Mostrando entradas con la etiqueta Vidas anónimas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Vidas anónimas. Mostrar todas las entradas

viernes, 6 de abril de 2012

, ,

El hombre que puntuaba con un 1 las fotos del Badoo causando grandes perjuicios a las chicas

Cienfuegos Calarro era un tipo tan feo como su nombre indicaba; y si hubiera uno que denotara mezquindad, sus padres también le hubieran bautizado con él.

Nada hubo en su infancia que pudiera justificar su comportamiento años después, al menos nada que no padecieran generaciones de jóvenes a los que la vida, por motivos caprichosos, no les había sonreído: rechazo, incomprensión y algún que otro capón por parte de los correspondientes matones.

De todas estas adversidades, la que más hacía mella en su corazón era el rechazo de todas las chicas que le habían gustado desde parvulario; algo común en un amplio porcentaje de la población masculina pero que sin embargo a él le había afectado de una forma especial, bien por el entorno poco acogedor en el que se había criado o por haber nacido bajo el signo de Capricornio con ascendente Piscis, aunque él no creía en esas cosas, ni siquiera cuando en las noches despejadas contemplaba sin mirar, la disposición de estrellas que trataban de emular la forma de una cabra en las mentes más imaginativas, lo cual no era su caso.

Volvió de su ensimismamiento cuando un breve toque de trompeta indicó que el sistema operativo había terminado de cargarse. Echó las cortinas e introdujo su contraseña en la ventana indicada para ello: Bastardo_matador. Aparte de una pobre imagen de su persona, no tenía el más mínimo deseo de ocultarse su condición.

Como cada noche desde que se registró en aquella página de contactos, procedió a puntuar las fotos de las usuarias que aparecían por azar en su pantalla.. No se detenía mucho observándolas. Jamás a la cara o al menos en la mayor parte de las ocasiones. Rubias, morenas, altas, bajas, de mirada viciosa, otras falsas.. un par de segundos antes de otorgarles la puntuación más baja y pasar a la siguiente.

Lo hacía de forma metódica, sin ningún remordimiento. Alguna vez se preguntó qué historia habría tras una pose ridícula o ese trasero destacado en primer plano y embutido en unos vaqueros dos tallas más pequeños de lo que debieran. Se podía conocer  a una persona por los pantalones que gustaba vestir. Era una de las teorías que anotaba en un pequeño cuaderno y del que pensaba sacar un buen rédito en un futuro, cuando lo convirtiera en un libro de éxito.

Otra foto repetida... solía pasar muy de vez en cuando. Ni siquiera ese hecho, extraordinario en su banalidad, lograba sacar algo de piedad del pozo sin fondo en el que se había transformado su alma, y la puntuó con otro 1, el vigesimocuarto de la noche.

Él no lo sabía, aunque lo intuía e incluso lo deseaba, pero había sido el causante de 34 visitas al psicólogo, 50 puestas a dieta de distintos tipo con distintos resultados, 3 implantes de senos, 15 cambios de peinado y 24 de vestuario. Incluso se podía atribuir parte de un suicidio, no todo, pues muchos unos hay que recibir para decidir quitarse la vida.

A Cienfuegos le gustaba, al día siguiente, pasear por las calles más transitadas. Examinaba los rostros de las mujeres sin anillo y cuando daba con el rostro apesadumbrado de alguna de ellas, se decía que seguramente él había sido el causante de aquel estado de ánimo. Y así, sintiéndose de esa forma poderoso a su manera, le daba cierto sentido a su vida.

Aquella noche fue distinta a las demás. Un mensaje le esperaba en el buzón de su cuenta en Badoo. Su interés nunca fue encontrar pareja, amiga o ligue ocasional por lo que jamás había mantenido contacto alguno con las chicas que se anunciaban allí. Ni siquiera se había molestado en rellenar el perfil con datos suficientes como para que alguien sintiera la tentación de querer conocerle. Lo único que se había permitido era incluir una foto suya de pasaporte en la que salía tan favorecido como el fondo de cartón del estudio del fotógrafo donde se la habían hecho. Por eso la invitación para charlar con Luz_grisácea a medianoche, le dejó pensativo mirando a las estrellas junto a la ventana.

