jueves, 22 de agosto de 2013

Un cani en la corte del Rey Arturo

El humo producido por la quema a conciencia de gasolina flotaba en el ambiente intentando hacerse un hueco en los conductos nasales de un grupo de chavales, junto con su familiar, el humo de tabaco, y el algo más embriagador pero igual de relajante aroma del alcohol, que custodiaba Er_shoco_huervano_19, junto a un banco de la carretera a Cádiz, abandonada algunos años atrás por una autovía de nueva adjudicación.

Como cada sábado por la noche, Er_shoco y sus "shurmanos" se reunían en aquel rincón de la capital andaluza para disfrutar del calimotxo, el guisky y la carreras de "amotos", en los que competían unos contra otros por un poco de amor con la Yessi en el asiento trasero de un Seat abandonado en la cuneta, donde en esos momentos se recitaban las ancestrales reglas, una vez más, para la última carrera de la velada.

Er_Shuli_18 y Er_Shavo_188 (Alguien había cogido ya el nombre de Er_Shavo_18 en el Badoo y Er_Shavo_188 había clamado venganza por ello) miraban fijamente a la espesa negrura que se abría ante ellos mientras la Yessi, juez y premio del evento les conminaba a realizar una carrera limpia y con el mayor número posible de acrobacias, con las que sumar puntos.

Con las manos crispadas sobre los puños, abrieron gas sin soltar el freno. Las motos rugieron, el público rugió, a la Vane_loka_17 le dio un vahído pero no le dio la importancia que debería hasta nueve meses más tarde, y con el destello de un mechero volando hacia el amanecer, se inició la carrera.

Sin embargo, no fue como Er_Shuli_18 se esperaba. No bien aceleró hasta conseguir unos aceptables 80 km/h con su keeway trucada, intentó hacer su especialidad, la marca de su casa: el caballito del rodeo. Levantar la rueda delantera de la moto era fácil. No estaba hecho un fanegas pero el peso de sus sellos de oro de 24 kilates le ayudaba a desplazar el eje de masa del conjunto, o como él decía: se echaba para atrás mucho. Lo difícil venía a continuación, en la maniobra para ponerse de pie sobre el sillín. Así le verían todos, hasta She_pirulo_ennortao, que siempre andaba ciego por las drogas.

Nunca sabría qué hizo mal. ¿Resbaló al pisar la superficie de piel del sillín? ¿Se soltó demasiado pronto del manillar? El caso es que un instante estaba volando sobre la pista de asfalto, y al siguiente, la oscuridad lo rodeó y lo puso a dormir.

Lo primero que le sorprendió al despertar fue la luz. Demasiada luz. Una luz tan intensa como no recordaba desde hacía mucho.

- Killo, apagad los focos ya, que estoy bien.- rugió mientras se frotaba los ojos para acostumbrarse a la claridad. Pero una vez se hubo hecho a ella, se dio cuenta de que estaba solo. Y no solo eso, además estaba en un claro en mitad de un bosque. No uno de esos que se pueden encontrar a las afueras de su barriada, con cuatro árboles mal contados y un puñado de matojos donde un valiente conejo puede esconderse mientras huye de los depredadores. No, allí había árboles como para hacer un millón de muebles del Ikea.

- O más... - se corrigió.

Echó a caminar sin ninguna meta fija, pensando que en algún momento aparecerían sus colegas, que de seguro le habían gastado aquella broma, porque eran muy cachondos todos; pero por mucho que gritaba sus nombres, nadie aparecía. Terminó por encontrar por casualidad un camino de tierra que parecía dividir el bosque en dos.

Durante lo que le parecieron siglos, continuó caminando siguiendo aquella senda. El sol intentaba con saña aplastar su voluntad y la acuciante sed le había dejado la lengua hinchada y pastosa. Con todo, peor lo había pasado más de una vez en los after del polígono, cuando cortaban el agua de los lavabos para que los clientes se fueran marchando, momento que coincidía cuando se quedaba sin dinero para comprar una botella.

Escuchó un extraño ruido a lo lejos. Le resultaba familiar pero no supo clasificarlo hasta que lo tuvo a pocos metros.

- ¡Killo, un caballo! - exclamó sorprendido, pues abril quedaba ya lejos.

Sobre el jamelgo se alzaba un imponente caballero, embutido en una reluciente armadura.

- A eso le falta un bañito en oro para que sea to reshulón - apuntó Er_Shuli - Shhh, te iba a comentar. ¿No tendrás un cigarrito por ahí?

El comentario debió parecerle gracioso al caballero, que alzó la visera de su yelmo mientras estallaba en carcajadas.

- Por San Jorge, que a buen seguro estáis en lo cierto joven pordiosero. Decidme, ¿a quién tiene el honor Sir Walleston de haberse encontrado en su camino?

Er_Shuli se quedó pensativo un instante. Algo en su interior le decía que aquellas palabras eran familiares, pero su cerebro trabajaba a marchas forzadas intentando encontrarles sentido, sin ningún éxito.

- No she qué dice, loko.

Sir Walleston, conocido en todo el reino por el sobrenombre de El sabio, si que parecía entender la ignorancia de su interlocutor, por lo que trató de simplificar su cuestión.

- ¿Vuestro nombre? - preguntó lentamente.

- Ah bueno, pues normalmente, vamos She_peluo_16, La_coki_69 y yo, Er_Shuli_18.

El caballero volvió a reír.

- Sois muy gracioso... Er_chumi

Las extremedidades de Er_Shuli se crisparon al tiempo que alzaba la cabeza en desafío.

- Killo, vamos a llevarnos bien. Er_shuli... SH-U-L-I, de Shumi nada. ¿De qué me has visto cara tú eh?

Sir Walleston lo miró de arriba a abajo y tras ese breve examen, se abstuvo de responder de qué le veía cara. Le producía curiosidad aquel hombrecillo vestido con ropajes de una tela extraña tintada con colores chillones, como los que se podían encontrar en los escudos de determinados linajes de la nobleza normanda. Y además iba cubierto de oro... Se lo llevaría con él para enseñárselo a su prometida Lady Wendy.

Con buenas palabras se disculpó por su torpeza con un lenguaje que no por similar era sencillo de pronunciar. Er_Shuli aceptó las disculpas a condición de que le diera un cigarrito, aunque por desgracia le quedó claro que el extraño a caballo al que le hablaba no tenía ni idea de qué era tal cosa.

Decidió aceptar su propuesta de montar con él y compartir su camino, pues sus zapatillas Nike estaban empezando a cubrirse de una costra espesa de barro y no quería que se le rompieran. Además tampoco tenía claro dónde ir.

El animal partió al galope a una velocidad muy superior a la que desarrollaba su ciclomotor. Er_Shuli se preguntó si sería verdad la publicidad del fabricante. Si el motor de su keeway tenía 5 caballos dentro, ¿cómo cohones iba tan lento comparado con aquel caballo que convertía en un paraje borroso la arboleda por la que estaban rodeados?

Durante el camino Sir Walleston intentó interrogarle sobre su procedencia, pero apenas escuchaba nada por el ruido del viento así que finalmente desistió de hallar pronta respuesta y esperó a llegar hasta el prado de Longfellow, donde terminaba el bosque, que apareció ante sus ojos cubierto por un mar de bellas tiendas ricamente engalonadas con ribetes de plata y oro, conformando una pequeña ciudad móvil, que a esas horas de la tarde bullía de actividad. En el horizonte, se alzaba un formidable castillo de altos y gruesos torreones.

Er_Shuli se quedó atónito ante lo que vio. Jamás había visto tantos caballos juntos.

- Qué de caballos hay aquí - apuntó mientras trotaban al paso por entre las tiendas. - ¿Estáis en feria o qué?

- En efecto, se celebra el torneo anual que celebra nuestro rey para tener a sus súbditos contentos y que no cuestionen sus tiránicos métodos de gobierno. - le explicó el caballero.

- Ah, ¿y ande se perrea aquí?

Sir Walleston se giró mirándole perplejo. Obviamente no tenía ni idea de qué le hablaban.

- ¿Perrear?

- Si hombre, bailar, restregarse un poco, esas cosas, ya tú sabes...

El caballero pareció horrorizado ante su respuesta.

- ¿En vuestra tierra bailáis con perras?

- Bueno, la Yesika_17O se enfada si la llamo perra, pero después de un meneo se le pasa.

Sir Walleston no dijo nada y continuó camino de su tienda, dudando ahora si sería una buena idea mostrárselo a su amada.  Llegaron al cauce de un riachuelo donde las lavanderas se afanaban por tener limpias las ropas de sus señores antes de la cena que organizaría el rey por la noche, tras la entrega de premios del torneo. Aquella reunión no pasó desapercibida para Er_Shuli.

- Loko, esto está lleno de monjas. ¿Dónde están las mujeres aquí?

