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miércoles, 14 de noviembre de 2012

Paco el piquetero

Paco se despertó con sus férreas convicciones sindicales palpitando en su corazón. Encendió su radio-despertador y escuchó los primeros informes sobre la huelga que había comenzado siete horas antes. Las primeras noticias eran buenas: los mercados de mayoristas habían sido paralizados y los turnos nocturnos en la industria, en su mayoría, habían decidido parar.

Con la última canción de moda atronándole en los oídos, subió la persiana de su habitación dejando que la claridad invadiera su hogar. Frunció el ceño irritado. El sol no es compañero, pensó. Les habría venido bien un poco de mal tiempo. Eso hubiera ayudado a que la gente decidiera finalmente quedarse en casa y no ir a trabajar. Se animó pensando que no haría falta, pues las causas que habían provocado aquella situación eran suficientemente fuertes y amenazantes como para calar en la conciencia de los trabajadores.

Desayunó deprisa. Se había comprometido con un amigo del sindicato a formar parte de uno de los piquetes que recorrerían el pueblo informando sobre la huelga  y velando porque todos los compañeros pudieran ejercer su derecho a secundarla.

De camino a la sede sindical no se cruzó con un alma, cuando en cualquier otro día el bullicio de la gente hubiera retumbado en las paredes de los edificios. Tenían ganada la calle y así lo compartió con los compañeros que ya le esperaban tomando café, y quienes coincidieron en sus optimistas conclusiones.

A las 9 en punto decidieron comenzar su tarea. No eran más que siete personas. Nadie supo decirle qué había pasado con los demás. Tampoco importaba. Cogió una bandera de Andalucía para que no pudieran decir que únicamente representaba a un determinado grupo y marchó alegre y orgulloso de sí.

Una de las medidas de "coerción" con las que el sindicato había intentado días antes dirigir la "opinión" de los comerciantes locales, había sido sugerir a sus afiliados y a quien quisiera escucharles, no muchos la verdad, que boicotearan en un futuro las tiendas que abrieran sus puertas ese día. Tras caminar por el centro, Paco se dio cuenta de que de seguir aquel consejo, a partir de entonces debería hacer sus compras en otro pueblo.

Algo bueno que le sorprendió: había policía por todas partes velando por la seguridad de los ciudadanos y evitando que hubiera posibles altercados que por supuesto ellos no iban a provocar. Se preguntó dónde se esconderían tantos efectivos el resto del año. Hubiera venido bien su presencia cuando tres sujetos le robaron el bolso a su vecina o cuando un guiri fue desplumado en una calle céntrica a plena luz del día a punta de pistola por dos sicarios.

Siguió con sus cavilaciones, más que nada por no tener que centrarse en la triste realidad que le rodeaba. Más parecía una huelga de transeúntes, que poco a poco empezaban a reclamar de nuevo las calles, que de trabajadores pues todos los locales permanecían abiertos. En aquel ambiente ver a un puñado de personas agitando banderas, portando gorras y pegatinas coloridas y haciendo sonar un potente silbato rítmicamente provocaba hilaridad.

Algún comerciante salía a curiosear cuando percibía el escaso jaleo que montaban, y cuando les veían procuraba disimular una sincera carcajada antes de volver a su establecimiento vacío. Esto le sumió en una profunda tristeza de la que se contagió el grupo. De pronto se acercó un joven con uno de esos chalecos grises con multitud de bolsillos, armado con una potente cámara con la que se dispuso a hacerles fotos. Alguien preguntó a qué medio irían a parar las fotos. El chaval respondió que las subiría a Instagram y que estaba haciéndole fotos a un gato azabache de lomo plateado que les acompañaba desde hacía unos minutos, atraído por el bocadillo de atún con el que Paco pensaba matar el gusanillo de la tarde.

Con todo, lo más humillante ocurrió a la altura de la estación de autobuses, cuando una señora mayor se acercó a él con la cabeza gacha sin querer establecer contacto ocular, orquestó un simulacro de abrazo y sin decirle una palabra le puso un billete de cinco euros en la mano. Para que te tomes algo con tus amigos, le susurró la anciana mientras se alejaba de vuelta a sus quehaceres.

