaló el programa de mensajería instantánea y apagó el ordenador antes de volver a la habitación donde dormía plácidamente su amante.

- Te quiero - le susurró al oído aún sabiendo que no la escuchaba. Y se abrazó a él hasta que al día siguiente, los primeros rayos de sol les encontraran el uno junto a la otra, por muchos años venideros.

miércoles, 15 de abril de 2009

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Un deseo realizado

Con los codos apoyados en el suelo y sus brazos rodeando sus torneados muslos, levantó su rostro para coger aire y una vez hubo recuperado el aliento, se zambulló de nuevo entre las piernas de su amada. Entre los suaves riscos que le circundaban, se encontraba la dulce cueva que su lengua exploraba vivaz en busca de la perla del placer. Llevaba varios minutos buceando en el dulce liquido que manaba de ella, como un caudaloso río desembocando en su boca un torrente imparable que no llegaba a saciarlo del todo, más bien al contrario pues a medida que iba degustando sus jugos, su ansia por ellos se acrecentaba al ritmo de sus profundos lametones que arrancaban de ella gemidos contenidos por su pene, adorado por la diestra lengua de Ilsa, cuyas fauces lo engullían y lo chupaban con fruición sintiéndolo crecer en su boca, llenándola, amenazando con alcanzar su garganta...

Todo había comenzado media hora antes. Renoir llegó a la hora acordada. Ella le esperaba arreglada según sus deseos. Abrió solícita la puerta y él no pudo esperar. No hubo palabras ni preliminares. La arrinconó contra la pared, se arrodilló ante ella, y aprisionando sus tobillos con sus manos, comenzó a acariciarla por las pantorrillas, subiendo por los tersos muslos que se abrían anticipándose al deseo, hasta arremangar su vestido a su cintura y dejar su sexo expuesto para su lujuria. Y asiéndola de los muslos comenzó a penetrarla sin mesura ni control, hundiendo su lengua en su boca y su falo en sus entrañas con gran violencia. Ella le seguía el juego de tipo dominante y rudo y entre jadeos suspiraba a su oído que la follara sin detenerse, sin darle tregua a su chorreante coño, haciéndole perder el control con su sensual voz, aumentando el ritmo de sus embestidas, haciéndola sentir clavada en la pared por aquella estaca de carne que la exorcizaría del demonio del desenfreno que se había apoderado de los dos y que no cesó hasta que se derramó dentro de su vagina entre jadeos exhaustos.

Entonces llegó el tiempo para ella. Mientras arroyos de semen descendían sin prisa por sus muslos exaltados, las manos de Renoir comenzaron a acariciar su cintura mientras con suaves besos perfilaba sus hombros y buscaba un camino por el que descender hasta sus pechos, duros y suaves como los pezones que no dudo en morder con delicadeza mientras la cogía de la mano para ponerla de rodillas.
Pero Ilsa tenía otros planes. Se tumbó en el frío suelo, y él sobre ella, sexo contra boca, en una entrega mutua, en un placer armónico.

Y así llegaron a ese momento en el que la pasión inflama a Renoir, que deja libre su cadera para que simule penetrar su delicada boca, que se defiende del ataque de aquel falo palpitante en una tenaz lucha entre lengua y miembro; en el que ella presiona con sus muslos la cabeza de su amante para que no salga de entre ellos, para impedir que escape con el tesoro de su deleite. Quiere que siga profundizando en su gruta, acariciando sus paredes carnosas con su lengua, sentirla deslizarse arriba y abajo por su labios menores, para que al final, cuando ella le implore que la penetre, que la posea, que la haga suya, devore con sus labios su hinchado clítoris.

Deja de lamer su miembro. El éxtasis se acerca; a él no le importa que se detenga, sus manos le arañan la espalda mientras el orgasmo la eleva o lo intenta bajo el peso de su amante, de aquel hombre cuyo miembro aun resguarda entre sus fauces en espera de su devoción; pero él lo retira y ella se encuentra ya libre para jadear y gritar a los cuatro vientos que su sexo está colmado.

Con el cuerpo trémulo tras la devastación del orgasmo, Renoir se recuesta a su lado. El suelo que antes le parecía frío es ahora el más cálido lecho. Siente las caricias de las rudas manos, delimitando su cuerpo con la precisión de un artesano. Ella se deja llevar, cierra los ojos y se abandona, aunque en su bajo vientre los tambores que llaman a la sensual lucha continúan sonando y con cada caricia, con cada dulce pellizco en sus pezones hinchados, el sonido aumenta y el calor también, y entonces recuerda que la verga de Renoir aún apunta al cielo, dispuesta a despegar a las estrellas bajo la dirección de su diestra boca.

Piensa en cabalgarlo pero él no quiere, prefiere el misionero inverso, como lo llamó una noche, hace un año o quizás no tanto. Así pues cubre con su sexo la dura verga, sintiendo su latido desbocado dentro de ella. Se recuesta sobre él, sus pechos juntos, sus bocas al alcance de lo que les dicte la pasión. Siente las fuertes manos de Renoir posándose sobre su trasero, agarrando con firmeza sus nalgas, abriéndola para facilitar la entrada, para marcar el ritmo con el que desea ser follado. Ella se deja manejar, ahora le pertenece, mientras sus caderas combaten por rendir al otro en una lucha interminable y no deja de mirarle a los ojos. Cada embestida se ve reflejada en ellos, en cómo los arietes de la pasión retumban en su rostro cada vez que su polla la horada, la parte en dos y el placer que explota en su bajo vientre con los azotes que recibe con cada embate y que la hacen suplicar pidiendo más.

En medio del clímax, cuando el placer se hacía con el mando de su consciencia haciéndola arquear la espalda, cuando le sentía derramarse en su interior por segunda vez, cuando sus miradas permanecían clavadas y podían ver en ellos sus almas entrelazadas como sus cuerpos, la una sobre el otro, los labios de Renoir

- Te quiero Ilse.

Se incorporó sobre sus codos, con la expresión en su cara de quien deja de estar perdido en lo profundo de una caverna. Renoir acarició sus mejillas con suavidad; con el rostro serio y la mirada en sus cabellos... introdujo los dedos sobre la melena rubia y con cuidado de que no se enganchara, la liberó de aquella peluca y del fetiche que le había impuesto cuando había aparecido en su puerta un año antes: el imitar la apariencia de su mujer, fallecida meses atrás y tener así la oportunidad de amarla una última vez. Aunque aquella última vez se había ido repitiendo durante semanas y luego meses y ella ya pensaba que serían años, hasta que escuchó aquella declaración. Y su espíritu se llenó de felicidad.

Cuando cerró la puerta de su apartamento, tras despedirse de él con un casto beso, fue al dormitorio y se miró en el espejo de la cómoda. Ahora que su marido por fin había superado su pérdida, su trabajo había terminado. Y con su nombre en sus labios y su imagen en el recuerdo, se desvaneció en la soledad de la habitación dejando un mensaje escrito con carmín en el espejo: Te quiero.

lunes, 20 de octubre de 2008

Dedos de oro

Cuando sintió la mano experta sobre su vulva, se recostó en la cama, cerró los ojos y se dejó llevar por un placer que nació como una promesa en lo mas profundo de su mente, y que tras recorrer su espina dorsal, haciéndola arquear la espalda con su electrizante carga, desembocó en la vagina, palpitante y húmeda receptora de una avalancha imparable de caricias que la hicieron derramarse en los expertos dedos que la horadaban.

Entre intensos gemidos, se levantó, fue al baño y sonriéndose al espejo, se lavó las manos.

viernes, 4 de julio de 2008

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Armand

Había pasado la tarde en las nubes, mirando el reloj más que a la pantalla de su ordenador, imaginando cómo seria tenerlo entre sus brazos, más que terminando el informe de contabilidad. Le era imposible trabajar sabiendo que en su casa la esperaba su largamente esperado Armand: su novio, amante, compañero de cama, amigo, todo eso y mucho más, siempre que podía viajar a la ciudad para estar con ella, lo cual por desgracia, no era muy a menudo.

Dos meses llevaba sin sentir sus recias manos sobre su cintura, sin saborear sus dulces labios, sin sentir la dureza de su miembro en su vagina, que, a esas horas de la tarde, a pocos minutos de terminar su jornada, comenzaba a derramar sus jugos, anticipándose a las atenciones con las que sería colmada.

Cuando la alarma de su móvil suena, corre hacia su casa, movida por el deseo que quema sus entrañas y que da alas a sus piernas torneadas y suaves, que la llevan durante lo que le parece una eternidad, a los brazos de su hombre.

Al abrir la puerta lo encuentra en el salón, dormido en el sofá, descansando tras el largo viaje desde París.

