domingo, 22 de marzo de 2015

La muerte del Perro Aguayo Jr.

Pedro Aguayo era hijo del Perro Aguayo, una leyenda de la lucha libre mejicana, donde la narrativa del espectáculo estadounidense es eclipsada por la técnica, las cabriolas, las llaves elaboradas y los golpes secos y bien dirigidos. De su padre tomó el nombre y una carrera en un deporte que a muchos parece una farsa pero que cumple con el cometido de toda actividad dirigida a las masas: entretener.

Ayer, durante el transcurso de un combate en Tijuana que le enfrentaba, entre otros, a Rey Misterio, el conocido luchador de la franquicia WWE, recibió de este una patada que le derribó contra las cuerdas cayendo inconsciente al instante.

El Perro Aguayo yacía inerte sobre la cuerda en la que se dejaría la vida cuando uno de los luchadores se acercó a él. Notó que su cuerpo estaba laxo, que no respondía. Sin dejar de mirar atrás, quién sabe si en busca de ayuda o para controlar a sus rivales, le apremió a que se levantara. Debía de ser lo segundo, porque en ese momento otro luchador se acercó a aquel rincón e intentó propinarle una patada que consiguió esquivar sin problemas.

Tras su máscara miró a su atacante con incredulidad. ¿Acaso no veía lo que había pasado? Pero el incrédulo era él porque a su espalda continuaba el combate. Los luchadores seguían a lo suyo y no le quedó más remedio que unirse a ellos. Mientras, el Perro agonizaba y el mundo seguía girando, impasible a la tragedia jaleada por un público que no reaccionó hasta que fue demasiado tarde.

Un árbitro, un miembro de la organización, uno de los entrenadores, alguien debía ser, en definitiva, zarandeaba el cuerpo de un lado a otro buscando una reacción mientras a escasos centímetros se sucedían los agarrones, los puñetazos, los lanzamientos contra el cuadrilátero...

Luego vendrían las sospechas de negligencia médica, las carencias de la organización, los deberían y los tendrían que haber, los arrepentimientos...

Pero sobre todo me ha sorprendido, tras ver las noticias, cómo la tragedia de un hombre puede servir como metáfora del destino de una nación.

lunes, 5 de enero de 2015

La propuesta

La nieve azotaba con fuerza los muros metálicos de la estación científica Polar III. Era víspera de Nochebuena y Alnajar, el ingeniero mecánico daba vueltas en su habitación, dubitativo. Las normas de la base establecían que estaba prohibida toda expresión religiosa en público. Hasta entonces no le había supuesto nada ocultar el collar del que pendía un pequeño crucifijo, pero la Navidad estaba cerca y era una fecha demasiado especial para él. No podía pasarla por alto. No lo pensó más y se dirigió a ver al supervisor para trasladarle su propuesta.

Solo serían un par de luces y algunos objetos decorativos en la sala común, arguyó, y un menú especial para la cena de Nochebuena, que cocinaré yo mismo. El supervisor pareció pensarlo un par de segundos pero al final se negó. Cabizbajo, Alnajar se dirigió a la zona común donde Goldie y Rymh jugaban una partida de ajedrez. Estos detuvieron el juego en cuanto vieron aparecer a su compañero, que les explicó lo que había sucedido. Los científicos se mostraron comprensivos con él. Puede que no compartieran sus creencias pero, tras varios meses alejados de sus seres queridos, comprendían la importancia de cualquier acto que les acercara a ellos.

Decidieron que al día siguiente irían los tres a ver al supervisor, pero este no atendió a razones y volvió a rechazarlos. Esta vez la negativa no desanimó al mecánico, que pese a todo decidió realizar su pequeña celebración. Si ello le causaba algún perjuicio estaba dispuesto a aceptarlo con gusto.
Con ayuda de los dos científicos y de Alliban, el médico, decoraron el taller de reparaciones. No era muy acogedor pero era la única estancia a la que no llegaban los tentáculos del supervisor. Pero se equivocaban, pues a través de las cámaras instaladas sin conocimiento del personal, este lo vio todo.