Aún estuvieron un par de horas rondando por la ciudad, sin mucho ánimo, como los miembros de la Santa Compaña. Todo aquel que les veía creía ver una estampa del pasado y procuraba alejarse de aquel grupo lo antes posible.

Decidieron gastarse los cinco euros en el bar de un conocido. Antes de que cayera el sol volvió a su casa. Le regalaron la bandera, por las molestias, que dejó sobre un sofá antes de meterse en la cama. Al día siguiente volvería a la cola del paro como cada mañana.

viernes, 5 de octubre de 2012

La adolescente que bailaba sin rubor la música de las tiendas del centro comercial

El padre de Adela era muy estricto. Su mayor deseo había sido tener un niño, así que cuando el ginecólogo señaló un pixel oscuro en lugar de dos pixeles bien luminosos, en el monitor donde se reproducía la ecografìa de su primer vástago, se llevó una gran desilusión. Esta se troncó en frustracion que a su vez le llevó a germinar una ira irracional que eclosionó sobre la pobre Adela, que pagó sin comerlo ni beberlo el no haber nacido con un pene.

Siempre fue muy estricto con ella. "Las niñas solo dan quebraderos de cabeza" bien podría haber sido el lema de su casa, un lema triste como su persona. Por ello su objetivo fue que su hija permaneciera eternamente pétrea, y como no podía hacer que se quedara para siempre quieta en un rincón de la sala de estar, al menos si podía controlar su comportamiento. En edades menos problemáticas había sido fácil, pero al llegar a los 16 el mundo de Adela se había ampliado mucho más allá de los límites marcados por su padre. Quería beber, pero este no le dejaba ni oler el embriagante, pese a lo imperceptible, aroma de los bombones de licor. Siempre podría haberse saltado dicha prohibición en alguno de los botellones que organizaban sus amigas del instituto, pero obviamente su hora de llegada a casa no le permitía eso siquiera. Puede que en Irlanda a las 5 de la tarde ya acabaran todas las fiestas después de estar bebiendo durante todo el día, pero no en su ciudad.

"Si mamá salía siempre por la noche." argumentaba Adela. "Sí, pero es que tu madre es una guarra." respondía su padre. Eran un matrimonio bien avenido. Pese a las negativas, no se rendía, hasta que un día su padre le dijo algo que la marcó: "Saliendo hasta tan tarde tu madre me conoció a mi". Y así, ya nunca más volvió a pedirle que le dejara salir.

Sin embargo las hormonas juveniles bullían en su cuerpo bien desarrollado ya, cosa que no podía impedir la férrea vigilancia de su padre. En la soledad de su habitación comenzó a ver durante horas en la MTV a cantantes que sufrían estrafalarias bromas y comentaban sus escarceos sexuales, y siempre corría a Youtube para buscar sus videoclips con los que bailaba sin descanso hasta la hora de cenar.

Aquello sirvió para aplacar el gusanillo de la fiesta, pero pronto el sentirse sola mermó su ánimo y bailar perdió su sentido. Pero ocurrió que no mucho después inauguraron un centro comercial en su barrio, el primer símbolo de modernidad que veían sus ojos, en una zona donde lo más avanzado que se podía encontrar uno era un cassette de doble pletina.

La mañana del domingo siguiente fue con su padre, que tenía curiosidad por ver qué tenía aquello que no tuviera la tienda del Ambrosio. Para empezar había infinidad de productos en decenas de locales espaciosos y bien iluminados donde centenares de personas eran atendidas por un grupo de gente guapa de franca sonrisa y modales exquisitos, tres de las quince cosas que su padre más odiaba y que farfulló antes de volver a casa airado ante tamaña ruptura con las buenas costumbres. Para él, que el Ambrosio te mirara inquisitivamente de arriba a abajo con un palillo en la boca y te espetara un seco "¿Qué se te ha perdió por aquí?" era el único trato decente que un comprador podía recibir.

Pero si algo llamó la atención de Adela fue la música. En cada tienda sonaba una canción distinta a todo volumen. Canciones con un ritmo frenético que la incitaban a desatarse y dejarse llevar por sus electrónicas melodías.