Se acerca a él sin hacer ruido, se arrodilla ante su cara y lo contempla con dulzura. No es especialmente guapo, pero a ella le gusta. Como si presintiera su presencia, Armand abre los ojos. Se miran fijamente y aunque fue la lujuria la que azuzó su espíritu, ahora, ante él, no es un instinto primario, sino el amor, el que guía sus labios hacia los de él, para besarlo con ternura y un cariño infinito.

No hay palabras de bienvenida, no hay saludos innecesarios, solo caricias ansiadas durante demasiadas noches y besos compulsivos, tumbados en el sofá, mientras exploran sus cuerpos en busca de terrenos amigables, hollados con anterioridad..

Se siente ligera como una pluma cuando la coge entre sus brazos, la levanta del suelo y la lleva en volandas hacia la mesa de caoba que preside la habitación. La sienta en el filo y abre su blusa, dejando al descubierto sus generosos senos, cubiertos por un sujetador que no tarda en desaparecer del camino de la lengua de Armand, que lame con meticulosidad la periferia de sus pezones, endureciéndolos con tan sólo percibir su cercanía y lanzando descargas de placer que la hacen estremecer cuando los labios de su amante se apoderan de ellos, chupándolos con fruición, pellizcándolos con delicadeza, al tiempo que sus dedos se apoderan de sus pechos, haciendo rebosar su carne entre ellos. La rudeza de sus caricias contrasta con la delicadeza de sus besos…

Armand enrolla su falda a la cintura y se desprende de la ropa interior, empapada de excitación. Ella abre las piernas invitándolo a entrar al fondo de su ser. El ofrecimiento es aceptado sin dilación y tras deshacerse de sus pantalones, despliega su palpitante falo, que apunta con impaciencia al centro de su vulva.

Cuando la imponente verga se abre camino entre sus pliegues carnosos, se abrazan con fuerza, juntando sus pechos, uniendo sus corazones desbocados por la pasión, enlazando sus lenguas como dos enredaderas, incapaces de desligarse la una de la otra. Y mientras se miran a los ojos y ven en ellos el reflejo del amor del uno por el otro, él la penetra lentamente, amándola con cada embestida, creando oleadas de placer que se estrellan en su mente, ahogándola, uniéndolos en un torbellino de frenesí que la hace abandonarse, dejando el control de su consciencia a sus sentidos.

Entre gemidos entrecortados, se recuesta sobre la mesa, rodea con sus piernas su cintura empujándolo contra ella y deja que su marido, su amante, él, la posea y la haga suya, haciéndole olvidar la distancia, los problemas, ¡TODO!

Un estremecimiento en él, le advierte que está a punto de derramarse en su interior. Le suplica que se detenga. Lo hace a regañadientes pues ha esperado mucho por ese momento, pero quiere complacerla.

Ella baja de la mesa, se arrodilla delante de él, apoya los brazos en el suelo, y así, a cuatro patas, como un animal salvaje, le pide que la cubra. Ya no más dulzura, no más consideración, quiere ser follada, sentirse una mujer deseada. Que piense que es una calentorra, no le importa. Quiere sentir los golpes de cadera de Armand contra sus nalgas mientras su pene horada su carne suplicante, quiere sentirse explotar, desde el bajo vientre a la cabeza, desde sus pechos hinchados a su sexo chorreante. Quiere sentir el orgasmo que ya llega y ya no gime, grita, y se libera del tiempo sin compañía, se libera de la tensión diaria, de la rutina de su vida….

Tras alcanzar el orgasmo, vuelve a donde siempre estuvo, a su cama solitaria y fría, sólo habitada por su cuerpo agonizante de placer, aguijoneado por el dolor, golpeado por la tristeza, encendido por sus diestras manos… Y en silencio, desnuda sobre las mantas que una vez compartieron, llora, pues Armand ya no volverá a poseerla jamás, sólo en sus recuerdos.

jueves, 8 de mayo de 2008

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Descubriendo

Con la mayor suavidad de la que fue capaz, reprimiendo el salvaje deseo de hacerla suya en ese mismo instante, Lucia posó sus labios sobre los de ella. Saboreó la dulzura de su boca. Sintió la suavidad de sus manos acariciando su espalda con timidez, la tersura de sus pechos, clavados en los suyos.

Sus lenguas emergieron de sus carnosas prisiones y se enzarzaron en un lúbrico combate por rendir la voluntad de la otra y dominarla con una pasión desenfrenada.

Fue un beso interminable en un lugar impensable para ella.

Había acudido a la casa de un amigo, que celebraba su cumpleaños con una gran fiesta. Al principio se había negado. La ruptura con su novio era demasiado reciente y además, conocía a pocos de los invitados. Pero Manu podía ser muy obstinado, y con poco entusiasmo, se había plantado en la puerta del piso, con un voluminoso regalo en los brazos. Tocó el timbre. La puerta se abrió y apareció ella…

En lo más profundo de su mente, un pesado muro, resquebrajado en las últimas semanas, fue derribado por una fuerza desconocida y primitiva, que llevaba emparedada demasiado tiempo.

Era simplemente preciosa. Morena de ojos verdes y perturbadores, que se presentó como Gabrielle, compañera de facultad de Manu. La invitó a entrar. El contacto con sus manos al darle el regalo para que lo colocara sobre la mesa, fue como una descarga eléctrica. Ella debió sentir lo mismo, pues unidas aún por unos pocos centímetros piel, la miró a los ojos, intentando adivinar los sentimientos que la inundaban, y que habían estado atormentándola toda la vida, luchando por ser aceptados.

En ese momento, llegó Manu y Gabrielle se perdió entre los invitados. Tras felicitarle, buscó nerviosa el rostro familiar de la morena, que se había instalado en su pensamiento para, estaba segura, no volver a salir de ellos nunca más.

La encontró junto a la mesa de las bebidas, sirviendo un ponche a un chico. Cuando se percató de que la miraba, sonrió. Y Lucia se sintió morir de felicidad.

Lo siguiente, jamás recordaría muy bien como llegó a eso, fue el beso. Un beso que borró los años pasados con un novio impuesto por la sociedad, las miradas furtivas mientras paseaban, los temores que le impedían dormir…

Y fue precisamente en uno de los dormitorios, donde descubrió el amor sáfico de mano de Gabrielle. Dedos que exploraron el territorio virgen de su piel, que se adentraron en las profundidades de su virtud, que horadaron sus entrañas con la precisión de un cirujano, extrayendo de el toneladas de placer, labios que dieron vida a sus pezones, erguidos por la acción de una lengua adiestrada, y finalmente, un orgasmo intenso que nació de su bajo vientre y que fue magnificado por la libertad que acaba de descubrir.

Exhausta y aún jadeante, se recostó sobre el hombro desnudo de su primera amante.

- Gracias- susurró antes de quedarse dormida.

sábado, 19 de abril de 2008

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Pasion en el estadio

Los ecos del partido aún resonaban en las solitarias gradas. Todo el mundo había abandonado el estadio hacía bastantes minutos. De haber quedado alguien, podría haber visto cómo una pareja salía de entre las sombras del fondo sur y corría a través del campo hacia el túnel de vestuarios.  Durante todo el partido, habían intercambiado besos y furtivas caricias al amparo de un amplio abrigo que cubría sus piernas, aislándolos del frío de la noche, aunque pronto, entre toqueteos y abrazos, el calor fue inundando sus cuerpos, hasta inflamarlos más allá de lo soportable.  Por fortuna, el árbitro pitó pronto el final del partido. Sin decirle una palabra, cogió la mano de su amada Carme y la llevó tras una providencial columna, al cobijo de miradas ajenas.

Se fundieron en un apasionado abrazo, uniendo sus torsos con el ansia apremiante de unir sus almas. No hacia falta decir nada, sus miradas mostraban el deseo supremo por poseer sus cuerpos. Sus lenguas se encontraron en el vacío, y lucharon con denuedo por elegir el campo de batalla en el que demostrar su amor. Ganó Carme, y su lengua deseosa se introdujo en la boca de él, explorando cada rincón, recibiendo las caricias de su compañero.  Continuaron acariciándose sobre la ya indeseada ropa, delineando sus figuras con las manos, besándose con fruición...

Así estuvieron hasta que el silencio se apoderó del césped. Los guardas ya estarían patrullando por la zona administrativa del estadio. Tenían vía libre para cumplir una de sus fantasías más alocadas.  El vestuario del equipo local era un derroche de lujo y comodidades, comparable a cualquier spa de cinco estrellas. Nada más entrar, estaban las taquillas de los jugadores con sus respectivos bancos, pero al fondo de la sala, podía verse un moderno jacuzzi, camillas amplias para masajes, duchas....

