miércoles, 21 de marzo de 2012

Rima asonante

Se ve que hoy ha sido el día de la poesía en Twitter. Si, Twitter, ese sitio donde las mujeres se desatan y hablan de sus relaciones sexuales con la misma despreocupación que si cantaran la alineación del Castilla. La significación del día me importa más bien poco, enemigo como he sido siempre de un género que más allá de la musicalidad de la rima, aporta lo mismo al mundo de los sentimientos que una canción country. Sin embargo, hace tiempo conocí a una persona a la que le gustaban los haikus, los amaba, los reverenciaba, los bebía y luego se los tragaba. Hasta tal punto se encontraba fascinada por la composición japonesa de tres versos que incluso llegó a comprarse un libro sobre el género. Por ello, como homenaje a aquellos tiempos cuyos recuerdos se han convertido en ceniza que vuela sobre el mar a lomos de la tramontana, dedico estos haikus a todos los que, ante un hombre que recitaba poesía, pensasteis en regalarle una almohada.

1.
El perro hace guau.
El gato hace miau.
Chapeau el esmirriau.

2.
IDDQD
IDKFA
IDBEHOLD A

3.
Me comí su almeja
y del restaurante marchó ofendida
porque la dejé sin comida.

4.
Gran estruendo.
Atmósfera viciada
Demasiada fabada.

5.
La maleta,
llena de esperanzas,
yace en el desván.

6.
Lágrimas dulces
cubren mi rojo rostro
y no soy Hellboy.

7.
Lágrimas en la lluvia
de la rubia ya casada
con Juan Manuel de Prada.

8.
Superdisco chino,
te lo compras en un chino
y te sale por un pico.
(que los chinos están muy caros ya)

9.
Quedar con una mujer
que te diga que te quiere
y luego te pida la cuenta.

10.
El robot se vuelve hombre.
El hombre se vuelve estúpido.
El estúpido que quiere ser robot.

11.
Zapatero ha fenecido.
Muchos sacan el champán.
Venden zapatos (y son chinos)

12.
Luces de neón.
hombreras sobre un pibón.
Es una hija del punk.

13.
Se la toca a dos manos,
sentado bajo un manzano.
Su empresa ha traspasado.

14.
Acciones de Grefusa
se vendieron todo el día.
Ni para pipas valían.

15.
Guiris van por el paseo
medio desnudas pero no las veo.
Tendría que haber salido de casa.

16.
- ¿Cual es el dedo que domina el universo?
- ¿El dedo corazón?
- No me refiero a “eso”.

17.
Luke conoció a su padre.
Vader conoció a su hijo.
El nombre del emperador ya te lo he dicho.

18.
El amor es como un pollo.
Nadie sabe por qué cruza la carretera
si las putas están en la Junquera.

19.
Se interna valiente en lo oscuro.
Con su porra en la mano se siente duro,
hasta que en un momento, alguien le agarra el culo.

20.
La inspiración es una mujer
que se tira a todo el barrio
menos a su esposo fiel.

domingo, 17 de abril de 2011

Cien

Tumbada sobre la cama, apenas deshecha de un destartalado hotel. No hubo tiempo para delicadezas, ni siquiera una ducha rápida. Apenas un par de besos sirvieron de preámbulo para acto seguido ser arrojada hacia el mullido colchón; la falda remangada en su cintura, su blusa entreabierta dejando al descubierto sus pechos y la ropa interior arrancada de un tirón.

Y pronto se ve con las piernas abiertas y el alma al aire, expuesta al hombre que besa sus muslos con gula mientras pellizca sus pezones con sus ásperas manos. Ella no piensa, se limita a dejarse llevar por las rudas caricias que poco a poco van encendiendo su pasión, arrancando quedos gemidos cuyo volumen aumenta cuando son unos expertos dedos los que entran en su sexo explorando su intimidad, tocando interruptores cuya existencia desconocía, haciendo que se derrame sobre ellos poco a poco.

Y es entonces cuando empieza a tener conciencia de donde está, de lo que está haciendo, pero ya es tarde. Podría parar si, pero ya siente el ariete de carne tan esperado por su sexo, deslizarse en sus entrañas con un ímpetu imparable.