Y entonces la vio. Paseando a unos metros de ellos, la mujer más hermosa que jamás habían contemplado sus pequeños ojos, de tez pálida, talle ajustado, sonrisa deslumbrante y un par de melones que luchaban por no asfixiarse bajo el empuje del corsé.

- Sha rubia reshulona. Te metía de todo menos miedo. ¡Macarrona! - le dijo dejándose llevar por sus instintos. El prado entero enmudeció y millones de miradas se clavaron en él.

- Estúpido inconsciente. ¡Está prohibido hablarle a Ginebra, la mujer del rey! - le susurró Sir Walleston con la comisura de los labios mientras no dejaba de mirar al frente. Concretamente al pelotón de soldados que se dirigía corriendo hacia ellos.

- Es la primera vez que le veo. Debe haber saltado a mi caballo sin que me diera cuenta - se excusó Sir Walleston, al que por algo llamaban "El Sabio".

Los soldados del Rey prendieron a Er_Shuli que de pronto se vio transportado en volandas entre un mar de personas que le tiraban toda clase de hortalizas y le dedicaban las palabras más extrañas que jamás había escuchado, como impío o zurraliebres, mientras le llevaban al interior del castillo.

Pronto se vio en una amplia sala iluminada por antorchas que pendían de las paredes de piedra. No estaba solo, a su alrededor charlaban sin dejar de mirarle grupitos de gente con ropas que parecían hechas con sacos. Delante suya se encontraba el trono y sentado en él, el Rey.

- Soy el Rey Arturo - le dijo.
- Ah, pues muy bien. - un murmullo de sorpresa recorrió la estancia.

- ¿Cómo? ¿No me conocéis?

- La primera vez que escucho tu nombre loko.

Arturo se mesó su barba. Era la primera vez que le pasaba algo así. Había algo extraño en aquel ser que parecía una versión degenerada del ser humano. ¿Acaso no sería de este mundo?

- ¿De dónde eres?

Er_Shuli se señaló con orgullo el escudo que llevaba en el pecho. El rey se lo quedó mirando sin comprender muy bien hasta que no le quedó otra que responderle.

- De Shevilla primo.

- No conozco ese reino. Dime, ¿eres el rey de tu tribu? - le preguntó señalando a su pelo.

- Yo me considero asin. - dijo con orgullo.- Y al que diga lo contrario le meto dos guayas.

- Por eso la extraña corona que llevas en tu cabeza...

- Esto es la moda killo.
- ¿Qué es... moda?.

- Moda es...- intentó encontrar una definición clara, y quizás lo hubiera hecho si supiera lo que significaba definición y clara, pero no - Que todo el que quiere ser reshulon lo lleva - respondió finalmente.

- ¿Y hay muchos... rechulones en tu tribu?

- Tela killo. Y todos nos juntamos en la plaza por las tardes para hablar, intercambiarnos novias y beber litronas.

- Curiosa tribu la tuya en la que todos son reyes, y por tanto iguales... - meditó Arturo, en cuya cabeza se iba conformando cierta idea que ya le llevaba tiempo rondando.
- Con eso que llevas en la cabeza te podrías hacer unos sellos to wapos.- señaló Er_Shuli que medía sus fuerzas con el rey en cuestión de oros.

En ese momento entró un hombre de una altura formidable cubierto por una túnica estrafalaria y una barba de longitud no menos sorprendente tocado con un gorro en forma de cucurucho a juego con la túnica.

- Ah, aquí estáis mi buen Merlín.- le saludó Arturo.

- Como el Leroy - apuntó Er_Shuli.

- ¿Cómo? Soy el consejero científico de su majestad - le informó.

- Killo, debajo desa falda llevas los martillos ¿o qué?

Merlín estaba ciertamente turbado.

- Alteza, creo que este joven se burla de mi.

El Rey Arturo asintió y alzó la mano para que todos los asistentes la vieran.

- Yo también lo creo. Así pues, como no quiero perder más tiempo contigo, te condeno a morir en la hoguera. - sentencia esta que fue recibida entre aplausos.

- ¡Eso no se puede hacer loko! - replicó ofendido Er_Shuli, que intentó avanzar hacia el trono, siendo rápidamente detenido por un par de guardias.

- ¿Cómo que no? Dame una razón por la que no tendría que matarte

- Por que esta mal ¿no? que yo no soy un pijo de esos, ni bético, vamos loko.

- Si se me permite - interrumpió Merlín - recomiendo hacerlo mañana al mediodía, momento en el cual el cielo se oscurecerá por un eclipse. Eso nos traerá buena suerte.

- No me vaciles viejales. ¿Me estás diciendo que sabes que mañana se va a poner negro por el día? Tú que eres, ¿un mago o qué? - le espetó mientras forcejeaba con los hombres que le tenían agarrado.

Merlín se quedó mirando pensativo. Un mago... murmuró.

De nada sirvieron las súplicas del joven que, como establecía la ley, fue llevado al mismo centro del prado, a un poste sobre una pila de maderos, donde fue atado. Cuando llegó el mediodía y el cielo se oscureció, todo lo que pudo decir Er_Shuli fue:

- Pos tenía razón el viejales.

Al final, bajo un montón de cenizas, solo quedaron sus oros.

viernes, 14 de junio de 2013

Mortadelo. The End.

Un teléfono suena con insistencia en una casa llena de recuerdos: una caja con diez cerrojos, un montón de cohetes pintados, un bombín... recuerdos de amigos, enemigos, aventuras, casos y anécdotas que han convertido el pequeño piso en un improvisado museo dedicado a su carrera contra el crimen, y a su vez, en un mausoleo para el cada vez más cercano momento de su muerte.

La puerta del baño se abre dejando escapar una tormenta de vapor que se desvanece en el pasillo, decorado con carteles conmemorativos de todos los mundiales de fútbol y los juegos olímpicos en los que participó. Aún recuerda el primero: Gatolandia 76, donde tuvo el honor de llevar la llama olímpica desde España y encender el pebetero. Se frota las manos con la toalla enrollada a su cintura, pero secarlas no elimina las arrugas que las surcan.

Los rítmicos pitidos no cesan. Debe ser algo importante. Confiaba en que fuera alguno de los teleoperadores que no dejan de suplicarle que se cambie de compañía telefónica. Pero a esas horas de la tarde, cualquier posible vendedor no insistiría tanto.

Entra en el dormitorio. Junto a la cama, pulcramente colocados se encuentran sus zapatos negros como el azabache. Uno de ellos no deja de vibrar. Lo coge.

- Vicente ha muerto. Pasaré a recogerle en diez minutos.- Es todo lo que dice la voz familiar del otro lado. Pensaba que jamás volvería a saber de él desde aquella mañana de abril. Abre el armario en busca de su antiguo traje de levita, enterrado tras una montaña de disfraces de romano, sultán, bombero, árbol, farola... La bolsa de plástico donde lo guardó ha hecho bien su trabajo. Está impecable. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que lo colgó en el olvido, junto con su vida, pero aún le queda bien, pese a que no se ha cuidado especialmente. Su escasa pensión ha velado por su figura en su lugar.

Suena un claxon en la calle. Ya ha llegado; tal y como pensaba en su vieja scooter del 67. Cierra la puerta de casa y en el rellano esquiva al gato negro del vecino que huye despavorido de uno de los ratones del edificio, inquilinos más fieles que todos los que haya tenido el propietario del inmueble en toda su vida.

Ha aparcado frente a la entrada del edificio. Pese a que la edad se ha empezado a cebar en su rostro, los pantalones granate, la camisa impoluta y la pajarita negra le hacen inconfundible. Una simple mirada les basta para superar el abismo que les ha separado durante tantos años. No se dicen nada.

Mortadelo se sube en el asiento del acompañante y la moto arranca con un fuerte estruendo que asusta al gato del edificio distrayéndolo el instante necesario para ser cazado por su perseguidor.
Atraviesan las calles del centro en dirección a la periferia. La scooter es vieja pero alcanza una velocidad considerable, aun así puede contemplar los lugares por los que circulan. Cada rincón guarda un recuerdo, una punzada de nostalgia, un mundo mejor... Las calles se suceden una tras otra. Ríos de hormigón que intentó limpiar de maleantes y criminales durante los mejores años de su juventud, para al final darse cuenta de que la gente no quería ser salvada. El niño al que ayer libró de un prolongado secuestro es hoy un tirano que trafica con armas. Aquella criatura que salió de los detritus de la sociedad parece un miembro de Greenpeace ante los desmanes ecológicos de los ayuntamientos; los científicos locos ahora trabajan para grandes multinacionales y son respetados. El mundo al revés.

Vicente vivía en una mansión victoriana que se hizo construir, influenciado por las novelas de Sherlock Holmes. Solo hay luz en la planta baja. Las superiores guardan el correspondiente luto. Aparcan junto al coche del embajador de Bestiolandia. Llaman a la puerta. Les abre una atractiva rubia de rasgos familiares.

- ¿Inma?- intenta adivinar Mortadelo.