Miró a su alrededor. Se encontraba en una tienda de ropa para chicas jóvenes, decorado como si fuera un callejón de una gran ciudad americana, con grafitis, paredes desconchadas y cubos de basura, en este caso pulcramente colocados y rellenos de confeti de colores. Chicas de todas las edades, algunas acompañadas por enfurruñados novios cargados de bolsas, abarrotaban los pasillos. Lo mejor: su padre no estaba a la vista. Movida por la música, se colocó en un espacioso rincón de la tienda, entre las chaquetas de invierno y los sombreros folclóricos y comenzó a dejarse llevar, liberando sus brazos, soltando sus caderas, electrizando su cabeza e hilvanándolos todos en una danza pasional que pronto llamó la atención de los presentes.

Alguien no tardó en llamar a un miembro de seguridad del centro, que se personó en el lugar un par de minutos después, cuando comenzaba un nuevo tema que Adela se disponía a bailar. El guardia la cogió del brazo y la acompañó a la salida. Antes de volver al interior, se despidió de ella con una rápida excusa: "Me han dicho que tenia que sacarte. Solo cumplo ordenes."

Pero Adela no se vio afectada por la expulsión. Por primera vez se había sentido viva, bailando rodeada por aquella gente, que aunque en un principio se había mostrado sorprendida, no habían tardado en animarla y acompañarla con aplausos de apoyo. Bailando por las aceras regresó a casa, en espera del próximo fin de semana.

Y no bien abrieron las puertas del centro comercial el sábado siguiente, entró Adela. En su camino a la tienda donde había nacido su yo bailarín, se cruzó con el guardia de seguridad que le dedicó un guiño y un esbozo de sonrisa al tiempo que fingía que no la había visto. Esta vez iba preparada. No la volverían a echar. Para ello, se dedicaría a recorrer todas las tiendas de forma itinerante, según la música le gustara o no. Y el truco funcionó. Pues cuando veía que el guardia de seguridad se acercaba a la tienda, salia de ella y se dirigía a otra. El guardia, complice de su juego sin duda, volvía a su puesto y ella comenzaba a bailar una nueva canción hasta que el proceso se repetía.

No había fin de semana que no acudiera a bailar. Con el tiempo incluso estableció una rutina de locales que visitar. Nada más llegar utilizaba los baños públicos como improvisados camerinos y de niña bien hacía una tigresa de la noche con su falda corta, sus botas de caña y su camisa blanca anudada sobre el ombligo, un atuendo que habría provocado la muerte instantánea de su padre de haberla visto así. Llegó incluso a entablar cierta amistad con Agus, el guardia de seguridad, que cada vez se hacía más el remolón cuando de ir a donde se solicitaba su presencia se trataba. Este llegó a comentarle que llegaría el momento en que tendría que ponerse duro y echarla, pues los comerciantes se enfadarían por su poca eficacia y le despedirían. Pero eso no ocurrió pues la noticia del espectáculo que daba Adela corrió como la pólvora y toda tienda a la que acudía se llenaba de gente.

Era una magnifica propaganda, hasta el punto en que un día dejaron de llamar a Agus, y los dueños de las tiendas comenzaron a desvivirse por ella, llegando a consultarle qué música prefería y otras cuestiones relacionadas con su show improvisado.

Esto hizo que se estableciera una lucha a muerte entre los comerciantes, deseosos de acaparar la publicidad que los bailes de Adela les proporcionaba. Uno de ellos decidió por su cuenta ofrecerle una pequeña suma de dinero a cambio de la exclusividad de su presencia. Esto llegó a oídos de los demás, que se reunieron para recriminarle su actitud. "No está bien darle dinero" apunta uno, "Es ilegal" interviene otro de más allá. "Me pareció que la chica merecía recibir una parte de los ingresos que genero gracias a ella" se defiende el generoso tendero. "Comunista" le espeta alguien.

Al final decidieron no darle un solo céntimo y dejar al libre albedrío del mercado el que Adela pasara más o menos tiempo en la tienda que quisiera. Ella, que permanecía ajena a estos tejemanejes, continuaba bailando feliz y despreocupada. Tanto, que se sorprendió cuando sintió la mano de Agus sobre su hombro. Por lo que se ve, los comerciantes se habían declarado una guerra secreta y un tendero rival había llamado a seguridad para que la echaran.