Él la embiste sin compasión, ella intenta decirle que pare pero de sus labios solo salen suspiros y gemidos que animan a su pareja a ser más efusiva. No quiere estar allí y en su interior no comprende esa resistencia a ser poseída. Ella le buscó, le sedujo en el bar, y mientras le susurraba al oído las condiciones, introdujo en su bragueta su mano temblorosa insuflándola de vida con su rítmico movimiento.

Sin embargo, ahora, se siente prisionera en su cuerpo mudo, incapaz de mover un músculo; un altar de carne profanado por el falo duro que la horada sin cesar, acariciando su clítoris hinchado mientras las caras de la gente que le importa se aparecen ante ella. Puede ver sus gestos de enfado mutar en otros de desaprobación, ira, asco y desprecio, sucediéndose en una espiral vertiginosa, como un baile de espectros reunidos con el único fin de culparla por sus actos. Y aquello en lugar de coartarla, la excita, la invita a rodear con sus piernas la cintura del animal que la penetra para sentirlo más dentro. Quiere luchar pero no puede, salir de allí, huir muy lejos, pero su razón ya no tiene las riendas de su cuerpo y se limita a observar pasiva y angustiada cómo es follada sin medida, desde una cárcel de sensaciones y gemidos, cuyos muros no ceden a los golpes de la conciencia.

Su espalda se arquea incapaz de contener todo el placer que explota en su bajo vientre, cada embestida le arranca un hálito de vida, sus manos se aferran a las sabanas y su boca se abre con un desgarrador gemido que oculta un sollozo desesperado pues la razón ha escapado y, enloquecida, se alía con los remordimientos para destruir toda su conciencia, todos sus valores, su personalidad, su ser.

Y con la petit morte, llega la muerte de lo que fue. Y apenas queda un cascaron vacío sin voluntad, que ya estaba muerto desde que aquel desconocido, había introducido 100 euros en su bolso, junto a la barra del bar.

* Relato presentado al III concurso de relatos de Destino: Placer.

martes, 14 de diciembre de 2010

La mujer que exclamaba al viento su afición por las bolas chinas

Doris era una triunfadora del pisito, como gustaba de llamarse en las fiestas ibicencas que se organizaban en las mansiones más imponentes de la costa. En ocasiones el anfitrión era uno de sus amigos; en otras, eran importantes magnates de todo tipo de negocios. Estas eran de lejos las más interesantes pues usaba sus malas artes y sus dones naturales para colarse en ellas y tratar de vender las soluciones habitacionales de alto standing de su cartera de activos a los adinerados asistentes aprovechando el furor artificial provocado por ríos de diversión en forma de pastillas y demás sustancias excitantes. Básicamente compraba casas de lujo para luego revenderlas, sacando un jugoso beneficio entre medias.

Su dominio de la dialéctica le permitía hacerse con la conversación sacando a colación temas triviales para a continuación, como quien no quiere la cosa, exponer los beneficios de poseer un chalet en la sierra. No solían picar el anzuelo facilmente pero alguno que otro, por fortuna para su cuenta corriente, lo hacía. Sin embargo había a quien molestaba ser abordado por cuestiones tan mundanas como el dinero o las propiedades. Si alguna vez su interlocutor se había percatado de su rol descarado de comercial encubierta, había sorteado el escollo con un momento de desahogo en el baño con el sagaz desenmascarador, que pasaba a desenmascarado pues como seguro, no dudaba en grabar con su móvil de ultima generación hasta el más mínimo detalle del encuentro con aquellos babosos decrépitos. Mientras se retocaba con el pintalabios frente al espejo se preguntaba por qué los guapos con dinero eran tan escasos. Pero el momento de reflexión duraba poco y acto seguido elegía otra víctima segura de que su coartada como alegre fiestera permanecía intacta.

Cuando era una mujer la que amenazaba con revelar entre los asistentes su condición de vendedora, trataba de desviar la conversación comentando que ella se dedicaba al diseño de juguetes eróticos, pues había recibido en herencia un emporio de látex, no de ladrillo. Acto seguido abría su bolso y sacaba un consolador o unas bolas chinas que no dudaba en mostrar sin pudor. Risas contenidas solían responder a dicha ocurrencia y cuando no era así, se disculpaba y huía del lugar de la forma más discreta posible.