La mujer sonríe pese al gesto de dolor que marca su cara.

- Esa zorra no se ha dignado a aparecer por aquí. Y ha hecho bien, porque no se qué le hubiera hecho de tenerla cerca.

Mortadelo la mira de arriba a abajo. Si se lo hubieran dicho cuando le perseguía por todos los rincones de la oficina en busca de un beso y una promesa de algo más, quizás no hubiera corrido tanto. Se ha operado la nariz y ha perdido kilos, muchos. Pero esa voz es inconfundible.

- Ofelia...

Su belleza ha cambiado de carcelero. Cuando se deshizo de los kilos, las arrugas de la vejez tomaron su lugar. Aún así es hermosa a su manera, como una vasija griega encontrada en un yacimiento antiguo.

- Gracias por venir chicos.

Con un gesto les invita a que entren en el vestíbulo. Filemón es el primero en mostrar sus condolencias a la viuda. Ofelia parece visiblemente afectada aunque las lágrimas se resisten a dar vistosidad a sus sentimientos. Mortadelo se limita a abrazarla en silencio. Pasan juntos al salón principal repleto de amigos y personalidades. Allí se encuentran el agente Floro, miembros de la antigua organización criminal H.I.G.O., el agente J-46, el profesor Bacterio, Alfonso Dividendo, media plantilla de la T.I.A. entre muchos otros, que se mezclan con miembros de la familia del difunto.

Una araña de época hace lo que puede por iluminar la estancia, aunque pese a sus esfuerzos, no son pocos los rincones dominados por la penumbra.

- A él le gustaba así - se disculpa Ofelia consciente del extra deprimente que aporta la lámpara mientras dirige la mirada al féretro que domina la habitación desde un extremo de la misma - Decía que demasiada luz podría revelar lo que hacía a quienes le espiaban. Se pasaba los días diciendo que todo había sido un complot, una trampa que se cerraba sobre su persona, cazándole como a un vulgar conejo. El cierre de la TIA, el ostracismo al que fue condenado, siempre creyó que había sido una conspiración para allanar el camino a algo muy grande.

- ¿Cómo murió? - pregunta Mortadelo.

- Le dispararon cerca del viejo edificio de la TIA. No sé qué hacía allí a esas horas. Cuando salió de casa me dijo que iba a jugar al póker. Aún dormía cuando recibí la llamada de la policía informándome de que habían encontrado su cuerpo con dos agujeros de bala.

- Puede que no estuviera tan loco como parecía, entonces.

- La policía está investigando pero... dicen que será complicado. No hubo testigos, no encontraron pruebas... Lo siento, yo... no puedo hablar de ello. Si me disculpáis...

Su anfitriona se aleja para atender a las personas que llegan en un reguero constante a presentar sus respetos. Incluso en la atmósfera tenue y recogida del velatorio Ofelia resplandece mientras va de aquí para allá. No puede dejar de mirarla.

- No le de más vueltas.- interviene Filemón, que parece haber leído sus pensamientos - No habría funcionado y tampoco lo haría ahora. - Vamos, tenemos un asesinato que resolver.

Han pasado diez años, una década desde que su trabajo fuera ninguneado, despreciado y reducido a un simple gracias acompañando a una carta de prejubilación. Ni siquiera se dignaron a regalarle un reloj barato, y el vetusto edificio que tienen enfrente le recuerda todo aquello. La hiedra se ha apoderado de sus muros, las puertas están tapiadas con recios tablones y algunas ventanas han perdido sus cristales. Un vándalo intentó arrancar el cartel sobre la puerta, sin mucho éxito pues se dejó atrás la T. Está totalmente cerrado. Por eso la policía no entró, ni pensó siquiera que el sospechoso o la victima pudieran haber entrado. Lo que no sabían los agentes es la existencia de la entrada secreta XR-445. En el lugar donde yació Vicente apenas queda la sombra de una silueta marcada con tiza. Si hay alguna pista, debe estar dentro de las oficinas de la T.IA..

Se dirigen al lateral izquierdo del edificio. Allí hay un cartel al nivel del suelo anunciando la nueva opereta de Albeniz, en el que se puede ver a un cantante en un escenario. Comienzan a aplaudir, el cantante hace una reverencia, se aparta y los agentes suben al escenario, perdiéndose entre bambalinas. Un transeúnte que lo ha visto todo intenta imitar la acción, pero es reprendido por el artista, visiblemente molesto por el escándalo formado por sus asíncronos aplausos.

El pasadizo del escenario desemboca en la recepción. Tres dedos de polvo lo recubren todo. Filemón tose profusamente.

- Demasiado tabaco jefe.

- No diga tonterías Mortadelo. Yo no fumo. Es el polvo. ¿No lo ve? Y no me llame jefe. Hace mucho que no trabajamos juntos.

- Vale pero usted deje de tratarme de usted. - El color amarillento de sus dedos, el mechero que se intuye en el bolsillo de su camisa y un ligero aroma ocre en su aliento le dicen que miente. Lo medita por unos instantes, pero no le dice nada al respecto. Podría haber sido un buen detective si le hubieran dejado o si hubiera tenido agallas.

Cuando los de arriba desmantelaron la TIA lo hicieron con tanta prisa que ni siquiera se llevaron los muebles. Todo sigue en su lugar como un reloj parado en una hora más benévola. Por los pasillos ahora fantasmagóricos corrieron huyendo de Ofelia o de alguna disparatada misión, gastaron bromas a Bacterio o simplemente pasaron el rato haciendo aviones de papel.

Una sorpresa les aguarda en la sala de briefing. Se suponía que todas las trampas con las que contaba el edificio se habían desactivado, pero al pisar una de las baldosas trampa, un techo doble cae sobre ellos. Por suerte en el último momento pueden esconderse bajo una mesa de roble que amortigua el golpe y les salva la vida.

- Estoy demasiado viejo para esta mierda. - rezonga Filemón mientras se sacude el polvo de los pantalones.

En el vestíbulo de la tercera planta encuentran huellas recientes que siguen hasta el antiguo despacho del Súper. Los cajones de los archivadores están abiertos, hay huellas por todas partes y sobre el escritorio alguien ha dejado una hoja de papel. Mortadelo la recoge y la lee con detenimiento. Es una lista de nombres con sus correspondientes direcciones.

- La banda del Pincel - lee Filemón en el encabezado. - No me suena de nada. ¿Y a usted?

- Ni idea. ¿Cree que puede tener relación con el asesinato de Vicente?

- A saber. En el papel no dice nada. Los nombres pertenecen a conocidos criminales. A más de uno le pusimos a la sombra durante un tiempo, pero no sabemos si planean algo. Por lo que sabemos, podrían haber formado un grupo musical. Habrá que investigar a los que aparecen ahí.

Recorren el camino inverso hasta salir del edificio. El primero de la lista es Joe Bestiajez, un viejo conocido en el mundo del hampa que no dejó de delinquir por mucho que le detuvieron. Un elemento fuera del sistema al que intentaron integrar en él a martillazos. No funcionó. Llegan a su barrio cuando el sol se desprende de sus últimos rayos.. Barrio obrero, cuyas calles grises desembocan en un parque cubierto de césped y árboles que resalta ante lo inanimado de los bloques de hormigón que lo rodean.. Y es allí precisamente donde se topan casi por casualidad con los 2x2 metros de humanidad de Bestiajez.

De espaldas a ellos, no les ha visto. Está ocupado dando de comer a las palomas en una desconcertante actitud pacifica que no sabían que cultivara. Puede que en tantos años haya podido cambiar, pero no pueden arriesgarse. Con él lo mejor es golpear primero, golpear después y por si acaso una tercera vez; luego preguntar. Siempre es mejor tener que disculparse por un exceso de violencia que pasar una semana en una casa de socorro... un ambulatorio, se corrige Filemón mentalmente mientras hace señas a Mortadelo para que mantenga su posición. Él se acercará sigilosamente y le golpeará en la nuca con una cachiporra para dejarlo sin sentido. Luego le atarán y podrán interrogarlo sin riesgo alguno para su salud.

El plan parece funcionar. Se coloca a solo dos pasos de Joe, que no se ha percatado de nada. Sopesa donde golpear; sabe que si no lo hace en el punto exacto únicamente le causará mucho dolor, aunque lo peor es que luego se lo devolverá a él multiplicado por 1000. Alza el brazo, la cachiporra bien sujeta, sus dedos crispados sobre ella, se dispone a descargar con contundencia el golpe y de pronto, todas las farolas se encienden al unísono. Esto distrae a Bestiajez, que gira la cabeza en el momento oportuno para ver a una de sus viejas némesis con el brazo en alto y el rostro desencajado. Sonríe

A pocos metros de allí, Mortadelo saca su disfraz de fantasma y pone pies en polvorosa. Demasiadas veces ha vivido esa situación como para saber que el jefe será apaleado hasta que Joe se canse, y luego este robará un coche o una motocicleta y desaparecerá en la noche dejándoles sin sospechoso. No quiere estar por medio cuando huya.