Agus la acompañó gentilmente a la salida y antes de despedirla y volver a su puesto le preguntó: "¿A ti te gustan los bollycaos o los donettes?". Le temblaba la voz y era incapaz de mirarla a la cara, lo cual extrañó a Adela, que se tomó unos segundos antes de responder: "Los... ¿bollycaos?". El rostro del guardia se iluminó al tiempo que dibujaba una aparatosa sonrisa. "Bien" dijo y sin más se dio la vuelta y deshizo el camino andado.

Para evitar ser desalojada de nuevo, Adela comenzó de nuevo su ruta por todas las tiendas sin pasar demasiado tiempo en ninguna de ellas. Pero esto cambió un sábado por la tarde de principios de abril, cuando descubrió en el Bershka a un discjockey como los de las grandes discotecas, pinchando discos para ella. Durante los fines de semana siguientes no salió de allí. Agus la observaba en la distancia con cierta tristeza. Aunque los demás comerciantes la habían denunciado, él no podía echarla y compartir con ella esos breves minutos, pues el gerente de la tienda le prohibía la entrada. Y así, mientras él tenía que conformarse con ver sus hipnóticas coreografías tras el espejo del escaparate, ella se iba enamorando del DJ, dueño de la música que sonaba en su corazón.

Agus lucharía por ella. Lo decidió el tercer día de la baja que había pedido por el sofocón que se había llevado al ver salir de la mano a su amor y a ese pincha aprovechado que de seguro devoraba a chiquillas como aquella día si, día también. Al día siguiente se personó en la tienda y desafió al DJ a un duelo de baile en el que el jurado sería Adela y el premio, su corazón. Más por conservar su reputación que por ganas, el pincha aceptó.

Adela no tardó en llegar para su sesión de baile y le sorprendió encontrar en el centro de un corrillo al guardia de seguridad y al DJ, que al verla, sonrieron como corderillos directos al matadero. Una vez fue informada del reto, este dio comienzo con un baile ensayado hasta la extenuación frente al espejo de su habitación por Agus, que se había inspirado en los grandes clásicos: Michael Jackson, John Travolta, Pingu... Dejó a todo el mundo de piedra. Nadie esperaba que un rígido segurata pudiera ser tan flexible y tener tanto sentido del ritmo.

Cuando le tocó el turno al DJ este no supo muy bien qué hacer. Su especialidad era sacar ritmos arcoiris de los platos, acariciar los vinilos para que las notas se pusieran erectas, arrancar gemidos sensuales de las melodías... esas fueron sus palabras antes de volver cabizbajo a su mesa de mezclas, dándose por derrotado sin siquiera intentarlo.

Mientras intercambiaba un disco de house por otro de progressive, vio como Adela corría a abrazar a su contrincante. Ambos se perdieron entre el gentío mirándose a los ojos como solo dos bailarines contemporáneos podían hacerlo. El DJ comenzó a elucubrar una moraleja sobre el éxito de los tipos con porras grandes pero entonces le vio: un chico alto, fornido, con pelo cano, mirada misteriosa, un look casual familiar y las manos en los bolsillos, que clavó su mirada en él y levantó la cabeza en un gesto seco, como el de un velociraptor, que hizo que olvidara cualquier cosa.

Hundió su cabeza en el teclado del portátil y comenzó a buscar los próximos temas con los que hacer que los pezones de las clientas se pusieran erectos. Para eso le pagaban.

martes, 12 de junio de 2012

El barrendero que miraba con tristeza al infinito

La mano izquierda apoyada sobre el árbol, la derecha sobre la escoba y la cabeza sobre esta. Así pasa Antonio Manuel gran parte de su jornada laboral como barrendero. Muchos le tildan de vago aunque él, a cuyos oídos han llegado dichos comentarios, prefiere definirse como pensador acosado por circunstancias extemporáneas y una pertinaz sequía económica.

No importa que el  terral azote sus mejillas, que los truenos le cieguen o que la lluvia le cale los huesos a través del uniforme amarillo chillón, aunque esta dificulta enormemente su trabajo. Él siempre está ahí, meditando, mirando más allá de lo evidente, perdido en un mundo que solo existe en sus pupilas.