Fue la curiosidad la que le llevó a responder a aquel "Hola, qué tal?" con un directo "¿Quién eres?" Aquella respuesta carente de toda empatía no detuvo a la misteriosa interlocutora, que durante los siguientes minutos no paró de darle todo tipo de información sobre su vida. De la foto que aparecía en la ventana de chat no podía sacar mucho. Era falsa, a menos que estuviera hablando con Megan Fox, cosa que dudaba, pues si bien el español de Luz_grisácea era pobre, de seguro el de la actriz americana palidecía en comparación.

La foto le gustaba, pero eso no le hubiera librado de recibir un 1 y un reporte por falsa identidad. Nadie conseguía mentir a Cienfuegos, aunque es fácil cuando directamente no crees a nadie; y aunque era evidente que Luz_grisácea no era quien decía ser, aceptó quedar el fin de semana siguiente frente a un concurrido centro comercial. La luna llena había entrado en el cuadrante de sagitario lo cual era presagio de una aventura de la cual estaba necesitado después de tanto tiempo tras un teclado de ordenador que empezaba a sentir como una losa sobre sus manos.

Llegó la hora convenida, poco antes de la cena aunque el plan era tomar solo unas copas con las que saciar su curiosidad, aunque él calculaba que o bien no se presentaría nadie o lo haría algún tipo con ganas de pasar un rato divertido a costa de los demás. Esperaba que fuera lo segundo mientras escudriñaba los rostros de los paseantes que se dirigían a la puerta del centro comercial.

Llegó a escuchar el rugido del motor a su espalda, pero encontrándose sobre la acera no tuvo ninguna sensación de peligro hasta que el coche impactó contra él, arrojándolo varios metros hacia el edificio hasta impactar contra una de las columnas que sustentaban la entrada.

El golpe le había partido la columna y el atropello había destrozado varios de sus órganos internos, pero aún estaba consciente cuando una chica que apenas rozaría la veintena se bajó del coche que había intentado matarle. Llamaradas de furia salían de sus ojos verdes mientras se dirigía tambaleante hasta el cuerpo moribundo de Cienfuegos.

- Sé quién eres - le gritó al tiempo que rompía a llorar. - Me destrozaste la vida con aquella puntuación en Badoo. El chico con el que quería salir la vio y ya no me volvió a contestar a mis mensajes. Me gasté una fortuna en productos de belleza y todo para nada. ¡Ahora estoy sola!

Escuchó pacientemente hasta que terminó de hablar. Entonces,  reunió las pocas fuerzas que le quedaban y le hizo un gesto a la chica para que se acercara.

- En persona te doy un cero. - Fueron sus últimas palabras.

Cuando la ambulancia llegó, uno de los enfermeros registró sus bolsillos en busca de alguna identificación. Lo único que encontró fue una tarjeta de visita: Cienfuegos Calorro. Community manager de Corporación Estética.

martes, 14 de diciembre de 2010

La mujer que exclamaba al viento su afición por las bolas chinas

Doris era una triunfadora del pisito, como gustaba de llamarse en las fiestas ibicencas que se organizaban en las mansiones más imponentes de la costa. En ocasiones el anfitrión era uno de sus amigos; en otras, eran importantes magnates de todo tipo de negocios. Estas eran de lejos las más interesantes pues usaba sus malas artes y sus dones naturales para colarse en ellas y tratar de vender las soluciones habitacionales de alto standing de su cartera de activos a los adinerados asistentes aprovechando el furor artificial provocado por ríos de diversión en forma de pastillas y demás sustancias excitantes. Básicamente compraba casas de lujo para luego revenderlas, sacando un jugoso beneficio entre medias.