Carme estaba maravillada ante tan fastuoso lugar. Se paseo frente a las taquillas, recitando la retahíla de nombres que adornaban cada una. De pronto, sintió cómo Dani la agarraba de la cintura, le daba la vuelta y la colocaba contra una de ellas. Sus ropas volaron por todo el vestuario hasta que quedaron desnudos, uno frente al otro. La levantó en vilo mientras devoraba ciego de pasión sus labios, las piernas de Carme rodearon su cintura, atrayéndolo hacia si.  Su pene se deslizó con facilidad en la húmeda vagina de ella, que recibió tamaña muestra de amor, con un prolongado gemido. El contacto de su espalda con la fría taquilla de metal, combinado con la excitación de la penetración, la estaba llevando a un nuevo nivel de placer.  Dani siguió embistiéndola más y más rápido, hundiendo su falo en las profundidades de su ser. Estaban haciendo un ruido de mil demonios, pero estaban tan excitados que no les importaba el hecho de que pudieran pillarlos; al contrario, eso les enardecía más.

Carme sintió en su bajo vientre como si una presa se rompiera y un caudal de sensaciones se derramara, esparciéndose por cada fibra de su ser. No pasó desapercibido para su pareja, que aumento la profundidad de la penetración. Finalmente, con un fuerte empujón que hizo que las taquillas temblaran, llegaron al éxtasis jadeantes y exhaustos.

Continuaron abrazados varios minutos más hasta que Carme se separó de él y le guiñó un ojo.

- Ahora toca relajarse - dijo picaramente.

Cogidos de la mano, lo llevó a la redonda bañera colocada en el centro de la habitación. Abrió los grifos. El agua salía fría y tardaría un buen rato en llenar el jacuzzi, así que sentó a Dani en un banquillo y se puso de rodillas ante él. Echó un vistazo a su entrepierna. Su miembro estaba flácido tras el esfuerzo de minutos antes. Lo tomó suavemente entre sus manos y comenzó a acariciarlo con ternura, como si pudiera romperse ante un gesto brusco.  No hizo falta mucho para que reaccionara a sus atenciones. A medida que sus delicados dedos se deslizaban arriba y abajo por el carnoso tronco, este iba cobrando vida, endureciéndose y aumentando de tamaño.  Antes de que alcanzara todo su esplendor, lo soltó y acercó sus labios hacia él.

- Quiero sentirlo crecer en mi boca.  Y de una tacada se lo introdujo en toda su extensión, en su boca.
Al contactar con su juguetona lengua, que lo circundaba sin cesar, el pene creció se súbito, mientras Carme no cesaba de lamerlo y besarlo con determinación.  - Si sigues así no tardaré en correrme - le advirtió entre jadeos Dani.

- No, no - respondió ella - quiero que lo hagas dentro de mi.

Recordó entonces el jacuzzi, ya debía estar listo. Se sentaron con cuidado en la bañera y abrieron las entradas para el aire. El agua empezó a burbujear a su alrededor. Carme se recostó sobre el pecho de Dani. Mientras disfrutaban del baño, exploraron sus sexos con sus dedos. Los de ella, aprisionaron con fuerza la verga de su amado, los de él, juguetearon con su bello púbico y luego descendieron hacia los pliegues carnosos del sur, donde excavaron hasta hallar el clítoris de Carme, hinchado y receptivo por la excitación.  Durante unos minutos que le parecieron eternos, la estuvo estimulando, llevándola al límite del éxtasis pero sin arrojarla a él. Se retiraba una y otra vez, aumentando su afán por correrse, cada vez que los firmes dedos de Dani, aprisionaba su centro de placer. Sin poder esperar un segundo más, se colocó sobre el pene enhiesto. Con extrema cautela, fue dirigiéndolo hacia su cálida vagina. Cuando este comenzó a introducirse en ella, sintió un escalofrío recorrer todo su cuerpo, se sentía llena, pletórica.   Un intenso quejido de ambos, anunció la llegada a ese mundo, en el que solo estaban ellos, amándose, dejándose llevar por el explosivo orgasmo que bullía en su sexo. Dani se abandonó dentro de ella, de su miembro surgieron oleadas de simiente que terminaron por derramarse en el agua bulliciosa del jacuzzi.  Aún con su pene en su interior, Carme se echó sobre el agotado cuerpo de su amante. Aquello habia sido más que una fantasia.

domingo, 13 de enero de 2008

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Iniciación

Cuando terminó de perfilarse los labios, se miró en el espejo. Quería estar perfecta aquella tarde. El sucinto examen visual le sirvió para encontrar un par de pequeñas imperfecciones en su piel, que se apresuró a ocultar con maquillaje. Se miró de nuevo; de la cabeza a los pies. Se hubiera besado en aquel momento. Tendría que haberse atrevido antes a vestir con minifalda, aunque la blusa semitransparente y los tacones de aguja le daban un aspecto de...

- Parezco una zorrita- sonrió para sí.

La alarma de su reloj comenzó a sonar. Debía salir ya de casa si quería estar puntual. Él le había insistido mucho en eso. Como no conocía muy bien la casa a la que tenia que ir, había llamado a un taxi, pero se estaba retrasando. Los nervios se apoderaron de ella. Cada movimiento del minutero era como una daga que se clavaba en su corazón. Pensaba en lo hortera de la metáfora, cuando escuchó un claxon. ¡¡Al fin!!

Sintió cómo la mirada del taxista se clavaba, esta vez sin horteradas, en los pezones que despuntaban duros por el frío de la calle, bajo la blusa, pues él había insistido también en que no llevara sujetador.

Durante todo el trayecto, el conductor dirigió miradas furtivas a su entrepierna, con la esperanza de ver algo más jugoso que la lasciva insinuación de sus pechos. Más de una vez pensó en abrir levemente las piernas para que se deleitara con la carnosidad de su sexo; sólo pensarlo humedecía su ser, pero no llevaba ropa interior, así que el recato pudo más que el deseo por exhibirse.

El taxi la dejó frente a la puerta. Miró su reloj, nerviosa, pero había llegado con cinco minutos de adelanto. Suspiró aliviada y llamó al timbre. Tomó aire con fuerza para relajarse. Nadie abrió. Volvió a llamar con el mismo resultado. Echó un vistazo por la ventana de al lado, pero las cortinas estaban echadas. Miró de nuevo la hora. Había quedado con él ese día, debería estar allí.
Sin saber muy bien qué hacer, esperó. Finalmente, a la hora exacta a la que habían quedado, la puerta se abrió a sus espaldas. Al darse la vuelta, le vio de pie en la entrada. Su expresión dura, la mirada congelada y los brazos cruzados sobre su pecho.

- Pasa - le dijo antes de darle la espalda y adentrarse en el salón.

Le siguió desconcertada, preguntándose si aquella frialdad era normal. Cuando le conoció semanas atrás, le había parecido una persona encantadora, amable en el trato y de verbo fácil; en sus numerosas citas no había cambiado lo más mínimo y sin embargo ahora... incluso percibía algo de enfado en su actitud.

Cerró la puerta con cuidado y se dirigió hacia el centro de la amplia habitación, donde él la esperaba.

- Me has desobedecido - le espetó sin más.

- ¿Yo?, pero si incluso he llegado antes de lo que me dijiste - replicó sorprendida.

- Punto número uno, a partir de ahora me hablarás de usted. Me tratarás como tu amo y señor siempre que yo te dé permiso para hablar. ¿Lo has entendido?

- S-s-si amo - respondió nerviosa. Habían hablado de lo que seria aquella sesión, pero una cosa era hablar y otra sentir la dureza que despedía su voz.

- Punto número dos, cuando te ordene algo, lo harás a rajatabla. Si te digo que te pongas de cara a la pared, lo harás sin rechistar; y si te digo que vengas a las doce en punto, quiero que vengas a las doce en punto, ni un minuto más, ni un minuto menos.

Se sintió desfallecer. Le había fallado a la primera. Al menos, se consoló, había sido en algo sin apenas importancia. Algo le decía que de haber llegado tarde, si que hubiera tenido "problemas".

- Punto tres, cada falta tendrá su castigo. El tuyo comienza ahora. Ponte a cuatro patas.

El corazón se le aceleró, mientras su mente se debatía a medio camino entre el incipiente deseo que surgía en su bajo vientre y el miedo a lo desconocido, que se acentuó aún más cuando le dijo que le siguiera al sótano, sin abandonar la posición en la que se encontraba.