Se había roto el protocolo 25d0, al igual que en las dos anteriores misiones que habían terminado en desastre para la compañía. Tenía que evitar un nuevo fracaso. Activó los circuitos de sobrecarga del almacén de combustible de los vehículos. En cinco minutos, coincidiendo con la medianoche, alcanzaría la temperatura crítica necesaria para volar por los aires la estructura y con ella, a los humanos que se apiñaban en la sala de al lado. A continuación, el supervisor continuó con sus rutinas de mantenimiento. Los miembros de la base terminaban de cenar, ajenos a la desgracia que iba a caer sobre ellos.

A las 23:50 del 24 de diciembre, un púlsar entró en la atmósfera terrestre explotando al instante. La energía electromagnética liberada destruyó los circuitos eléctricos de todo el hemisferio norte. La estación científica quedó a oscuras. El supervisor nunca conocería el destino del personal.

viernes, 5 de septiembre de 2014

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El expreso a Thule Drinking Game

El otro día, tras leer un libro de marketing que había robado de la biblioteca hacía varios lustros y que apareció en un cajón como un amor de verano, de improviso, me dije: ¿cómo puedo hacer para mejorar mi marca personal? ¿Hay algún método para incentivar a posibles lectores para que lean el blog? ¿Debería devolver el libro a sus legítimos dueños y afrontar el castigo aparejado o paso de todo?

La respuesta se descubrió diáfana: el vicio. Como el vicio de la carne está sobreexplotado y ya no tiene efecto en una sociedad inundada de porno en cualquier ámbito, me decidí por la bebida. Y de ahí surge este "Drinking Game", práctica que hizo un amago de convertirse en tendencia hará unos cuantos meses pero que se quedó en un quiero y no puedo, como la carrera musical de Estefanía de Mónaco.

Las instrucciones son sencillas. Se imprime esta maravillosa imagen, se la coloca uno junto al portátil, la tablet o los libros recientemente publicados, y se comienza a leer hasta que se dé alguna de las circunstancias que se describen en el tablero. En ese caso, deberéis beberos un chupito. De lo que sea. Yo no voy a juzgar.

Advertencia: Está diseñado para que os pilléis una cogorza de campeonato, así que si sois abstemios o, como yo, no bebéis alcohol, os recomiendo que toméis algo más suave, como el Champi o el gintonic con pepino.


PD: No devolví el libro.

Tras las sugerencias recibidas por parte de los lectores con ganas de fiesta, pongo a disposición de todos una edición extrema del juego de beber de El Expreso a Thule, solo para metahumanos con voluntad de hierro, hígado de acero y seguridad social al día. Si alguien decide jugar, que sepa que lo hace por su cuenta y riesgo. Si os morís luego a mi no me vengáis a echarme la culpa. Si acaso como en la escena aquella de Los Cazafantasmas, pero avisad antes para que esté despierto, que luego pienso que es un sueño y claro, no se disfruta igual.

lunes, 14 de julio de 2014

A la chica del topless

Las tetas de esa rubia,
la tierra prometida.
Turgentes prominencias,
la Atlántida perdida.

Quién en su boca pudiera
disfrutar de esas quimeras.
Lamer y morder dulces pezones,
pocas cosas en el mundo hay mejores.

Naturales o implantadas
aunque, espero, bien tocadas
pues un desperdicio sería
si acaso no fuera así.

Y si no mi maestría,
mis ganas y mi alegría
a su disposición yo pondría
para hacerla muy feliz.

Pero mientras el milagro llega,
solo las miro y las veo,
las estudio, las releo,
en mi boca, entre mis dedos.

Los pechos de esa rubia hermosa,
y mi siesta interrumpida.
Gloriosas cumbres coronadas en rosa,
marcadas quedan a fuego, por el resto de mi vida.

lunes, 9 de junio de 2014

En Twitter no se folla

En twitter no se folla,
qué pena y que desgracia.
En Twitter no se folla,
¿quizás en Alemania?

Yo me apunté a esto
con objetivo definido:
encontrar un huerto fértil
donde plantar mi pepino.

Hago fav y Rt a tuits incluso sin gracia,
sigo a chicas pervertidas,
los consejos de Esperanza Gracia...