Cuando el frío arreciaba y las fiestas se hacían demasiado exclusivas incluso para ella, se dedicaba a vivir de las plusvalías, un concepto que la había aburrido durante sus clases de ADE pero que había despertado su interés cuando había visto su equivalente real en forma de fajos de billetes con los que costearse un ático en el centro, un Porsche en el garaje y un armario repleto de zapatos y bolsos que sería la envidia de Imelda Marcos. La vida le iba muy bien y el mañana era un puente muy lejano que no se planteaba cruzar hasta que la naturaleza la privara de su explosiva belleza o su hambre de riqueza se viera saciada: lo que ocurriera antes.

Sin embargo la crisis económica que sacudió de improviso el mundo, hizo lo propio con su negocio. Los signos de que los buenos tiempos no serían eternos habían estado ahí siempre, pero ella nunca les prestó demasiada atención, emborrachada de dinero como estaba. Un par de años después del rescate de los grandes bancos, las fiestas ya no eran tantas y los asistentes ya no tenían dinero de sobra para invertir en otra mansión en un rincón perdido del país. Ya ni siquiera aceptaban acompañarla a un rincón apartado cuando notaba que la conversación empezaba a molestarles, simplemente le daban la espalda y la ignoraban, dejándola con una gran deuda que se vio incapaz de pagar.

El invierno siguiente fue duro. Los bancos embargaron sus posesiones dejándola en el pequeño ático sin muebles que una vez perteneció a sus padres, en un edificio a las afueras de la ciudad, lejos de lo que podría considerarse la civilizacion. Pero allí donde otros se hubieran achantado, ella decidió mirar hacia delante con optimismo. Al fin y al cabo no le habían quitado todo, aún estaba en su poder la mayor cadena de sex shops del país e iba a hacerlo valer.

Salió al balcón para disfrutar de la ligera brisa matutina y marcó el primer número de la agenda de su teléfono.

Yo me dirigía como tantos días a un parque cercano a casa cuando, gracias a la buena acústica del lugar, me llegó la voz diáfana de una chica cuyas palabras atrajeron mi atención: "Las bolas chinas son lo mejor, yo las uso al menos una vez al día, a veces he ido incluso a trabajar con ellas puestas..."

Sin detenerme por si era una trampa que acabaría con mi cartera vacía y mi ropa en posesión de algún maleante, compinche de aquella mujer, continué mi camino y decidí escribir su historia e inmortalizarla en estas lineas. Luego más tarde volví y le compré dos.

viernes, 26 de noviembre de 2010

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El niño que hacía la grulla mientras patinaba

Elíseo era un niño de extracción humilde. Uno más de los que conferían de vida a la ciudad dormitorio donde vivía. Pese a los pocos medios con los que contaba su familia, no le faltaba de nada; y aún así no era feliz, pues sufría el desprecio diario del resto de críos de su colegio.

En un mundo de jerarquizadas marcas, no tenían cabida sus zapatillas J-Javier ni su chandal Niki con el que acudía a las clases de educación física. Niki Lauda, agárrate fuerte, Niki Lauda, le cantaban sus compañeros en el recreo con no poca mala leche, a instancias de algún adulto malintencionado sin duda, pues si los niños de hoy en día apenas saben quién es su padre, mucho menos el piloto austriaco.

Aquellas burlas causaban gran congoja en el pobre Elíseo, cuyas tardes pasaba entre llantos y viejas películas que su hermano le había dejado en herencia antes de marcharse a Calcuta a trabajar, y que le servían para evadirse de esa realidad que le marginaba por lo que tenía. Hasta que un día, entre la pila de cintas Beta, encontró una cuyo título le llamó poderosamente la atención: Karate Kid.

Durante dos horas se vio reflejado en la lucha del joven Daniel Larusso para ganar el respeto de sus compañeros de instituto. Al verle alzarse con el trofeo del campeonato de Valley y con sus ojos aún humedecidos por la emoción, se dijo que no pasaría una sola tarde más humillado en aquella pequeña habitación.