Mientras se aleja, escucha en la distancia las súplicas y los gritos de dolor de Filemón, pero, flotando incorpóreo sobre una fuente, en lugar de sentir remordimientos o pesar, siente una chispa de vida encenderse en su interior por primera vez en años.

Quince minutos después se reencuentran junto a la scooter.

- Bestiajez está perdiendo facultades - comenta lacónicamente Filemón mientras comprueba que las zonas doloridas de su cuerpo siguen en su lugar. - Si tuviera veinte años menos, podría haber sido yo el que le saltara los dientes.

Montan en la moto.. No hay reproches. Hasta el último día se quejó de que siempre le dejara en la estacada a la hora de recibir golpes y sin embargo, en esta ocasión ni siquiera ha merecido un triste comentario. Lo que no puede ver, es que mientras se dirigen en busca del segundo miembro de la banda: Mike Manazas. Filemón sonríe...

En la lista está escrita la dirección de su domicilio, sin embargo saben que es mucho más probable que a esas horas, a cualquiera en verdad, se encuentre en el Bar Saturno, un antro del centro en el que criminales de baja estofa acuden a ahogar sus penas y planear delitos de poca monta.

Allí le encuentran, al fondo del local, hablando con un par de tipos a los que, a primera vista, no reconocen. Se sientan en la barra para evitar ser descubiertos, sin quitar ojo a la conversación que tiene lugar un par de mesas más allá. Mike gesticula mucho, a veces alza la voz, pero al instante se da cuenta de ello y recupera el tono confidencial que les impide escuchar lo que hablan. Finalmente, uno de los desconocidos saca un maletín de debajo de la mesa y se lo entrega a Mike, que no bien lo recibe, se levanta y abandona el bar.

Apuran la cerveza que habían pedido y le siguen a prudente distancia. Hay que descubrir qué guarda el dichoso maletín. Si se lo quitan disimuladamente, no hará falta la acción directa. Mortadelo tiene un plan. Se disfrazará de Fox Terrier para acercarse a él y entonces, cuando menos se lo espere le dará el cambiazo. Pese a los nervios iniciales, consigue su objetivo. Tras seguirle unos metros, logra sustituir el maletín por un chorizo de cantimpalo. Pero en el último instante la suerte le es esquiva y, camino del lugar donde ha quedado con Filemón, al girar una esquina, se da de bruces con un bulldog en celo, que le toma por un miembro del sexo contrario con el que desfogarse. Se inicia una frenética persecución por las calles, deslizándose bajo los coches, saltando sobre bancos, corriendo en zig zag entre las farolas, que termina cuando Mortadelo, más pendiente de comprobar si el bulldog le alcanza, choca con su jefe, derribándolo en el suelo.

Aprovecha este momento de confusión en el que el bulldog no sabe qué ha pasado con él, para disfrazarse de golondrina y salir volando como alma que lleva el diablo mientras a decenas de metros bajo él, el perro ataca con fiereza a Filemón, pues le culpa de haber hecho desaparecer a su improvisado ligue. Los remordimientos afloran en Mortadelo, que no puede ver cómo su jefe es mordido una y otra vez en todas sus extremidades. Desciende hasta el suelo, se viste de corto como un jugador de la selección y de un poderoso chut lanza al bulldog a decenas de metros de distancia, yendo a impactar contra la scooter, que termina echa fosfatina.

Mientras Filemón se aplica alcohol a las heridas, comprueba el contenido del maletín. En su interior encuentra diversos manuales para un curso de manipulador de alimentos, pero nada incriminatorio.
Resignados, no les queda más remedio que continuar con sus pesquisas. Vuelven al bar por si Manazas ha vuelto, pero no hay ni rastro de él. El lugar está vacío salvo por el camarero que limpia las mesas. Se van quedando sin hombres de la banda a quienes interrogar. Billy Dinamita es su penúltima apuesta. Vive en un adosado en un barrio bien de la ciudad. Seguro que pagado con el dinero del gran robo al banco nacional de Cefalopodia, cometido apenas unos meses después de que la T.I.A. desapareciera. Como la moto es pasto de desguace, se ven obligados a caminar. El aire fresco de la noche les reconforta y anima. Apenas encuentran a nadie por la calle. A esas horas las personas honradas duermen plácidamente en sus hogares, mientras gente como ellos vela porque lo hagan tranquilos.

Poco antes de llegar, son interceptados por un señor con gafas. Les ha tomado por dos serenos e insiste bastante enfadado en que le acompañen para abrirle la puerta de su casa, no muy lejos de allí, a solo un par de manzanas. Su hogar resulta ser un buzón de correos. Intentan hacerle entrar en razón pero eso es algo de lo que ese hombrecillo cabezón carece. Filemón se encoge de hombros, saca su pistola y de un certero disparo vuela la cerradura de la portezuela.

El hombrecillo les agradece la ayuda. Mientras se alejan de allí, escuchan en la distancia sus quejas airadas por el escaso tamaño del salón, el cual recordaba más grande y luminoso.

En el adosado de Billy las luces permanecen apagadas. Cada uno entrará por un sitio distinto y registrará la casa. Posteriormente irán a por el sospechoso. Filemón se cuela por la ventana del salón. Hay luna llena por lo que tiene algo de visión, aún así no puede evitar chocar contra una mesita y gritar una maldición por el dolor provocado. Una de las lámparas se enciende súbitamente. Había una anciana durmiendo en uno de los sofás y ahora la ha despertado. Debe ser la madre de Dinamita.

- ¡Anda! ¡Un bebé! - exclama la anciana al ver a Filemón. Las gafas que protagonizan su rostro evidencian una severa miopía. Además, da la sensación de sufrir principio de Alzheimer - ¿De dónde has salido tú? Ven con la abuela Consuelo que te de algo de comer, que estás muy pálido.

No le queda otra que seguirle el juego, cogerla de la mano y acompañarla a la cocina, donde la anciana le da una cucharada de un líquido espeso que vacila en tragar. Ante las dudas, la vieja le introduce con violencia la cuchara en la boca. Es aceite de ricino. Asqueroso aceite de ricino. Lo odia, lo abomina, lo desprecia... Aprovecha que Consuelo ha ido a buscar un babero a su habitación para registrar los muebles en busca de algo con lo que quitarse aquel sabor. Lo encuentra en una de las baldas: una botella de Whisky que vacía en su gaznate de un trago, sin darse cuenta hasta que es demasiado tarde de que lo que bebe no es alcohol, es aguarrás. Conoce el sabor, puede parecer una broma macabra del destino pero no es la primera vez que le pasa aquello. Han sido tantas las ocasiones... y pese a ello, aún le abrasa la garganta. Ni siquiera se molesta en usar la puerta; salta por la ventana al jardín y comienza a comer tierra, la única forma de conservar la tráquea. Consuelo le ve y piensa que está jugando solo. Le apena que no tenga un compañero de juegos, así que llama a Ursus, su perro, que hasta entonces dormía plácidamente en su caseta. Perro y hombre cruzan sus miradas y se dan cuenta, para temor de uno y regocijo de otro, que se han visto antes, no hace mucho.

Mortadelo aprovecha que el jefe está siendo atacado por el bulldog mientras es jaleado por la anciana, para registrar la casa. No hay nada. Una habitación llena de capazos de mimbre es lo único a destacar. Tampoco hay ni rastro de Bill. Ahora queda salvar a Filemón. Disfrazado de cigüeña aterriza en el jardín y convence a Consuelo de que ha habido un error en la entrega. Juntos salen volando lejos de allí.

Esperan a que Filemón reponga fuerzas. La siguiente parada no está muy lejos de allí. Irán a pie. Un último nombre sin tachar en la lista: Ibañez. No hay más. Si de él no logran sacar nada tendrán que volver a sus vidas y olvidarlo todo.

Llegan a la casa unos minutos después. A un par de metros de la puerta discuten en voz baja sobre cual es el mejor plan para entrar en la guarida del criminal y poder interrogarlo. Surge entonces desde algún lugar a un par de calles de allí el estruendoso grito del hombrecillo que vivía en el buzón. Vocifera algo sobre que le han engañado con su casa. Hace tanto ruido que podría despertar a medio país. Entonces se abre la puerta dejando al descubierto en el umbral una figura fantasmagórica, de cráneo deforestado, grandes gafas y pobladas patillas. Empuña un revolver encañonado hacia ellos.
Lo saben al instante. Ha llegado su final. No hay discursos de última hora con una explicación de todo, ni un instante que aprovechar para crear una distracción y sortear a la muerte una vez más. Al menos han encontrado al culpable. Se miran el uno al otro. Ibañez dispara con precisión. Dos tiros certeros que penetran en ambos corazones. Cuando los cuerpos tocan el suelo, lo hacen inertes, sin vida. Mira a un lado y a otro de la calle. Nadie le ha visto. Está amaneciendo y los ciudadanos aún están desperezándose. Mete los cuerpos rápidamente y los lleva al cuarto de la limpieza. Más tarde, libres las calles de testigos incómodos, se deshará de ellos. Mientras, todavía tiene unas largas horas por delante para celebrar la culminación de su plan. Se dirige a su estudio saboreando el tosco aroma de un cigarrillo mientras silba una alegre tonadilla.