Pero nada de esto sirve
porque en Twitter no se folla
y no es porque tengan novios,
es por exceso de labia.

Mucho tuit sobre Felipe,
la tortilla sin cebolla,
el coletas de Podemos
y Rodríguez de la borbolla (Mi TL es muy raro)

Y se pierde el objetivo,
se dispersan las meninges,
una palabra tras otra
y ni una mísera teta,
para llevarse a la boca.

¿Será quizás por eso
que en Twitter no se folla?
¿Falta calor humano?
¿Faltan cuerpos en pelotas?

Al final no queda otra
que volver a darle a la mano,
hasta que en Twitter se pueda
hacer algo muy marrano.

En Twitter no se folla.
Qué pena y qué desgracia.
En Twitter no se folla
pero mi email es veranodeldescontento@gmail.com
(por si a alguna le interesa)

sábado, 2 de noviembre de 2013

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Fanfic de Espartaco: semen y arena

Espartaco, nacido libre en la Tracia, criado esclavo en la Galia, pronto demostró su fuerza y la destreza en la lucha contra otros hombres salvajes, sus iguales, sus hermanos: gladiadores. Durante años su sangre y su acero sirvieron de divertimento a la plebe romana, ciudadanos sin escrúpulos que tomaban su sudor y la mezclaban con su sangre para recubrir sus podridas almas y aplacar su desgana.

Tras cada combate, cada más complicado, cada vez más intenso, cada vez más doloroso y cada vez más decisivo, regresaba a la escuela de gladiadores de Cornelio Léntulo en la cual podía encontrar reposo para su cuerpo y con suerte para su alma si podía cruzar su camino con la bella esclava Claudia, una bárbara sueva que hacia parecer a las regias damas republicanas calabazas arrugadas y deformes. Aún le quedaban cinco combates para lograr la libertad y, se decía, cuando le fuera entregada la espada de madera la compraría y la haría su esposa.

Sin embargo, cuando tras su último combate, una naumaquia en la que se representaba el aniversario de la aniquilación de los piratas de Cilicia, no solo no se le dio la libertad sino que se extendió su condena en la arena hasta que la muerte le alcanzara, decidió romper las cadenas de hierro que aprisionaban su alma y ganar la libertad como había defendido su vida: con el uso del acero de la espada.

Durante varias semanas hizo los preparativos pertinentes para una gran huida de la escuela con diversos compañeros del gremio. La fortuna les era grata, pues apenas quedaban unos días para las saturnales. Aprovecharían dicha fiesta para hacer acopio de provisiones. Mientras, los más fuertes entre ellos atacarían a los pocos guardias que custodiarían las instalaciones ebrios o estarían ausentes de sus puestos, tirándose a alguna esclava. Con aquellos apestosos romanos muertos, cogerían a sus mujeres y huirían a la campiña al amparo de la noche, con la atención de la guardia de la ciudad abotargada por el vino y debilitada por la simiente derramada.

Por una vez los dioses sonrieron a ese grupo de hombres y mujeres a los que la vida había privado de toda esperanza y tal y como habían planeado, veinte hombres y el mismo número de mujeres se escabulleron lejos de la ciudad bajo el manto de la oscuridad. Crixos, amigo de toda la vida de Espartaco, les guió hacia un poblado abandonado del que había oído hablar en ocasiones a un amo que tuvo de niño. Nadie les buscaría allí pues las gentes del lugar decían que se encontraba maldito pues sus habitantes fueron ajusticiados, sus riquezas saqueadas y sus monumentos arrasados décadas atrás, por un invasor del que no recordaba el nombre, al que la suerte fue esquiva y no pudo conseguir su objetivo de poner de rodillas a la loba del mundo que devoraba sin cesar una tribu tras otra.

Atravesaron un frondoso bosque con la ayuda de Selene, por caminos largo tiempo olvidados. Mas lo hicieron con descuido e imprudencia, pues la libertad les había embriagado de tal forma que lo único que albergaba sus mentes y sus corazones era la dicha por el fin del cautiverio. Tras una hora de caminata llegaron a un descampado repleto de edificios en ruinas. Una vieja calzada de piedra, que estaba perdiendo la batalla contra la naturaleza atravesaba la explanada.