Al día siguiente recorrió toda la ciudad en busca de un anciano asiático que aceptara tutelarle en los misterios del Karate, pero tras visitar el quinto restaurante, donde el regente le ofreció 20 euros por hacer algo que no entendió muy bien, decidió abandonar. De todas formas eso de los torneos de artes marciales era cosa de las películas. Nunca había escuchado que se hubiera celebrado alguno. Sin embargo en los pasillos de la escuela no se hablaba de otra cosa que no fuera la "Carrera de la muerte sobre patines 2010". Lo mejor es que ya sabía patinar y no necesitaría de ningún maestro para ganar. Así que con una canción cañera con abundantes solos de guitarra eléctrica y la ayuda de su perro Jipper, entrenó duramente la semana que le separaba del día del gran evento.

Todos los alumnos del colegio se apiñaban a ambos lados del recorrido, incluido los repetidores, que habían aplazado por un día la preparación de cigarrillos de la risa y hacían apuestas sobre quién sería el ganador.

En la linea de salida no podía tener peor compañía: los chavales que más se reían de él, incluido el hijo del tipo que había propagado la estúpida canción de Niki Lauda. Pero ¿acaso podía ser de otra forma? Tenía que conseguir la gloria frente a sus mayores enemigos para hacerles ver que debía aceptarlo en su grupo. Así lo establecía el canon de Golan-Globus. Por ello, cuando escuchó el pitido que marcaba el inicio de la carrera, se lanzó hacia delante como si le persiguiera una reposición de "El planeta imaginario". Eso le procuró una ventaja de varios segundos sobre su más directo perseguidor: Mario, futuro repetidor y espectador de Sálvame Deluxe, que no tardó en alcanzarle.

Durante varios metros fueron a la par mientras Elíseo trataba de no escuchar los insultos que su rival profería para ponerle nervioso, cosa que al final ocurrió cuando Mario hizo un comentario ofensivo sobre sus patines, hechos con el esqueleto de una silla de ruedas que había encontrado tirada en un descampado.

Había perdido la delantera a pocos metros de la meta, que ya se vislumbraba en el horizonte. El desánimo comenzó a apoderarse de sus piernas, que a cada segundo que pasaba le costaba más mover. Entonces, una voz surgió de su interior:

- Utiliza la grulla, Eliseo San.

¡Era la voz del Sr. Miyagui! Siguió su consejo y mientras se deslizaba sobre el asfalto, levantó su pierna izquierda y sus brazos e imitó a la perfección la grulla. La gente en ese instante enloqueció y Mario se giró para ver qué sucedía con tan mala suerte que no vio un poste telegráfico, reliquia de 1834, chocando contra él y cayendo al suelo con violencia, dando la victoria a Elíseo que cruzó la meta en la postura de la grulla, momento en el cual le vi y decidí contar la historia que le otorgaría la inmortalidad.

viernes, 12 de noviembre de 2010

El enigma de Bagdad (II)

Tres lunas después de haberse iniciado el viaje, la caravana, hasta ese momento incansable, se detuvo. Aún estábamos a medio camino de Ezcurra y ni siquiera nos encontrábamos en el territorio Cimerio, así que eché mano de mi espada y me dispuse a averiguar qué es lo que ocurría. Antes de que pudiera salir del carromato en el que había estado viviendo esos días, la sudorosa cabeza de Rashid, el mercader que dirigía la caravana, apareció entre los cortinajes que cubrían la salida. Sus ojos brillaban presa de la fiebre o la locura, no supe distinguirlo en ese instante. No dijo palabra, simplemente se llevo el dedo índice a los labios y con gestos me invitó a que no me moviera. Pero si Rashid pensaba que podría darme órdenes como si fuera uno de sus vulgares esclavos, se equivocaba. De un salto aterricé en la cálida
arena del desierto. El viento, que siempre azotaba esos lugares, se había detenido y una extraña calma hizo que se me pusieran los pelos de punta.

A pocos metros frente a mi, Rashid daba órdenes en silencio a los mercenarios que le acompañaban. De inmediato se colocaron alrededor de los carros, cubriendo todos los flancos. Estaba claro que esperaban un ataque, pero ¿de quién? Por desgracia la respuesta llegó en forma de un torbellino de arena que engulló la carreta de Rashid junto con sus pertenencias. Los lamentos del comerciante se mezclaban con los gritos agónicos de las bestias de carga, cuyo fin agónico amenazaba con crispar mis nervios, normalmente fríos como las noches en el Calimshan.