Al bajar las escaleras, en lugar de una lavadora, trastos viejos y ropa repartida por un suelo polvoriento, encontró una cuidada... sí, podría definirla como una mazmorra que bien podría haber formado parte de un castillo francés del siglo XV.

Las pétreas paredes estaban cubiertas por todo tipo de extraños artilugios, entre los que pudo reconocer, consoladores de todo tipo, fustas, antifaces, esposas... aquel despliegue de fetichismo la sobrecogió, pero el calor que sentía en su interior iba creciendo a medida que los minutos pasaban y no precisamente por el ambiente de la mazmorra, tan frío como se lo había imaginado al verlas en las películas, y que hacia que el bello de su piel se erizara hasta dolerle.

En una de las paredes, se erguía una enorme cruz con una extraña forma que le resultaba familiar. Recordó sus noches en vela buscando información por Internet, poseída por el ansia de conocerse a si misma y desarrollar su condición; las descorazonadoras fotos de jóvenes a las que no se veía disfrutar,los fríos manuales de dominación, los estimulantes relatos que habían provocado que más de una vez terminará la velada explorando sus entrañas con apasionada furia...

- Esto es una cruz de San Andrés. -dijo él, como si le hubiera leído el pensamiento.

Su amo se encontraba junto a ella. En sus manos sostenía una fina venda negra; a juzgar por su textura, de seda.

- Desnúdate. Puedes ponerte de pie si quieres.

Lentamente se fue deshaciendo de las prendas que cubrían su cuerpo, y colocándolas en una pequeña mesa que su amo había colocado para ello. Una vez estuvo desnuda, se dispuso en posición de examen: piernas abiertas, manos a la espalda y la mirada apuntando al suelo, tal y como había visto en más de un vídeo.

Le pareció sentir cómo su amo sonreía satisfecho. Puede que fuera producto de su deseo por agradarle, pero eso no le importó. La euforia por saberse haciendo algo que llenaba su existencia, la inundó, acrecentando aún más el deseo que crecía en su interior y que amenazaba con desbordarse ante la mirada impertérrita de él.

Con un gesto seco, la cogió por el antebrazo y la dirigió a la cruz, donde la ató fuertemente, lo que generó un movimiento automático de pequeña resistencia, que su amo aplacó con un beso largo y profundo, donde su lengua degustó la dulzura de sus labios.

Aún jadeante por el prolongado beso, la privó de su visión, con la venda negra que sostenía minutos antes.

No veía nada. Apenas podía oír el aliento de su amo cerca de su cuerpo pues la venda tapaba sus orejas; además, el contacto con la fría madera, la había insensibilizado ligeramente; por lo que pasados los minutos, le pareció que se encontraba en una burbuja sensorial.

Puesto que no podía percibir nada, su imaginación tomó el relevo de su conciencia. Estaba desnuda, atada a la pared, totalmente a merced del hombre que había conquistado su voluntad en apenas unos días, que había iluminado las partes oscuras de su alma y que, esperaba, la guiaría a través de ellas.

Se preguntó qué le haría a continuación. Por sus piernas abiertas comenzaba a deslizarse el jugo de las pasiones vividas hasta el instante. Sintió algo de pudor e intentó juntar sus muslos sin éxito. Imaginó uno de los muchos consoladores de la estancia, llamando a las puertas de su sexo, echándolas abajo en caso de no recibir respuesta, y penetrando hasta lo más profundo de la carnosa sala hasta alcanzar el trono del placer y aplastarlo con frenesí para arrancar oleadas de placer de su cuerpo y hacerla gritar de placer suplicando más de aquella deliciosa tortura.

Pero pasaban los minutos y no llegaba aquél ataque de pasión por el que su cuerpo se retorcía en aquella fría cruz, que poco a poco iba siendo calentada por el furor de su entrepierna, que había descubierto que la incógnita menos deseada puede ser más placentera que el encuentro carnal menos querido.

¿Estaria su amo examinándola con detenimiento, deleitándose con el terso cuerpo que se le ofrecía, para elegir qué parte de él hacer suyo? o ¿acaso estaría preparando un escenario más propicio para dar rienda suelta a su lujuria, mientras contemplaba gustoso su cuerpo entregado?

No, eso no. Le pareció sentir la lengua juguetona de su amo, delineando sus piernas, de los finos tobillos a los suculentos muslos aliñados con la abundante esencia que expelía su sexo al sentir cada lametón, cada roce de los labios de su señor contra su piel, sugestionada para amplificar la más mínima sensación de placer.

Pero la sensación resultó falsa, no así las palpitaciones de su sexo, que a esas alturas ya actuaba como si estuviera siendo horadada por el carnoso ariete que tanto deseaba sentir vibrar dentro de ella, compartiendo su pasión, mientras sus senos fueran cubiertos por los delicados besos de su amo.

Comenzó a gemir sin cesar, mientras sus piernas se retorcían lejos del control de su mente, intentando sacar mayor provecho al orgasmo que había nacido en su imaginación, para ir a morir en su vagina, hinchada y húmeda como la lengua de su amo, que, ¡¡esa vez si!! se apoderaba de su clítoris para beber hasta la última gota de lujuria que desprendía.

Sus violentos espamos a punto estuvieron de tumbar la pesada cruz, pero esta estaba bien sujeta, así que lo único que ocurrió, fue que se magulló levemente las muñecas, sobre las que descargó el peso de su cuerpo, al abandonarle las fuerzas y la fuerza arrolladora del clímax.

Su amo la apoyó sobre él, mientras la desataba. La sentó en una silla y dejó que se recuperara mientras él subía en busca de algo que quería mostrarle.

Permaneció allí sentada diez largos minutos, en los que reflexionó sobre lo que le había ocurrido. Pese a ser joven, su experiencia sexual era dilatada, pero jamás se había corrido sólo con imaginarse una situación excitante. Puede que fuera la ambientación o su recién descubierto papel...

En ese momento volvió su amo. La hizo ponerse en pie. Delicadamente rodeó su cuello con sus fuertes brazos, y le colocó un bonito collar de tela esmeralda, con su nombre bordado en oro.

- Llevarás este collar siempre que estés conmigo. Te has portado muy bien hoy. Ponte de rodillas.

Lo hizo sin rechistar, henchida de orgullo por el obsequio recibido. No se limitaría a llevarlo ante su presencia, lo usaría siempre. Con la entrepierna de su amo frente a su cara, no hizo falta que este le ordenara nada, para bajar su cremallera y dejar en libertad el anhelado falo, hinchado en espera de las atenciones que en breve recibiría de los deliciosos labios de su sumisa.

Comenzó lamiendo desde la base hasta la punta, lentamente, disfrutando de las sensaciones que causaban en su amo. Sin esperarlo, este agarró fuerte su cabeza, e introdujo su pene en su boca hasta el fondo de su garganta. Como pudo, acomodó su lengua a la situación y comenzó a lamer el tronco sin cesar, mientras este se deslizaba en su boca con un ritmo tan frenético que no tardó en descargar toda su simiente sobre su cara.

- ¿Ves esa puerta de allí? - le preguntó su amo mientras señalaba la pared de su derecha - ahí tienes una ducha. Cuando te vistas, vete. Ya te llamaré.

Dicho lo cual, subió las escaleras, dejándola desnuda, cubierta de semen y algo decepcionada por cómo había terminado todo. Se aseó y se vistió rápidamente pues debía atender otros asuntos, y al salir de casa no miró hacia atrás; de haberlo hecho, podría haber visto a su amo, asomado a la ventana sonriendo satisfecho.

viernes, 23 de noviembre de 2007

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Más alla del tiempo

Las últimas semanas habían puesto a prueba la fortaleza y la determinación del Rey Daniel. Una terrible maldición parecía haber caído sobre el reino. Diariamente recibía en audiencia a docenas de sus súbditos, aquejados de todo tipo de males: plagas, cosechas destruidas, asesinatos misteriosos...

Ver tanto sufrimiento, minaba la confianza del Rey. Por fortuna cada noche al volver al lecho matrimonial, podía confiar en que un simple abrazo de su amada Lady Carme, levantaría su ánimo, amen de otras partes de su cuerpo, que una vez animadas no pedían descanso hasta haber sido poseído el cuerpo de su dulce reina; pues no solía quedar todo en un tierno abrazo, a la ternura le tomaba el relevo la pasión, y rara era la noche que no yacían al pie de su cama los ropajes desgarrados por el frenesí de ambos, mientras los gruesos muros del castillo temblaban al son de sus fogosos cuerpos.