Ibañez coge un folio en blanco, se sienta a su mesa de dibujo y comienza a bosquejar la primera viñeta de la que será su última historieta: una calle solitaria bajo el manto de la noche en la que brilla una rubia enfundada en un ajustado vestido carmesí. Sobre ella, el recuadro de texto del omnipresente narrador: Esta noche ha muerto un superintendente.

jueves, 13 de junio de 2013

Maratón man

Agustín es un anciano que pasa las mañanas tomando el fresco en un rincón del paseo marítimo, a salvo del implacable sol bajo la sombra que le proporciona una frondosa palmera que, cuenta, plantó de niño cuando todo aquello era campo. Pero no es eso lo único que cuenta a quienes se acercan a la cubierta natural del árbol. Una vez ha terminado con la historia de cómo el desarrollo urbanístico salvaje que marcó con una lengua de cemento y baldosas el camino paralelo a la costa, respetó a su palmera, comienza a hablar en voz baja y mientras mira de un lado a otro con los ojos entornados se sienta en el filo de la silla de playa, como si esperara tener que salir huyendo en cualquier momento, captando el interes del turista despistado, al que hace complice de su historia.

Es la historia de un hombre que brilló con la fuerza de mil soles el tiempo que tarda una cerilla en consumirse. Nadie sabe de dónde venía, comienza Agustín. Cuando apareció por primera vez pensé que era un turista más. Llevo años aquí y he visto de todo: ingleses rojos, finlandeses en monociclo, hippies barbudos, pero nada como él: pantalones negros cortos a juego con sus gafas de sol, esa era la única vestimenta de aquel misterioso hombre calvo,que habia ofrecido en holocausto a la aerodinamica, hasta el último pelo de su cuerpo.

Pronto hizo del paseo maritimo sus dominios, los cuales recorria de un extremo a otro con paso ligero pero constante. Aunque no era esto lo que llamaba la atencion de los viandantes, al fin y al cabo, corredores semidesnudos los hay y los habra siempre. Miren, por ahí pasa uno precisamente, señala el viejo. Y efectivamente, invariablemente siempre que alarga su mano esta apunta a un corredor o corredora con poca ropa. La caracteristica que dejaba boquiabierto a todo aquel con el que se cruzaba, prosigue, es que cuando corría, no lo hacia con la compañia de un pequeño reproductor de mp3 con el que infundirse ánimos o evadirse del mundanal ruido, sino que daba una zancada tras otra con todo un señor iPad en las manos, de tal manera que sus gráciles movimientos se tornaban en ridículos, causando hilaridad en quienes le veian, una vez superado el estupor inicial. Pero pasaron varios dias y el "Calvo de la tontería" como le apodaron,  seguia acudiendo fiel a su cita con el ejercicio. Los habituales comenzaron a preguntarse entonces quien era ese hombre, sus motivaciones y qué es lo que llevaba puesto en el iPad para mantener su mirada sobre él mientras corría.

Uno de los camareros del chiringuito de aquí al lado intentó averiguarlo. Se puso a correr a su lado durante un buen trecho, pero el sol no le dejaba ver bien la pantalla. Se acercó entonces más de lo que aconsejan las leyes del running, pero el misterioso corredor no se inmutó, aceleró el ritmo y pronto dejo atrás al exhausto camarero, que se dijo entre jadeos inmisericordes, que debería dejar de fumar tanto.

El desconocimiento llevó a la frustración y con esta, las ganas de acabar con él. Intentaron despistarlo de todos los modos posibles para que tuviera un traspiés y cayera de bruces al suelo. Le insultaban, se interponian en su camino, las chicas le enseñaban los pechos con total descaro y posterior descontento, pues tras las inescrutables gafas de sol, nada se movia. Bien podría decirse que en lugar de ojos tuviera dos cuencas desprovistas de vida. Nadie lo supo jamás.

Pasaron las semanas y un día simplemente desapareció. Unos dicen que volvió a su casa tras finalizar sus vacaciones, que era un anuncio de Apple con fecha de caducidad, otros que el diablo en persona vino en su busca para que le acompañe en sus carreras por el infierno. Nadie sabe la verdad y posiblemente nunca la descubramos.

Y así termina la historia. ¿Ya está? preguntan invariablemente todos los turistas, que se van decepcionados y descontentos por haber perdido el tiempo. Lo que no saben es que mientras estaban absortos con la narración, el calvo de la tontería, ya no tan calvo, ha pasado junto a ellos y les ha robado la cartera, cuyo botín compartirá con Agustín.


* Toda la gente de la sección "La gente de Moriarty" existe o existió. El llamado "Calvo de la tontería" fue un runner que sembró de risas el paseo marítimo de mi pueblo el verano de 2012. A poco para el inicio de un nuevo estío, se hacen apuestas sobre si volverá.

viernes, 31 de mayo de 2013

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Consejos para conseguir más visitas en tu blog

Los blogs llevan en nuestras vidas más de una década. Al menos en la vida de algunos. Cada uno tiene un motivo para crearse una cuenta en Blogger o Wordpress y abrir una ventana personal al mundo: ligar, llamar la atención de alguien que le de una mano cuando esté al borde del precipicio y si hay suerte ligar, hacer currículum y si se puede ligar pues eso que se llevan, hacer del mundo un sitio mejor con sus gracietas y de paso encandilar a alguna chica con la que ligar y los hay que simplemente quieren follar gracias a él. En todos estos casos, para tener éxito en nuestra misión, hay algo que necesitamos obligatoriamente: un gran volumen de visitas (o tener la suerte de que te visite una ninfómana con predilección por amantes digitales, si eres un chico, o un tío que sepa leer, si eres una chica)

Mis provechosos años al frente de, Fin del juego primero, y El Expreso a Thule en la actualidad, me capacitan para daros una serie de consejos infalibles con los que hacer de vuestra bitácora personal un lugar tan concurrido como un club de carretera camino de Valencia. Luego ya si veis que solo tengo tres comentaristas fijos después de casi una década, igual no me hacéis tanto caso, pero bueno, nadie dijo que mi método fuera infalible.

. Hablar de Susana Griso: He de hacer una revelación sorprendente: no funciona; al menos no tanto como uno podría pensar. Si, cada día, durante el horario de emisión del programa que conduce en la televisión, babosos y degenerados como yo teclean en Google el nombre de esta catalana cañón y son redirigidos a mis dominios. Sin embargo, su número se mantiene constante, alcanzándose una masa crítica (muy escasa) de seguidores que no ha variado en todos estos meses. Y es curioso, porque cada jornada me sorprende las distintas procedencias de los que ansían lamer los pies de Susana: un día pueden venir del Ministerio de Defensa, otro de una aldea perdida en Italia, al siguiente de las propias oficinas de Antena 3, Estambul, Novosibirsk o del Ministerio de Hacienda, que imagino que no teniendo suficiente con el sexo sucio que practican con los contribuyentes, necesitan echar mano de imágenes guarras para excitarse. Así pues, es una opción que aunque nos reportará visitas, no es ganadora per se.

. Escribir bien: en tanto calidad como en contenido. Sirve incluso de menos que hablar de la Griso. En este mundo donde lo mediocre triunfa y lo excelso se envidia y se subestima, que tu pluma sea comparable a la del fénix de los ingenios o que toques temas desde puntos de vista novedosos, no te asegura un gran público. Como red social, aquí lo que importa es tener carisma a raudales, charm, savoir faire y savoir être, mojo... y que tu blog lo transmita, ya sea a través de tus posts, tu foto de perfil, los comentarios lisonjeros, concursos y sorteos, las promesas de sexo en agradecimiento por estar ahí, etc. Ya puedes poner al alcance de las abuelas la teoría especial de la relatividad, que un post de una línea con un simple "Hola" proveniente de una adolescente de pechos duros, altivos, sonrisa abierta y ojos acogedores obtendrá cuarenta veces más comentarios que tu disertación. Aún así, si no tienes pechos duros y altivos o directamente no los tienes de ninguna clase, al menos deberás escribir cosas interesantes y con cierto estilo. Es lo que hay. El éxito blogueril instantáneo no es para los hombres.

. Enlazar porno: Alguno me dirá que para eso está xvideos, redtube, pornrabbit, pornhub, porntube, y derivadas, pero salvo las etiquetas que clasifican vagamente los videos por género o filia, básicamente lo publican todo sin importar la calidad, por lo que hay mucha paja (guiño, guiño, cuidado que te da en el ojo) Un blog que publicara únicamente los mejores videos con una clasificación apropiada tendría cierta repercusión. El problema viene en que, sí, obtendrás visitas, pero con contenido que en principio no tenías pensado crear y/o enlazar. No es de recibo incrustar un vídeo con gemelas juguetonas entre un post sobre La aldea del Arce y un poema dedicado a tu novia, por ejemplo; ni siquiera aunque esas gemelas sean ciervas cachondas antropomórficas. Caso diferente es que quieras hacer una página porno, en cuyo caso no necesitas leer esto.