Rashid y su harén corrieron en dirección contraria. Un esfuerzo vano pues el mar de arena infinito que les rodeaba no les ofrecería ninguna protección. No, yo no huiría como ese cobarde calishita. Correría si, pero hacia el peligro aún desconocido que engullía su segunda presa. Dispuesto me hallaba a saltar con la furia cegadora del que se juega su vida a un golpe afortunado de espada, cuando una pinza de no menos de tres metros emergió de la arena, partiendo en dos a uno de los camellos que tiraban de la tercera carreta. Por un instante me quedé clavado en el suelo incapaz de asimilar lo que estaba viendo. Y esa sensación de irrealidad se torno en locura cuando tras la pinza pude distinguir el cuerpo no menos enorme de un escorpión de jade, una bestia de la que había oído hablar al anciano de mi tribu,
historias de viejas para asustar a los niños como tantos otros cuentos con los que me había criado, aunque aquello distaba mucho de ser producto de la imaginación de algún viejo desdentado.

Rashid puede que fuera un cobarde, pero sabía elegir a la gente. La actitud de los mercenarios lo demostraba. Cualquier otro, y aunque tema reconocerlo, yo mismo llegué a pensarlo, se hubiera apoderado de una montera y hubiera dejado su vida en manos de Alá y del poderoso desierto, sin embargo ellos no perdieron el tiempo y en cuanto el escorpión quedó a la vista, lo rodearon y se dispusieron a atacarlo al unísono. De diez espadas, tres quedaron heridos de muerte tras ser golpeados por las veloces pinzas y otro más fue ensartado por el aguijón. Al menos no tendré que preocuparme por morir envenenado pensé mientras me lanzaba al lomo de la bestia, distraída por los mercenarios que quedaban. No bien puse en pie en su resbaladiza espalda, notó mi presencia. Trate de atravesarla con mi espada, pero era inútil. No
podía atravesarla y mis intentos solo sirvieron para enfurecerla más. Tuve que agarrarme a su cola mientras el escorpión forcejeaba, moviéndose bruscamente de un lado a otro y alzaba sus pinzas para atraparme, sin mucho éxito. En cualquier caso tenía que terminar con aquello pronto o correría el mismo destino que dos de los mercenarios, que habían muerto aplastados bajo las patas del arácnido.

Recordé entonces un regalo de un alquimista para el que había trabajado no hacía mucho: una pequeña bolsa repleta de pequeños granos negros como el carbón, pero que, según él, tenían propiedades mágicas, hasta el punto de poder derribar un muro o matar a distancia a alguien. Desprendí la bolsa de mi cinto y esparcí los granos por la espalda del animal. No ocurrió nada.

Maldije con toda mi alma a aquel charlatán, lanzando una estocada tras otra con la rabia del que se sabe moribundo. Mas el destino me tenía reservado otro final, pues en uno de mis mandobles, se produjo una chispa que inflamó aquellos granos, produciendo una gran explosión que me lanzó por los aires hasta caer a varios metros de distancias de la criatura, qué enfurecida por el dolor, comenzó a clavarse su propio aguijón mientras arremetía contra el grupo de mercenarios supervivientes, acabando con casi todos ellos. O al menos eso me pareció ver en ese momento, pues tras ver cómo la sangre brotaba como un manantial del lomo del escorpión. Por un momento, un instante o quizás menos, incluso vi cómo se desvanecía en el aire para volver a aparecer, moribundo y rendido ante su propia picadura mortal. No pude ver más. Perdí el conocimiento.

martes, 2 de noviembre de 2010

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El enigma de Bagdad

Agazapado junto a una columna gruesa y antigua como el palacio que apuntalaba, esperaba con paciencia a que el Visir despachara a los últimos embajadores, para poder hablar con él.

Con gran suntuosidad y pompa, los representantes de Cimeria, una lejana y polvorienta provincia del imperio, se despidieron hasta la siguiente recepción, que acontecería el año siguiente por esas mismas fechas, cuando el perezoso sale de su madriguera y comienza la búsqueda de comida con la que saciar su hambre enfurecida por los meses de hibernación.

Cuando la algarabía del cortejo fue nada más que un murmullo, entró en los aposentos de Khalad-Al- Imir, El Glande, como era apodado con sorna por sus rivales, debido a su lujuria desenfrenada e irresponsable.