En los corrillos del barrio de La Peña, juran que le han visto trabajar alguna que otra vez. Los que menos frecuentan las calles no se lo creen. Piensan que no es más que una leyenda urbana con la que justificar el que no se le denuncie ante el ayuntamiento. La señora Amparo llegó a decir una vez que es sobrino del alcalde. ¿Quién sino alguien con una persona de tan alta distinción detrás podría dedicar el 80% de su tiempo de trabajo a no hacer nada? Además, ella vio cómo un coche negro, muy elegante, del estilo de los que suelen tener los políticos, se paraba delante de Antonio Manuel, bajaba la ventanilla y... ahí ya no pudo ver más porque la llamaron por teléfono para una promoción muy buena de desele del Internet y cuando colgó ya no había nadie.

El corrillo dejó divagar a la señora Amparo una vez más, como solía en cada reunión desde que afirmó que su difunto Mariano se le aparecía todos los viernes con unas tijeras y le recortaba las recetas de sus medicinas para la artrosis.. La conclusión de aquel día de chismes fue que alguien debería llamar al ayuntamiento para ayudar a la señora Amparo, no para denunciar al pobre Antonio Manuel que al menos, incluso en su estado catatónico daba los buenos días a quien amablemente le saludaba. Y además, no se notaba su falta de dedicación, las calles permanecían limpias. "Como que no ensuciamos" fue el ultimo comentario que se escuchó en la reunión.

Y así, mientras quien más quien menos se percataba de que las horas pasar dejaba, nadie se percató de que Antonio Manuel tras hacer su ronda en minutos, en el mismo sitio se paraba, nunca un poco más allá. Una mano en el árbol, sobre la escoba la otra y no miraba hacia atrás, ni a derecha ni a su izquierda, sino siempre hacia adelante hacia el ventanal gigante del instituto local. Y a través de él veía, dando clases día tras día, a la bella Genoveva; su delicado cuerpo, su cabello largo y suelto y unos brazos por los que gustoso abrazar se dejaría. Y deja libre su mente, vuela alto sin control a un lugar lejano, perdido en el infinito, en el mar de los posibles, donde solo hay un tú y yo, donde él la enamora, viven juntos y felices y se hartan de comer perdices hasta el final de los tiempos o hasta que llega el recreo, que con su timbre estridente, le devuelve al presente, un lugar mucho peor. Pues al fin y al cabo solo es un pobre currante sin ningún mérito importante y ella es un sol radiante, inaccesible y brillante, incluso para el sobrino del alcalde.

En el siguiente corrillo se decide su destino. Algo colmó un vaso que la mayoría veía medio vacío. En cualquier caso una llamada anónima fue realizada al ayuntamiento. El asunto se demoró por unas cuantas semanas hasta que finalmente ocurrió. La señora Amparo fue ingresada en una residencia de la capital donde podrían atender su demencia y con ella se fue su hija, Genoveva, la bella maestra de escuela.

Pero Antonio Manuel continúa, día tras día, mirando con tristeza al infinito, pensando en lo que pudo hacer y no supo, en lo que pudo ser y no ocurrió, mientras unos le llaman vago y muchos otros, pensador.

viernes, 6 de abril de 2012

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El hombre que puntuaba con un 1 las fotos del Badoo causando grandes perjuicios a las chicas

Cienfuegos Calarro era un tipo tan feo como su nombre indicaba; y si hubiera uno que denotara mezquindad, sus padres también le hubieran bautizado con él.

Nada hubo en su infancia que pudiera justificar su comportamiento años después, al menos nada que no padecieran generaciones de jóvenes a los que la vida, por motivos caprichosos, no les había sonreído: rechazo, incomprensión y algún que otro capón por parte de los correspondientes matones.

De todas estas adversidades, la que más hacía mella en su corazón era el rechazo de todas las chicas que le habían gustado desde parvulario; algo común en un amplio porcentaje de la población masculina pero que sin embargo a él le había afectado de una forma especial, bien por el entorno poco acogedor en el que se había criado o por haber nacido bajo el signo de Capricornio con ascendente Piscis, aunque él no creía en esas cosas, ni siquiera cuando en las noches despejadas contemplaba sin mirar, la disposición de estrellas que trataban de emular la forma de una cabra en las mentes más imaginativas, lo cual no era su caso.