- Bien, pasaremos aquí la noche. - anunció Espartaco al agotado grupo - Mañana cuando el gallo cante por segunda vez nos pondremos en camino.

- ¿Hacia donde? - preguntó alguien a quien no pudo distinguir entre las sombras que lo dominaban todo.

- Buena pregunta, ¿sugerencias? - obviamente no había planeado tan bien la huida.

- ¿Qué tal Roma?, dicen que está muy bonita en esta época del año. - El que había hablado era Torax, apodado el corto, por motivos obvios. Su propuesta causó una carcajada general que no entendió. De todas formas no obtuvo otra respuesta. Crixos se acercó a Espartaco y le susurró algo. Debía ser algo bueno pues su rostro se iluminó como una lámpara de aceite.

- Sé quién puede aconsejarnos qué pasos seguir a continuación. - dijo el tracio a los presentes, que ya comenzaban a murmurar preocupados.- No muy lejos de aquí vive una vieja adivina llamada Sibila, cuyos poderes trascienden el espacio y el tiempo y nos guiará en nuestros siguientes pasos.

- ¿Quién te ha dicho eso? - quiso saber Simónides el palestino.

- Crixos.

- ¿Y a él quien se lo ha dicho? - insistió.

Fue el propio Crixos el que contestó esta vez.

- Mi cuñado que va a pedirle consejo una vez al mes. Y siempre le acierta, ojo.

La respuesta tranquilizó a Simónides que levantó ambas manos pidiendo perdón por desconfiar de sus líderes.

Espartaco apremió a sus seguidores a que encontraran un lugar donde reposar y agarró por las caderas a Claudia, de la que no se había separado en todo el camino y cuyo cuerpo había cartografiado con sus dedos hasta el último recoveco, para dirigirse acto seguido hacia una de las pocas casas que permanecían en pie, quizás la de un rico mercader o un opulento senador a juzgar por las dimensiones de la misma. De seguro que ya no podría disfrutar del poder ni del dinero allá donde estuviera. Si bien los muros habían resistido la barbarie y el tiempo, el techo no había corrido tanta suerte. En el triclinio encontraron un kline cubierto de hojas que volaron en la noche de un manotazo.

La sueva recostó a su amado en él y comenzó a desvestirlo, lo cual no le llevó demasiado tiempo pues solo un taparrabos cubría su cuerpo cincelado en músculo, pero en cuanto le privó de él, saltó ante sus ojos el orgullo de Tracia, un obelisco tan imponente que no pudo evitar lanzarse sobre él para engullirlo entre sus hambrientas fauces. Su lengua lo lamía de un extremo a otro con premura mientras sus manos acariciaban sus testículos. Podía sentir las recias manos de Espartaco sobre su cabeza empujándola contra su ingle, ansioso de ser devorado, de penetrar su garganta con cada lamida, pero Claudia, ducha en las artes amatorias logró calmar su impulso y pronto quedó domado como un gatito ante las atenciones que recibía su polla.

Cuando esta estuvo a punto de entrar en erupción y chorrear Claudia con su lava, cesó y agarrando con tal fuerza el tallo del miembro, que el tracio no pudo evitar abrir la boca en gesto de dolor, momento en el cual aprovechó Claudia para hundir en ella su lengua y luchar por su dominio con apasionados besos. Una vez hubo el dolor no fue más que un recuerdo, comenzó a pajear la gruesa tranca cuyo vigor había ido disminuyendo y a la que no tardó en devolver a la vida con sus recias sacudidas mientras sus pechos eran devorados con fruición, siendo sorbidos, lamidos, succionados, sus pezones mordisqueados y su culo azotado salvajemente azotado a quien la pasión cegaba cualquier contención.

Crixos y un gladiador nubio entraron en la estancia de improviso a tiempo para ver el cuerpo de la liberta empalada por la polla de su amante, cimbreándose como una culebra sobre su presa, intentando sacarle hasta la última gota del veneno que los convertiría en amantes para siempre. Pero el gladiador, que estaba muy alterado, no tuvo la paciencia necesaria para esperar a que terminaran.
- ¡Los romanos...! - exclamó en un grito ahogado - ¡Vienen hacia aquí!