- ¿Sabes quienes eran esos? - me preguntó sin ni siquiera levantar la vista de los documentos que estaba examinando.

- Un puñado de viejas cimerianas - respondí con atrevimiento. Ninguna persona cabal hubiera tratado con esa confianza al hombre más poderoso de Persia, pero no había en mi nada cabal. Por fortuna el Visir lo sabía y no dudó en reírse con mi apreciación.

- Si, viejas... viejas útiles. Como sabes el gran Sultán no tiene bastante con sus extensos dominios. Entre tú y yo, me ha dicho un pajarito que el impulso de ensanchar las fronteras del imperio para mayor gloria del profeta viene de su nueva concubina, Agila y no de él.

Si los rumores eran ciertos, el pajarito era una chica de ojos negros como el futuro, extensa cabellera y sonrisa electrizante que respondía al nombre de Samira, primogénita del Sultán.

- ¿Y qué tiene que ver todo eso conmigo?

Nunca me gustaron los rodeos y mi tiempo era oro. Además, la primera regla de un asesino es no pasar mucho tiempo en un mismo sitio, y mi permanencia en aquella sala se estaba alargando innecesariamente.

- Iré al grano pues es tarde y otros... asuntos me esperan. En Cimeria se está concentrando el grueso del ejército, comandado por el Sultán y su mujer, con el objetivo de atacar el pequeño reino de Citria. Por si mismo no es un gran problema, a no ser porque es un estado tapón entre nosotros y los mongoles. Ya sabes lo que eso significa...

¿Había alguien en todo el mundo conocido que no conociera a los sanguinarios guerreros mongoles? Tener frontera con ellos significaría sufrir sus mortales razias, ya de por si frecuentes incluso con otro reino de por medio. El Visir pareció leerle el pensamiento y asintió con desgana.

- Así intenté hacérselo ver a los embajadores de Cimeria, pero esos estúpidos prefieren arriesgarse a ver clavadas sus cabezas en las lanzas mongolas a sufrir la ira del Sultán.

- ¿Por qué habrían de padecerla? - medité en voz alta. La respuesta me llegó clara como el amanecer. - El Sultán es un hombre razonable, si acaso demasiado pusilánime. No ordenaría matar a nadie por exponerle la cuestión como tu lo has hecho conmigo. Les sugeriste que acabaran con la vida de Agila ¿no es así? Por eso formaban tanto escándalo cuando se marchaban.

- En efecto. Y ya ves, se negaron. Su lealtad hacia el Sultán es incorruptible, me dijeron. Estúpidos. No se dan cuenta que esa loca nos va a llevar a todos al desastre.

- ¿No temes que vayan al Sultán a transmitirle tus planes?

- Tranquilo. No eres el único asesino al que he mandado llamar esta noche.

No hizo falta que el Visir dijera nada. Ya sabía cual era mi objetivo. Solo quedaba por saber el beneficio que sacaría.

- 20.000 dinares de oro y un puesto en el ejército si así lo deseas.

- Puedes ahorrartelo. No me interesa engordar en una garita o tras un escritorio mientras en el desierto el viento corre libre. El oro será suficiente.

Se despidió con una sonrisa gélida, como la que la muerte dedica a aquellos que acuden a su encuentro. Salí sin hacer ruido y me dirigí al barrio de Sadir. No me costó mucho encontrar una caravana que se dirigiera a Ezcurra, la capital de Cimeria. Por una buena suma compré un sitio en la parte trasera del carromato de un comerciante de sedas. Tardaría varios días en llegar, pero no tenía prisa. Además necesitaba pensar.

Llevaba mucho tiempo en el negocio como para saber que Khalad no se conformaba con ver fuera de circulación a Agila. Apostaría mi cabeza a que iba tras el Sultán. Todavía no sabía como, pero con el Sultán y su ambiciosa concubina muertos, Khalad, aliado con Samira gobernarían a los persas sin que nadie se opusiera. Y con más seguridad aún, intentarían cargarme el regicidio a mi. Era algo tan tópico que incluso me ofendió. Por el momento tenía que seguirles el juego, pero quedaban muchas manos hasta terminar la partida.