Su dominio de la dialéctica le permitía hacerse con la conversación sacando a colación temas triviales para a continuación, como quien no quiere la cosa, exponer los beneficios de poseer un chalet en la sierra. No solían picar el anzuelo facilmente pero alguno que otro, por fortuna para su cuenta corriente, lo hacía. Sin embargo había a quien molestaba ser abordado por cuestiones tan mundanas como el dinero o las propiedades. Si alguna vez su interlocutor se había percatado de su rol descarado de comercial encubierta, había sorteado el escollo con un momento de desahogo en el baño con el sagaz desenmascarador, que pasaba a desenmascarado pues como seguro, no dudaba en grabar con su móvil de ultima generación hasta el más mínimo detalle del encuentro con aquellos babosos decrépitos. Mientras se retocaba con el pintalabios frente al espejo se preguntaba por qué los guapos con dinero eran tan escasos. Pero el momento de reflexión duraba poco y acto seguido elegía otra víctima segura de que su coartada como alegre fiestera permanecía intacta.

Cuando era una mujer la que amenazaba con revelar entre los asistentes su condición de vendedora, trataba de desviar la conversación comentando que ella se dedicaba al diseño de juguetes eróticos, pues había recibido en herencia un emporio de látex, no de ladrillo. Acto seguido abría su bolso y sacaba un consolador o unas bolas chinas que no dudaba en mostrar sin pudor. Risas contenidas solían responder a dicha ocurrencia y cuando no era así, se disculpaba y huía del lugar de la forma más discreta posible.

Cuando el frío arreciaba y las fiestas se hacían demasiado exclusivas incluso para ella, se dedicaba a vivir de las plusvalías, un concepto que la había aburrido durante sus clases de ADE pero que había despertado su interés cuando había visto su equivalente real en forma de fajos de billetes con los que costearse un ático en el centro, un Porsche en el garaje y un armario repleto de zapatos y bolsos que sería la envidia de Imelda Marcos. La vida le iba muy bien y el mañana era un puente muy lejano que no se planteaba cruzar hasta que la naturaleza la privara de su explosiva belleza o su hambre de riqueza se viera saciada: lo que ocurriera antes.

Sin embargo la crisis económica que sacudió de improviso el mundo, hizo lo propio con su negocio. Los signos de que los buenos tiempos no serían eternos habían estado ahí siempre, pero ella nunca les prestó demasiada atención, emborrachada de dinero como estaba. Un par de años después del rescate de los grandes bancos, las fiestas ya no eran tantas y los asistentes ya no tenían dinero de sobra para invertir en otra mansión en un rincón perdido del país. Ya ni siquiera aceptaban acompañarla a un rincón apartado cuando notaba que la conversación empezaba a molestarles, simplemente le daban la espalda y la ignoraban, dejándola con una gran deuda que se vio incapaz de pagar.

El invierno siguiente fue duro. Los bancos embargaron sus posesiones dejándola en el pequeño ático sin muebles que una vez perteneció a sus padres, en un edificio a las afueras de la ciudad, lejos de lo que podría considerarse la civilizacion. Pero allí donde otros se hubieran achantado, ella decidió mirar hacia delante con optimismo. Al fin y al cabo no le habían quitado todo, aún estaba en su poder la mayor cadena de sex shops del país e iba a hacerlo valer.

Salió al balcón para disfrutar de la ligera brisa matutina y marcó el primer número de la agenda de su teléfono.

Yo me dirigía como tantos días a un parque cercano a casa cuando, gracias a la buena acústica del lugar, me llegó la voz diáfana de una chica cuyas palabras atrajeron mi atención: "Las bolas chinas son lo mejor, yo las uso al menos una vez al día, a veces he ido incluso a trabajar con ellas puestas..."

Sin detenerme por si era una trampa que acabaría con mi cartera vacía y mi ropa en posesión de algún maleante, compinche de aquella mujer, continué mi camino y decidí escribir su historia e inmortalizarla en estas lineas. Luego más tarde volví y le compré dos.

viernes, 26 de noviembre de 2010

,

El niño que hacía la grulla mientras patinaba

Elíseo era un niño de extracción humilde. Uno más de los que conferían de vida a la ciudad dormitorio donde vivía. Pese a los pocos medios con los que contaba su familia, no le faltaba de nada; y aún así no era feliz, pues sufría el desprecio diario del resto de críos de su colegio.