. Hacerte pasar por una chica adorable en sus medianos 20 y contar sus desventuras erótico-emocionales: atraerás público masculino en masa cuya intención será salvarte de una soltería que se cierne amenazadora sobre tu presunto reloj biológico al que derrotarán cual fiero dragón con ayuda de su certera lanza. El mito del príncipe azul trasladado a las estepas digitales. Además el número de comentarios subirá exponencialmente en los momentos en que "presentes" a un posible novio, y cuando este haga algo que mine tu confianza en él.

. Hacer una lista con información de utilidad para los posibles visitantes.

. Crear un personaje interesante: Pese a lo que diga Paulo Coelho, al mundo no le interesa cómo eres. De lo contrario estarías en un yate anclado en la Costa Azul bebiendo champán del ombligo de una adolescente descerebrada. Por ello hay que idear un personaje tras el que esconder nuestra insulsa personalidad y que atraiga con su fuerza arrolladora a las masas, al estilo Max Power. Aviso: no os hagáis pasar por un robot que eso no funciona. En este caso el éxito se deberá más a la interacción con los comentaristas que por lo que escribas, pero al menos es un comienzo.

. Busca un nicho de mercado vírgen y explótalo como una mina en Asturias. Hay muchos temas de los que hablar y no todos son tratados en la blogosfera. Lo malo es que de estas cuestiones huérfanas de representación, que sean interesantes... muy pocas. Ahora no se me ocurre ninguno, pero el que quiere tener éxito eres tú, así que no me presiones.

. Enseñar una teta: y ojo, no una cualquiera, sino la tuya. Consejo solo válido para chicas. Podéis ir subiendo fotos diarias y escribiros dedicatorias en el escote. Aunque bueno, eso ya se está haciendo... Pronto se correrá la voz, entre otras cosas e incluso podrás comenzar a incluir de vez en cuando uno de tus textos más íntimos.

. Hacerte pasar por una chica adorable en sus medianos 30 y contar sus aventuras gatunoemocionales: creará un efecto empático en innumerables chicas que verán en ti un reflejo de sus tristes vidas, de las que seguro que algún día son rescatadas por un príncipe azul en su Porsche Inferno accionado por la contracción rítmica de sus abdominales. No olvides incluir dramas cotidianos como "el vecino buenorro vino a pedirme sal pero no tenía. Ahora se pensará que no soy una buena de casa y no me querrá empotrar", "Mi gato se fue a por tabaco y aún no ha vuelto" o "El chocolate no es un buen sustitutivo del sexo. Shame on you Nestlé". El nombre de tu blog debería incluir alguna de las siguientes palabras: diario, soltera, rubia, lista, tonta, vida, amorosa, veinteañera, treinteañera, cuarenteañera, ganchillo o frincar.

De todo esto se puede sacar una conclusión: si quieres tener éxito, ponte tetas o no podrás escribir de lo que quieras.




 
 
Cada día me cuesta más encontrar una excusa para poner sus fotos

miércoles, 22 de mayo de 2013

Jimmy Neutron, el niño cantautor*

Ese no es su verdadero nombre, por supuesto. Hay que ser muy mala persona para llamar a tu hijo como un personaje de dibujos animados, a no ser que le pongas Goku, Oliver Atom o El caballero del Dragón. Los padres de Jimmy, por fortuna, no carecían de sensibilidad y por ello bautizaron a su primogénito con un nombre aburrido y común como Daniel. O quizás no, no lo se, pues no he tenido trato con él más allá del odio frío y cortante que le proceso. Si le he puesto Jimmy Neutron es por el desproporcionado tamaño de su cabeza, de volumen similar a su ego.

Nació en una familia feliz aunque contenida, de esas que celebran los cumpleaños con calculados tirones de oreja ajustados al reglamento. La religión de sus padres les prohibía hacer grandes demostraciones de alegría, las cuales debían compensarse con agrias discusiones.

A los dos años Jimmy comenzó a pensar que eso era un camelo, y que si sus progenitores discutían era porque su madre no entendía las tendencias polígamas de su padre. Y así se lo comunicó la mañana de Reyes. Este razonamiento era propio de un niño de, al menos, 5 años y por ello le llevaron a un psicólogo, que le diagnosticó una severa fijación por objetos fálicos y una inteligencia fuera de lo común que deberían estimular. Años después el psicólogo relacionó ambas cuestiones, aunque su teoría solo obtuvo cierta repercusión en los círculos académicos de San Francisco.

Lo primero que hicieron para desarrollar su intelecto, fue darle un ajedrez, pero Jimmy se comía las piezas. Con el profesor particular de Matemáticas se pasaba las tardes hablando de Beyblade, y no aprendía nada. Así que al final le regalaron un violín, y pese a ser la primera vez que lo tocaba, ejecutó una pieza de Paganini con gran maestría. Así que en eso destacaba, pensó su madre satisfecha, pues con su vástago reconducido por la senda de la vida, podría echarse a la bebida y olvidar al putero de su marido junto al que permanecía porque al menos tenía un buen trabajo.

Sin embargo los problemas no acabaron ahí. Fue el comienzo de una larga lista de quebraderos de cabeza. Resultó que las agudas notas que arrancaba el niño al instrumento, por muy hermosas que fueran, enloquecían al cocker spaniel del cuarto segunda, que no cesaba de ladrar hasta que los ensayos terminaban. Como es lógico, los vecinos se quejaron en reiteradas ocasiones, aunque no fue hasta recibir un anónimo que decía: ¡Niño cabrón!, que no decidió cambiar el violín por un menos chirriante piano. En cualquier caso aquello no cambió la opinión de la vecindad, que continuó con sus amenazas hasta obligarles a marcharse del edificio.

Fue en vano. Allá donde iban eran expulsados, sin importar qué tocara. A todo el mundo molestaba. Se embarcó en un éxodo que duró un lustro y durante el cual, pese a todo, logró dominar casi todos los instrumentos. Hasta que llegó a mi barrio un caluroso verano de Eurocopa, en el que mantener las ventanas abiertas pasaba de ser de mera cuestión estética a una decisión entre la vida o la muerte.

Aquí, por primera vez en su vida, encontró la aceptación de sus congéneres, pues tuvo la fortuna de recalar en un pequeña casita junto a la que vivían un grupo de gypsis, que no solo no estaban disgustados con su música, sino que aprovechaban los momentos en que ensayaba, para hacer bailar a su cabra del hogar.

Desde mi habitación, a un par de calles más allá, le escuchaba tocar con meridiana claridad pese a la distancia, en las calurosas noches en que, asomado al balcón mirando a las estrellas, buscaba inspiración con la que impregnar los poemas que escribía a mi amada en aquel momento y que luego resultó ser una zor... Era agradable oírle ejecutar "Para Elisa" al piano con acompañamiento de palmas de los gypsis, mientras, no sin cierta dificultad pues un par de adosados se interponían en mi campo de visión, contemplaba a la cabra subir y bajar una pequeña escalera al ritmo de Beethoven.
Pese a no ser muy comprensivo con aquellos que ponen la música alta, siendo mi política la de matarlos a todos, las canciones que tocaba eran suaves y me servían de improvisadas nanas con las que dar la mano a Morfeo y encaminarnos a Sión en busca de un orgiástico sueño. Hasta que llegó aquel partido de infausto recuerdo: España - Italia del grupo de clasificación.

En agradecimiento por tantas tardes de acompañamiento musical, los gypsis le regalaron a Jimmy el único instrumento en el que todavía no había puesto sus manos: una vuvuzela; un invento del diablo hecho para alterar el equilibrio del universo y de paso mis nervios. El niño animó como si estuviera en juego su vida, soplando con tanta fuerza que si no tuvo necesidad de recurrir a un balón de oxígeno tras el partido, poco le faltó.

Aguanté como pude las dos horas de terror sonoro esperando que una vez finalizado el lance las aguas volvieran a su cauce. Pero no. Se ve que Jimmy le cogió fijación al aparato y no había día en que no dedicara a darle a la vuvuzela durante horas. Creo que intentaba componer algo con ella, pero aquello sonaba como si estuvieran torturando a un gato. Y entonces comencé a odiarle. Ligeras pinceladas de odio al principio, que se convirtieron en oleadas de tirria la noche previa a una cita, en que sus estridentes zumbidos no me dejaron dormir, con el consiguiente empanamiento al día siguiente que puso en peligro el éxito del mencionado encuentro.