- ¿Cómo lo sabes? - quiso saber Espartaco, algo mosqueado por haber sido interrumpido, que se consoló al menos besando sus músculos.

- Escucha.

Lejanos ecos de orgasmos extinguiéndose deleitaron sus oídos, pero tras ellos, un conocido ritmo que se repetía machaconamente le puso en alerta.

- Italodisco... Qué manera de cortar el rollo.

Y así, sin poder correrse a gusto, tuvieron que ponerse en marcha Vesubio arriba, pues pensaban que los romanos serían demasiado vagos como para seguirles. Estaban en lo cierto y una vez en la cima no tuvieron más que descender por la cara opuesta y verse libres de sus perseguidores. Sin descanso se dirigieron a la cueva donde vivía la adivina, la cual divisaron la tercera mañana tras su fuga.

En ella se ocultaron los fugitivos mientras Espartaco comentaba sus dudas a la Sibila. Esta sacó de una de las mangas de su ajada túnica un cuchillo y abrió con precisión el abdomen del conejo que el dalmacio Etoricus había cazado para realizar los augurios. Durante varios minutos estuvo escrutando las entrañas del animal hasta que al fin alzó la mirada, los ojos vidriosos y brillantes, como mirando más allá de la estancia en la que se encontraban, más allá del horizonte y de las fronteras de la república, y señalando con el dedo al líder de los gladiadores le advirtió:

- Tu hijo se comerá un coño y estará a punto de morir por ello.

Nadie en el sorprendido grupo osó siquiera lanzar un suspiro.

- Vaya un maricón. - respondió este indignado - Además, ¿qué hijo si Claudia toma el jugo de la mantícora cada vez que lo hacemos? - Se giró hacia su amante en busca de una confirmación que recibió con un encogimiento de hombros por su parte.

- ¿Tú no habías venido a preguntar otra cosa? - susurró Claudia dubitativamente.

- Es verdad - asintió Espartaco que se dirigió de nuevo a la adivina - A ver vieja bruja, cuéntanos qué ves a corto-medio plazo, por ejemplo, la semana que viene...

Y mientras retazos del destino les eran revelados a los hombres, Claudia se deslizó fuera de la cueva sin que nadie se percatara de ello.

Resultó que la adivina había profetizado que los luchadores solo alcanzarían la libertad si se dirigían hacia el norte, atravesando la columna de la península itálica hasta alcanzar las orillas salvajes del Danubio y cruzando al otro lado, donde los enemigos de Roma los acogerían sin pedir nada a cambio. Pero Espartaco no estuvo de acuerdo pues el plan hacía recomendable, si no necesario, desviarse de la capital para no llamar la atención de las legiones locales.

- ¿Y quién adorará mis músculos lustrosos? ¿Las cabras de Aquilea? ¿Los pastores de Etruria? Ni hablar - había razonado el tracio antes de hacer llamar a su sierva Ariadna para que le trajera la tinaja con aceite corporal con el que ungir su trabajado cuerpo. - Nos dirigiremos hacia el sur, allí donde el sol siempre brilla y podremos sacrificar nuestros torsos para que sean asaeteados por sus rayos, beber hasta que Baco nos ciegue y follar a todas horas sin preocuparnos en otra cosa.

E iniciaron la marcha los orgullosos libertos, pues cualquiera le decía que no a ese plan, llegando a Campania con los romanos pisándoles los talones. Creían haberles dado esquinazo cerca de Parténope pero al pasar la ciudad los exploradores informaron a Espartaco de que una columna de soldados acampaba a escasos kilómetros de su posición. El recién conformado consejo de gladiadores fue a examinar a sus perseguidores desde lo alto de un risco cercano. No eran demasiados, apenas dos docenas de hombres pobremente armados que no tendrían una sola posibilidad frente a los entrenados guerreros que les observaban, pero entonces, cuando ya echaban mano de sus gladios, Crixos intervino.