La vuelta a la sala del trono la mañana siguiente, era un jarro de agua fría, una vuelta a la dura realidad. De nuevo un campesino que había perdido todos sus bienes por una extraña granizada; otro alcalde quejándose de que el pozo de su pueblo había sido envenenado... sin embargo había algo extraño en el hombre encapuchado que tenia ante él. Por su aspecto pulcro y sus ademanes, no parecía ser uno de esos pobres hombres que solía recibir. Había algo en él que le ponía nervioso.

- Majestad - comenzó - me llamo Ralsun, mago de profesión y de los mejores si se me permite decirlo. Desde mi torre oscura, pude percibir los ecos del poderoso maleficio que asola vuestra tierra.

El tono de sus palabras puso en guardia al Rey, en cuya mente comenzaba a forjarse una sospecha, pero permitió que continuara hablando.

- Estuve varios días recorriendo la región a la espera de que alguien resolviera la situación, pero nadie ha sido capaz de hacerlo. Así que ofrezco mis servicios a vuestra majestad.

-¿Qué pides a cambio? - preguntó Sir Daniel

- Oh no mucho, sólo una cuarta parte de vuestra fortuna - respondió mientras se inclinaba teatralmente ante el trono.

Por ello, no pudo ver como el jefe de los espías reales, entraba en la sala y veloz, lo señalaba ante el Rey.

- Maldito - gritó este - jamás me falló mi instinto y mis espías me lo confirman. Tu y nadie más eres el que ha traído la desgracia ante mi ¿Y ahora te eriges como el gran salvador? ¡Guardias, a él!

De inmediato dos flechas rasgaron el aire en dirección al mago, pero este se desvaneció ante los incrédulos ojos de los presentes. Tras dar orden de que redoblaran la guardia, volvió a sus habitaciones. Necesitaba sentir el calor de su amada junto a su pecho, respirar el dulce aroma que desprendía, saborear sus labios...

En cuanto la vio de pie en la chimenea, su rostro se relajó y una sonrisa se dibujó en su rostro.
Al percatarse de su presencia, ella le devolvió la sonrisa y se acercó solicita hacia él. Sus almas se entrelazaron como lo hicieron sus lenguas, en un intenso beso que parecía eterno. Se arrodilló ante ella mientras sus manos delineaban su estilizada figura. Levantó con cuidado la abultada falda de su amada; entre sus pliegues, esperaba encontrar los pliegues de su amor.

Se abrazó a las piernas de ella, mientras en la cara podía sentir la calidez de los muslos de Lady Carme. Sediento, se dirigió a la fuente de carne erigida entre ellos, para saciar la sed de amor que llevaba atormentándolo desde que se separara de ella al amanecer.

Presa de la lujuria, hizo suyo el vibrante clítoris que despuntaba entre los jugosos labios de su sexo. Su boca lo besó, lo aprisionó, lo dejó a merced de su lengua, que lo lamió sin cesar, lo que pareció gustarle a la dueña de sus atenciones pues gimió fuerte mientras sus manos apretaban la cabeza de su Rey contra su vulva para sentirlo contra ella, siendo devorada por la gula de Daniel, cuyos dedos acariciaban sus muslos, camino de la húmeda caverna que pedía a gritos ser horadada.

Lo hicieron suavemente. Mientras uno de ellos era cubierto por amorosos jugos en su camino a las entrañas de Carme, otro se posó sobre el clítoris, para masajearlo en círculos, cada vez más intensos, más y más...

Lady Carme tuvo que sujetarse en la repisa de la chimenea para no caer, pues las piernas comenzaban a fallarle, como preludio del intenso orgasmo al que las caricias de su amado le avocaban.

Este llegó de improviso, en forma de lengüetazo prolongado y profundo, que abrió su sexo y las esclusas de un placer infinito que recorrió su cuerpo entero, haciéndola jadear sin control.
Relamiéndose, Sir Daniel salió de entre sus piernas, la miró con satisfacción y la besó con toda la dulzura que fue capaz de reunir.

Carme cogió de la mano a su caballero para llevarlo a la cama y volver a sentir, esta vez juntos la dulce muerte que había disfrutado. Pero de pronto, la ventana de la habitación se abrió de par en par. Un viento gélido apagó el fuego de la chimenea y las luces que pendían de las paredes, quedando todo a oscuras.

Cuando la luz volvió segundos después, la encapuchada figura del mago Ralsun se alzaba en el centro de la habitación.

- Necio - gritó - debiste haber aceptado el precio. Ahora lo pagarás. Te condenaré al sufrimiento eterno.

Dicho esto, lanzó a sus pies una bola de cristal con humo en su interior. Al chocar contra el suelo, se partió en mil pedazos y el humo comenzó a envolverles rápidamente. En un instante, quedaron cegados por él. Sir Daniel sintió como la mano de su amada se deslizaba fuera de su alcance. Trató de agarrarla lo más fuerte posible, pero fue inútil, perdió el contacto con ella. Intentó gritar, pero ningún sonido salió de su boca. La negrura comenzó a inundarlo todo y un sueño antinatural se fue apoderando de él, hasta que perdió el sentido...

- ¡Arturo despierta!

Había vuelto a quedarse dormido en la oficina. De nuevo había soñado con extraños mundos repletos de princesas atrapadas en castillos, dragones y caballeros de brillante armadura. Fue una suerte que su compañero le despertara antes de que pasara a su lado el jefe de departamento. Su empleo pendía de un hilo, debido a sus frecuentes ataques de sueño.

El resto del día, procuró estar ocupado para no volver a quedarse dormido. A las seis en punto fichó a toda prisa, y volvió a pie a casa. Al pasar junto a un viejo bloque de edificios, le pareció escuchar la voz de una chica pidiendo ayuda. Se detuvo para confirmar que no habían sido imaginaciones suyas. Durante unos instantes no volvió a escuchar nada, pero justo cuando iba a continuar su camino, volvió a oírla. Miró hacia las ventanas del edificio. De una de ellas, en el tercer piso, comenzaba a salir un espeso humo negro.

Sin pensarlo dos veces, subió las escaleras. De una patada abrió la puerta. La ola de calor que lo golpeó, lo dejó sin aliento. El salón estaba en llamas. La chica, que le había escuchado, volvió a pedir ayuda. Estaba en su dormitorio, tumbada en el suelo, con una pierna atrapada bajo una estantería.

Sacando fuerzas de flaqueza, Arturo logró quitársela de encima, y con ella en brazos, salió a la calle a toda prisa. La sentó bajo un árbol, hasta que recuperó el aliento. Ella levantó la cara para darle las gracias. Sus miradas se encontraron y una extraña sensación de cercanía se apoderó de ellos por un instante.

- Me llamo Jimena - le dijo mientras le dedicaba la sonrisa más encantadora que hubiera recibido jamás.

Las dos semanas siguientes, las pasaron entre cenas y cafés. Primero como agradecimiento por haberla ayudado, pero luego, como el inicio de algo más allá de la amistad.

Aquella noche de domingo, ambos sentían que seria especial. No habían hablado de ello, pero cuando tras cenar, Arturo la llevó a casa, ella le invitó a subir y tomarse una copa. Él aceptó enseguida, con la sensación de que llevaba esperando ese momento durante mucho tiempo.

Un par de días antes, los operarios del ayuntamiento habían terminado de arreglar el piso de Jimena. El olor de la pintura fresca aun flotaba en el ambiente, pero Arturo sólo podía percibir el olor a menta de los labios de la chica, los cuales había probado en el ascensor durante el breve viaje, en el que habían explorado sus cuerpos con una pasión desbordante.

Se sentó en el sofá mientras ella se ponía cómoda. Cuando apareció en el umbral de la puerta con un sugerente salto de cama de raso, se quedó embobado mirándola. Ella se acercó al sofá cimbreando sus caderas para atraer la atención del hombre al que quería seducir.

Se sentó a su lado. Su rostro era un libro abierto donde podía leer las más lujuriosas páginas que albergaba su imaginación. Desabrochó su pantalón. Su pene saltó como un resorte al encontrarse libre para desarrollar todo su poder, cosa que hizo en cuanto las suaves manos de Jimena se posaron sobre él y lo recubrieron, sintiendo la delicadeza de su tacto.

En respuesta a sus caricias, el falo se tornó duro, macizo, y de un extremo empezó a manar timidamente, el liquido resultado de la excitación que le estaba sirviendo la experta mano de Jimena, que no cesaba de subir y bajar, mientras se besaban sin mesura. Sus lenguas exploraban cada centímetro de la boca del otro. Entraban y salían de ellas en aparente caos, con la necesidad de saborear al otro, sus labios...