Desde ese momento, Jimmy Neutrón dejó de ser un vecino más para convertirse en mi archienemigo de aquel año: El insidioso niño de la vuvuzela.  Nuestra lucha es ya legendaria, pero esa, es otra historia.

*Vale, de cantautor no tiene mucho, pero es que así hacía la rima. Gracias por vuestra comprensión.

sábado, 11 de mayo de 2013

Amor a distancia

Bum, descarga. Muerde sus labios con fuerza para ahogar el gemido inesperado que le ha causado el vibrador hundido entre sus piernas. Bum, descarga. Aprieta sus muslos, se agarra a la mesa y con los ojos llorosos maldice y bendice a su amante al otro lado del aparato, que la controla a distancia sentado en su sofá a kilómetros de allí lamentando su ausencia.
 
Bum, descarga, y a su mente vuelven los recuerdos de la noche anterior, esposada a la cama, con los ojos vendados y un vendaval de pasión y lujuria derramada sobre ella, lamiendo lo inesperado de su cuerpo, atacando su sexo con denuedo, acariciando sus pechos, devorando sus pezones recubiertos de nata. Bum, descarga, aún siente el peso de su cuerpo sobre su vientre, aún se siente vulnerable cuando recuerda cómo le abrió las piernas y la penetró sin pausa, arrancándole jadeos y flujos, haciéndola arquear la espalda; cuando tras embestirla con fuerza le arrebató la venda y la miró a los ojos y con un profundo beso le dijo te quiero, cuando sacó un objeto parecido un mechero y se lo introdujo en el sexo mientras la acariciaba. No te lo quites, le dijo, lo controlaré a lo lejos cuando estés en el trabajo mañana.
 
Bum, descarga. Vuelve a estar en su mesa, bastante desordenada. Y ya no puede más, sus muslos chorrean, su cara la delata. Sale de su despacho para hacer una pausa. Se dirige con presteza hacia su casa, donde su amante la espera deseoso de amarla.
 
Abre la puerta del piso, ansiosa, dispuesta a devorarlo de un bocado pero en lugar de su cuerpo, su pene enhiesto, su pecho fuerte y su sonrisa franca, encuentra una nota: "Tuve que salir muy temprano por una urgencia. Volveré al anochecer. En la nevera aún queda tarta". Se dirige extrañada hacia su habitación y allí sobre la cama junto a la almohada, se encuentra a su gata que sobre el placentero mando reposa su pata. Bum, descarga.
 
*Relato presentado al VI Concurso de Relatos Eróticos de Destino: Placer

viernes, 26 de abril de 2013

Fanfic de Juego de Tronos

Valaster

El Rey Joffrey, Rey de los Ándalos y los Rhoynar y los Primeros Hombres,Señor de los Siete Reinos y Protector del Reino, solicitaba su presencia. Aquella mañana, mientras daba cuenta de un plato de huevos verrugosos acompañado de dos tiras de bacon crujientes sin llegar a estar chamuscadas, sobre un lecho de carnes marinadas a las finas hierbas, entró en su tienda en el campamento, con el rostro congestionado, un heraldo de la Casa Lannister. Esperó a que el caballero Luna de la Casa Hollor, estandarte de ser Mace de la Casa Tyrell de Altojardín regara el desayuno con un vino aromático de vainilla de más allá del mar angosto, antes de entregarle su real mensaje.

Le despidió con una sonrisa y mientras veía cómo se alejaba con su túnica roja de lana cubriendole un jubón blanco que dejaba ver las frecuentes rachas de viento, apremió a la puta que calentaba su cama a que se levantara y volviera al burdel de donde la hubieran sacado. Una vez se encontró solo rompió el sello de cera con la efigie de un fiero león y leyó el manuscrito. Era bastante conciso: Ser Valaster, se le espera en la corte de inmediato.

No convenía hacer esperar a Joffrey cuyos ataques de ira espontánea eran conocidos desde el Dorne hasta el Muro, así que mandó llamar a su mayordomo Noros, que había sido pordiosero en Braavos, Tor, Altojardín y algunas ciudades libres antes de decidir cambiar de profesión y servir a la casa Hollor.

- Noros - gritó el caballero Luna mientras con su dedo índice izquierdo apuntaba al horizonte que se dibujaba entre los pliegues de la tela de piel de arpillera que hacía de puerta - nos vamos a Desembarco del Rey.

Noros

- Mi señor es gilipollas. - Pensó el ex-pordiosero mientras ensillaba el caballo de su amo, un corcel de color fuego digno de las bestias que montaban los dothrakis- Al menos en Desembarco del Rey hay buenas putas.

Palos

La nieve crujía bajo los pies del guardia de la noche, mientras la aplastaba con violencia en un vano intento de entrar en calor.

- Me estoy pelando el culo de frío - comentó a voz en grito a los dioses del bosque viejo como si pensara que pudieran escucharle o aún más, interesarse por ello.- Espero que ese gilipollas de Cetis venga pronto con la madera para la hoguera.

Valaster (2)

El viaje fue rápido y seguro. Apenas se encontraron con cuarenta bandidos de los que dio buena cuenta con "El filo que daña", su fiel mandoble que había dado a probar a aquellos rufianes. Se dijo que debería recordar felicitar al Rey por mantener la paz de aquella manera tan eficaz. Lejanos quedaban los días en que era frecuente ser violentado y robado por centenares de ladrones cada vez que los caballeros salían de sus castillos.

Pese a estar el sol en su cénit cuando llegó, las calles de Desembarco del Rey estaban repletas de ciudadanos y putas atareados en sus quehaceres diarios. Era día de mercado por lo que en cada rincón podian encontrar puestos donde comprar deliciosas viandas: manitas de merluza, morro de caballo confitado con higo, higado encebollado de uro reducido con vinagre, pastelillos de lilas verdes, cerveza de trigo y jengibre, filetes de negro y pistachos. Alejó de su mente tamañas tentaciones, lo que le valdría que en algún lugar un bardo escribiera una canción por semejante hazaña y no se detuvo ni siquiera cuando su estómago impuso su derecho a ser rellenado con un sonoro rugido. De seguro el Rey compartiría mesa con él y no quería faltarle al respeto mostrando una insolente falta de apetito.

No era la primera vez que visitaba la fortaleza roja, pues ya acudió en una ocasión junto a su tio Palos de Hollor, en tiempos del Rey Robert. Habia pasado mucho tiempo si, pero el recuerdo era fresco como el jugo arrancado por la lechera al joven ternero en un pajar y en unos minutos se encontraba ante las puertas del salón real. Enseñó a los guardias el mensaje que motivaba su presencia y estos le dejaron pasar con un gesto marcial de sus lanzas.

La grandeza de la estancia sobrecogió su corazón. Si aquellos muros de los cuales pendían las enseñas de las casas de Poniente eran así de imponentes, ¿cómo no serían cuando estaban adornados por las cabezas petreas de los dragones Targaryen? El salón rivalizaba en cuanto a concurrencia con las calles. Espadas juramentadas de la casa Hightower cuchicheaban en un rincón junto a la puerta. Le dedicaron una mirada hosca en cuanto se percataron de que estaban siendo observados más tiempo de lo normal, por lo que continuó su camino.

A sus costados, junto a las columnas de piedra donde se podían distinguir las marcas de espadas causadas por antiguas batallas, se arremolinaban cortesanos, pajes y bellas damas que se azoraban al verle pasar y a las que dedicaba la mejor de sus sonrisas. A mitad de camino al trono, le sorprendió encontrar al que llamaban Perro frente a una mesa junto a otros miembros de la casa Clegane ante una fuente de ranas escabechadas acompañada de salsa espesa de apio, la cabeza de un jabalí asado, dos barriles de hidromiel y  una tarta de manzana.

Asqueado por los modales indecorosos de aquellos hombres que devoraban como cerdos, se dirigió hacia el trono, a cuyos pies Meñique, con una túnica verde ópalo con ribetes dorados y motivos florales, gesticulaba con sus manos, todo lo que le permitía el anillo con una piedra pomez engarzada, ante Lord Varys, de ovalado rostro y no menos ovalada figura, que fingía interés por la historia que estaba escuchando.

Por primera vez en mucho tiempo se sintió importante allí en medio de tantos caballeros: ser Bivas Lavig, uno de los héroes de la batalla del Tridente donde acabó el solo con la paciencia de su padre, ser Peto DeCuero, cuyo blasón con una mujer desnuda en posición de lucha causaba mofa de todo aquel inconsciente que desconociera con quien trataba, pues a todo el que se reía le hacía comer hierro valyrio. Conformaban aquel corrillo ilustre también, ser Roy Macaboy, explorador del río Brandivino de la casa Mormont, ser Thunder Rock, del que corrían rumores que era una mujer, cosa que nadie había podido comprobar pues quien se acercaba a el/la lo suficiente acababa aplastado bajo su martillo de guerra "Gatita" y ser Miles Dondedrick, de la casa Beever, un advenedizo de reciente ascenso, que desentonaba como un lobo huargo en los Dedos.