- Oye Espartaco, que digo yo, pudiendo estar follando, ¿por qué vamos a arriesgarnos a que nos maten y no podamos follar ya nunca más?

- También es verdad... - convino el gladiador - Venga, orgía en el bosque del druida.

Sin hacer ruido volvieron a su campamento, situado en el mencionado bosque, y comentaron la idea a los demás, a los que tampoco hacía falta poner un pilum en la garganta para que se entregaran al fornicio desenfrenado, por lo que pronto todos estuvieron desnudos y restregando sus cuerpos al compás de la brisa. Claudia ya le buscaba cuando este la empujó contra un sauce, su espalda contra el tronco, nada de preliminares, levantó sus piernas, las abrió de un tirón y la penetró con la fuerza de una bestia haciéndola sentir que la partía en dos. Comenzó a embestirla con urgencia, retirando su polla con parsimonia para volverla a meter de una estocada hasta enterrarla profundamente en ella. Cada una de sus arremetidas iba dedicada a uno de sus dioses.

- Por Júpiter - rezongaba con sus huevos golpeando su coño - Por Saturno - y la polla le alcanzaba hasta la cérvix - Por Urano...

- No, por Urano no - le suplicó la jadeante Claudia - que por ahí me duele.

Pero el comentario causó el efecto contrario, pues hizo hervir la sangre de Espartaco, salió de ella sin mediar palabra, la volteó y la empujó contra el árbol, su pecho quedó aplastado contra la áspera corteza, su culo proyectado hacia él, redondo como la luna, delicioso como un queso y, llevando la contraria a sus anteriores palabras, el templo de Urano se abrió suave y rojizo como una rosa en primavera para aceptar en su interior al poderoso sacerdote que comenzó a predicar en sus entrañas con intensa fe. Aguantó las embestidas como pudo. Cada una de ellas arrancaba de su garganta un coro de gemidos y gritos en la frontera entre el dolor y el éxtasis. De repente sintió como sus brazos eran aprisionados y tiraban de ella hacia atrás. Su espalda se tensó como un arco. Una callosa mano se apoderó de sus lastimadas tetas, apretándolas entre sus dedos, tirando de sus pezones, pellizcandolos, amasando sus rubicundos senos para descender con sus caricias al monte de Venus y coronar su clítoris hinchado como una uva madura, lista para la vendimia, para ser acariciado, aplastado, maltratado, para servir de anfitrión a aquella mano que abría la hendidura de su cuerpo de la que manaban chorros de flujo inundando el suelo. Sus brazos fueron liberados pero era ahora su cuerpo el que era preso del hercúleo abrazo de su amante que la atrajo hacia si, pecho contra espalda, la polla palpitante enterrada en su culo, entrando y saliendo sin descanso en una prédica constante.

Para no dejarse llevar por la locura del deseo miró a su alrededor, Eudoxia era montada salvajemente por Calipo que tiraba de su melena azabache para levantarle la cabeza y hacer que Prixes penetrara su boca con rudeza. Livia y Tita se enredaban en una red de piernas y lenguas, enhebrada la una en la otra, y a pocos metros de ellas, a Torxus el corto inseminando a un árbol por el agujero de la guarida de una aterrada ardilla. Y se disponía a contemplar cómo Laulia cabalgaba como una amazona el falo de Etrurio, cuando sintió como una oleada tras otra de semen batían las castigadas paredes de su esfínter, como era volteada una vez más, besada con una pasión ciega, penetrado su coño por un par de gruesos dedos y elevada a los cielos con la presión que ejercían sobre ella, haciéndola estallar en un mar de gemidos que se alzaron al firmamento en honor a Venus.

Mientras los esclavos daban rienda suelta a sus instintos, los vecinos de la zona, alarmados por los aterradores sonidos que provenían del bosque, similares a los producidos durante los sacrificios en honor a Ceres, avisaron a una patrulla romana que con paso marcial se adentró en la oscura arboleda pues ya había caído la noche. No tuvieron que caminar mucho para descubrir que no eran unos pobres cochinos los sacrificados, sino la virtud de las jovenzuelas que ante sus ojos eran ensartadas por cualquier orificio que dejaran libre por los brutos gladiadores de los que el centurión les había prevenido aquella misma tarde.