Tan excitado estaba Arturo, que explotó sin previo aviso, antes de lo que hubieran deseado ambos, recubriendo la pequeña mano de Jimena de la simiente que tanto ansiaba para ella.
Se puso de rodillas frente a él. Se echó sobre sus piernas y comenzó a acariciar su pecho mientras introducía en su boca el moribundo miembro. Rápidamente desapareció en el interior de su boca. Su lengua no paró de circundarlo, lo rodeó, lo lamió con intensidad; evitaría que muriera a toda costa.

Sintió la mano de Arturo sobre su cabeza, mientras esta subía y bajaba, como el glande del miembro que estaba degustando y que estaba llevando a la locura a su amante.

Una vez el miembro se irguió en todo su esplendor, se levantó. Se subió al sofá, y se colocó sobre él mientras sus manos sujetaban el salto de cama, dejando al descubierto su bajo vientre y su cuidado pubis. Poco a poco fue descendiendo, hasta que a las puertas de su sexo, sintió la llamada del penetrante visitante, que ansiaba descubrir sus secretos más íntimos.

Apoyó sus manos en la pared y movió su cadera hacia delante, para que la verga de Arturo la penetrara profundamente, hasta lo más hondo de su ser. El placer la cegó y sus caderas no cesaron de moverse adelante y atrás, follándolo sin parar, mientras él devoraba sus pechos, acariciaba su espalda, hundía sus dedos en su pelo, hacia suyo su culo apretándolo con sus fuertes manos, ayudando a que la penetración fuera más intensa.

Su respiración se aceleró aún más si cabe.

- Me corro Arturo, me corro, me corroooooo - gritó al fin mientras cada fibra de su cuerpo vibraba al son de sus saltos. El placer que la tenia paralizada se intensificó, cuando sintió en sus extrañas el cálido semen que expelía el bullicioso pene de su amante, sobrepasado por las sensaciones y los estímulos que electrizaban el ambiente.

Entre jadeos y gemidos de satisfacción, imágenes del pasado volvieron a ellos. En un instante el salón se convirtió en una habitación medieval con fríos muros de piedra apenas calentados por las brillantes antorchas, que iluminaban la cama con dosel sobre la que se encontraban...

La visión sólo duró un instante. Pronto se encontraron de nuevo en la oscuridad del apartamento de Jimena, pero una verdad enterrada durante siglos, vio la luz de nuevo. La mirada de Arturo recorrió el cuerpo de Jimena hasta llegar a sus brillantes ojos.

- Lady Carme...

- Sir Daniel....

Sus lágrimas de alegría bañaron sus temblorosos cuerpos, abrazados como un solo ser.

martes, 30 de octubre de 2007

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Glory Hole

Entró corriendo al servicio. Llevaba demasiado tiempo de viaje y había bebido demasiados refrescos: mala combinación; por ello había tenido que parar en un área de servicio casi desierta, aún bastante lejos de su destino.

No le gustaba ir a baños públicos, pero al menos el cubículo del wc de aquel sitio estaba bastante limpio. Le sorprendió ver en la pared de su izquierda, un agujero circular de no más de 10 centímetros de diámetro. Fue a echar una mirada a través de él antes de irse, pero justo cuando le pareció vislumbrar al otro lado una oscura habitación, un enorme falo carnoso atravesó el agujero, oscilando desafiante ante su rostro.

Lo contempló sorprendida unos instantes. Era la situación mas absurda que había vivido jamás. ¿De donde habría salido aquello? ¿Que se suponía que debía hacer con... con eso? Como si el propietario del cimbrel hubiera escuchado sus pensamientos, con una voz firme, la apremió a chuparlo.

Durante un instante dudó, suficiente para que el poco recato que le quedaba, huyera de su mente para dejar pasó a una incipiente excitación. Acercó sus labios con curiosidad y precaución, como si aquel pene fuera a saltar sobre ella en el momento más inesperado. El miembro respondió al tímido beso que le dio en la punta, con un intenso movimiento, golpeando su nariz.

Sobresaltada, se alejó de él. Pero no podía dejar de mirar cómo se movía; como un pez en busca de alimento. Lo agarró fuerte entre sus dedos, domando sus movimientos. Lo sentía resistirse en su mano: duro, caliente... Probó a acariciarlo lentamente, arriba y abajo, deslizando su piel una y otra vez, cosa que parecía gustarle, pues a ella le pareció que se endurecía en respuesta a sus atenciones.

Como confirmación de que lo estaba haciendo bien, unas gotas de liquido preseminal bañaron su glande. Lamió juguetonamente la punta y degustó su sabor. Lo contempló fascinada. No era la primera vez que hacia algo así claro está, pero se sorprendía de estar haciendo aquello con un perfecto desconocido, en mitad de ninguna parte.

La firmeza de la verga que retenía en su mano fue diluyendose. Amenazaba con perder toda su robustez. Dispuesta a que eso no ocurriera, abrió sus labios, deseando abrir otros en las antípodas de su cuerpo. La piel del glande retrocedió suavemente ante la voluptuosidad de los labios que empezaban a cubrirlo.

Inexplicablemente, aquello le estaba excitando hasta límites insospechados. Se desabrochó la blusa, dejando sus pequeños senos al aire, esperando ser acariciados por sus manos, ansiosas por posarse sobre el torso desnudo del hombre que se ocultaba tras la pared.

Se acariciaba al compás de los lametones con los que su lengua obsequiaba a toda la longitud de aquel descomunal miembro; desde la enraigada base, hasta la húmeda y vibrante punta. Intentó imaginarse al dueño de aquel estilizado dulce ¿Cómo seria? Puede que un rudo camionero, con brazos gruesos y duro semblante, descansando de un largo camino, o un ejecutivo en viaje de negocios dispuesto a relajarse... no le importaba. En ese momento solo existían ella y la gruesa polla que albergaba en su boca, a la que no cesaba de besar y chupar.

Pronto sintió en su boca las convulsiones previas al climax. Deberia haber sacado el volcán que tenia aprisionado entre sus labios para que eruptara fuera de ella, pero la cadencia de los lametones y besos la tenia hechizada. En lugar de retirar el falo, lo besó con mas pasión, aumentando el ritmo de los caricias. Con un fuerte espasmo, oleadas de semen salieron disparadas hacia su garganta, atragantandola al principio, hasta que se repuso de la sorpresa, tragándoselo todo diligentemente, sin pensar en nada.

Ella no paró de lamer y lamer hasta que no quedó constancia alguna de aquella explosión de placer. Satisfecha, dejo el miembro ya flácido libre de su carnosa prisión y se relamió de gusto. El agujero quedó vacío de nuevo. Se agachó para mirar a través de el, pero la habitación a la que daba, estaba vacía. Se recompuso la blusa y se levantó.

El corazón se le detuvo por un instante cuando llamaron a la puerta del baño....

lunes, 22 de octubre de 2007

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Al servicio de su princesa

El rey se encontraba al borde de la muerte. La noticia se había extendido por todo el reino, junto con los mensajeros reales que visitaban un castillo tras otro en busca de los nobles del país.
Habría un consejo real en una semana. Así lo leyó Sir Daniel en el pergamino que minutos antes le había entregado un fatigado jinete. Debía partir lo antes posible hacia la capital, donde vivía el monarca.

Lo que más le importunaba no era reencontrarse con aquellos pomposos barones y condes de las tierras circundantes; era abandonar a su amada Carme. No importaba que sólo fueran unos días, estar lejos de su encantadora presencia, le encogía el corazón y le atenazaba el alma.

La noche antes de su partida, se amaron hasta que los primeros rayos del sol se deslizaron por entre las montañas que podían verse tras las ventanas de sus aposentos.

Afligido, montó su caballo y partió a su destino dispuesto a regresar lo antes posible a los acogedores brazos de Lady Carme.

Sus deseos se vieron cumplidos, pues el consejo apenas duró tres días, tras los cuales volvió alegre a su hogar. Ya le parecía sentir los dulces labios de su señora sobre los suyos, tan solo tenia que atravesar un pequeño bosquecillo y la colmaría de besos y atenciones.

Pero cuando el castillo apareció ante sus ojos, se quedó petrificado. El ala oeste se hallaba en ruinas. Renqueantes columnas de humo salían de entre los escombros de lo que habían sido sus aposentos; el resto del edificio estaba seriamente dañado.

Frenético, entro en el salón principal, cubierto de una fina película de ceniza. En el centro de la estancia se encontraba el ama de llaves, mirando cabizbaja el suelo que regaba con sus lágrimas. Sir Daniel la interrogó: un terrible dragón había asaltado la fortaleza la noche anterior y había secuestrado a Lady Carme.

Ciego de furia espoleó su caballo siguiendo el rastro de destrucción dejado por el monstruo: troncos quemados, arboles arrancados de cuajo y pisadas tan profundas que ni siquiera la copiosa nevada de la noche anterior habían conseguido borrar.