En un mundo de jerarquizadas marcas, no tenían cabida sus zapatillas J-Javier ni su chandal Niki con el que acudía a las clases de educación física. Niki Lauda, agárrate fuerte, Niki Lauda, le cantaban sus compañeros en el recreo con no poca mala leche, a instancias de algún adulto malintencionado sin duda, pues si los niños de hoy en día apenas saben quién es su padre, mucho menos el piloto austriaco.

Aquellas burlas causaban gran congoja en el pobre Elíseo, cuyas tardes pasaba entre llantos y viejas películas que su hermano le había dejado en herencia antes de marcharse a Calcuta a trabajar, y que le servían para evadirse de esa realidad que le marginaba por lo que tenía. Hasta que un día, entre la pila de cintas Beta, encontró una cuyo título le llamó poderosamente la atención: Karate Kid.

Durante dos horas se vio reflejado en la lucha del joven Daniel Larusso para ganar el respeto de sus compañeros de instituto. Al verle alzarse con el trofeo del campeonato de Valley y con sus ojos aún humedecidos por la emoción, se dijo que no pasaría una sola tarde más humillado en aquella pequeña habitación.

Al día siguiente recorrió toda la ciudad en busca de un anciano asiático que aceptara tutelarle en los misterios del Karate, pero tras visitar el quinto restaurante, donde el regente le ofreció 20 euros por hacer algo que no entendió muy bien, decidió abandonar. De todas formas eso de los torneos de artes marciales era cosa de las películas. Nunca había escuchado que se hubiera celebrado alguno. Sin embargo en los pasillos de la escuela no se hablaba de otra cosa que no fuera la "Carrera de la muerte sobre patines 2010". Lo mejor es que ya sabía patinar y no necesitaría de ningún maestro para ganar. Así que con una canción cañera con abundantes solos de guitarra eléctrica y la ayuda de su perro Jipper, entrenó duramente la semana que le separaba del día del gran evento.

Todos los alumnos del colegio se apiñaban a ambos lados del recorrido, incluido los repetidores, que habían aplazado por un día la preparación de cigarrillos de la risa y hacían apuestas sobre quién sería el ganador.

En la linea de salida no podía tener peor compañía: los chavales que más se reían de él, incluido el hijo del tipo que había propagado la estúpida canción de Niki Lauda. Pero ¿acaso podía ser de otra forma? Tenía que conseguir la gloria frente a sus mayores enemigos para hacerles ver que debía aceptarlo en su grupo. Así lo establecía el canon de Golan-Globus. Por ello, cuando escuchó el pitido que marcaba el inicio de la carrera, se lanzó hacia delante como si le persiguiera una reposición de "El planeta imaginario". Eso le procuró una ventaja de varios segundos sobre su más directo perseguidor: Mario, futuro repetidor y espectador de Sálvame Deluxe, que no tardó en alcanzarle.

Durante varios metros fueron a la par mientras Elíseo trataba de no escuchar los insultos que su rival profería para ponerle nervioso, cosa que al final ocurrió cuando Mario hizo un comentario ofensivo sobre sus patines, hechos con el esqueleto de una silla de ruedas que había encontrado tirada en un descampado.

Había perdido la delantera a pocos metros de la meta, que ya se vislumbraba en el horizonte. El desánimo comenzó a apoderarse de sus piernas, que a cada segundo que pasaba le costaba más mover. Entonces, una voz surgió de su interior:

- Utiliza la grulla, Eliseo San.

¡Era la voz del Sr. Miyagui! Siguió su consejo y mientras se deslizaba sobre el asfalto, levantó su pierna izquierda y sus brazos e imitó a la perfección la grulla. La gente en ese instante enloqueció y Mario se giró para ver qué sucedía con tan mala suerte que no vio un poste telegráfico, reliquia de 1834, chocando contra él y cayendo al suelo con violencia, dando la victoria a Elíseo que cruzó la meta en la postura de la grulla, momento en el cual le vi y decidí contar la historia que le otorgaría la inmortalidad.