Uno de ellos, que jamás sabrían que se llamaba Cerón, de los alanos, se percató de que estaban siendo vigilados mientras daba de beber de su leche sagrada a una pelirroja picta que relamía con deleite los restos de su simiente y avisó por señas a sus camaradas. Los romanos, el que menos llevaba un lustro enrolado en el casto ejército, no podían siquiera pestañear ante el espectáculo desplegado ante sus ojos, por lo que no reaccionaron cuando los libertos envainaron sus espadas de carne para dar rienda al acero, haciendo una escabechina con ellos.

Continuará...

viernes, 18 de octubre de 2013

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Fanfic de The Walking Dead

Un gemido prolongado se escucha en la distancia. Hace apenas unos meses hubiera provocado la curiosidad de los que se encuentran en ese momento recorriendo las negras entrañas del supermercado, ahora es un escalofrío lo que recorre sus espaldas pues saben que es un indicador claro de un peligro mortal e inminente. Rick mira con intensidad a ambos lados con la esperanza de entablar contacto visual con Carl y Michonne. Estos han pensado lo mismo y le miran fijamente con una mezcla de terror y ansia por instrucciones. Con un movimiento circular de su brazo les apremia a encontrar todo lo que sea comestible para largarse cuanto antes.

Él por su parte se dirige a la zona de congelados. Lo que haya allí hará mucho tiempo que se echó a perder, pero aún recuerda de la última vez que fue a comprar a ese mismo establecimiento con Lori, cómo al lado de los calamares a la romana se alzaba una pirámide de latas de melocotones en almíbar. A Lori le encantaban. Lo había descubierto la primera vez que la llevó a cenar a un restaurante de postín: Le Petit Cucú, por su primer aniversario. Cuando vio en la carta que servían "Fondue de melocotón au chocolat" dio un respingo en la silla que hizo que estuviera a punto de perder el equilibrio. "Me encantan los melocotones", susurró a media voz haciéndose oír apenas por encima del murmullo de la gente trajeada que les rodeaba y cuya compañía le causaba cierto desasosiego. Por un instante él pensó que un año era demasiado tiempo como para descubrir que la que iba a ser su futura esposa adoraba el melocotón. Pero solo duró un instante, justo el necesario para que el pie de Lori se deslizara entre sus muslos y comenzara a acariciar su prontamente abultada entrepierna.

Devoraron los melocotones sin apenas masticar y, sin esperar siquiera a llegar a su pequeño apartamento, condujeron a un rincón en el bosque que solo él y algunos muchachos de la comisaría conocían, y en el que dieron rienda suelta a su pasión, concibiendo de paso a Carl.

Y ahora está allí. Carl corre entre carritos abandonados, tirados de cualquier manera sobre el polvoriento suelo, echando en su mochila cualquier lata con la que tropieza sin importarle el contenido. Le mira con orgullo y pena, pues debería haber estado más tiempo con él y haber formado parte de su educación. Seguro que ni siquiera sabe leer. Quizás esa es la razón por la que ha cogido un bote de crema depilatoria. O eso o el pequeño Carl se ha hecho mayor ante sus ojos. Y maricón.

Pero él está ahí por los melocotones. Se dirige a la nevera donde en lugar de calamares encuentra un charco y unas croquetas aplastadas, descongeladas, desestructuradas, podridas, hechas un asco. A su lado, ni rastro de la montaña de latas de melocotones. Se echa las manos a la cabeza al borde del llanto.

- No, Lori, maldita sea, ¡tus melocotones! No están. ¿Por qué a mi? ¿Es que acaso no había otra persona capacitada para venir a buscar comida? ¿Tengo que liderar yo a todo el grupo? ¡Si me echaron de la iglesia por robar del cepillo! Era un policía corrupto, por dios santo. Y ahora ni siquiera soy capaz de encontrar unos malditos melocotones... ¡Puta! ¡¿Por qué te tiraste a ese cabezón?!