Pronto llego a los pies de una colosal torre. Bajó de su montura y se dirigió veloz a la puerta, cerrada a cal y canto. En lo alto se veía un balcón abierto, pero antes de escalarlo quería comprobar si había encontrado la prisión de su mujer.

- Carme amada mía – gritó con todas sus fuerzas -¿Estáis vos presa en esta torre sombría?
El resplandeciente rostro de su amor, se asomó tímidamente. Al verlo se sintió renacer. Se deshizo de su pesada armadura y se lanzo raudo a la escalada, pero el ruego suplicante de la joven le detuvo.

- Amado mío, no sigáis, debéis marcharos. El dragón os matará si os ve cerca de aquí.

- De cualquier forma moriría de pena si no estuvierais a mi lado. Lucharé contra esa demoniaca criatura y os liberare de tan injusto cautiverio. – respondió valientemente.

Como si le hubiera escuchado, súbitamente descendió del cielo un ceniciento dragón a pocos metros del caballero, que de un salto, se acerco a su pertrechos y blandió su espada ante el horripilante ser que se alzaba ante él.

Tenia el tamaño de una pequeña casa, alas de dos metros de envergadura y una ristra de placas puntiagudas recorría su columna hasta la cola, que terminaba en un afilado aguijón.

Desde el balcón, Lady Carme contempló angustiada el combate. Sir Daniel se desenvolvía bien, pese a que la nieve dificultaba sus movimientos. Se intercambiaron feroces golpes hasta que al final la espada del caballero se hundió en el pecho del reptil volador, que con un último estertor, cayó fulminado al suelo.

De su cuello pendía la llave del torreón, se la arranco y salió corriendo al encuentro de su doncella. Subió los escalones de tres en tres hasta que bajo el umbral de la puerta de la habitación que coronaba la estructura, se encontró con la deleitosa mirada de Carme.

Se fundieron en un beso interminable en los que sus labios exploraron los de su salvador. Sus lenguas se enlazaron en un húmedo abrazo de sensaciones. Se saciaron el uno del otro.

La cogió por los hombros y se miraron fijamente. No hizo falta que se dijeran cuanto se querían, sus ojos hablaban por ellos. De la mano de Lady Carme entró en la habitación, donde le despojo de sus ropas, manchadas durante el combate, y lo tumbó sobre una piel de oso que se extendía frente a la chimenea, cuyas llamas no podían rivalizar con las que sacudían sus excitados cuerpos.

Sus finos labios comenzaron a besarle desde la cara hasta el montículo cercano a su sexo, que se había alzado agradecido ante las acciones de la doncella, la cual no tardó en colmarlo de atenciones en forma de caricias suaves, abarcando toda su extensión; Moviendo su mano suavemente arriba y abajo reiteradamente mientras contemplaba el rostro de Daniel, henchido de placer y devoción por ella.

Una vez el pene alcanzó toda su dureza, Carme puso sus labios sobre la punta, obsequiándole con un tímido beso que produjo una descarga de gozo por todo el cuerpo del caballero. Contenta con el resultado, la boca de Lady Carme se fue entreabriendo poco a poco, engullendo con glotonería la palpitante verga.

Pronto desapareció entre sus fauces, que lo devoraron con fruición, lamiendo la carne que se encontraba en el interior de su boca, chupándola tiernamente, mientras Sir Daniel se revolcaba de satisfacción sobre la alfombra, al tiempo que intentaba acariciar la sedosa figura de su amor, sus cabellos y sus turgentes senos que colgaban sobre el vacío con sus pezones tan duros y calientes como el aliento del dragón.

Cuando Carme

Daniel se incorporó, sentado con las piernas estiradas y su falo chorreando aún del recuerdo de su amada, que pasó sus brazos alrededor del cuello del caballero y léntamente fue sentándose sobre el desafiante miembro, que esperaba con ansia conocer las profundidades del placer que le ofrecía la vagina de Carme, cuyos labios se iban abriendo, llenándola toda, sintiendo como era llevada en volandas a un mundo de éxtasis permanente con cada embestida de Daniel, que ya se había acoplado por completo a su cavidad, para formar un solo ser de ardor y amor.

Lady Carme rodeó con sus piernas el torso de su hombre, profundizando la penetración de sus movimientos descendentes sobre él, mientras este pagaba un tributo de besos a la piel de su pecho, a sus hombros desnudos y suaves, a su cuello de cisne, a sus sonrojadas mejillas por el goce del momento, a sus húmedos labios…

De nuevo no hicieron falta palabras. En sus ojos vio que poco le faltaba a él para llegar al placer supremo.

- Derrámate dentro de mi amor mío – le susurró al oído.

Fue más de lo que pudo soportar. Sintió como de su vientre bajaba un torrente de placer que estallo en el interior de su amada, inundando su sexo. Las contracciones del pene palpitante que anidaba en ella, la hicieron estremecerse y alcanzar el punto que le quedaba para alcanzar el clímax. Juntos arquearon sus espaldas entre jadeos de excitación para exprimir hasta la última gota del jugo de su desenfreno.

Abrazados, cayeron uno sobre el otro en la cálida piel de oso, donde durmieron el resto de la tarde.

Besos y caricias despertaron a Lady Carme. Cuando abrió los ojos encontró los de su caballero frente a ella, mientras sus dedos recorrían su desnuda espalda.

- Buenos días mi reina – le dijo

- Como mucho Lady – bromeó ella tras besarlo delicadamente

- Durante mi ausencia las cosas han cambiado. El viejo rey murió, pero antes, me nombro su sucesor. Así que ya no serás Lady Carme, serás Carme I la conquistadora de mi corazón. Aunque cualquier titulo se queda pequeño ante lo que mereces.

Minutos después, tras vestirse y permanecer largo tiempo abrazados, sintiendo el latido de sus corazones bajo sus pechos unidos, abandonaron la torre. Sir Daniel monto en la grupa de su caballo a su reina y juntos se dirigieron hacia el horizonte crepuscular, hacia su castillo, pues el fuego que habitaba en sus cuerpos estaba lejos de extinguirse.

miércoles, 12 de septiembre de 2007

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Esplendor en la cocina

No habían tenido el mejor de los viajes. En realidad había sido un desastre, una travesía por el infierno aderezada con gritos y silencios a partes iguales. Una odisea capaz de terminar con una relación o de fortalecerla. Según las estadísticas, existían mas probabilidades de que todo terminara con un triste y solitario adieu, y todo hacia pensar que aquella, seria una mas de aquellas parejas que terminaban con su historia en común tras unas vacaciones que no habían salido como lo esperado.

Ella limpiaba la cocina, mientras él meditabundo contemplaba el televisor, sin prestar atención a las tristes noticias de siempre. Tenia la mente en otro lugar, muy lejano, anclado en el pasado, repleto de momentos intimos acaecidos en ese mismo sillón desde el que, impotente, veía a su mujer trabajar sin descanso, liberando así la furia que la carcomía.

En su mente, las imágenes de pasión, se tornaron en otras de desesperación, en las que su amada, se alejaba de su lado cada vez más, hasta fundirse con el horizonte. Llegado a ese punto, se dijo que no podía dejar que en unos días, se echara a perder lo que habían construido juntos durante meses. Con paso decidido, y aliviado, pues sabia qué hacer, entró en la cocina.

Su mujer terminaba de lavar la fuente de los macarrones de la cena. El suave pelo negro caía en cascadas por su espalda, ocultando gran parte del ajustado top que había llevado durante el viaje y que delineaba sus sinuosas curvas, que tanto le gustaba acariciar. Se acerco lentamente sin hacer ruido. Acerco sus labios a su oído y le susurro:

- Lo siento, he sido un estúpido, no soporto estar así contigo, te quiero.

La hasta entonces tensa figura de ella, se relajo, y bajo los hombros receptiva a los besos de su marido, que pronto los recubrió de besos suaves. Sus manos se apoderaron de sus caderas y las atrajo hacia si, mientras sus labios iban dirigiéndose a la nuca de su amor, que dejó la fuente en el fregadero, presa ya del incipiente placer que nacía en su bajo vientre.