Volvió de su ensimismamiento cuando un breve toque de trompeta indicó que el sistema operativo había terminado de cargarse. Echó las cortinas e introdujo su contraseña en la ventana indicada para ello: Bastardo_matador. Aparte de una pobre imagen de su persona, no tenía el más mínimo deseo de ocultarse su condición.

Como cada noche desde que se registró en aquella página de contactos, procedió a puntuar las fotos de las usuarias que aparecían por azar en su pantalla.. No se detenía mucho observándolas. Jamás a la cara o al menos en la mayor parte de las ocasiones. Rubias, morenas, altas, bajas, de mirada viciosa, otras falsas.. un par de segundos antes de otorgarles la puntuación más baja y pasar a la siguiente.

Lo hacía de forma metódica, sin ningún remordimiento. Alguna vez se preguntó qué historia habría tras una pose ridícula o ese trasero destacado en primer plano y embutido en unos vaqueros dos tallas más pequeños de lo que debieran. Se podía conocer  a una persona por los pantalones que gustaba vestir. Era una de las teorías que anotaba en un pequeño cuaderno y del que pensaba sacar un buen rédito en un futuro, cuando lo convirtiera en un libro de éxito.

Otra foto repetida... solía pasar muy de vez en cuando. Ni siquiera ese hecho, extraordinario en su banalidad, lograba sacar algo de piedad del pozo sin fondo en el que se había transformado su alma, y la puntuó con otro 1, el vigesimocuarto de la noche.

Él no lo sabía, aunque lo intuía e incluso lo deseaba, pero había sido el causante de 34 visitas al psicólogo, 50 puestas a dieta de distintos tipo con distintos resultados, 3 implantes de senos, 15 cambios de peinado y 24 de vestuario. Incluso se podía atribuir parte de un suicidio, no todo, pues muchos unos hay que recibir para decidir quitarse la vida.

A Cienfuegos le gustaba, al día siguiente, pasear por las calles más transitadas. Examinaba los rostros de las mujeres sin anillo y cuando daba con el rostro apesadumbrado de alguna de ellas, se decía que seguramente él había sido el causante de aquel estado de ánimo. Y así, sintiéndose de esa forma poderoso a su manera, le daba cierto sentido a su vida.

Aquella noche fue distinta a las demás. Un mensaje le esperaba en el buzón de su cuenta en Badoo. Su interés nunca fue encontrar pareja, amiga o ligue ocasional por lo que jamás había mantenido contacto alguno con las chicas que se anunciaban allí. Ni siquiera se había molestado en rellenar el perfil con datos suficientes como para que alguien sintiera la tentación de querer conocerle. Lo único que se había permitido era incluir una foto suya de pasaporte en la que salía tan favorecido como el fondo de cartón del estudio del fotógrafo donde se la habían hecho. Por eso la invitación para charlar con Luz_grisácea a medianoche, le dejó pensativo mirando a las estrellas junto a la ventana.

Fue la curiosidad la que le llevó a responder a aquel "Hola, qué tal?" con un directo "¿Quién eres?" Aquella respuesta carente de toda empatía no detuvo a la misteriosa interlocutora, que durante los siguientes minutos no paró de darle todo tipo de información sobre su vida. De la foto que aparecía en la ventana de chat no podía sacar mucho. Era falsa, a menos que estuviera hablando con Megan Fox, cosa que dudaba, pues si bien el español de Luz_grisácea era pobre, de seguro el de la actriz americana palidecía en comparación.

La foto le gustaba, pero eso no le hubiera librado de recibir un 1 y un reporte por falsa identidad. Nadie conseguía mentir a Cienfuegos, aunque es fácil cuando directamente no crees a nadie; y aunque era evidente que Luz_grisácea no era quien decía ser, aceptó quedar el fin de semana siguiente frente a un concurrido centro comercial. La luna llena había entrado en el cuadrante de sagitario lo cual era presagio de una aventura de la cual estaba necesitado después de tanto tiempo tras un teclado de ordenador que empezaba a sentir como una losa sobre sus manos.