Sentado en el trono de hierro, forjado por mil espadas, rodeado por los espadas blancas con sus túnicas níveas y sus armaduras lechosas como la nieve, se encontraba Joffrey que se hurgaba la nariz distraido mientras su madre le miraba sonriente.

- Majestad, ¿me habéis mandado llamar? - preguntó por cortesía el caballero. El Rey levantó la mirada y posó sus ojos azules sobre él un instante.

- Ah, pues no.

Y siguió metiéndose el dedo en la nariz.

Ser Valaster hincó la rodilla en tierra, se levantó como un resorte y tras dar media vuelta de la forma más elegante posible volvió por donde había venido.

Noros (2)

No esperaba que su señor regresara tan pronto y menos aún con gesto tan derrotado. Para animarle le llevó al mejor prostíbulo de la ciudad: La Reina Tetis, donde se tiró a una puta, aunque mientras lo hacía no pudo evitar pensar en la puta que se había tirado esa misma mañana. No quiso creerlo, pero seguramente se hubiera enamorado.

Palos (2)

No sentía gran parte de su cuerpo. Mala señal, pues eso significaba que ya tendría los miembros gangrenados por el frío, negros como las ropas que había jurado vestir por toda una vida que ya llegaba a su fin. Con su último hálito vio como Cetis se acercaba al campamento con un haz de leña en los brazos, silbando al ritmo de su paso dejado. Su conciencia se fue hundiendo en la eterna nieve dejando tras de si un último pensamiento:

- Que lento eres Cetis, bastardo hijo de puta.

Su guardia había terminado.

Ping Pong

Se inscribió en el equipo local de tenis de mesa porque no tenia otra cosa que hacer. Ahora se encontraba de nuevo soltero después de un par de años de, maravillosa diría borracho aunque sobrio no lo reconocería, relación y tenia que ocupar el tiempo libre de algún modo pues la casa se le caía encima.

Sin ser muy aficionado a los deportes, una tarde en la casa de su sobrino hizo que le convenciera aquello de golpear la pequeña bola de plástico que le recordaba además a los ojos acuosos y penetrantes de la que fue su mujer. Además tampoco es que pudiera considerarse como deporte por derecho propio, entraba más bien en la misma categoría que el ajedrez, allí donde se engloban todas las actividades competitivas en las que nunca tendrás jóvenes seguidoras dispuestas a saltarse el control de seguridad del hotel en el que te alojes para compartir una noche de sexo desenfrenado y su posterior plató de televisión.

Los entrenamientos comenzaron justo el día después del aniversario de su ruptura, que, cosa curiosa, recordaba a la perfección pese a que nunca pudo decir lo mismo de la fecha en que se conocieron. La primera sesión fue de presentación y familiarización con el reglamento y las herramientas del pingponista, palabras del entrenador, un tipo orondo y bonachón como solo lo pueden ser las personas orondas, que intentaba ganarse a sus alumnos a base de juegos de palabras y bromas estúpidas puesto que la autoridad moral como ente superior la perdía con su lamentable estado físico y sus jadeos ahogados.

El segundo día ya entraron en faena, <>. Orondo bonachón hacía méritos para ser nombrado "Coñazus Rex" de la ciudad. Aunque pronto le surgió un duro competidor. No había suficientes mesas como para que practicaran solos la técnica básica así que fueron emparejados ante de lo que aconsejaba el planning. A él le tocó una chica menuda, fibrosa, de mirada distraída y gestos caninos.

- Hola, me llamo Helen - saludó con la patita.

- ¿Helen?... Tienes nombre de presentadora de televisión local, Helen.

Ella le miró un instante con la cabeza ladeada y la boca entreabierta como hacía su setter cuando jugaba con él a esconderle la comida. Finalmente encontró el camino de vuelta aunque sin el plato en la boca.

- Eh... ¿Gracias? - sonrió.

- A ti Helen, devolvemos la conexión.

La reina había sido coronada y para celebrarlo rompió a carcajadas antes de ponerse a pelotear al ritmo que marcaba el meneo de su colita. <>. Orondo Bonachón no estaba dispuesto a ceder su trono por las buenas.

Los reflejos caninos de Helen, de la cual no podía decir si era guapa o atractiva o siquiera una mujer, la convertían en una respetable oponente con la que entabló una rutina de saque y contrasaque que se alimentaba de manera perpetua hasta convertir el gesto mecánico de devolver la pelota en algo involuntario e hipnótico que comenzaba a atraparlo justo en el momento en que Orondo Bonachón, al que desde entonces llamaría Charlie para abreviar, dio por finalizada la clase.

El día siguiente no fue muy distinto salvo por la ausencia de formalidades y saludos. Helen seguía sin preguntarle su nombre. Era una pena porque había escogido uno particularmente evocador del estilo de Sandor Rodriguez pero sin ese toque racial que haría del que lo llevara un putero irredento de pelo largo engominado, músculos marcados y Ferrari aparcado en la puerta. Supuso que no tenía más interés en él más que el devolver todas sus bolas una tras otra. Ninguno consiguió hacer un solo punto. La pelota nunca cayó a tierra. Ni el segundo día, ni el tercero, ni el cuarto, ni siquiera el quinto cuando, atrapado por la cinta de Moebius que tejía la trayectoria de la pelota, comenzó a crecer en él una tristeza que llevaba anidada en su interior desde...

<>. Charlie no sonreía cuando pasó junto a él camino de los vestuarios a los que acudía para sentirse arropado por aquel grupo de hombres, en comunión con su género, sin interferencias carnales ni estupidizantes. Sonaba un poco gay pero no le importaba. Iba allí, abría su taquilla, fingía buscar algo en ella mientras escuchaba las conversaciones frívolas de sus compañeros y minutos después se marchaba.

Con la práctica no le costó entrar en el trance relajante del peloteo constante. Al primer bote de la pelota sobre la mesa verde de pintura descascarillada su cuerpo se desentendía de su conciencia mientras esta iba más allá de los caninos de Helen, más allá del pabellón deportivo, más allá de la ciudad, del país, el continente y la Tierra, iba hacia un extremo del universo para luego volver con urgencia, como un tirachinas estirado al máximo que al final se liberara y cuyo proyectil apuntaba certero a otro tiempo en el que se recordaba más feliz, con ella, un tiempo aséptico, sin broncas, peleas, discusiones, rifirrafes, diferencias o reproches, repleto de paseos de la mano, confidencias bajo la luna, somieres rotos y quejas de los vecinos a medianoche. Un tiempo falso, pero un tiempo al fin y al cabo.

Normalmente se quedaba ahí, rememorando el pasado mientras su brazo volaba de un extremo a otro de la mesa intentando que alguno de sus disparos acertara de pleno en la sonrisa de Helen, pero esta vez no fue así. Las escenas idílicas se vieron reflejadas en el espejo de la realidad, una expresión tan pastelosa que le hubiera causado arcadas de no ser porque lo que vio a continuación le dejo sin palabras. Cada momento bonito fue sustituido por la escena siguiente en la que la cagaba. Se enfrentó sin escudos ni parches a lo que le atormentaba. Su ex gritándole, su ex echándole en cara sus patochadas. Su falta de interés al final, sus ganas de marcharse en momentos puntuales, los celos ridículos por una y otra parte. Y fue ese contraste, el de haber querido tanto a esa mujer y que todo lo malo no importase lo que acabó con sus defensas y le hizo derrumbarse.

Al ritmo del peloteo fueron brotando sus lágrimas, mientras Helen seguía ahí con su estúpida, bobalicona y perruna cara. Pensó en dejar escapar la pelota, lanzar la paleta bien lejos y que Helen saliera tras ella para traerla de vuelta pero Orondo Bonachón se acercaba.

Charlie se colocó junto a ellos, en la mesa más alejada del resto. Miró el portafólios que llevaba. Miró a Helen. Miró al portafolios y miró atrás. Miró al portafolios y le miró. Estuvo unos instantes así. Quién sabe si pensando algún comentario gracioso que hacer o intentando alejar de su mente la idea de que lo que tenía enfrente era una persona y no un perrito caliente.

- No te tengo en esta lista - se rascó la papada - ¿Has pagado la matricula? - le preguntó finalmente.

"Nunca te preocupas de las cosas importantes", gritó su ex a su oído, dentro de su mente. La pelota golpeó la esquina y se alejó rápidamente. Rebotó en una pared, volvió hacia atrás y estalló en la frente de Helen.

- Punto para mi - ladró torpemente mientras se abrazaba a Charlie o al menos lo intentaba.

"Nunca te preocupas por nada", volvió a escuchar de nuevo. Tiró la pelota al suelo y se marchó sin decir palabra.

Orondo bonachón no le detuvo. Miró al portafolios, miró a Helen. Miró al portafolios y le miró marcharse.

- ¿Quién era ese? - preguntó finalmente.

- Se llama Sandor Rodríguez. Juega bien, aunque su revés es torpe.