Apoyo sus manos en el borde de la pila y se dejo querer. El no cesaba de besarla y tocarla, colmándola de cariño. Su top pronto se perdió en el interior de la habitación de al lado, lanzado en un arranque de frenesí por su amado, que la volteo hacia quedar cara con cara, pecho con pecho, sexo con sexo. Se abrazaron como si fuera la primera vez. Las lágrimas de él, surcaron sus mejillas mientras con un prolongado beso, expresaba todo lo que no podían sus palabras. Ella fue secando sus lágrimas, beso a beso. Se miraron fijamente y por primera vez en muchos días, se sonrieron. Sus fuertes manos, la alzaron hasta colocarla sobre la pila. Ahora sus pechos quedaban al alcance de su glotona boca, que no tardo un instante en hacerse con sus pezones, para jugar con ellos hasta saciarse. Sus dedos contorneaban su estomago, acercándose al monte de Venus, aun cubierto por una inoportuna falda, que no tardo en bajar, ayudado por ella, que, libre de tan inconveniente prenda, abrió sus piernas para alojar entre ellas a su amor. Pero este aun permanecía en sus senos, lamiéndolos ritmicamente hasta que se pusieron bien duros.

Entonces, con su lengua fue lamiendo lujuriosamente su pecho, bajando por su estomago, hasta llegar a la selva que precedía a la gran cueva de su amor. De un salto, atravesó el rizado bello, y cayó en medio de sus labios, introduciéndose ligeramente en su vulva, pero lo bastante como para arrancar un gemido de ella. La lengua trató de zafarse de los labios que lo empujaban hacia el interior de la cálida caverna, pero por mucho que se movía, no podía salir de allí. A medida que se hundía, ella se iba retorciendo de placer mas y mas, hasta que no pudo aguantar mas.

- Te quiero dentro de mi- grito ciega de gozo.

Solicito, él se incorporo. Acerco su miembro ya duro a su vagina, y lentamente fue abriéndola centímetro a centímetro, sintiendo como esta lo engullía en sus entrañas, de las que no lo dejaría escapar.

Una vez estuvo todo su pene dentro de ella, sus lenguas se entrelazaron en un salvaje juego de dominación, que termino ganando ella, pero poco le duro la victoria, pues cuando él comenzó a sacar su pene de ella, para volver a introducirlo con mas fuerza aun, su boca se abrió en un quedo gemido, que se mantuvo durante unos segundos interminables, que terminaron cuando, tras la explosión de placer de su amor en su interior, le sobrevino el orgasmo mas intenso que había sentido jamas.

lunes, 16 de julio de 2007

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El Reencuentro

Erase una vez en un país lejano, un caballero fuerte en su caballo, que se acercaba al castillo donde moraba su fiel doncella a la que no veía desde que dos años atrás, partió a las cruzadas con profundo pesar en su corazón pues estar junto a ella llenaba su vida de alegría.

No había enviado a ningún correo para avisar de su llegada. Deseaba que la sorpresa inflamara aún más la pasión del reencuentro, por lo que, cuando se encontró cerca de la fortaleza, redujo el paso de su montura y ya en la puerta, aunque la noche había caído hacia bastante, descendió del caballo para que el ruido de los cascos no alertaran a Lady Carme.

Los vasallos se arrodillaban ante él, mientras recorría los lóbregos pasillos camino de la habitación donde yacía dormida su ángel, su anhelo. Cerró la puerta con llave, no sin antes advertir a los sirvientes de que no se les molestara bajo ningún concepto.

La pálida luz de la luna bañaba el bello rostro de su amada, convirtiendo sus morenos cabellos en brillantes hilos plateados que le conferían un aire mágico y etéreo. Se deshizo de su pesada armadura sin hacer ruido alguno, pero cuando se acercaba con una agilidad felina poseída por el silencio, al lecho, los ojos de Lady Carme se abrieron. Primero timidamente, luego de par en par, presos de la incredulidad del momento.

- Sir Daniel, ¿vos aquí? - exclamó con la voz ahogada por la emoción- mi corazón llora de alegría para compensar las lágrimas de sufrimiento por vuestra ausencia. Alabado sea el señor por haberos traído de vuelta a casa sano y salvo.

- Milady, es el recuerdo de vuestro rostro, de la fragancia de vuestra piel, el que mantuvo vivo en mí la llama de la vida. Sin vos mis huesos estarían blanqueandose en uno de los numerosos desiertos que salpican tierra santa. El pensar en la vuelta a vuestros brazos me hacía seguir luchando y me obligaba a no rendirme por muy numerosas y duras que fueran las calamidades que me asolaran.

El caballero, arrodillado ante la cama, cogió entre sus manos las de Lady Carme y acercó su rostro al de ella.

- Y ahora ante vos, con todos los peligros acechando tan sólo en los rincones más oscuros de mi memoria, el gozo invade cada fibra de mi ser por veros ante mí tan hermosa y tan llena de vitalidad.

- Mas querido - replico la bella dama - no malgastes tus fuerzas hablando, pues tras haber cumplido ante el Rey, tiempo es lo que más tenemos. Venid, yaced junto a mí y descansad, pues el viaje habrá sido agotador.

Pero el tono inseguro de Lady Carme dejaba entrever que no mostraba su verdadero deseo, lo que no pasó desapercibido para el caballero, cuyo anhelo se asemejaba al de ella.

- Yaceré junto a vos mi señora, mas el calor que invade mi cuerpo pide ser extinguido y por lo que delata el rubor de vuestras mejillas, el mismo fuego os consume.

Lentamente, apartó la sabana que cubría el delicado cuerpo de Carme, del que únicamente un sencillo camisón de seda separaba de la desnudez. Sir Daniel subió a la cama y se colocó a horcajadas sobre su cintura. Sus sexos se rozaban por encima de la escasa ropa que aún llevaban. Se inclinó sobre ella y con un suave beso y el leve roce de sus sexos provocado por el movimiento, le arrancó el primer gemido de sus labios.

Besó su boca, sus pómulos, sus párpados y cuando ya hubo explorado cada centímetro de su rostro, se acercó a su oído y le susurró:

- Esta noche, voy a hacerte mía Carme.

Con una dulzura impropia de quien se ha visto alejado del amor por un periodo de tiempo prolongado, se hunde en el cuello de su compañera, inundándola de un placer largo tiempo olvidado. Para corresponderle, ella acerca su mano a su incipiente sexo, que cobra todo su vigor al contacto de sus suaves dedos que lo recorren de arriba abajo en toda su extensión. Ahora el placer es mutuo, pero tras dejar sus tersos pechos al descubierto, él continua bajando y su pene queda fuera de su alcance, cosa que olvida al instante porque la lengua de su caballero juguetea con sus pezones, lamiéndolos, succionandolos con sus labios y endureciéndolos hasta que el placer se mezcla con el dolor. Pero él se detiene para terminar de quitarle el camisón. Ahora está completamente desnuda, expuesta ante él.

Su sexo tiembla ante la cercanía de la virtuosa lengua de su caballero, que siguiendo su trayectoria descendente, saborea la piel de sus muslos sin querer probar aún la fuente de su placer, cosa que ella le suplica presa del frenesí entre gemidos ahogados. Pero él se hace de rogar, sabe que cuanto más tarde en llegar allí, más será el placer que le proporcione. Aunque todo tiene un límite, de su vagina surge en oleadas el producto del placer que está proporcionando y con un profundo lametón saborea los jugos de ella impregnándose con ellos, pero no se detiene ahí. Con su lengua juguetea con sus labios mayores introduciéndose entre ellos penetrandola ligeramente en movimientos circulares que hacen que una corriente eléctrica recorra sus espina dorsal, obligandola a arquear la espalda para acercar su cálido coño a la cara de él, que ya ha pasado a jugar con su clítoris palpitante ante cada arremetida de su lengua, al tiempo que los dedos de él exploran su interior habilmente, palpando cada rincón, entrando una y otra vez. Hasta que con un grito de éxtasis logra correrse en sus manos.

Saciado por los jugos de ella, se tumba en la cama. Su pene enhiesto y duro como una roca apunta al cielo, donde pretende llegar junto a su señora, que sin dudarlo un instante engulle el tronco de carne entre sus fauces y comienza a lamerlo delicadamente y con tal maestría que cerca está el caballero de terminar en su boca, pero ella se detiene, quiere llenarse de su sexo, sentirlo dentro de ella latiendo furiosamente entre sus piernas. A horcajadas sobre él, va descendiendo delicadamente sobre su pene, que va horadandola poco a poco abriéndola de par en par, hasta que finalmente se deja caer sobre él, ocultándolo en sus entrañas.

Mientras él abarca sus nalgas con sus fuertes manos, ella cabalga sobre su polla cada vez más rápido, penetrandola más profundamente a cada salto de ella. Las manos de él acarician todo su cuerpo, su cintura, su espalda, agarra los pechos de ella con tanta fuerza que se desbordan entre sus dedos. Los dos gimen más y más, hasta que en un último empujón final, se derrama dento de ella, que siente como el semen inunda su ser llevándola al último orgasmo de la noche. Pero como dijo, tienen todo el tiempo del mundo.