Continuará...

miércoles, 27 de octubre de 2010

Grandes esperanzas

A cuatro patas. Sintiéndome sucia, depravada, receptiva al falo que amenaza mis fronteras; expuesta para ser penetrada hasta el interior de mi reino, asaltada con gemidos de placer entre litros de mis jugos, que saborearé cuando mis fauces engullan su sexo para drenarlo y que su simiente cubra mi rostro…

- ¿Así imaginas tu primera vez, hermanita? – preguntó condescendiente Ana, agitando la hoja que había encontrado sobre el escritorio que compartían.

Sandra no la escuchó. Aquella noche sería tal y como había escrito.

Ana seguía despierta cuando regresó. No preguntó nada. El sonido del papel rasgado entre lágrimas fue suficiente.


*Relato ganador del Primer concurso de micro-relatos de Destino: Placer.

lunes, 11 de octubre de 2010

Las Fábulas de Moriarty: El amante accidental

Puede que tuviera otras cosas que hacer esa tarde, pero no le ocurrió nada mejor que conectarse al chat. No le apetecía complicarse con nimiedades así que escogió un nick genérico: su nombre de pila seguido por su edad. No era un dechado de originalidad, ni falta que hacía según pudo comprobar a medida que iba leyendo los apodos de los demás usuarios de la sala.

Durante unos minutos contempló en el anonimato la búsqueda desesperada por compañía, de los que allí se daban cita. Incluso en aquellos que buscaban la broma fácil sobre el uso recreativo de sus miembros, se intuía cierta pizca de solitaria melancolía.

El tintineo que indicaba que alguien había iniciado una conversación con él, le sobresaltó. Hasta entonces no había anunciado su presencia en la sala. Con curiosidad, maximizo la ventana de texto.

Larisa2> Hola, eres Lorenzo?

Lorenzo27> Pues no lo se...

Larisa2> Eres de Zaragoza?

Lorenzo27> No, lo siento

Larisa2> Perdón

Lorenzo27> No te preocupes, me suelen confundir.

Durante unos instantes mantuvo la mirada fija en el cursor parpadeante, esperando que la gracieta surtiera efecto. Lo dudaba mucho pues aquellas confusiones solían terminar con una pregunta sin respuesta.

Larisa2> Jajaja. Es que los Lorenzo os parecéis mucho :) Perdona de nuevo, había quedado hace media con "mi" Lorenzo pero no le veo. Llevo todo este tiempo intentado dar con él.

Lorenzo27> Mi tocayo es muy afortunado por tener a alguien que le busca con tanta insistencia.

Larisa2> A veces pienso que no se lo merece...

De pronto vio la oportunidad de sacar provecho de la situación y dar un giro a esa aburrida tarde.

Lorenzo27> puedo preguntarte algo personal?

Larisa2> no querrás saber si tengo webcam?

Lorenzo27> No tranquila, eso lo dejo para después de la boda.

Larisa2> Jajaja

El pez había mordido el anzuelo. Ahora quedaba la parte más difícil, arrastrarlo hacia él sin que escapara.

Lorenzo27> es tu novio, amigo, un conocido del chat, tu proveedor de regaliz?

Larisa2> Jajaja ya sabes como funciona esto. Comenzó siendo un simple conocido al que veía todos los días. Nos fuimos conociendo y ahora estamos en proceso de que sea algo más. No se, no lo hemos hablado, pero a mi me gustaría.

Lorenzo27> Ya sabes que los hombres tenemos pánico al compromiso y todo eso, pero te diré que habría que estar muy loco para dejar esperando tanto tiempo a una chica tan simpática como tú...

Larisa2> No se...

El momento crítico había llegado. Estaba dudando. Ahora debía dar el último tirón.

Lorenzo27> Bueno, mientras haces tiempo hasta que aparezca ¿Has visto la última película de Michael Bay?

Larisa2> ¿Estás de broma? ¡Me encanta! Soy su mayor admiradora.

Lorenzo27> Qué casualidad. Pensaba que era yo :)

Y la tarde dio paso a la noche, y la noche a la madrugada. Y cuando ya el sol despuntaba por el horizonte, se fueron a la cama con la esperanza de verse en persona el fin de semana siguiente. Del zaragozano Lorenzo no se volvió a saber más.

Moraleja: Si una moza te interesa, asegúrala antes de que un buitre se la meta.