Llegó la hora convenida, poco antes de la cena aunque el plan era tomar solo unas copas con las que saciar su curiosidad, aunque él calculaba que o bien no se presentaría nadie o lo haría algún tipo con ganas de pasar un rato divertido a costa de los demás. Esperaba que fuera lo segundo mientras escudriñaba los rostros de los paseantes que se dirigían a la puerta del centro comercial.

Llegó a escuchar el rugido del motor a su espalda, pero encontrándose sobre la acera no tuvo ninguna sensación de peligro hasta que el coche impactó contra él, arrojándolo varios metros hacia el edificio hasta impactar contra una de las columnas que sustentaban la entrada.

El golpe le había partido la columna y el atropello había destrozado varios de sus órganos internos, pero aún estaba consciente cuando una chica que apenas rozaría la veintena se bajó del coche que había intentado matarle. Llamaradas de furia salían de sus ojos verdes mientras se dirigía tambaleante hasta el cuerpo moribundo de Cienfuegos.

- Sé quién eres - le gritó al tiempo que rompía a llorar. - Me destrozaste la vida con aquella puntuación en Badoo. El chico con el que quería salir la vio y ya no me volvió a contestar a mis mensajes. Me gasté una fortuna en productos de belleza y todo para nada. ¡Ahora estoy sola!

Escuchó pacientemente hasta que terminó de hablar. Entonces,  reunió las pocas fuerzas que le quedaban y le hizo un gesto a la chica para que se acercara.

- En persona te doy un cero. - Fueron sus últimas palabras.

Cuando la ambulancia llegó, uno de los enfermeros registró sus bolsillos en busca de alguna identificación. Lo único que encontró fue una tarjeta de visita: Cienfuegos Calorro. Community manager de Corporación Estética.

domingo, 1 de abril de 2012

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Retratos mundanos: Antón Grushenko

Antón Grushenko, héroe de la Unión Soviética por su valentía en algún polvoriento lugar del lejano oriente, amante esposo, ya viudo, de una mujer que no pudo darle descendencia; refugiado político que cruzó toda Europa cuando el muro de Berlín cayó junto con sus ideales comunistas en busca de un lugar más agradable en el benévolo occidente.

No lleva mucho tiempo en la costa, el suficiente para darse cuenta de que incluso allí, el oro no siempre brilla para todos. Pero no le importa porque para él lo mas importante es deleitar a las gentes que caminan por el paseo con sus estatuas de arena, esculpidas solo con un poco de agua y toneladas de talento, reconocidas y admiradas por quien las contempla.

Esa es la idea que de Antón Grushenko tiene Ana Delgado, profesora libre ya de alumnos, soltera desde que recuerda, y que cada día que el sol acompaña, se sienta en un banco del paseo, no muy cerca de él para no llamar su atención pero no demasiado lejos de la representación de La última cena que está creando del caos de la playa y que tiene gran éxito entre los vecinos que se acercan, alegrando el rostro del bohemio artista.

Antón Grushenko sonríe, no le queda otra si quiere recibir el favor del público y con él, un puñado de monedas con el que conseguir su dosis diaria de olvido, aunque en la tienda de licores lo llamen vodka. Vive en la playa bajo el puente junto al que trabaja, en compañía de varios trotamundos y un perro, al que llama Ivana, en honor a su esposa, aquella que no le dio hijos, aquella que se consoló con su vecino mientras él dejaba su juventud y sus sueños defendiendo los ideales del partido en un desierto perdido, aquella cuyos lamentos y excusas le parecieron vacías y que acalló con una puñalada certera al corazón y por la que tuvo que huir a través del continente hasta llegar a aquel rincón soleado de la costa, donde nadie hace preguntas mientras sonrías.

Una señora se acerca. Varias veces la ha visto sentada en un banco del puente pero cuando sus miradas se han encontrado ha tratado de disimular desviándola hacia el vacío. No lo hace ahora cuando lanza una moneda sobre el cartón en el que recoge las donaciones. Antón Grushenko sigue la trayectoria de la moneda en su caída y muestra toda su dentadura a la tímida señora, mientras por dentro una furia arrolladora le hierve la sangre. Si solo tuviera un cuchillo, piensa Antón Grushenko, el asesino.