Se muerde el labio inferior para congelar el grito que amenaza con huir de su garganta. Finalmente consigue controlarse cuando percibe por el rabillo del ojo un oportuno brillo. Viene de debajo de una estantería volcada que en otro tiempo mostraba orgullosa los mejores productos de la casa de cereales Pellogs.

Echa un vistazo pero la luz no se atreve a adentrarse en ese pequeño hueco. Sin dudarlo introduce su brazo. Puede encontrarse con una lata de melocotones o con el torso destrozado de un caminante que de seguro le morderá y le enviará al otro barrio por la vía rápida. ¿Qué más da? ahora no tiene a nadie con quien pasar la vida. El viejo Hershel le hace ojitos pero todavía no ha pasado suficiente apocalipsis zombi como para caer en esas prácticas. Quizás la semana siguiente...

Pero tiene suerte, no es la carne descompuesta de un reponedor lo que agarran sus famélicos dedos, es algo metálico... ¡una lata! Saca el brazo de inmediato y mira la pegatina: ¡son melocotones! Pero el destino es cruel y de la misma forma que le arrebató una plácida muerte en el hospital y le arrojó al infierno putrefacto en el que se arrastran, ahora, con una lata de melocotones en sus manos, descubre que estos no están almibarados.

No puede más, desenfunda su revolver y dispara a las tinieblas intentando conjurar su sino, que se haga corpóreo y caiga abatido por el poder de una bala de .35mm. Michonne y Carl, alarmados por el estruendo de las deflagraciones acuden a él. Le agarran del brazo y lo sacan fuera. Una vez en el coche, Carl conduce de vuelta a la prisión (Michonne no se maneja bien con aparatos compuestos por partes móviles)

Un gemido prolongado hiende el silencio de la tarde. A unos kilómetros de allí, un grupo de caminantes atraviesa un campo repleto de melocotones.

sábado, 12 de octubre de 2013

Naar, tormento de araña

Vivía sola en su apartamento
la bella Naar, una princesa de cuento.
Pasaba las tardes luchando con pelusas
mientras las mañanas las pasaba haciendo otras cosas (a ver que rima con pelusa...)

Una tarde cualquiera vio algo en el suelo.
Se movía muy rápido, era negro y tenía pelo.
Un escalofrío recorrió su espalda
¡era una araña!: grande, fea, asquerosa y bastarda.

Contradictorios sentimientos albergó su seno:
ira, asco, indecisión y un poco de miedo.
Pero poco duró su duda,
se enfundó unos guantes,
apretó los dientes
y cogió su escoba.

Atravesó el salón repleto de pelusas,
de certeros escobazos fue enviándolas, una a una, a la basura.
Y quien la hubiera visto en ese momento
su imagen divina se le hubiera grabado a fuego.
Resplandeciente amazona, ojos más que bellos,
la furia de su mirada, lo sedoso de su pelo.

La malvada araña Kraak se percató de ello,
la miró desafiante, sería un combate a degüello.
Durante tensos minutos se estuvieron midiendo,
paradas en la habitación, cada una en un extremo.

La araña Kraak se decidió primero,
fuera, la tormenta estallaba de pleno:
los truenos retumbaban,
los rayos iluminaban el cielo.

Con sus diminutas patitas corría que se las pelaba,
Naar decidió esperar para con la escoba espetarla.
Pero justo antes de ser ensartada,
Kraak saltó muy alto como si fuera una rana.
Nuestra heroína retrocedió mas su impulso fue escaso,
la araña caería sobre ella y con muy mala baba.

Pero en el último instante, cuando el destino acechaba,
Ron acudió al rescate y de un zarpazo salvó a su ama.
Mas con tan mala suerte que al desviar a la araña,
se golpeó con una silla bastante mal colocada.

No habría segunda oportunidad, ella lo sabía:
o acababa con Kraak o esta acabaría con su vida.
Antes de que del zarpazo del gato se recuperara,
corrió hacia ella, la escoba en alto, el ansia de venganza desatada,
la determinación ciega... y así, acabó aplastada.

Y con esta acción casi sobrehumana,
consiguió su sobrenombre: Naar, tormento de araña.
Así pues cuidado malditos insectos,
pues ahí estará Naar dispuesta a acabar con los de vuestra calaña.